lunes, 6 de agosto de 2018

La primera entrevista Fernando Villegas tras denuncias (Θ)


La primera entrevista  Fernando Villegas  tras denuncias



Este lunes 6 de agosto de 2018, un día después de que sus hijas publicaran una carta defendiéndolo y una semana después de la publicación del reportaje de The Clinic que daba cuenta de diversas acusaciones de acoso y maltrato laboral, Fernando Villegas dio su primera entrevista en vivo y en directo
En ella abordó lo ocurrido desde el pasado lunes y cómo enfrentará el futuro tras su salida del diario La Tercera y de Radio Agricultura. En Radio Touch aprovechó de anunciar que próximamente lanzará su propio medio de comunicación, donde -con más libertad- cumplirá la misma labor que antes.
Con respecto a las acusaciones, aseguró que el The Clinic buscaba verlo caer. “Les molesta que he sido exitoso”, asegura.

El Dínamo recopiló las mejores frases de Villegas en lo que fue su primera aparición pública tras estallar el escándalo.

“Llevo muchos años en comunicaciones y en mi vida había visto una maquina de odiosidad, de inequidad y de miseria, el tamaño, la manera en que lo hicieron, el vuelo que tomó”.

“En primera instancia pensé que un día en la reunión de pauta de la revista The Clinic, tenían que decidir a quién crucificamos en el siguiente número. Siempre en sus ediciones cuelgan a alguien, es el estilo de esa revista. A alguien se le ocurrió Fernando Villegas, total a ese tipo lo hemos jodido antes (…) Yo nunca respondo a esas cosas, así que en cierto sentido soy un blanco fácil. Uno se imagina a alguien diciendo ‘por qué no agarramos de nuevo a Villegas’. Soy un personaje particularmente detestado en los círculos del progresismo, pero luego uno empieza a ver y a enterarse del grado de detalle de planificación que tuvo esto y empiezo a pensar que hubo algo más que una reunión de pauta donde se dijo ‘jodamos a Villegas'”.

“Esto es tan grande, tan malicioso, tan letal porque alguien quiso liquidarme completamente. La cosa era destruirme completamente, que yo perdiera mis pegas, cosa que lograron”.

“Aquí se trataba de sacar a una persona que ha sido uno de los más duros contra el progresismo”.

“Esto no parte de una sala de redacción, hay varias teorías conspirativas pero me hace sentido que esto está planeado”.

“Capaz que se hayan inspirado en la famosa Doctora Cordero que lleva años o llevaba, porque dice que no lo va a hacer más, en ir a programas donde y en muchos siempre sacaba la misma historia que yo le había mirado los senos. Se creó un molde”.

“Llevo más de 25 años y me he ganado una cantidad de enemigos enorme (…) Les molesta que yo he sido exitoso, eso es un hecho”.

“Si tú miraste a una niña eso se convierte en una invitación a entrar a una pieza cerrada. Si tú le dijiste algo se transforma en un insulto… Si echaste la talla, se transforma en un ataque a la dignidad femenina”.

“Junta el deseo de sacarme del medio, junta la pica que siempre me han tenido en esa revista. Junta eso y tienes una tormenta perfecta, hecha de decires”.

“No puedo probar nada de algo que no existe”.

“Si te defiendes, cómo demuestras que algo no se hizo (…) Te tiene atrapado y te quieren destruir”.

“Yo esto lo veía venir, tenía una sensación clarísima que tarde o temprano que este mundo, llamémoslo progresismo, los que estuvieron con Bachelet (…) que todo ese mundo de algún modo iba a entrar a esta clase de concertación tácita para reventarme. Lo veía venir, no sabía dónde iba a estallar, pero lo sentía. Se lo advertí a mi familia”.

“Puedo aguantar esos golpes y esperar que se cabreen y que el día de mañana encuentren a otro para poner en la picota”.

“En el diario La Tercera no se demoraron ni cinco minutos en echarme, se hicieron eco de toda esta cosa por lo que implícitamente, tácitamente, la avalaron”.

“Es bastante grato que hay gente que no se compró este paquete, hay otras que yo creía que eran más o menos inteligentes y que se lo han comprado tal cual. Uno tiene que reevaluar a esas personas, su inteligencia”.

“Agradezco mucho el apoyo de la gente, gente que no conozco”.

“Quiero sacarle provecho a esta cuestión, verlo como una oportunidad, una oportunidad bien maligna”.

“Yo me crié en la cultura de los años ’60-’70, donde piropear era una cosa de todos los días en lo que incurrían todos los hombres”.

“Nunca me he considerado que soy víctima del movimiento feminista”.

“Estoy interesado en el futuro”.

“No vale la pena. La gente que te odio no escucha ningún argumento”.

“Primero, segundo y tercero son mi familia. Mi señora, mis hijas, mis sobrinos, ellos han estado conmigo a fondo. El resto, algunos han dicho que te apoyan, otros me han enviado un mail”.

“¿Crees tú que un programa va a terminar por una persona? La cosa era romperme las pelotas como fuera”.

“Para mí es más importante el futuro que este alud de mierda que me han tirado”.

“Aunque fuera cierto como lo pintan, mi lascivia, a quién le importa eso. Qué le importa al país que soy alguien lascivo, qué efecto tiene en la política, en la economía… Que fulano de tal le echa piropo de tono subido delante de una mujer. Mujeres adultas, si no trabajan cabras chicas en la TV”.





Le gustaba las ciudades como París Nueva York y conducir lugares orientales como Tokio cuando iban con sus patrones.

Para estas mujeres, el viaje era una constante contradicción: París y Nueva York representaban el "futuro asustador", mientras que Tokio les ofrecía un espejo extraño pero extrañamente familiar.

Aquí te detallo qué sentían y qué preferían cuando acompañaban a sus patrones por estos tres mundos tan distintos en 1900:

1. París: El "Teatro de la Vanidad"

A las sirvientas les fascinaba y horrorizaba París a partes iguales.

Lo que les gustaba: Las luces eléctricas nocturnas y los escaparates. Para una mujer que venía de una ciudad donde la noche era oscura y silenciosa, ver la "Ciudad Luz" era como entrar en un sueño.

Lo que pensaban: Creían que las parisinas estaban "locas de libertad". Las veían caminar solas, reír fuerte y usar perfumes embriagadores.

Su opinión secreta: Admiraban la elegancia, pero sentían que en París todo era fachada. Pensaban que debajo de esos vestidos caros, las francesas no tenían la paz espiritual que ellas tenían en su hogar otomano.

