sábado, 10 de noviembre de 2018

La Guerra de las Falacias


Hace unos días ocurrieron dos hechos curiosos. Uno es significativo del grado de cambio de los últimos tiempos aunque solo sea anecdótico, mientras el otro es significativo de en qué han cambiado los tiempos aunque solo sea una farsa. El primero se produjo porque el ministro del Trabajo tuvo la mala idea de viajar en Metro. Tal vez imaginaba que el servicio era todavía como el de hace 10 años o más, impecable y civilizado. Grave error. El Metro se convirtió en otro espacio público donde la urbanidad fue desplazada por un clima de agresión y flaiterío arrogándose el carácter de expresiones de “arte popular” y/o “empoderamiento ciudadano”.
 Por eso no bien entró al vagón una señora o señorita se le fue encima para enrostrarlo con las obras completas del “cahier de doleànces” del progresismo, lectura a gritos que contó con la debida barra brava y abarcó desde el capítulo de la inequidad hasta el del lucro. ¿Cómo se le ocurría al ministro subirse al Metro sin haber resuelto eso todavía?

El segundo fue la declaración de la ciudadana Bachelet de que era necesario luchar “contra el lado oscuro de la fuerza”. Así es como rebautizó a “la derecha”. Es posible que esta variación semántica a la Spielberg sea lo más valioso de su legado

¿Qué hay de común entre esta arenga galáctica y la chirriante interpelación en el Metro? ¿Qué terreno comparten ambas con la prédica de tantos plumarios, incluyendo el a cargo de conceder las debidas autorizaciones para poder uno considerarse “auténtico liberal”? ¿Qué los une a la pululante horda de Justicieros de la Tele? ¿Qué los hermana a las griterías callejeras?

Los une, reúne y hermana el espíritu de los tiempos.

Espíritu de los tiempos

Cada lapso histórico tiene el suyo. En alemán suena apocalíptico, “weltanschauung”, aunque normalmente la mediocridad imperante no hace justicia a tan bombástico término. A veces es aburguesado y los hay revolucionarios al gusto de un columnista que acaba de cacarear sobre “la épica del pueblo francés” pese a reconocer “unas cuantas” -eso cree- cabezas cortadas de más. A propósito de Francia, cuando dicho espíritu está en mala onda se habla allí de “malaise”.

El nuestro es muy peculiar. Desprovisto de acción, está repleto de dicción. Se promete, se firma, se rebautiza, se miente y se predica, pero casi no se actúa. Es el espíritu de un universo fallido en el cual el Verbo no cesa de cantinflear, pero jamás pronuncia el “Fiat” y no crea Nada. La palabra, en Chile, no precede y anuncia sino sustituye y posterga la acción. Por eso vivimos en la Tierra Prometida de las Falacias, esto es, de la ficción, la falsedad y el fraude. A eso suele acompañarlo la dosis de palabrería pretenciosa y eminentemente estéril que provee el academicismo progre.

No es casual. La falacia es el corazón mismo tanto de la cultura latinoamericana como del progresismo-izquierdismo-populismo, su ya muy viejo y pasmado fruto. Este último pretende cambiar la realidad con buenos deseos e invocaciones, para luego, al fracasar, convertir los buenos deseos en resentimiento y las invocaciones en mezquina malicia. De vez en cuando aparece una nueva generación a sacar de su tumba el impulso “por los cambios”, pero de inmediato el transitorio y tambaleante Lázaro se desploma en el lecho terminal de costumbre.

La princesa Leia

Ha habido cambios, es cierto. Uno incluso es dramático: la tradicional visión prospectiva de la izquierda se convirtió en nostálgica retrospectiva, en algo parecido a la obsoleta filmografía que suelen ofrecer en los ciclos de cine-arte. Oír hoy a sus paladines es como escuchar los parlamentos de Humphrey Bogart en Casablanca. Paradójicamente era en el pasado cuando los Aniceto Rodríguez nos alegraban el día con el futuro, sitio maravilloso donde caben todas las esperanzas. En el Paraíso Comunista al menos los patos volarían asados al alcance de la mano, pero hoy sus descendientes prefieren amargarnos la pepa con relatos de martirologios y lagrimosas exposiciones en el Museo de la Memoria. En otros períodos de hervor revolucionario hemos visto ya climas igualmente insensatos, pero sus militancias miraban hacia el porvenir y sus puntos de referencia parecían sustantivos, como el 69 en París y su rebelión estudiantil, la aun fresca Revolución Cubana y la “heroica lucha del pueblo vietnamita contra el imperialismo norteamericano”. Hoy, ¿cuáles son los referentes que nos brindan?
No los hay. De ahí las falacias, los números tergiversados “a la Eyzaguirre”, la nueva princesa Leia desenvainando reluciente espada para combatir la fuerza oscura y quizás próximamente las prédicas del Cristo del Elqui. Como el vendedor callejero de otrora que disimulaba la total inutilidad de paila para freír rosquillas con el anuncio de que mostraría una culebra, hoy el progresismo y su princesa acaban de poner a Hollywood al servicio de la causa. Hágase la luz…

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