jueves, 14 de marzo de 2019

Conventillo digital (ii)


Conventillo digital.


Una de las eventualidades que muchos pensadores políticos de la antigüedad -desde luego Platón- temían respecto a la democracia y su desarrollo era la posible transformación de la soberanía popular en entidad mucho menos glamorosa y gloriosa, la “tiranía de la mayoría”.

Puede, dicho temor, parecer paranoia de reaccionarios y a menudo lo fue, pero desde la época de la democracia ateniense clásica en su etapa más funcional y espléndida, esto es, a principios del siglo V a.C, han habido no pocos que alentaron ese miedo por algo más que un capricho o percepción errada. En efecto, la historia muestra que una mayoría, si es abrumadora y está asociada a un credo absoluto o siquiera muy poderoso, no sólo oprime a la minoría que no participa de sus creencias sino además es siempre peligrosa porque, siendo tan mayoritaria, no siente frente a sí obstáculos de importancia con los cuales haya que tener consideraciones de ninguna clase; además de opresora se convierte en tiránica si dichas creencias conforman un credo absoluto, los cuales, por definición, no dejan ni se permiten o toleran espacios para negociar, transar y ceder ante otras proposiciones. Ese credo es a veces sólo un sentimiento puntual como el que llevó a las multitudes parisinas, en 1870, a exigirle perentoriamente al gobierno hacerle la guerra a Prusia, con catastróficos resultados, pero en otras ocasiones, peor aun, es una doctrina, a veces un entero evangelio con pretensiones de ser dueño de la Verdad y evangelizar al mundo. 

Esos fenómenos son normalmente de ocurrencia puntual porque no todos los días la masa ciudadana tiene oportunidades, en el territorio de la política, de escoger una vía y/o imponer un programa. Las elecciones y/o coyunturas políticas son de suyo intermitentes, esporádicas, separadas por lapsos sustantivos de tiempo en los que reina cierto reposo, pero pueden haber casos cuando impera TODO EL TIEMPO una penosa asfixia ideológica, valórica y emocional gestionada por esa mayoría SI coinciden dos condiciones: la existencia de una doctrina popular que tenga sentido para una gran mayoría y, junto a eso, una estructura comunicacional poderosa, intensa y eficaz que concentre y coordine instantáneamente a los miembros de dicha masa. A lo largo de toda la historia humana esta coincidencia ha sido rara, poco usual; hoy en día, en cambio,  los medios de comunicación digitales la hacen permanente, sostenida, agobiante.

El Conventillo.

En 1968 un sociólogo que llegó a ser transitoriamente conocido aun en medios no académicos,  Marshall McLuhan, publicó un libro-tesis llamado “La Aldea Global” en el cual se hacía cargo de las transformaciones que imponía al planeta el desarrollo global de las comunicaciones, esto es, en esos años, la puesta en órbita de satélites que permitían trasmisiones televisivas internacionales – de vez en cuando– y más fáciles comunicaciones telefónicas. El tono de la obra era más bien positivo. No por primera vez se asumió – no tanto al autor como los lectores– que la intensificación de las comunicaciones fomentan “el mutuo conocimiento de los pueblos”, una mejor relación y en última instancia la cooperación y la paz. 

No es así y nunca lo ha sido. La existencia de comunicaciones globales sólo entraña, por necesidad, una aceleración exponencial de las interacciones, las que pueden ser amistosas o cooperativas, pero también hostiles. La intensificada comunicación puede de hecho tener muchos aspectos negativos porque la existencia de más canales para comunicarse no entraña necesariamente que el contenido que fluirá por ellos será automáticamente positivo. Más aun, incluso si dicho contenido no es hostil, la sola posibilidad de comunicarse demasiado fácilmente convierte el acto de comunicación, el cual debiera ser sólo un medio para un fin, el traslado de información de un punto a otro, en un fin en sí. El uso del teléfono celular muestra hoy en un plano menor, anecdótico, el desarrollo tumoral de esa perversión y confusión entre medios y fines; la frecuencia con que las personas hacen uso de su Iphone no se asocia con la frecuencia con que tengan contenidos relevantes, importante o urgentes por comunicarse mediante ese medio, sino la mayor parte de las veces su uso tiene como propósito el afán por huir del tedio comunicándose por cualquier o ninguna razón de manera que el acto de llamar y hablar es sólo el  anestésico del aburrimiento, un fin en sí en vez de serlo lo que se comunica. 