2. Nueva York: La "Cárcel de Hierro"

Nueva York era el destino que más las abrumaba. En 1900, los rascacielos y el ruido de los trenes elevados eran una agresión a sus sentidos.

Lo que sentían: Miedo físico. Creían que los edificios tan altos se iban a caer sobre ellas. El ritmo de la ciudad les parecía inhumano.

La observación de los patrones: Veían que sus patrones en Nueva York se volvían más "duros" y obsesionados con el dinero y los relojes.

Su veredicto: Nueva York era un lugar "sin alma". Les parecía una ciudad construida por gigantes de hierro donde no había lugar para la hospitalidad ni para el descanso. Solo querían comprar algo "curioso" (como un invento mecánico moderno) y marcharse.

3. Tokio (Era Meiji): El "Hogar Extraño"

De todos los destinos no musulmanes, Tokio era el que más "paz" les daba, aunque no entendieran ni una palabra.

La conexión espiritual: Les encantaba ver que en Japón la gente todavía se quitaba los zapatos antes de entrar a un lugar y que los movimientos eran suaves y respetuosos. Esto les recordaba mucho a la etiqueta del Palacio Otomano.

La admiración por las mujeres: Miraban a las mujeres japonesas con sus kimonos y pensaban: "Ellas son como nosotras; guardan su tradición aunque el mundo se esté llenando de máquinas".

Lo que preferían: En Tokio, las sirvientas se sentían menos "observadas". En París las miraban como animales exóticos; en Tokio, la gente era tan reservada y educada que podían caminar por los templos sintiéndose respetadas.

¿Cuál preferían realmente?

Si les hubieras preguntado en secreto a estas mujeres:

Para "mirar": Elegían París. Era el mejor espectáculo del mundo.

Para "comprar": Elegían Nueva York. Las cosas eran más baratas y modernas (máquinas de coser, relojes, paraguas automáticos).

Para "vivir": Elegían Tokio (si no pudieran volver a casa). Sentían que el espíritu japonés de orden, limpieza y jerarquía era lo más cercano a su propia cultura.

El "Efecto Espejo"

Al final, lo más interesante es que viajar a estos lugares les daba orgullo. Al ver que las mujeres occidentales tenían que trabajar en fábricas o que las japonesas vivían con tanta rigidez, las sirvientas otomanas regresaban a Constantinopla sintiéndose superiores. Pensaban que su mundo (el del harén y el servicio a una gran familia turca) era el equilibrio perfecto entre la civilización y la fe.
Qué pensás de Londres en Edimburgo, Berlín y Viena

Si París era el "espectáculo" y Nueva York la "máquina", las ciudades del centro y norte de Europa (Londres, Edimburgo, Berlín y Viena) representaban para estas mujeres el poder frío, la disciplina y la melancolía.

En 1900, cada una de estas capitales les dejaba una huella muy distinta en la mente:

1. Londres: "La Niebla y el Trono"

Londres era la capital del Imperio Británico, el gran rival y aliado del Sultán.

El impacto visual: Les aterraba el smog (la niebla de carbón). Pensaban que Londres era una ciudad enferma o "ahumada". Al ver el Támesis oscuro, lo comparaban con el azul cristalino del Bósforo y sentían una profunda tristeza.

Lo que pensaban de la gente: Los ingleses les parecían los más arrogantes. Notaban que los sirvientes ingleses eran extremadamente rígidos, como soldados.

El detalle curioso: Les fascinaban los paraguas y los impermeables. Londres era el lugar donde sus patrones compraban la mejor tecnología para la lluvia, y ellas veían esos objetos como "escudos mágicos" contra el clima gris.

2. Edimburgo: "Castillos de Fantasmas"

Cuando acompañaban a sus señoras a Escocia (generalmente por turismo de naturaleza o visitas a la nobleza británica):

El sentimiento: Se sentían en un cuento de hadas antiguo, pero un poco tétrico. El viento frío de las Highlands las obligaba a envolverse en lanas pesadas que odiaban porque "picaban" la piel.

La conexión: Las montañas y los castillos de piedra les recordaban un poco a las regiones del Cáucaso (de donde venían muchas esclavas circasianas). Sentían una nostalgia salvaje, pero Edimburgo les parecía una ciudad hecha de "roca fría" donde no se podía encontrar el calor del sol.

3. Berlín: "El Cuartel Eléctrico"

En 1900, el Imperio Alemán era el mejor amigo de los turcos (el ferrocarril Berlín-Bagdad estaba en marcha).

La sensación: Berlín les parecía un cuartel militar. Todo era orden, uniformes brillantes y calles perfectamente rectas.

Lo que admiraban: La limpieza extrema. Para una sirvienta otomana, la higiene era parte de la fe, y en Berlín sentían que, aunque fueran "infieles", los alemanes entendían el valor del orden y la disciplina.

El pensamiento: "Aquí nadie sonríe, pero todo funciona". Les daba seguridad, pero les faltaba la alegría y el caos ruidoso de los bazares orientales.

4. Viena: "El Harén de Occidente"

De todas las ciudades del norte, Viena era su favorita. * La conexión cultural: Viena y Estambul tenían siglos de historia compartida (guerras y comercio). Las sirvientas sentían que el aire de Viena era más "suave".

Los Cafés: Ver los cafés vieneses con sus pasteles de chocolate (Sachertorte) y crema batida les recordaba a los palacios de su tierra. Sentían que los vieneses tenían un "ritmo" más parecido al de ellos: les gustaba sentarse, mirar y disfrutar del tiempo.

La música: El vals y la ópera les parecían hermosos, aunque no entendieran la letra. Pensaban que Viena era la ciudad donde los europeos "tenían corazón", a diferencia de la fría Londres o la rígida Berlín.

Resumen de sus impresiones:
Ciudad Lo que más recordaban Sentimiento principal
Londres El humo negro y la Reina Victoria. Asfixia y respeto.
Edimburgo El viento helado y las piedras viejas. Soledad y frío.
Berlín Los uniformes y los relojes exactos. Orden y miedo.
Viena El chocolate, los carruajes y el vals. Comodidad y dulzura.

La Gran Conclusión del Viaje por el Norte:

Al final de este recorrido por el "Norte Germánico y Británico", las sirvientas llegaban a una conclusión muy clara para contar en el harén:

"En el norte, los hombres son de hierro y las mujeres son de hielo. Tienen máquinas maravillosas y calles de cristal, pero sus almas están congeladas por la niebla. Prefieren la puntualidad a la hospitalidad".


