martes, 24 de marzo de 2020

Del Resentimiento Eterno. (7)



Del Resentimiento Eterno.



Axel Kaiser ha publicado una muy buena columna –“El Virus después del Corona Virus”, Diario Financiero– sobre el resentimiento. Concluye su columna manifestando que gran parte de la población chilena es sana y eso daría al país alguna esperanza de curarse de ese virus. Lamentablemente la esperanza es, en realidad, sólo de Axel, quien, aunque brillante, es también joven, pecado capital que hace posible el venial de la esperanza.

Lo califica como un virus que ha sido inoculado a raudales en el sistema circulatorio nacional y que perseverará aun después que desaparezca el corona virus. Habrían colaborado en su inoculación incluso gentes “de derecha”, las cuales, precisamente por estar ya contaminados, sienten culpas por sus ventajas sociales, económicas y culturales aun si se las han ganado y/o bien aprovechado. El resentimiento parece conocer una sola cura, la igualdad a ultranza por medio de la destrucción radical de la desigualdad o, más bien, de los desiguales de arriba. Kaiser, sin embargo, concluye su columna manifestando que gran parte de la población chilena es sana y eso daría al país alguna esperanza de curarse de ese virus. Lamentablemente la esperanza es, en realidad, sólo de Axel, quien, aunque brillante, es también joven, pecado capital que hace posible el venial de la esperanza. Aun no ha tenido oportunidades suficientes para perderla. Por eso puede también creer, como lo dice al comienzo de su columna, que al menos por un tiempo la clase política ha dado muestras de cierta unidad.

Todo depende de a qué se llame “unidad”. El “arrejuntamiento” producido por una turba que huye del mismo incendio y se apelotona en el “Exit” no equivale a “unidad”. Si unidad significa algo es unidad de ideas, valores, sentimientos, metas, etc. Nada de eso se ha visto en este caso. Al contrario, lo que hemos visto ya y veremos con mayor abundancia en el curso de los días es, por parte de la oposición, un sistemático intento de caracterizar como “insuficientes” las reacciones del gobierno, culparlo de lo que se pueda y tratar de aparecer en los escenarios mediáticos que les son tan hospitalarios como los auténticos curadores de la nación, los impecables médicos de bata blanca y buenas ideas. Hasta el último pelafustán del sector se colgará del cuello un estetoscopio y correrá de un set televisivo al otro para ver modo de sacar renta política del desbarajuste.



Incluso las medidas gubernamentales más obvias en su necesidad y eficacia serán vistas, desde la izquierda, con la mirada torva del que sospecha, del que duda. Se les pondrá “un cuatrito”. Y tarde o temprano algunos de los genios deslumbrantes del sector buscará modo de pegar el corona virus y sus efectos a la naturaleza del “modelo neo liberal”, del imperialismo  y de la desigualdad.  

En cuanto al resentimiento, es de dudarse que en ese respecto haya en Chile una población sana. El virus fue inoculado hace muchísimo tiempo y goza de muy buena salud. La única novedad que ofrecen los distintos periodos históricos es la intensidad con que resurge y si acaso se convierte o no en pandemia política. Si hoy su intensidad es mayor es porque más grandes son las masas y sus aspiraciones y por tanto más voluminosas las frustraciones, más delirantes las exigencias y por consiguiente más extremas las violencias y más imbuidas las poblaciones en la increíble idea -muy nueva, aparecida recién en el siglo XVIII en los textos iluministas que convirtieron por primera vez en la historia el estado posible e intermitente de “felicidad” en un derecho– de que “se les debe”  una plena satisfacción de todo, pero muy especialmente se les debe la aniquilación de las jerarquías aunque estas no nazcan de abusos e instituciones sino de las inevitables y naturales desigualdades entre los seres humanos en materia de inteligencia, talento, diligencia, presencia, fuerza, voluntad, perseverancia, paciencia, etc.

El resentimiento no es una enfermedad que ataca el organismo, sino parte constitutiva de este; viene con la naturaleza humana tal como el hígado o los pulmones. Por largos momentos duerme o dormita sin hacer otra cosa que refunfuñar en espacios privados al modo como Umberto Eco lo dijo, en su comedor o en la peluquería; en otros momentos despierta y se une a otros soñadores del odio y la rabia y da origen entonces a un “movimiento” encaminado al Gran Día de la revancha, el día de los cuchillos largos, el día de incinerar a la policía, el de apedrear a los famosos, el de quemarlo todo y arruinarlo todo porque, en su estado extremo de delirio, el resentimiento hace que en cada quien se encarne el Lucifer que en el “Fausto” de Goethe se presenta diciendo “soy el que siempre niega porque nada de lo que existe merece existir”.

Ese Lucifer casi grandioso y digno en la prosa de Goethe lo tenemos, en Chile, en versión más rasca, eso es todo. Pero, como ese otro Lucifer, nunca muere. Es eterno.