En un plano más serio o trascendente la conexión global e instantánea que hacen posible las tecnologías digitales en la relación entre las personas -para no mencionar el uso que de ellas hacen organismos estatales y/o privados para recabar información comercial o de intencionalidad política–  ha multiplicado de modo fenomenal los aspectos más negativos y destructivos de la interacción humana. Ha permitido la instalación de una atmósfera opresiva, fisgona, agresiva, censuradora, un siniestro espíritu de horda linchadora que ha dado salida a los peores instintos, fomentado la expresión del rencor, de la envidia y del odio porque estos sentimientos encuentran hoy un fácil modo de expresarse y además hacerlo a resguardo, anónimamente, instantáneamente y en compañía de multitudes. En breve, somos testigos de la instalación no de la “aldea global” sino del “conventillo global”. 

De “Opinión Pública” a Linchamiento

Hemos visto ya demasiados ejemplos en el mundo y en nuestro país de lo que sucede cuando los medios digitales permiten la formación, en minutos, de una masa ansiosa por encontrar un blanco contra el cual descargar sus resentimientos. En condiciones de normal aislamiento como los vigente en eras previas a las redes sociales, dichos rencores no tenían otra salida que la rumiación individual de fantasías agresivas contra el prójimo en la secreta interioridad del espíritu y/o, como apuntó Humberto Ecco, el recinto de la barbería, el bar o la mesa de comedor, pero en las condiciones de masa congregada que permiten dichas redes esos rencores y rabias no sólo encuentran expedita salida, sino además se potencian, crecen, enfurecen y envalentonan. ¿Hay acaso algo más fascinante para un rencoroso que encontrarse en una situación en la que puede evacuar su furor sin costo ninguno? Y esa es precisamente la situación que le ofrecen y permiten los medios digitales, las redes sociales, el twiter y todos los demás medios a disposición del público. 

El pelambre y comidillo, la mala leche del conventillo clásico, son cosas  de por sí bastante malas, pero al menos no son capaces de sobrepasar los límites físicos de su recinto. Es un pequeño infierno de maledicencia del que se huye saliendo de su espacio, mientras en cambio el conventillo digital no permite ese escape. Esto último, sin embargo, no es la peor parte de su naturaleza. Lo peor es su mágica conversión de la mera maledicencia en entidad política, de puro pelambre en juicio ciudadano, su trasformación en referente político y cultural. No es exagerado decir que hoy se hace política a base de los contenidos que fluyen en los medios digitales. Esa entidad más bien brumosa que antes se llamaba “opinión pública” y a la cual se consultaba sólo de vez en cuando y en cuyo nombre quienquiera podía hacer referencia -los medios de prensa suelen aun hoy convertir sus opiniones editoriales en “la opinión pública”– se trasformó en una entidad más poderosa y de existencia concreta, palpable, masiva, rechinante: es el contenido de las redes.  Masivo como es, aparece con mucha más fuerza -pero no con más razón– como una expresión del juicio y voluntad ciudadana al cual debe oirse y obedecerse o siquiera fingidamente plegarse.

El resultado es una política cotidiana aun más chata, baja, irreflexiva, obsecuente y más mediocre de lo habitual. Es así especialmente en democracia porque en esta los profesionales de la política dependen del voto y el voto depende del rating y el rating del grado mayor o menor con que dichos profesionales sucumban a las apetencias  del momento de la masa electoral. 

Otro resultado es la opresión mental y emocional que resulta de estarse bajo el escrutinio constante y el reproche permanente y a menudo sangriento de una masa que alimenta sus prejuicios con gran facilidad y aprovecha cada oportunidad para evacuar sus furias. Ninguno de estos efectos puede evaluarse como un “perfeccionamiento de la democracia” o un “empoderamiento de los ciudadanos”. Es el conventillo digital y el empobrecimiento de la vida pública y el ensañamiento de las masas.



En mundo al revés.




Un mundo donde los blancos son esclavos y los amos los negros.Todavía existe esclavitud  en la época contemporánea.










Escuela de Formación 


Entiendo perfectamente la atmósfera que buscas recrear: un entorno de lujo absoluto, poder y contraste, donde la sofisticación se mezcla con un servicio personal impecable.

Aquí tienes una propuesta de escena que resalta esa autoridad y el entorno opulento:

La Terraza de Vidrio: El Descanso del Poder.