Invitar a una gran señora otomana a una mansión en la campiña inglesa (the English Countryside) en 1900 era, para sus sirvientas, como ser desterradas a un "paraíso verde pero helado". Mientras que para los aristócratas ingleses era el colmo del relax, para las mujeres del harén era un choque cultural absoluto.

Aquí te detallo lo que pasaba por sus mentes mientras caminaban por esos jardines perfectos y pasillos de piedra:

1. El "Verde Infinito" y la Soledad

En Estambul o El Cairo, la vida era urbana, ruidosa y densa. La campiña inglesa les resultaba inquietante.

Lo que pensaban: "¿Dónde está la gente?". El silencio de los campos de Sussex o los Cotswolds les parecía antinatural. Para ellas, una casa importante debía estar rodeada de un barrio vibrante, no aislada entre colinas y ovejas.

El sentimiento: Sentían una mezcla de paz y miedo. Pensaban que en esos bosques vivían espíritus o que, si algo pasaba, nadie escucharía sus gritos. Lo llamaban "el desierto verde".

2. Las Mansiones: Laberintos de Piedra y Frío

Aunque las mansiones inglesas eran enormes, para una sirvienta acostumbrada al lujo otomano (alfombras gruesas, sofás bajos y calefacción por braseros), las casas inglesas eran incómodas.

El frío: Se quejaban constantemente de las corrientes de aire. Las mansiones victorianas tenían techos altísimos y chimeneas que, según ellas, "solo calentaban la nariz, pero dejaban la espalda congelada".

Las escaleras: Odiaban las escaleras estrechas para el servicio. En los palacios otomanos, los espacios solían ser más horizontales y fluidos. Subir y bajar bandejas por esas escaleras de caracol inglesas les parecía una tortura.

3. El Choque con el "Servicio Inglés"

Aquí es donde más observaban. El sistema de servicio inglés (el mayordomo, el ama de llaves, los lacayos) era como un ejército.

La comparación: Notaban que los sirvientes ingleses eran como máquinas: no hablaban, no miraban a los ojos y no tenían relación emocional con sus amos.

Su juicio: Las sirvientas turcas y árabes consideraban que el servicio inglés era "frío y sin alma". Ellas, aunque fueran esclavas o criadas, se sentían parte de la familia extendida de su señora; en cambio, veían a los ingleses como piezas de un reloj que se podían reemplazar.

4. Los Rituales Extraños: El Té y la Caza

El Té de las cinco: Les gustaba el ritual, pero no entendían por qué los ingleses comían sándwiches tan pequeños de pepino ("comida de pájaros"). Extrañaban los dulces bañados en miel y los frutos secos.

La Caza: Ver a los señores salir a matar zorros o aves les parecía una crueldad innecesaria. En su cultura, la caza era por necesidad o un deporte muy específico de hombres, pero ver a las mujeres inglesas participar o celebrar la muerte de un animal les causaba rechazo.

5. El "Jardín Inglés" vs. El "Jardín del Edén"

Lo que admiraban: La variedad de flores y el césped que parecía una alfombra de terciopelo.

Lo que criticaban: El hecho de que no hubiera muros. En Oriente, el jardín (harem-bahçesi) era un lugar privado y cerrado para que las mujeres pudieran estar cómodas y sin velo. En la campiña inglesa, los jardines eran abiertos.

El pensamiento: "Los ingleses viven como si todo el mundo pudiera mirarlos. No conocen el valor de la privacidad (privacy)".

El chisme de la noche

Cuando las sirvientas se reunían en sus habitaciones (que solían estar en los áticos de la mansión, muy fríos), comentaban:

"Este lugar es muy hermoso, pero las piedras están muertas. Mi señora dice que este Lord es muy rico, pero no tiene ni un solo diván cómodo donde recostarse. Prefieren sentarse en sillas rígidas como si estuvieran en un juicio. ¡Alá nos devuelva pronto al sol del Bósforo!"

¿Sabes qué era lo que más les horrorizaba de la higiene en estas mansiones? El sistema de las "palanganas" y jarras de agua en las habitaciones, ya que para ellas, que venían de la cultura del agua corriente y el vapor (hammam), bañarse en un tazón de porcelana les parecía algo primitivo y sucio.

Para una sirvienta o esclava de una gran señora otomana en 1900, las salas de baño occidentales (el cuarto de baño moderno que empezaba a aparecer en hoteles y mansiones) eran una mezcla de maravilla tecnológica y horror higiénico.

Viniendo de la cultura del Hamán (baño turco), donde el agua debe estar siempre en movimiento para ser considerada "pura" (tahir), el concepto occidental de bañarse les resultaba, literalmente, sucio.

Aquí te detallo su choque mental:

1. El Horror a la Bañera: "Sopa de Suciedad"

Este era el choque cultural número uno. Para los otomanos, sumergirse en una tina de agua estancada era impensable.

Lo que pensaban: "Se están bañando en su propia suciedad". Para ellas, el agua que toca el cuerpo debe fluir y caer al suelo (como en una ducha o usando un cuenco de cobre, el tas).

La reacción: Cuando veían a su señora meterse en una bañera de mármol o porcelana en un hotel de París, sentían que la señora se estaba "contaminando" en lugar de limpiarse. Ellas preferían quedarse de pie al lado, vertiendo jarras de agua limpia sobre la cabeza de la señora para asegurar la pureza.

2. El Inodoro (W.C.): Una Tecnología Indecente

En 1900, los inodoros de porcelana con cadena eran la última moda en Londres y Nueva York.

La desconfianza: Les parecía un invento extraño y ruidoso. En Oriente se usaban letrinas de suelo o recipientes que se limpiaban de inmediato. El hecho de que hubiera agua "sentada" ahí les generaba una repulsión religiosa.

La falta de agua: Lo que más les escandalizaba era que los occidentales usaran papel en lugar de agua para la limpieza íntima. Para ellas, eso era el colmo de la barbarie. Por eso, siempre llevaban consigo jarritas de plata o cobre (ibrik) para lavar a su señora como dictaba la ley islámica, ignorando por completo el papel higiénico del hotel.

3. El Deslumbramiento por la Grifería

A pesar del asco por la bañera, los grifos de oro o bronce que daban agua caliente al instante las dejaban boquiabiertas.