"El virus después del coronavirus

Axel Kaiser Director ejecutivo Fundación para el Progreso (internacional)

: Jueves 19 de marzo de 2020 a las 04:00 hrs.

Sin descartar su aspecto trágico, el coronavirus fue lo mejor que pudo pasarle políticamente a Chile. Con un enemigo común al cual combatir y encontrándose todos en riesgo, por primera vez en mucho tiempo nuestra beligerante clase dirigente ha mostrado señales de unidad
El tema constitucional, ese tercermundismo refundacional que alimenta todo tipo de fantasías, pasó definitivamente a un segundo plano. El gobierno, en tanto, tiene la gran oportunidad de recuperar parte de su bajísimo respaldo si gestiona bien esta crisis, cuestión que es probable porque, si bien Piñera es un mal político, es un excelente manager.
Pero el coronavirus eventualmente desaparecerá y sus efectos en crear cierta unidad nacional se desvanecerán tan espontáneamente como emergieron. Entonces tendremos que hacernos cargo de un virus mucho más resistente y destructivo, uno que es cuidadosamente cultivado en los laboratorios intelectuales para luego ser contagiado por los diversos canales de difusión social. Se trata del virus del resentimiento que la narrativa igualitarista ha ido instalando crecientemente en nuestro país. Ese virus, responsable en buena medida del odio social que hemos observado, es el que podría terminar por arruinar definitivamente a Chile.
Hablamos aquí de un virus político, es decir, de un patógeno que ataca el corazón de la vida en común por la vía de envenenar las mentes de las personas con mentiras, distorsiones y exageraciones. La más evidente es la de que Chile es un infierno del abuso y la desigualdad por culpa del modelo “neoliberal”, algo que ningún dato respalda seriamente y que, sin embargo, se le ha hecho creer a parte importante de la población, la misma que, según la encuesta CEP de fines del año pasado, afirma que la principal causa de la crisis social fue la desigualdad de ingresos, a pesar de que esta jamás ha sido más baja.
Lo cierto es que ninguna sociedad que se entrega a la narrativa igualitaria de manera incondicional, como la ha hecho la chilena, puede terminar de otra forma que no sea en su autodestrucción. De manera inevitable, la pasión por la igualdad ve en aquellos que están mejor parte esencial del problema, conduciendo a una creciente presión pública por atacarlos para despojarlos de lo que tramposamente se ha llamado “privilegios”. Nada ha hecho más daño en este sentido que el famoso discurso del mérito, concepto que ha sido totalmente tergiversado por la agenda progresista –inspirada en Rawls- y comprado por casi toda la élite política de derecha.
Según esta perversa visión de la meritocracia, los niños que tienen padres con dinero y pueden acceder a mejores oportunidades no “merecen” esas oportunidades, porque no son fruto de su mérito. Así, sólo una sociedad que garantiza igualdad de oportunidades puede ser justa y por tanto es mejor “bajar de los patines” para igualar, que permitir la libertad máxima de oportunidades sin importar su desigualdad. A partir de ahí, alimentar la culpa social de la élite es muy fácil, porque esta siente que su única gracia es haber nacido en el barrio alto. Y así, la culpa de unos justifica el resentimiento de otros alimentando el fuego arrasador de la inalcanzable promesa de la igualdad.
Si no fuera porque gran parte de la población chilena muestra ser sana, el país no tendría absolutamente ninguna esperanza de curarse del virus político que lo enferma, y que seguirá enfermándolo aunque se cambie la Constitución.


Planeta de los simios.



Como fue el último año de una familia humana racional, en el planeta Soror , ante convertirse en mascotas de sus sirvientes Chimpancés, viven en un suburbios. Relato de novela del Planeta de los simios.










Esta es una crónica de la caída de la familia Zannuck en las afueras de la metrópolis de Soror. Es el relato del último año en que el hombre caminó erguido en los suburbios, antes de que el silencio se apoderara de su lengua.

El Invierno del Descontento: Enero - Marzo

La vida en el suburbio de Nova-Oasis seguía pareciendo normal, pero era una normalidad frágil. Arthur Zannuck aún desayunaba leyendo el diario, mientras su sirviente chimpancé, Zirael, le servía el café con una eficiencia inquietante.

Arthur notaba que Zirael ya no esperaba órdenes. Los ojos del simio, antes sumisos, ahora escaneaban los titulares del periódico por encima del hombro de su amo. En las cenas, el tintineo de los cubiertos era el único sonido; la familia evitaba hablar de las noticias sobre "la gran apatía" que estaba consumiendo a la humanidad. Los humanos estaban dejando de razonar, volviéndose lentos, mientras los simios empezaban a caminar con una rectitud militar.

