"El virus
después del coronavirus
Axel Kaiser Director ejecutivo
Fundación para el Progreso (internacional)
: Jueves 19 de marzo de
Sin descartar su aspecto
trágico, el coronavirus fue lo mejor que pudo pasarle políticamente a Chile.
Con un enemigo común al cual combatir y encontrándose todos en riesgo, por
primera vez en mucho tiempo nuestra beligerante clase dirigente ha mostrado señales
de unidad
El tema constitucional, ese
tercermundismo refundacional que alimenta todo tipo de fantasías, pasó
definitivamente a un segundo plano. El gobierno, en tanto, tiene la gran
oportunidad de recuperar parte de su bajísimo respaldo si gestiona bien esta
crisis, cuestión que es probable porque, si bien Piñera es un mal político,
es un excelente manager.
Pero el coronavirus
eventualmente desaparecerá y sus efectos en crear cierta unidad nacional se
desvanecerán tan espontáneamente como emergieron. Entonces tendremos que
hacernos cargo de un virus mucho más resistente y destructivo, uno que es
cuidadosamente cultivado en los laboratorios intelectuales para luego ser
contagiado por los diversos canales de difusión social. Se trata del virus
del resentimiento que la narrativa igualitarista ha ido instalando
crecientemente en nuestro país. Ese virus, responsable en buena medida del
odio social que hemos observado, es el que podría terminar por arruinar
definitivamente a Chile.
Hablamos aquí de un virus
político, es decir, de un patógeno que ataca el corazón de la vida en común
por la vía de envenenar las mentes de las personas con mentiras, distorsiones
y exageraciones. La más evidente es la de que Chile es un infierno del abuso
y la desigualdad por culpa del modelo “neoliberal”, algo que ningún dato
respalda seriamente y que, sin embargo, se le ha hecho creer a parte
importante de la población, la misma que, según la encuesta CEP de fines del
año pasado, afirma que la principal causa de la crisis social fue la
desigualdad de ingresos, a pesar de que esta jamás ha sido más baja.
Lo cierto es que ninguna
sociedad que se entrega a la narrativa igualitaria de manera incondicional,
como la ha hecho la chilena, puede terminar de otra forma que no sea en su
autodestrucción. De manera inevitable, la pasión por la igualdad ve en
aquellos que están mejor parte esencial del problema, conduciendo a una
creciente presión pública por atacarlos para despojarlos de lo que
tramposamente se ha llamado “privilegios”. Nada ha hecho más daño en este
sentido que el famoso discurso del mérito, concepto que ha sido totalmente
tergiversado por la agenda progresista –inspirada en Rawls- y comprado por
casi toda la élite política de derecha.
Según esta perversa visión de
la meritocracia, los niños que tienen padres con dinero y pueden acceder a
mejores oportunidades no “merecen” esas oportunidades, porque no son fruto de
su mérito. Así, sólo una sociedad que garantiza igualdad de oportunidades
puede ser justa y por tanto es mejor “bajar de los patines” para igualar, que
permitir la libertad máxima de oportunidades sin importar su desigualdad. A
partir de ahí, alimentar la culpa social de la élite es muy fácil, porque
esta siente que su única gracia es haber nacido en el barrio alto. Y así, la
culpa de unos justifica el resentimiento de otros alimentando el fuego
arrasador de la inalcanzable promesa de la igualdad.
Si no fuera porque gran parte
de la población chilena muestra ser sana, el país no tendría absolutamente
ninguna esperanza de curarse del virus político que lo enferma, y que seguirá
enfermándolo aunque se cambie la Constitución. |
Como fue el último año de una familia humana racional, en el planeta Soror , ante convertirse en mascotas de sus sirvientes Chimpancés, esta familia vivían en un suburbios. Relato de la novela del Planeta de los simios. Muestra escenas de lo que paso.
Gemini said
Es fascinante que menciones la novela original de Pierre Boulle (1963), porque es mucho más cínica y desgarradora que las adaptaciones cinematográficas. En el libro, la caída de la humanidad en el planeta Soror no fue una guerra nuclear explosiva, sino una decadencia por pereza.
Aquí tienes el relato de ese último año de una familia típica en los suburbios de Soror, antes de que el silencio intelectual los consumiera.
El Inicio: El Gran Aburrimiento
A principios de ese último año, la familia —llamémosles los Hansen— vivía en una casa automatizada. El padre ya no manejaba; su chofer gorila lo hacía. La madre no cocinaba; una chimpancé de confianza organizaba las cenas.
La Escena: El Sr. Hansen llega de "trabajar" (que consistía básicamente en firmar papeles que sus secretarios simios ya habían redactado). Se sienta frente al televisor, pero no lo ve. Simplemente mira fijamente la pantalla. No tiene curiosidad. No hay libros en la mesa de centro, solo catálogos de lujo.
El Verano: La Atrofia del Lenguaje
A mitad de año, la comunicación empezó a morir. No porque estuviera prohibida, sino porque ya no tenían nada que decir. Los chimpancés, mientras tanto, leían a escondidas los libros de la biblioteca familiar, aprendiendo sobre leyes y medicina.
La Escena: Durante una cena dominical, el hijo pequeño intenta hacer una pregunta sobre las estrellas. El padre le responde con un gruñido vago, demasiado cansado para articular una idea compleja. La sirvienta chimpancé, que sirve el vino, observa la escena con una mirada inteligente y una pizca de desprecio. Ella ya sabe leer el periódico; los Hansen solo miran las fotos.
El Otoño: El Cambio de Roles
Llegó un punto en que los humanos dejaron de vestirse de manera elegante. La higiene personal empezó a fallar. El instinto de "manada" superó a la individualidad.