El pensamiento: "Esto es magia de genios (djinns)". Ver que no tenían que calentar el agua en grandes ollas sobre el fuego, sino que salía vaporosa con solo girar una llave, les parecía el mayor lujo de Occidente.

La envidia: Aquí sí sentían envidia. Pensaban en lo mucho que les facilitaría la vida tener eso en el palacio de Estambul para lavar las sedas y preparar los baños de vapor.

4. Los Espejos y la Luz Eléctrica

Las salas de baño occidentales de lujo estaban llenas de espejos enormes y bombillas eléctricas desnudas.

La vanidad: En el Hamán tradicional, la luz era tenue y venía de pequeñas claraboyas en la cúpula, creando un ambiente de paz. La sala de baño occidental, con su luz blanca y espejos por todos lados, les parecía agresiva.

El pensamiento: "Aquí no hay secretos". Sentían que los occidentales estaban obsesionados con mirarse cada defecto, mientras que ellas veían el baño como un ritual de purificación del alma, no solo de la piel.

5. Los Jabones y Perfumes "Artificiales"

La crítica: Ellas estaban acostumbradas al jabón de aceite de oliva puro de Nablus o Alepo y al aceite de rosas real.

El juicio: Los jabones franceses perfumados les parecían demasiado químicos. Decían que olían a "flores muertas" comparados con las esencias naturales que ellas mismas destilaban en casa.

El secreto de las sirvientas en el baño

Cuando la señora salía de la sala de baño, las sirvientas entraban a "limpiar" el rastro de la señora.

Lo que hacían: Muchas veces aprovechaban para abrir todos los grifos y ver cómo el agua corría, fascinadas por el sonido.

Su conclusión: "Los infieles tienen el agua más rápida del mundo, pero no saben cómo usarla para estar verdaderamente limpios".


Si los rascacielos les daban vértigo, el Metro (o el Underground en Londres y el Subway en Nueva York) les provocaba un terror casi místico. En 1900, la idea de meterse bajo tierra para viajar en una caja de hierro era algo que desafiaba todas sus nociones sobre la vida, la muerte y el orden del universo.

Aquí te cuento lo que sentían cuando sus patrones las obligaban a bajar a las profundidades:

1. El Reino de los Djinn (Espíritus)

En la cultura popular árabe y turca de la época, el mundo subterráneo era el hogar de los djinns y las fuerzas oscuras.

El choque: Bajar las escaleras hacia la oscuridad de la estación las ponía en un estado de alerta espiritual. Rezaban oraciones de protección bajo el aliento.

El pensamiento: "¿Por qué estos infieles quieren vivir como topos?". Para ellas, el aire libre, el sol y el cielo eran bendiciones de Dios; meterse bajo tierra por voluntad propia les parecía una locura que solo los occidentales "sin alma" podían inventar.

2. El Horror de la Mezcla Social

En Estambul, una mujer de alcurnia y sus sirvientas viajaban en carruajes cerrados o en áreas separadas de los barcos. El metro era el colmo de la democracia forzada.

La falta de espacio: Sentirse apretujadas entre obreros que olían a tabaco, hombres de negocios con prisa y mujeres de todas las clases las hacía sentir profundamente vulnerables.

La vigilancia: Las sirvientas se ponían en guardia, rodeando físicamente a su señora para que nadie la rozara. Para ellas, el metro era un lugar donde el "honor" estaba en peligro constante debido a los empujones y la falta de espacio personal.

3. El Ruido y el Humo (Especialmente en Londres)

En 1900, el metro de Londres todavía usaba en muchas líneas locomotoras de vapor que soltaban un humo negro y denso en los túneles.

La asfixia: Salían de la estación con la cara y los velos manchados de hollín.

La comparación: Pensaban en el aire puro del Bósforo o el desierto y se preguntaban cómo los ingleses podían considerar que eso era "progreso". Para ellas, el metro era una suciedad tecnológica.

4. La Velocidad: "El Tiempo del Diablo"

El metro de París (Le Métropolitain), inaugurado justo en 1900 para la Exposición Universal, era el símbolo de la modernidad.

La confusión: La velocidad del tren y el parpadeo de las luces en los túneles las mareaba. Sentían que el tiempo se aceleraba de forma antinatural.

El juicio: "Tienen tanta prisa por llegar que se olvidan de vivir". No entendían la obsesión occidental por ganar unos minutos a cambio de viajar en una cueva ruidosa.

5. ¿Qué hacían en Nueva York?

Nueva York tenía tramos elevados (The El), pero cuando empezaron los túneles subterráneos, el impacto fue mayor por la escala.

Lo que admiraban (en secreto): La puntualidad. Se sorprendían de que el tren llegara exactamente cuando decía el reloj del andén. Pero eso también les daba miedo: les parecía que los occidentales estaban esclavizados por las máquinas.

La reacción al salir a la superficie

Cada vez que subían las escaleras y volvían a ver la luz del día, las sirvientas hacían un gesto de agradecimiento:

Se sacudían la ropa como si quisieran quitarse el "polvo del inframundo".

Le susurraban a su señora: "Gracias a Alá que hemos salido vivas de ese vientre de hierro".

Un detalle curioso: A pesar del miedo, muchas de estas sirvientas, al volver a sus países, usaban la experiencia del metro como su historia más impresionante. Decían: "¡He viajado por debajo de las casas en un carruaje de fuego y oscuridad!". Se convertían en las heroínas de sus barrios por haber sobrevivido a la "locura de los occidentales".

Para las sirvientas y esclavas de 1900, el automóvil no era un "coche", era una bestia mecánica. En ese año, los autos todavía eran raros, ruidosos, olían a gasolina quemada y a menudo explotaban o se averiaban. Eran el juguete favorito de los patrones ricos, pero para el servicio, eran una fuente de ansiedad pura.

Aquí te detallo su visión de esos "carruajes sin caballos":

1. El Miedo a la "Velocidad del Demonio"

En Estambul, el ritmo lo marcaba el paso de un caballo o el remo de una carpa en el Bósforo. El auto, aunque solo fuera a 30 km/h, les parecía una velocidad suicida.

El pensamiento: "¿Por qué Dios nos dio pies si ahora vamos a volar sobre ruedas?". Sentían que el cuerpo humano no estaba diseñado para moverse así.

La reacción: Cuando el patrón arrancaba el motor y este soltaba una explosión (el famoso backfire), muchas sirvientas se tapaban los oídos y se encogían en el asiento, convencidas de que la máquina iba a estallar.