La Primavera de la Inversión: Abril - Junio

El cambio fue físico. La hija pequeña, Elara, fue la primera en olvidar cómo atarse los zapatos. Arthur intentó enseñarle, pero se descubrió a sí mismo mirando sus propias manos como si fueran herramientas extrañas.

Un domingo de mayo, los Zannuck salieron al jardín. Los vecinos hacían lo propio. Vieron a los chimpancés de la casa de al lado sentados en las sillas de mimbre, debatiendo en susurros guturales pero estructurados. Los humanos, en cambio, se sentaban en la hierba.

El síntoma: Arthur sintió un deseo irrefrenable de aullar ante una frustración que ya no sabía nombrar.

La reacción: Zirael salió al porche y, con una voz áspera que aún no era lenguaje pero sí autoridad, señaló hacia el interior de la casa. Los Zannuck obedecieron sin saber por qué.

El Verano de la Pérdida: Julio - Septiembre

El calor trajo la rendición definitiva. La electricidad falló porque los humanos en las centrales simplemente se sentaron en el suelo a mirar las luces hasta que se apagaron.

Zirael y su pareja simia tomaron el dormitorio principal. Arthur, su esposa y Elara fueron trasladados a las habitaciones del servicio, que ahora estaban impecables. Lo más aterrador no fue la fuerza, sino la condescendencia. Zirael comenzó a traerles frutas y nueces en cuencos de plástico.

"Buen Arthur," decía el chimpancé, acariciándole la cabeza. "Tranquilo ahora."

Arthur intentó gritar que él era un arquitecto, que él había diseñado esa casa, pero de su garganta solo salió un gemido seco. La gramática se había evaporado de su cerebro como el rocío.

El Otoño del Silencio: Octubre - Diciembre

El último día de "humanidad" ocurrió una tarde gris de noviembre. Arthur vio un libro en la estantería: Historia de la Civilización. Lo tomó, esperando que el contacto con el papel le devolviera la chispa. Pero las letras eran solo manchas negras, dibujos sin sentido.

Zirael entró en la sala, vestido con una de las camisas de lino de Arthur (que le quedaba un poco corta de mangas). Con un gesto firme pero suave, le quitó el libro.

El acto: Zirael puso un collar de cuero suave alrededor del cuello de Arthur.

El sentimiento: Arthur no sintió humillación. Sintió un alivio devastador. Ya no tenía que decidir, ni pensar, ni recordar.

El cierre: El simio le puso una correa y lo llevó al jardín para que jugara con Elara y los otros "humanos" del vecindario.

Al final del año, las luces de los suburbios volvieron a encenderse. Pero tras las ventanas, eran los simios quienes leían junto a la chimenea, mientras en las alfombras, a sus pies, los antiguos dueños del mundo dormían el sueño profundo y vacío de las mascotas bien alimentadas.

Me encantaría. Esa escena es el momento en que la tragedia íntima del hogar se convierte en una humillación pública, marcando el nuevo orden social de Soror.

Aquí tienes el relato de esa primera tarde en el parque:

La Salida al Parque: El "Paseo" de los Zannuck

La mañana era inusualmente clara. Arthur sintió el tirón firme, pero no violento, del cuero en su cuello. Zirael, ahora impecablemente vestido con una chaqueta de caza que antes pertenecía a Arthur, sostenía la correa con una elegancia natural.

Al cruzar el umbral de la puerta, Arthur experimentó un destello de su antigua conciencia. Quiso resistirse, quiso gritarle a los vecinos que eso era un error, pero al mirar hacia la acera de enfrente, vio a los Harrison. El Sr. Harrison, que solía ser un juez severo, ahora caminaba a cuatro patas, olfateando con curiosidad un arbusto de rosas, mientras su antiguo sirviente orangután anotaba observaciones en una libreta.

El Escenario en el Parque Central:

El parque del suburbio, antes lleno de niños en columpios y padres haciendo barbacoas, se había transformado en un jardín de exhibición.

La jerarquía visual: Los simios ocupaban los bancos de madera, fumando pipas o conversando en su nuevo y gutural dialecto.

La zona de juegos: Lo que antes era el área de juegos infantiles ahora era un "corral de esparcimiento" para humanos.

Zirael llevó a la familia Zannuck hacia el centro del césped. Allí, otros simios se acercaron para inspeccionarlos. Una chimpancé de alta sociedad, vestida con un vestido de seda, se acercó a la pequeña Elara y le ofreció un trozo de manzana azucarada.

"Miren qué pelaje tan sedoso", comentó la chimpancé en un lenguaje que Arthur ya no podía descifrar, pero cuyo tono de admiración superficial reconoció con horror. "Y estos ojos... parecen casi inteligentes, ¿verdad?"