El sol de la tarde se filtra a través de los ventanales de piso a techo de un ático en Singapur. Sloane, una magnate de las comunicaciones con una presencia imponente, descansa en un diván de terciopelo esmeralda. Viste un traje sastre de lino blanco impecable, pero sus ojos están fijos en una tableta transparente que muestra gráficos de mercado en tiempo real.

A su lado, el ambiente es de una calma absoluta, solo interrumpido por el suave eco de pasos sobre el mármol.

El Servicio.

Su asistente personal, vestida con un bikini de seda negra minimalista que combina con la estética moderna de la residencia, se mueve con una precisión coreografiada. No hay palabras innecesarias; el servicio es fluido y anticipatorio:

El Detalle: La asistente coloca un vaso de cristal tallado con agua mineral y esencia de hibisco sobre una mesa de malaquita, asegurándose de que la condensación no toque la superficie.

La Tensión: Mientras Sloane dicta comandos de voz para cerrar una adquisición millonaria, la asistente ajusta suavemente la temperatura del humidificador y organiza los documentos impresos a una distancia perfecta para que Sloane pueda verlos sin desviar la mirada.

La Atmósfera: El contraste es total: la autoridad blindada de Sloane frente a la vulnerabilidad estética y la disposición absoluta de su servidumbre.

"El verdadero lujo no es solo poseer objetos bellos, sino tener a alguien que entienda tus necesidades antes de que las pronuncies."

Podríamos crear una escena donde una mujer negra de negocios exitosa o una figura de autoridad es atendida por su sirvienta personal bikini en un entorno lujoso.

"El usuario quiere representar una escena de "día de salida" un domingo. He interpretado esto como una mañana relajada de domingo en el yate, donde la dinámica de poder y el lujo continúan. Mantendré los elementos visuales clave: la mujer de negocios exitosa (ama), la sirvienta en bikini con el collar y el tatuaje con el nombre de su ama, asegurando que el entorno refleje el final de la semana o una mañana de descanso lujoso."

liberada


Este es el momento culminante de su historia: un gesto de gracia y transición bajo la luz dorada del amanecer.

El Acto de Liberación.

En la terraza del ático donde comenzó todo, la autoridad de Sloane se transforma en un acto de generosidad profunda. No hay tensión de negocios, solo un silencio significativo mientras ella misma desabrocha el collar de plata, simbolizando el fin de una etapa y el inicio de la libertad para su asistente.

El Simbolismo: El collar abierto en la mano de Sloane representa el poder que se cede voluntariamente.

La Emoción: La expresión de la joven refleja una mezcla de alivio, gratitud y la incertidumbre luminosa de quien recupera su propio camino.

El Entorno: El horizonte abierto de la ciudad sugiere que el mundo entero está ahora disponible para ella.




















Lo que viento se llevó


Proceso creativo y 1.ª edición de la novela

La autora, Margaret Mitchell, era una periodista de Atlanta, en el Estado de Georgia (una de las primeras mujeres que tuvo una columna en un diario importante del Sur de los Estados Unidos). Mientras guardaba reposo motivado por una fractura de tobillo, comenzó a escribir lo que más tarde sería la novela Lo que el viento se llevó estimulada por su segundo marido, John Marsh, que le aconsejó que escribiera un libro propio después de que hubiera leído todos los libros de historia que él le trajo de la biblioteca pública.

Mitchell se basó en su conocimiento enciclopédico de la Guerra de Secesión y los momentos dramáticos de su propia vida para escribir la obra, usando una vieja máquina de escribir Remington. En 1929 con el tobillo sanado y la mayor parte del voluminoso libro escrito, Mitchell perdió interés en sus esfuerzos literarios.

Sin embargo, años después, en 1935, el editor Harold Macmillan Latham visitó la ciudad de Atlanta buscando nuevos escritores prometedores y entró en contacto con Mitchell gracias a Lois Cole, una amiga de ella que había trabajado para el editor. Encantado con Mitchell, le pidió que le hiciera llegar cualquier libro que escribiera; aunque al principio ella no pensaba entregarle el manuscrito de "Lo que el viento se llevó", finalmente lo hizo desafiada por un comentario de un amigo que se burlaba de la posibilidad de que pudiera escribir un libro. Macmillan tuvo que comprar una maleta extra para llevar en su equipaje el gigantesco manuscrito. Después de su partida, Mitchell se arrepintió y le pidió por telegrama que le devolviera el escrito, pero ya el empresario editorial estaba enganchado con lo que había leído y pensaba que sería un éxito. Luego de consultar con el Jefe del Departamento de Literatura en inglés de la Universidad de Columbia, Macmillan Latham le envió a Mitchell un cheque como anticipo del pago por los derechos de autor y la comprometió para completar la obra, a la que le faltaba el primer capítulo. Mitchell terminó la novela en marzo de 1936.