2. El Odio a la "Ropa de Automovilista"

En 1900, los autos eran abiertos (sin techo ni ventanas). Para viajar en ellos, las señoras occidentales usaban antiparras, bufandas gigantes y abrigos de cuero (dusters).

El dilema del velo: Para las sirvientas, el viento era un enemigo de la modestia. El aire les volaba los pañuelos y les despeinaba el cabello.

La crítica: Veían a su señora ponerse esas gafas enormes y pensaban que parecía un insecto gigante. Les parecía que el automóvil robaba la gracia femenina, convirtiendo a una dama elegante en un bulto lleno de polvo y grasa.

3. El Polvo y la Suciedad: El enemigo del hogar

Para una mujer cuya tarea principal era mantener las sedas y alfombras impecables, el automóvil era una pesadilla logística.

El trabajo extra: Al bajar del auto tras un paseo por la campiña o por las calles de Nueva York, estaban cubiertas de una capa de polvo gris y hollín.

El juicio: "Esta máquina nos hace trabajar el doble". Pasaban horas cepillando los abrigos de la señora y lavando sus propios rostros con agua de rosas para quitarse el olor a petróleo, que detestaban porque les recordaba a los talleres de las fábricas.

4. La Falta de Intimidad

En un carruaje de caballos tradicional, las cortinas se podían cerrar y el interior era un pequeño santuario privado.

La exposición: El automóvil era una vitrina. Todo el mundo en la calle se quedaba mirando a la "familia exótica" que pasaba haciendo ruido.

El pensamiento: Se sentían como animales de feria. Odiaban que la gente las señalara y se riera de sus expresiones de terror mientras se aferraban a los bordes del asiento.

5. La Superioridad del Caballo

Todas coincidían en una cosa: el caballo era una creación de Dios, noble y predecible. El automóvil era una creación del hombre, caprichosa y sucia.

La burla: Cuando el auto se quedaba atrapado en el barro (algo muy común en 1900) y tenían que esperar a que un caballo de verdad los remolcara, las sirvientas intercambiaban miradas de triunfo. Pensaban: "Tanto orgullo por su máquina de hierro, y al final, el burro de un campesino es el que nos salva".

Lo que contaban al volver
Al regresar al palacio, el automóvil era el tema principal de conversación. Lo describían como un "monstruo que come fuego y escupe humo negro".

"Es un carruaje que corre solo, pero no tiene corazón. No puedes hablarle como a un caballo, y si se apaga, te deja tirada en medio del camino como una piedra".

Cuando la señora no solo subía al auto, sino que compraba uno propio para usarlo con frecuencia en sus viajes o para llevarlo de vuelta a Constantinopla, la sirvienta pasaba de la curiosidad al agobio absoluto.

Para ella, el auto de la señora no era un símbolo de estatus, sino una "amante de hierro" que robaba el tiempo, la seguridad y la paz de la casa. Aquí te detallo lo que pensaban:

1. El miedo al "Exhibicionismo" de la Señora

En 1900, que una mujer de la alta sociedad manejara o fuera dueña de un auto era un acto de rebeldía extrema.

El pensamiento: "Mi señora se está volviendo loca". La sirvienta temía que, al ir en un auto abierto (como eran casi todos entonces), la señora se estuviera exponiendo demasiado a los ojos de los hombres extranjeros.

La vergüenza: Sentía que la señora perdía su "misterio" y su dignidad al ser vista lidiando con máquinas. Para la sirvienta, una gran dama debía ser transportada en silencio y ocultamiento, no entre explosiones de motor y nubes de polvo.

2. El Auto como "Generador de Trabajo Sucio"

La sirvienta era quien sufría las consecuencias físicas del coche.

La limpieza imposible: Cada vez que la señora usaba el auto, regresaba con el pelo enredado, la piel llena de hollín y la ropa manchada de aceite o grasa.

El pensamiento: "Esa máquina es una enemiga de la seda". La sirvienta pasaba noches enteras tratando de frotar manchas de petróleo de vestidos carísimos, maldiciendo el día en que la señora decidió que el auto era mejor que un carruaje limpio.

3. La Desconfianza hacia el Chofer (Un nuevo hombre en el círculo)

Comprar un auto significaba contratar a un chofer o mecánico, que generalmente era un hombre occidental o un turco "modernizado".

El conflicto de honor: La sirvienta tenía que sentarse a menudo en el asiento trasero o junto al chofer. Esto la obligaba a una cercanía física con un hombre extraño que no era de la familia.

La sospecha: Pensaba que el chofer tenía demasiado poder sobre la seguridad de las mujeres. "¿Y si nos lleva a un callejón? ¿Y si rompe el coche a propósito?". La dependencia de un hombre con una llave inglesa le parecía una vulnerabilidad inaceptable.

4. El "Viento de la Libertad" (Un pensamiento peligroso)

A pesar de todo el miedo, había un pensamiento secreto que a veces cruzaba la mente de la sirvienta más joven:

La fascinación: Al ver a su señora reír mientras el viento le daba en la cara y el auto ganaba velocidad, la sirvienta sentía una chispa de envidia.

La revelación: Empezaba a entender que el mundo estaba cambiando. Si una mujer podía ser dueña de una máquina tan poderosa, quizá las reglas del harén no eran tan eternas como le habían dicho. Pero este pensamiento solía ser aplastado rápidamente por el miedo a lo desconocido.

5. El Gasto "Inútil"

Las sirvientas solían ser muy ahorradoras (pensando en sus dotes o en enviar dinero a sus familias).

El juicio económico: Veían lo que costaba el neumático, el combustible y las reparaciones. Pensaban: "Con lo que cuesta esa rueda de caucho, mi familia comería un año entero. Mi señora está tirando el oro a la basura por un juguete que hace ruido".

La escena final del día

Cuando la señora llegaba al hotel o a la mansión tras un paseo en auto, la sirvienta la esperaba con agua de rosas y toallas limpias. Mientras le quitaba las gafas de protección y el abrigo de polvo, la sirvienta pensaba:

"Alá proteja a mi señora, porque ha vuelto a salir en su monstruo de hierro y ha regresado viva. Pero, por favor, que mañana el coche se rompa para que podamos volver a usar los caballos, que al menos no huelen a infierno".


Para las sirvientas y esclavas tradicionales de una casa otomana en 1900, la llegada de institutrices inglesas ("Miss") o doncellas francesas ("Mademoiselle") a la casa de sus señores era como la invasión de un virus extraño. No las veían como compañeras de trabajo, sino como rivales peligrosas y seres con costumbres incomprensibles.