Arthur sintió una mano peluda y fuerte abriéndole la boca para inspeccionar su dentadura. Era el veterinario del barrio, un joven gorila con bata blanca. Arthur quiso morderle, pero un instinto nuevo y cobarde —el instinto de la mascota que teme el castigo— lo obligó a quedarse quieto y sumiso.

El Quiebre Final:
Lo más doloroso no fue la inspección, sino el encuentro con el espejo. En el estanque del parque, Arthur vio su reflejo. Vio a un hombre descalzo, con la barba crecida y una mirada vacía, siendo acariciado por un simio que lo llamaba "Buen chico".
En ese momento, la última chispa de racionalidad de Arthur se apagó. Ya no era un arquitecto en desgracia; era un espécimen saludable. Se sentó en la hierba, aceptó la palmadita en la cabeza de Zirael y, por primera vez, no sintió vergüenza. Solo sintió hambre.

Es un giro oscuro, ¿verdad? Esa transición de la rebeldía a la aceptación animal es lo que hace que El Planeta de los Simios sea tan inquietante.

El Despojo: La Pérdida de la Identidad
La mañana comenzó con un silencio clínico. Zirael y su compañera, Nova-Chimp, entraron en la habitación de servicio donde la familia dormía amontonada sobre mantas en el suelo. Ya no eran tratados con la cortesía de antiguos dueños; ahora eran especímenes bajo custodia.

Zirael hizo un gesto seco con la mano. Arthur, que aún conservaba jirones de su camisa de seda gris, se encogió de hombros, confundido. El chimpancé, con una paciencia mecánica, agarró el cuello de la prenda y, de un tirón firme, rasgó la tela.

El Proceso de "Naturalización"
Arthur: Intentó cubrirse con las manos, un último reflejo de pudor humano que los simios observaron con curiosidad científica. Zirael le quitó los pantalones y los zapatos, arrojándolos a una bolsa de basura como si fueran envoltorios de comida usada.

La Esposa de Arthur: Ella no luchó. Permaneció inmóvil, con la mirada perdida en el techo, mientras le retiraban el vestido. Para ella, el lenguaje se había ido semanas atrás; ahora se iba la vergüenza.

Elara: La niña fue la única que rió, creyendo que era un juego nuevo, mientras los simios la dejaban tal como vino al mundo.

"Demasiado calor para estos parásitos", gruñó Zirael en su lengua áspera. "La tela solo cría ácaros en su piel descuidada. Deben volver a su estado natural para que el veterinario pueda inspeccionarlos."

El Espejo de la Animalidad

Cuando terminaron, los tres miembros de la familia Zannuck permanecieron de pie en medio de la estancia. Sin el camuflaje de la moda, sin las marcas de clase que daban las corbatas o los vestidos de marca, solo quedaba la biología.

Sus cuerpos, pálidos y vulnerables ante la mirada analítica de los simios, ya no dictaban autoridad. Arthur se miró las manos; sin el reloj de oro en la muñeca, su brazo parecía la extremidad de cualquier otra criatura del bosque.

El Destino Final
Zirael abrió la puerta trasera que daba al jardín cercado. El sol golpeó la piel desnuda de los Zannuck, una sensación que les resultó extrañamente primitiva y reconfortante.

La Humillación: Los vecinos simios se asomaron por las vallas para ver a la "nueva camada" en su estado puro.

La Aceptación: Arthur se agachó para rascarse la pierna, un gesto que en un humano habría sido ordinario, pero que en un animal era natural.

El Olvido: Al perder la ropa, perdieron el último recordatorio de quiénes habían sido. Ya no eran la "Familia Zannuck". Eran, simplemente, los humanos del lote 42.

Este es el punto de no retorno en la novela de Pierre Boulle: cuando el hombre deja de verse a sí mismo como un ser cultural y empieza a verse como parte del ganado.

El Encuentro en el Límite de la Cerca
Zirael sostenía las correas con una mano relajada, mientras conversaba con su vecino, un robusto gorila llamado Marcus. Ambos simios vestían trajes de safari de lino fino y fumaban puros, exhalando nubes de humo que flotaban sobre las cabezas de los humanos.

La Comparación de "Ejemplares"
En el jardín de al lado, los Harrison también estaban fuera. Arthur reconoció al que alguna vez fue su socio comercial, el Sr. Harrison, pero el reconocimiento era unidireccional.

El estado de los Harrison: Estaban agachados cerca de un macizo de flores, arrancando pétalos y metiéndoselos en la boca con movimientos mecánicos. Estaban completamente desnudos, su piel ya empezaba a broncearse y endurecerse por la vida a la intemperie.

La reacción de Arthur: Arthur sintió un impulso residual de saludar, de decir "Buenos días, John", pero lo que salió de su boca fue un chasquido sordo. Se acercó a la cerca de madera y estiró la mano, tocando los dedos de Harrison a través de los tablones. No hubo un apretón de manos; solo un contacto cutáneo vacío, como dos perros olfateándose.