La Escena: Un día, el Sr. Hansen se niega a levantarse de la cama. La chimpancé de la casa entra, le quita las mantas y, con un gesto firme pero autoritario, le indica que debe salir al jardín. Él obedece sin protestar, movido por un miedo instintivo a la autoridad de quien sí tiene voluntad. Los simios ya no piden permiso; dan órdenes directas.
El Invierno: El Regreso a la Selva
Para el final del año, la familia Hansen ya no era una familia en el sentido humano. Eran un grupo de seres que coexistían por hábito. Una mañana, los camiones del Instituto de Investigación de Soror pasaron por el suburbio.
La Escena Final: Los chimpancés, ahora vestidos con batas blancas y uniformes militares, caminan por el césped descuidado. El hijo pequeño está jugando en el suelo, tratando de atrapar una mariposa con las manos, habiendo olvidado por completo cómo hablar. Cuando los simios los llaman con silbatos, los humanos caminan hacia los camiones con una mezcla de docilidad y vacío en los ojos.
Nota: En la novela, la humanidad no fue conquistada por las armas, sino que "dimitió" de su posición como especie dominante al dejar de usar su razón
El Ocaso Humano en Soror
Relato largo, como fue el último año de una familia humana racional, en el planeta Soror , ante convertirse en las mascotas de sus sirvientes chimpancés; esta familia vivían en un suburbio de ricos. Relato de la novela del Planeta de los simios.
Esta es la crónica del ocaso de la razón en la Villa de las Camelias, un enclave de mármol y vidrio en los suburbios dorados de Soror, durante el año en que los amos olvidaron cómo hablar y los sirvientes aprendieron a dar órdenes.
El Primer Trimestre: La Grieta en la Costumbre
Al principio, la familia Dumont lo llamó "indisciplina". Jean-Pierre, el patriarca y magnate de la industria textil, notó que su jardinero chimpancé, Zirael, ya no agachaba la cabeza al recibir instrucciones. Los setos, antes podados con precisión matemática, empezaron a cobrar formas extrañas, casi burlonas.
En las cenas de etiqueta, el tema de conversación era siempre el mismo:
"¿Has notado que los simios nos miran fijo?"
"Mi doncella gorila rompió ayer un jarrón de la dinastía Ming y ni siquiera pidió disculpas... solo gruñó."
Marie-Claire, la esposa de Jean-Pierre, intentaba mantener las apariencias. Pero el miedo era un perfume amargo que flotaba en el aire. La familia seguía usando sus mejores sedas, pero las costuras de la sociedad humana se estaban deshilachando.
El Segundo Trimestre: El Gran Silencio
A mediados de año, ocurrió el fenómeno que los historiadores simios llamarían más tarde "El Retorno a la Bestia". Los Dumont empezaron a perder el hilo de sus propios pensamientos.
Una mañana, el hijo menor, Philippe, olvidó cómo anudar sus zapatos. Se quedó mirando los cordones con una expresión de vacío absoluto. Jean-Pierre intentó regañarlo, pero las palabras se le atascaron en la garganta, transformándose en un gemido gutural.
Mientras tanto, en el cuarto de servicio, se escuchaba algo aterrador: susurros. Los chimpancés estaban practicando sílabas. La autoridad se deslizaba de las manos humanas como arena fina. Los Dumont ya no daban órdenes; empezaban a pedir permiso con la mirada.
El Tercer Trimestre: La Inversión de los Roles
El verano en Soror fue sofocante. La piscina de la villa se llenó de algas porque nadie sabía ya cómo activar el sistema de filtrado. Los chimpancés, ahora vestidos con las camisas de lino de Jean-Pierre (aunque les quedaran cortas de mangas), se sentaban en las reposeras a discutir sobre biología y derecho.
La familia Dumont fue desplazada gradualmente:
De la mesa al suelo: Los simios empezaron a comer en la mesa principal, usando cubiertos con una elegancia ruda. Los humanos recibían sobras en platos de plástico.
Del dormitorio al jardín: Una noche, Zirael simplemente señaló la puerta del dormitorio principal. Jean-Pierre y Marie-Claire, incapaces de articular una protesta racional, se retiraron al establo, tiritando de una vergüenza que ya no sabían nombrar.
El collar: El momento definitivo fue cuando Zirael trajo cuatro correas de cuero fino. No hubo lucha. Los Dumont simplemente bajaron el cuello, aceptando el frío metal como quien acepta un destino inevitable.
El Último Mes: Mascotas de Exhibición
Para diciembre, la transformación era total. La Villa de las Camelias ya no pertenecía a los humanos; era la residencia del Magistrado Zirael.
Los Dumont pasaban el día retozando en el césped. Jean-Pierre, antes un genio de las finanzas, ahora se sentía inmensamente feliz si su amo le rascaba detrás de las orejas o le lanzaba un trozo de fruta madura. Marie-Claire cepillaba su propio cabello con movimientos erráticos, habiendo olvidado el concepto de belleza, conservando solo el instinto del aseo.
Los vecinos simios pasaban de visita y comentaban:
"Qué ejemplares tan dóciles tiene usted, Magistrado. Se nota que vienen de buena estirpe. El macho mayor todavía tiene esa chispa de orgullo en los ojos, pero ya aprenderá a hacer trucos si le retacea el azúcar."
El año terminó con una fiesta de gala. Los simios brindaban con champán por el progreso de la civilización. En un rincón del jardín, bajo la luz de las estrellas de Soror, la familia humana se acurrucaba para darse calor, emitiendo pequeños chillidos de satisfacción, totalmente ajenos al hecho de que, alguna vez, ellos habían sido los dueños del mundo.

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