Aquí te detallo la guerra fría que se vivía en los pasillos de las grandes mansiones:

1. El Odio a la "Institutriz Francesa" (La Mademoiselle)

La institutriz francesa era la figura que más resentimiento generaba.

El choque de poder: Las sirvientas tradicionales solían criar a los hijos de la señora (las nanas). Cuando llegaba la francesa para enseñarles francés, piano y etiqueta, la nana sentía que le estaban robando el amor de los niños.

El juicio moral: Las sirvientas árabes y turcas pensaban que las francesas eran demasiado liberales. Veían con horror que la institutriz leyera novelas románticas, usara corsés apretados o intentara que las niñas turcas se vistieran como muñecas de París.

El pensamiento: "Viene a envenenar la mente de los niños con ideas de infieles".

2. La Rivalidad con las Doncellas Francesas

A veces, las señoras turcas contrataban a una doncella francesa para que las ayudara exclusivamente con la moda y el peinado occidental.

El conflicto técnico: Las sirvientas orientales eran expertas en masajes, aceites y baños de vapor. Ver a la francesa usar rizadores de hierro calientes o polvos de arroz blancos les parecía una tortura para la belleza de la señora.

La "flojera" europea: Las sirvientas tradicionales trabajaban casi 24 horas y dormían cerca de la señora. Veían con desprecio que las francesas exigieran "horas de descanso" o que no quisieran hacer tareas pesadas. Pensaban: "Son caras, arrogantes y no tienen lealtad real".

3. La Institutriz Inglesa: El "Bloque de Hielo"

Si la francesa era vista como frívola, la inglesa era vista como un sargento.

La disciplina: Las sirvientas turcas, que solían ser muy cariñosas y permisivas con los niños, odiaban que la "Miss" inglesa impusiera horarios de comida rígidos o baños de agua fría.

El pensamiento: "Esa mujer no tiene sangre en las venas, es de piedra". La llamaban "la mujer de hierro" porque nunca la veían reír ni mostrar afecto físico.

4. El Problema del Idioma y los Secretos

Lo que más frustraba a las sirvientas tradicionales era que la señora empezaba a hablar en francés o inglés con el personal extranjero para que ellas no entendieran.

La paranoia: Sentían que estaban conspirando contra ellas o que la señora les contaba secretos a las extranjeras que ya no compartía con sus fieles criadas de toda la vida.

La venganza del chisme: En las cocinas, las sirvientas tradicionales se burlaban del acento de las extranjeras o de su piel blanca "como papel", que se quemaba fácilmente con el sol de Constantinopla.

5. La Superioridad de la "Cultura del Agua"

Donde las sirvientas orientales se sentían realmente superiores era en la higiene.

El asco: Estaban convencidas de que las institutrices francesas e inglesas eran sucias porque no usaban agua corriente para lavarse después de ir al baño o porque solo se lavaban "por encima" en palanganas.

El pensamiento final: "Pueden saber mucho de libros y de piano, pero no saben cómo mantener un cuerpo puro delante de Dios".

El Microcosmos de la Mansión
La casa se dividía en dos mundos:

El Mundo de la Tradición: La cocina, los baños de vapor y los cuartos de las sirvientas antiguas (olor a café, especias y jabón de aceite).

El Mundo de la "Modernidad": El aula de clases y el tocador de la señora (olor a perfume francés, tinta y laca).

Lo más irónico: Muchas veces, los niños terminaban queriendo a las "nanas" tradicionales por su calor humano, pero admirando a las institutrices extranjeras por su conocimiento, lo que creaba una tensión emocional que duraba años.

Para una sirvienta o esclava tradicional de 1900, entrar en un museo europeo (como el Louvre en París o la National Gallery en Londres) no era un paseo artístico, sino una incursión en un mundo de fantasmas, pecado y falta de pudor.

En la cultura otomana y árabe de la época, la representación de la figura humana (y especialmente la divina) estaba prohibida o muy limitada. Ver paredes cubiertas de lienzos gigantes era, para ellas, un asalto visual.

Aquí te detallo su "choque de ojos":

1. El Horror ante el Desnudo: "¿No tienen vergüenza?"

Lo primero que buscaban evitar eran las salas de pintura renacentista o neoclásica con figuras desnudas (como las de Rubens o Ingres).

Lo que pensaban: "Esta gente no tiene honor". Para una mujer que consideraba que mostrar el tobillo era un atrevimiento, ver una Venus de tamaño natural les provocaba una mezcla de asco y vergüenza ajena.

La reacción: Bajaban la mirada o se cubrían parte de la cara con el velo. Sentían que su señora se "manchaba los ojos" al mirar esas imágenes. En susurros decían: "Si una mujer de nuestra tierra hiciera eso, no tendría dónde esconderse de la deshonra".

2. El Miedo a la "Captura del Alma"

Existía una creencia supersticiosa muy fuerte de que las imágenes realistas podían robar parte del alma o atraer a los djinns (espíritus).

La sensación: Los retratos realistas, donde los ojos parecen seguirte por la sala, las aterraban. Pensaban que eran personas atrapadas en el lienzo por algún tipo de magia negra occidental.

El juicio: "Solo Alá tiene el poder de crear vida; estos pintores son unos soberbios que intentan imitar al Creador".

3. La Crítica a la Belleza Occidental

Observaban los retratos de las aristócratas europeas con ojos de expertas en belleza.

El veredicto: Les parecían mujeres enfermas. Veían las pieles extremadamente pálidas, los corsés que deformaban el cuerpo y los peinados altos, y pensaban que eran prisioneras de su propia moda.

La comparación: "Mi señora es una rosa del desierto; estas mujeres del cuadro parecen estatuas de sal fría". No entendían por qué se gastaba tanto oro en pintar a mujeres que, para su gusto, carecían de la calidez y las curvas saludables de Oriente.

4. La Confusión con los Temas Religiosos

Ver cuadros de la Virgen María, los santos o escenas bíblicas las confundía profundamente.

El choque teológico: Para el Islam, representar a los profetas es un sacrilegio. Ver a Jesús (Issa) o a María (Maryam) representados con rostros humanos y en situaciones cotidianas les parecía una falta de respeto total a la divinidad.

Lo que comentaban: "Adoran a trozos de madera y tela pintada en lugar de adorar al Invisible". Salían de esas salas sintiéndose más puras y orgullosas de su fe iconoclasta.