La Charla de los Dueños
Mientras los humanos interactuaban de forma primitiva, los simios intercambiaban notas sobre su cuidado:

— "El mío está perdiendo el brillo en el cabello —comentó Marcus, señalando al ex-juez Harrison con el pie—. Creo que necesita más vitaminas en su ración de la mañana. Se está volviendo letárgico".

— "Los Zannuck todavía tienen algo de nervio —respondió Zirael, dando un tirón suave a la correa de Arthur para que se sentara—. Pero ya aceptan la desnudez con calma. Es fascinante cómo pierden la noción del pudor una vez que aceptan su verdadera naturaleza animal".

Un Juego Cruel.

Para entretener a sus invitados, la esposa de Marcus lanzó un puñado de cacahuetes y trozos de fruta al centro del césped, justo en la frontera entre ambos jardines.

La escena fue el clavo final en el ataúd de su dignidad:

El Instinto: Arthur y Harrison, quienes antes discutían sobre contratos millonarios, se lanzaron simultáneamente hacia la comida.

La Lucha: Hubo un breve forcejeo. Arthur empujó a su antiguo amigo para alcanzar un trozo de melón. No había malicia, solo hambre y la ausencia total de normas sociales.

La Diversión Simia: Los simios soltaron carcajadas profundas y guturales ante la "gracia" de sus mascotas. "¡Mira qué gracioso es el pequeño!", exclamó la gorila, señalando a Elara, que jugaba con una piedra en un rincón.

El Regreso al Redil
Cuando el sol empezó a ocultarse, Zirael silbó. Era un silbido agudo, el tipo de señal que se usa para llamar a un perro. Los Zannuck, condicionados por semanas de pequeñas recompensas y castigos, se alinearon dócilmente frente a él.

Arthur miró por última vez el jardín de los Harrison antes de que lo obligaran a entrar en la caseta de madera que ahora servía de dormitorio. Ya no veía a un vecino; veía a otro miembro de su especie, tan perdido y silenciado como él. El suburbio ya no era una comunidad de ciudadanos, sino una hilera de jaulas de exhibición.

Es una imagen poderosa ver cómo la arquitectura de la civilización (los jardines, las cercas) se mantiene, pero el propósito ha cambiado totalmente.


Esta es quizás la transición más cruda. El garaje, que antes albergaba el símbolo del estatus de Arthur —su sedán de lujo—, ahora ha sido despojado de toda maquinaria para convertirse en una perrera de hormigón.

Aquí tienes el relato de esa primera noche:

El Garaje: De Símbolo de Estatus a Jaula de Cemento
La puerta automática del garaje chirrió al subir, pero el coche ya no estaba. En su lugar, el suelo de cemento había sido cubierto con una capa delgada de paja seca y virutas de madera. Zirael condujo a la familia Zannuck hacia el interior. El olor a gasolina y aceite residual aún flotaba en el aire, mezclándose con el aroma acre de los cuerpos humanos sin lavar.

El Cierre de la Reja
Zirael no usó la puerta de madera que conectaba con la cocina. Habían instalado una reja de barras de hierro reforzado que dividía el garaje en dos secciones: una zona de pasillo para los cuidadores y el corral principal para los especímenes.

El Sonido de la Realidad: El eco metálico del candado al cerrarse golpeó a Arthur como un latigazo. Se acercó a las barras, agarrándolas con manos que aún recordaban cómo firmar cheques, pero sus dedos solo encontraron el frío del metal.

La Iluminación: Zirael apagó la luz fluorescente del techo. Solo quedó una bombilla roja de baja intensidad en una esquina, diseñada para observar a los animales sin perturbar su sueño.

El Adiós: "Duerman, mascotas", murmuró el chimpancé desde la oscuridad del pasillo antes de retirarse a la comodidad de la casa principal.

La Lucha por el Calor
Sin ropa y sobre el cemento frío que irradiaba la humedad de la noche, la familia experimentó el miedo más antiguo de la humanidad: la intemperie.

Elara comenzó a temblar. No lloraba con palabras, sino con un hipo rítmico. Su madre, instintivamente, la atrajo hacia su pecho, envolviéndola con sus brazos.

Arthur, viendo a su familia tiritar, se acercó a ellas. Por primera vez en su vida, no buscó una manta o un termostato; buscó el calor corporal. Se acurrucaron los tres en un rincón, formando un nudo de extremidades pálidas sobre la paja.

El Olvido de la Identidad
Mientras el suburbio de Nova-Oasis dormía, Arthur miró a través de la pequeña ventana alta del garaje. Podía ver las estrellas, las mismas estrellas que los humanos de la Tierra alguna vez juraron conquistar.