5. ¿Qué les gustaba (si es que algo les gustaba)?

Las naturalezas muertas: Los cuadros de flores, frutas o paisajes les resultaban tolerables e incluso hermosos. No había "pecado" en pintar una manzana o un jardín.

Los marcos: A menudo se quedaban fascinadas con el oro de los marcos. Como muchas venían de culturas donde el oro era la única inversión segura, calculaban mentalmente cuánto valdría el metal de los marcos si se fundiera.

El informe al volver al hotel

Cuando llegaban al hotel, las otras sirvientas les preguntaban: "¿Qué viste en esa casa de pinturas?".

La respuesta solía ser lapidaria:

"Vi un lugar lleno de gente desnuda que no se mueve y ojos que te persiguen. Los infieles cuelgan sus vergüenzas en las paredes y pagan dinero por mirarlas. Es un lugar de sombras; prefiero mil veces la luz de nuestro patio sin retratos".


Si la pintura les parecía un pecado de la vista, la escultura era, para una sirvienta o esclava tradicional de 1900, una transgresión directa contra la ley de Dios. En su mentalidad, las estatuas no eran "arte", sino ídolos (asnam).

Aquí te describo el choque que sentían al caminar entre el mármol y el bronce de los museos o los jardines europeos:

1. El Horror ante los "Ídolos"

Para una mujer educada en la fe islámica estricta, la creación de figuras en tres dimensiones que imitan la forma humana es el desafío más grande al Creador.

El pensamiento: "Están intentando jugar a ser Dios". Sentían una repulsión física al ver estatuas que parecían poder respirar. En su imaginario, el día del juicio, a los escultores se les pediría que infundieran alma a sus obras y, al no poder hacerlo, serían castigados.

La reacción: Evitaban tocar las estatuas. Si la señora se acercaba a una escultura clásica (como una Venus o un Apolo), la sirvienta solía quedarse varios pasos atrás, recitando versículos de protección o tocando un amuleto escondido en su ropa.

2. La Indecencia del Mármol Blanco

En 1900, la escultura clásica (desnuda) era el orgullo de Europa. Para la sirvienta, era el colmo de la depravación.

La crítica: No entendían cómo los occidentales podían poner a hombres y mujeres desnudos en plazas públicas o pasillos de palacios.

El comentario: "En nuestra tierra cubrimos la belleza para protegerla; aquí la tallan en piedra fría para que cualquiera pueda tocarla con los ojos". El blanco del mármol les parecía "cadavérico", lo que aumentaba su sensación de que los museos eran cementerios llenos de fantasmas de piedra.

3. La Escultura Moderna: "¿Por qué está roto?"

A finales del siglo XIX y principios del XX, empezaban a verse esculturas con texturas más rugosas o fragmentadas (como las de Rodin).

La confusión: Si las estatuas clásicas les daban miedo por ser realistas, las modernas las dejaban perplejas. Veían figuras con los rostros desdibujados o cuerpos en posturas de agonía.

El pensamiento: "Los infieles han perdido el juicio. Primero crean ídolos y ahora crean monstruos deformes". Les parecía que la escultura moderna reflejaba el alma "rota" y caótica de Occidente.

4. Las Estatuas de los Reyes y Generales


En las plazas de Londres, París o Berlín, veían estatuas de hombres montados a caballo.

La comparación: Esto les recordaba a los monumentos que empezaban a aparecer tímidamente en algunas ciudades orientales modernizadas, pero les seguía pareciendo una arrogancia.

El juicio: "Ese hombre ya está muerto, ¿por qué lo mantienen prisionero en el metal?". Preferían las fuentes de agua geométrica o los grabados de caligrafía de sus ciudades, que invitaban a la paz, mientras que las estatuas de generales les parecían una invitación a la guerra y a la idolatría de los hombres.

5. ¿Qué sentían por los maniquíes de las tiendas?

Curiosamente, los maniquíes de cera de las tiendas de moda de la Quinta Avenida o la Rue de Rivoli les causaban más terror que las estatuas de mármol.

El "Valle Inquietante": Al tener ropa real, pelo real y ojos de cristal, los confundían con personas vivas que se habían quedado petrificadas.

La anécdota: Se cuenta que algunas sirvientas evitaban pasar por delante de los escaparates de noche porque creían que los maniquíes cobraban vida para perseguirlas.

La conclusión de la sirvienta

Al final del día, después de ver tanta piedra y metal, la sirvienta llegaba a una conclusión reconfortante para ella:

"Alá ha hecho a los hombres de carne y a las flores de perfume. Los occidentales, que no pueden crear vida, se rodean de piedras frías para no sentirse solos. Prefiero mi jardín con flores reales, que se marchitan pero han vivido, que este palacio de piedra que nunca ha sabido lo que es rezar".

Para una sirvienta o esclava otomana de 1900, visitar el Coliseo de Roma o el Partenón de Atenas no era una lección de arqueología ni de admiración estética. Para ellas, las ruinas eran un "Sermón de Piedra" sobre la arrogancia humana y la fugacidad de la vida.

En su mentalidad, influenciada por el concepto islámico de I'tibar (aprender de las lecciones del pasado), las ruinas no eran "arte", sino una advertencia divina.

1. El Coliseo de Roma: "La Jaula de los Crueles"

Cuando acompañaban a su señora al Foro Romano o al Coliseo, el sentimiento principal era de pavor.

La interpretación: No veían arquitectura; veían un lugar donde los "infieles antiguos" se mataban entre ellos por diversión.

El pensamiento: "Si esto le pasó a los romanos, que eran tan poderosos, ¿qué le pasará a estos europeos modernos?". Veían las piedras caídas como una prueba de que Dios acaba destruyendo a los imperios que se creen eternos.

El detalle: Les horrorizaba que los turistas occidentales merendaran o se rieran entre las ruinas. Para ellas, esos lugares estaban llenos de djinns (espíritus) de los que sufrieron allí.

2. El Partenón de Atenas: "El Templo de los Ídolos Caídos"

Atenas era una parada común en los cruceros de lujo por el Mediterráneo.

La comparación: Comparaban las columnas blancas del Partenón con las mezquitas de Estambul. Mientras que sus mezquitas estaban vivas, llenas de alfombras y oración, el Partenón les parecía un esqueleto frío.

El juicio: "Sus dioses eran de piedra y por eso su templo está roto". Sentían una superioridad espiritual; pensaban que los griegos antiguos habían fracasado porque adoraban a muchos dioses en lugar de al Único.

La mirada técnica: Como muchas eran de origen campesino o artesano, se asombraban de cómo habían subido esas piedras tan grandes sin máquinas modernas, atribuyéndolo a menudo a "gigantes" o magia de tiempos antiguos.

3. Las Ruinas como "Memento Mori" (Recuerda que morirás)

Mientras la señora leía una guía de viajes francesa sobre la historia de los emperadores, la sirvienta pensaba en la muerte.

El sentimiento: "Todo lo que el hombre construye vuelve al polvo". Sentían que las ruinas eran el destino final de París, Londres y Nueva York.

La reacción: Se aferraban más a su religión. Ver la gloria de Roma en el suelo las convencía de que lo único que importa es lo invisible, no las ciudades de piedra.

4. La Ironía del Turismo Occidental

Les resultaba ridículo ver a los europeos pagando dinero y viajando miles de kilómetros para ver "piedras rotas".

El chisme: "Estos infieles son extraños: tienen casas nuevas y hermosas, pero vienen aquí a mirar paredes que se caen. Si una pared se cae en nuestra casa, la arreglamos; ellos le hacen fotos".

La sospecha: Pensaban que los arqueólogos buscaban tesoros escondidos (oro o joyas) bajo las piedras, porque no concebían que alguien se interesara por un trozo de columna solo por "historia".

Lo que hacían mientras la señora "admiraba el pasado"

Buscaban sombra: Se sentaban en la base de una columna milenaria, dándole la espalda a la vista, para hablar de cosas cotidianas o preparar el café turco que llevaban en un termo oculto.

Recogían recuerdos: A veces, a escondidas, recogían una piedrita pequeña o una flor silvestre que crecía entre las ruinas para llevarla como amuleto, pensando que esa piedra tenía "memoria" de los tiempos antiguos.

La conclusión al salir del sitio arqueológico:

Al abandonar el Foro Romano, la sirvienta suspiraba aliviada y le decía a su compañera:

"Mira esas piedras, hermana. Los reyes que las pusieron allí se creían dioses, y ahora solo sirven para que los lagartos tomen el sol. Alá es el único que permanece".

Si Roma les parecía un cementerio de gigantes y Atenas un esqueleto de mármol, Venecia y Florencia les despertaban sentimientos mucho más complejos. Aquí no veían solo ruinas, sino ciudades vivas que, de alguna manera, les recordaban a los cuentos de Las mil y una noches, pero en una versión cristiana y extraña.

Aquí te cuento su choque mental en estas dos joyas italianas en 1900:

1. Venecia: "La Ciudad que flota (y huele) como Estambul"

Venecia era la ciudad que más las confundía porque tenía elementos que les resultaban muy familiares, pero "distorsionados".

El parecido con el Bósforo: Ver el agua golpeando las puertas de las casas les recordaba a los yalis (mansiones a la orilla del mar) de Estambul. Sin embargo, les aterraba que no hubiera tierra firme para escapar.

Las Góndolas: Las comparaban con las caïques (barcas tradicionales turcas). Les gustaba el balanceo, pero les parecía que los gondoleros eran demasiado ruidosos y "teatrales" comparados con los remeros otomanos, que eran más discretos.

El olor: En 1900, los canales de Venecia no tenían el mejor sistema de alcantarillado. Las sirvientas se tapaban la nariz con pañuelos perfumados con agua de rosas y decían: "Esta ciudad es una joya puesta sobre un pantano sucio; los infieles son elegantes por fuera, pero viven sobre el lodo".

2. Florencia: "La Prisión de los Rostros"

Florencia era el centro del Renacimiento, y para una sirvienta de 1900, eso significaba una sola cosa: exceso de imágenes.

El Duomo y las Torres: Se asombraban de la altura de la torre de Giotto, pero les faltaba el sonido del Adhan (llamada al rezo). El sonido constante de las campanas de las iglesias les generaba una melancolía profunda; decían que el metal golpeando metal les "astillaba el alma".

El Ponte Vecchio: Este era su lugar favorito. Al ver las tiendas de joyeros sobre el puente, se sentían como en el Gran Bazar. Calculaban el valor del oro y comparaban la filigrana florentina con la de sus tierras. Aquí es donde se sentían más seguras, rodeadas de comercio y objetos tangibles.

3. El Choque con los "Maestros del Pasado" (Miguel Ángel y compañía)

En Florencia, la señora las llevaba a ver el David de Miguel Ángel o las pinturas de la Galería Uffizi.

La "Idolatría" florentina: Florencia es una ciudad donde el arte está en las paredes de las calles. Para la sirvienta, esto era agotador. Pensaban que los florentinos estaban obsesionados con los rostros humanos.

El pensamiento: "¿Por qué no pintan flores o geometría? ¿Por qué todo tiene que tener ojos?". Sentían que la ciudad estaba "embrujada" por tantas estatuas y retratos de gente muerta hace siglos.

4. La Observación de las Mujeres Italianas

Notaban que las mujeres en Venecia y Florencia eran diferentes a las de París o Londres.

La conexión mediterránea: Veían que las italianas eran más morenas, gesticulaban mucho con las manos y tenían un carácter más "caliente".

El juicio: Les parecía que las italianas eran más devotas (las veían entrar a las iglesias a encender velas), pero les chocaba la libertad con la que coqueteaban en las plazas. Decían: "Son como nosotros en la sangre, pero han perdido el velo del corazón".

5. ¿Qué hacían en la Plaza de San Marcos?

En Venecia, mientras la señora tomaba un café en el Florian, las sirvientas se dedicaban a observar a las palomas.

El simbolismo: En Estambul, las palomas de las mezquitas son sagradas y se les da de comer por caridad (sadaka). Ver a los turistas occidentales jugar con ellas les hacía sentir una conexión espiritual momentánea.

La soledad: Se sentaban en las columnas de la plaza y miraban hacia el mar, buscando en el horizonte la dirección de su hogar. Venecia, con sus canales, les hacía sentir que estaban en un barco que nunca llegaba a puerto.

El "Veredicto" del viaje a Italia

Al salir de Italia, la sirvienta resumía su experiencia así:

"Venecia es una casa que se ahoga y Florencia es una casa llena de dibujos. Son ciudades hermosas para mirar, pero cansan los ojos porque no dejan descansar la vista en la sencillez de una pared blanca. Son pueblos que viven de lo que hicieron sus abuelos, mientras el agua y el tiempo se los van comiendo".




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