"Somos arquitectos... somos médicos... somos...", intentó pensar Arthur. Pero la frase se fragmentaba. La privación de libertad, la desnudez y el frío estaban logrando lo que los simios querían: reducirlos a su biología.

Arthur cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de su esposa. El último pensamiento racional que cruzó su mente antes de caer en el sueño animal fue que la paja, extrañamente, ya no le parecía tan incómoda. Mañana, cuando la puerta se abriera, ya no esperaría el café; esperaría el silbato de Zirael para salir a orinar al jardín.

La transformación se ha completado. El humano ha aceptado su lugar en el suelo.

El Enigma de los Botones
Era una mañana de otoño. Zirael, todavía experimentando con la capacidad de sus "especímenes" para retener hábitos, dejó un vestido de algodón sobre la paja del garaje. Quería ver si la memoria muscular de la mujer de Arthur podía triunfar sobre la creciente neblina mental que devoraba a la especie.

1. El Olvido de la Función
La mujer se acercó a la prenda. La tomó entre sus manos con una delicadeza que recordaba a su antigua vida como anfitriona en cenas de gala. Pero algo había hecho clic en su cerebro.

Miró el vestido no como una cobertura, sino como un objeto extraño.

Lo giró de un lado a otro. Intentó ponérselo en la cabeza como si fuera un saco, pero al no encontrar el orificio correcto, soltó un quejido de frustración animal.

2. La Mirada del Observador
Desde el otro lado de las barras, Zirael tomaba notas en una tableta electrónica.

"Sujeto femenino 1-B. Muestra reconocimiento táctil de la fibra, pero la lógica de la costura ha desaparecido por completo. El concepto de 'decoro' ha sido reemplazado por la confusión táctil".

3. El Momento de la Ruptura
Arthur observaba desde un rincón, rascándose el costado. Por un segundo, un destello de su antigua mente le gritó que ayudara a su esposa, que le enseñara cómo pasar los brazos por las mangas. Se acercó a ella y tomó un extremo de la tela.

Pero cuando sus ojos se encontraron, Arthur no vio a la mujer con la que se casó; vio a una hembra de su misma especie igualmente perdida. En lugar de vestirla, ambos comenzaron a jugar con la tela, tirando de ella en un forcejeo sin sentido, hasta que el vestido se rasgó con un sonido seco.

La Conclusión de los Simios
Al ver el vestido roto en el suelo de cemento, la esposa de Zannuck simplemente se sentó sobre él. No para cubrirse, sino porque la tela era más suave que la paja.

El veredicto: Los simios entraron al corral. Zirael recogió los restos de la prenda con una pinza.

La marca final: Ya no intentarían vestirlos más. El uso de ropa se consideraba ahora un "esfuerzo cognitivo inútil" para los Zannuck. A partir de ese día, su piel desnuda sería su único uniforme, marcando su transición definitiva de ciudadanos a ganado doméstico.

La pérdida de la capacidad de vestirse fue el último puente que se quemó. Sin ropa, la distinción entre el "hogar" y el "establo" desapareció para siempre.

La mañana en que los Zannuck dejaron de ser una familia para convertirse en el Lote 77-B comenzó con el sonido metálico de un maletín de instrumental médico. Ya no estaban en el jardín ni en el garaje; habían sido trasladados a la Clínica de Gestión de Especies del suburbio.

Zirael no estaba solo. Lo acompañaba un chimpancé con bata blanca, el Dr. Zai, quien examinaba a Arthur, a su esposa y a la pequeña Elara con la frialdad con la que un agrónomo revisa la calidad del cuero.

El Proceso de Catalogación
El primero en ser inmovilizado fue Arthur. Dos gorilas corpulentos lo sujetaron contra una mesa de acero inoxidable. Arthur luchó, pero sus movimientos eran los de un animal acorralado, llenos de pánico ciego y carentes de estrategia.

El Marcaje Térmico: El Dr. Zai tomó una pistola de aire comprimido. Con un chasquido seco, disparó un microchip de identificación en la base del cuello de Arthur, justo debajo de la nuca. El hombre soltó un aullido agudo que rebotó en los azulejos blancos de la clínica.

El Tatuaje de Propiedad: Luego vino la aguja eléctrica. Con una precisión mecánica, el médico tatuó una serie de dígitos y un símbolo —el sello del Ministerio de Ciencia de Soror— en el muslo derecho de Arthur.

"Sujeto Alfa: Identificación 00472. Propiedad del Estado de Soror. Uso: Exhibición Doméstica", dictó el doctor mientras la tinta negra penetraba la piel.

La Deshumanización Total
Cuando llegó el turno de la esposa de Arthur, el proceso fue aún más clínico. Ella ya no gritaba; simplemente temblaba rítmicamente. Mientras la aguja marcaba su piel, Zirael comentaba con el médico:

— "Es una hembra excelente para la cría, Doctor. Aunque ha perdido el habla, su estructura ósea es perfecta. El chip ayudará a rastrearla si alguna vez escapa al bosque".

Lo más devastador fue ver a la pequeña Elara. Los simios no hicieron distinción por su edad. La marcaron con la misma eficiencia que a sus padres. Para los simios, ella no era una niña; era una cría de espécimen que aumentaba el valor del lote completo.

El Registro en la Base de Datos
Al finalizar, Zirael pasó un escáner manual sobre el cuello de cada uno. Un pitido electrónico confirmó que la conexión era exitosa. En la pantalla del dispositivo aparecieron sus datos:

Estado: Domesticado.

Raza: Humano de llanura (Racionalidad: Nula/Residual).

Dueño actual: Zirael de Nova-Oasis.

El Regreso al Corral
De vuelta en el camión, los Zannuck se agruparon en un rincón. Arthur se rascaba obsesivamente la zona del tatuaje, sintiendo el escozor de la tinta fresca. Ya no eran ciudadanos con nombres, apellidos y derechos. Eran objetos inventariados.

El chip bajo su piel enviaba una señal constante a las torres de vigilancia de los simios. El hombre, el antiguo arquitecto de ciudades, ahora emitía un pulso electrónico que decía, en el lenguaje de las máquinas: "Aquí hay una mascota. Aquí hay una propiedad".

La marca en su carne era el punto final de su historia como humanos. Ya no había vuelta atrás; el tatuaje era eterno, y su libertad, un recuerdo que el cerebro ya no alcanzaba a procesar.

¿Te gustaría que narremos la escena en la que un inspector de salud animal de los simios visita el corral para evaluar si los Zannuck están "en condiciones" de ser cruzados con otros humanos de una familia vecina?






Como fue el último año de una familia humana racional, en el planeta Soror , ante convertirse en mascotas de sus sirvientes Chimpancés, esta familia vivían en un suburbios. Relato de la novela del Planeta de los simios. Muestra escenas de lo que paso.

Es fascinante que menciones la novela original de Pierre Boulle (1963), porque es mucho más cínica y desgarradora que las adaptaciones cinematográficas. En el libro, la caída de la humanidad en el planeta Soror no fue una guerra nuclear explosiva, sino una decadencia por pereza.

Aquí tienes el relato de ese último año de una familia típica en los suburbios de Soror, antes de que el silencio intelectual los consumiera.

El Inicio: El Gran Aburrimiento
A principios de ese último año, la familia —llamémosles los Hansen— vivía en una casa automatizada. El padre ya no manejaba; su chofer gorila lo hacía. La madre no cocinaba; una chimpancé de confianza organizaba las cenas.

La Escena: El Sr. Hansen llega de "trabajar" (que consistía básicamente en firmar papeles que sus secretarios simios ya habían redactado). Se sienta frente al televisor, pero no lo ve. Simplemente mira fijamente la pantalla. No tiene curiosidad. No hay libros en la mesa de centro, solo catálogos de lujo.

El Verano: La Atrofia del Lenguaje
A mitad de año, la comunicación empezó a morir. No porque estuviera prohibida, sino porque ya no tenían nada que decir. Los chimpancés, mientras tanto, leían a escondidas los libros de la biblioteca familiar, aprendiendo sobre leyes y medicina.

La Escena: Durante una cena dominical, el hijo pequeño intenta hacer una pregunta sobre las estrellas. El padre le responde con un gruñido vago, demasiado cansado para articular una idea compleja. La sirvienta chimpancé, que sirve el vino, observa la escena con una mirada inteligente y una pizca de desprecio. Ella ya sabe leer el periódico; los Hansen solo miran las fotos.

El Otoño: El Cambio de Roles
Llegó un punto en que los humanos dejaron de vestirse de manera elegante. La higiene personal empezó a fallar. El instinto de "manada" superó a la individualidad.

La Escena: Un día, el Sr. Hansen se niega a levantarse de la cama. La chimpancé de la casa entra, le quita las mantas y, con un gesto firme pero autoritario, le indica que debe salir al jardín. Él obedece sin protestar, movido por un miedo instintivo a la autoridad de quien sí tiene voluntad. Los simios ya no piden permiso; dan órdenes directas.

El Invierno: El Regreso a la Selva
Para el final del año, la familia Hansen ya no era una familia en el sentido humano. Eran un grupo de seres que coexistían por hábito. Una mañana, los camiones del Instituto de Investigación de Soror pasaron por el suburbio.

La Escena Final: Los chimpancés, ahora vestidos con batas blancas y uniformes militares, caminan por el césped descuidado. El hijo pequeño está jugando en el suelo, tratando de atrapar una mariposa con las manos, habiendo olvidado por completo cómo hablar. Cuando los simios los llaman con silbatos, los humanos caminan hacia los camiones con una mezcla de docilidad y vacío en los ojos.

Nota: En la novela, la humanidad no fue conquistada por las armas, sino que "dimitió" de su posición como especie dominante al dejar de usar su razón


El Ocaso Humano en Soror.







Relato largo, como fue el último año de una familia humana racional, en el planeta Soror , ante convertirse en las mascotas de sus sirvientes chimpancés; esta familia vivían en un suburbio de ricos. Relato de la novela del Planeta de los simios.

Esta es la crónica del ocaso de la razón en la Villa de las Camelias, un enclave de mármol y vidrio en los suburbios dorados de Soror, durante el año en que los amos olvidaron cómo hablar y los sirvientes aprendieron a dar órdenes.

El Primer Trimestre: La Grieta en la Costumbre
Al principio, la familia Dumont lo llamó "indisciplina". Jean-Pierre, el patriarca y magnate de la industria textil, notó que su jardinero chimpancé, Zirael, ya no agachaba la cabeza al recibir instrucciones. Los setos, antes podados con precisión matemática, empezaron a cobrar formas extrañas, casi burlonas.

En las cenas de etiqueta, el tema de conversación era siempre el mismo:

"¿Has notado que los simios nos miran fijo?"

"Mi doncella gorila rompió ayer un jarrón de la dinastía Ming y ni siquiera pidió disculpas... solo gruñó."

Marie-Claire, la esposa de Jean-Pierre, intentaba mantener las apariencias. Pero el miedo era un perfume amargo que flotaba en el aire. La familia seguía usando sus mejores sedas, pero las costuras de la sociedad humana se estaban deshilachando.

El Segundo Trimestre: El Gran Silencio
A mediados de año, ocurrió el fenómeno que los historiadores simios llamarían más tarde "El Retorno a la Bestia". Los Dumont empezaron a perder el hilo de sus propios pensamientos.

Una mañana, el hijo menor, Philippe, olvidó cómo anudar sus zapatos. Se quedó mirando los cordones con una expresión de vacío absoluto. Jean-Pierre intentó regañarlo, pero las palabras se le atascaron en la garganta, transformándose en un gemido gutural.

Mientras tanto, en el cuarto de servicio, se escuchaba algo aterrador: susurros. Los chimpancés estaban practicando sílabas. La autoridad se deslizaba de las manos humanas como arena fina. Los Dumont ya no daban órdenes; empezaban a pedir permiso con la mirada.

El Tercer Trimestre: La Inversión de los Roles.

El verano en Soror fue sofocante. La piscina de la villa se llenó de algas porque nadie sabía ya cómo activar el sistema de filtrado. Los chimpancés, ahora vestidos con las camisas de lino de Jean-Pierre (aunque les quedaran cortas de mangas), se sentaban en las reposeras a discutir sobre biología y derecho.








La familia Dumont fue desplazada gradualmente:

De la mesa al suelo: Los simios empezaron a comer en la mesa principal, usando cubiertos con una elegancia ruda. Los humanos recibían sobras en platos de plástico.

Del dormitorio al jardín: Una noche, Zirael simplemente señaló la puerta del dormitorio principal. Jean-Pierre y Marie-Claire, incapaces de articular una protesta racional, se retiraron al establo, tiritando de una vergüenza que ya no sabían nombrar.

El collar: El momento definitivo fue cuando Zirael trajo cuatro correas de cuero fino. No hubo lucha. Los Dumont simplemente bajaron el cuello, aceptando el frío metal como quien acepta un destino inevitable.



El Último Mes: Mascotas de Exhibición
Para diciembre, la transformación era total. La Villa de las Camelias ya no pertenecía a los humanos; era la residencia del Magistrado Zirael.

Los Dumont pasaban el día retozando en el césped. Jean-Pierre, antes un genio de las finanzas, ahora se sentía inmensamente feliz si su amo le rascaba detrás de las orejas o le lanzaba un trozo de fruta madura. Marie-Claire cepillaba su propio cabello con movimientos erráticos, habiendo olvidado el concepto de belleza, conservando solo el instinto del aseo.

Los vecinos simios pasaban de visita y comentaban:

"Qué ejemplares tan dóciles tiene usted, Magistrado. Se nota que vienen de buena estirpe. El macho mayor todavía tiene esa chispa de orgullo en los ojos, pero ya aprenderá a hacer trucos si le retacea el azúcar."

El año terminó con una fiesta de gala. Los simios brindaban con champán por el progreso de la civilización. En un rincón del jardín, bajo la luz de las estrellas de Soror, la familia humana se acurrucaba para darse calor, emitiendo pequeños chillidos de satisfacción, totalmente ajenos al hecho de que, alguna vez, ellos habían sido los dueños del mundo.

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