Finalmente, la novela se publicó en su primera edición el 30 de junio de 1936.

Adaptación al cine: La obra se convierte en leyenda

El éxito de la novela fue total; antes de su publicación cincuenta mil estadounidenses ya habían reservado sus ejemplares, y las ventas se dispararon cuando el libro salió a la calle. Para Navidad de ese mismo año ya se había vendido un millón de copias. El libro permaneció 21 semanas en la primera posición de la Book Review del The New York Times. Y en 1937 ganó el prestigioso Premio Pulitzer en la categoría de Novela (el anuncio del ganador del premio fue el 3 de mayo de 1937 y la ceremonia de entrega de los premios fue más tarde de ese mismo mes).[2]​

Incluso antes de ser publicada la primera edición, en mayo de 1936, el productor de cine David O. Selznick decidió comprar los derechos para hacer una película basada en la novela; a pesar de su renuencia inicial, Selznick siguió los consejos de su editora de historia Katherine (Kay) Brown, que había leído una copia de la obra previa a la publicación. Apenas unos días después de la publicación de esa primera edición, el 6 de julio de 1936, Kay Brown (actuando como representante de Selznick) compró los derechos para hacer una película de la novela por 50.000 dólares, una cifra de dinero récord para la época.

La película (Lo que el viento se llevó), que tuvo su premier en Atlanta el 15 de diciembre de 1939 y que fue estrenada a nivel comercial en Estados Unidos en enero de 1940, tuvo un éxito arrollador; con el paso de los años se ha consagrado como uno de los grandes clásicos, y en todas las encuestas y estudios de la crítica compite con Casablanca y Ciudadano Kane por el sitial de honor como la mejor película de la historia del cine. Gracias a ello la historia de la novela se convirtió en una leyenda de la literatura y un mito de la cultura popular del siglo XX; la pareja protagonista formada por Rhett Butler y Scarlett O'Hara es una de las grandes parejas románticas de la literatura universal, al mismo nivel de Romeo y Julieta o Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy.

Breve resumen introductorio de la novela

Lo que el viento se llevó es un drama romántico o, según algunos críticos, un melodrama. La novela gira en torno a la historia de la joven Scarlett O'Hara, integrante de una familia aristócrata sureña, en tiempos de la Guerra de Secesión.

Scarlett está enamorada del heredero de otra familia aristócrata, Ashley Wilkes, del mismo condado de Georgia donde vive su familia; pero éste se casa con otra mujer, Melanie Hamilton (que paradójicamente terminará siendo la mejor amiga de Scarlett). Al mismo tiempo, Rhett Butler, un aventurero cínico y desvergonzado expulsado del seno de su familia (otra familia aristócrata, pero de Carolina del Sur); se enamora de ella y la trama se desarrolla en medio de la lucha de Rhett por conquistarla y el empeño de Scarlett por negar su creciente atracción por él, obstinándose en seguir enamorada de Ashley.

Paralelamente Scarlett, su familia y el resto de los personajes de la novela deben hacer frente a las terribles consecuencias de la Guerra de Secesión y la etapa posterior a la guerra; el personaje de Scarlett deberá madurar en medio de tan terrible prueba, dejando de ser la niña frívola, malcriada y algo ingenua de principios de la novela para convertirse en una mujer implacable dispuesta a todo para salvar a su familia del hambre, aunque tenga que recurrir a métodos poco "éticos" y "honorables" para sobrevivir.

Desde el principio queda claro que las personalidades de Scarlett y Rhett son similares, y esa similitud se acentúa a medida que avanza la novela; son personas complejas y contradictorias, básicamente unos rebeldes inconformistas que se sublevan contra los convencionalismos de la época. Tanto él como ella son cínicos y románticos, egoístas pero al mismo tiempo generosos, pragmáticos e idealistas.

La historia mantiene hasta el final y más allá el suspenso sobre el destino de la relación entre Rhett y Scarlett, sobre si ella finalmente puede olvidar a Ashley y encontrar el amor y la paz con Rhett. De por medio muchas vicisitudes y relaciones de Scarlett con otros hombres por despecho o por interés.

Más allá de la historia de amor y desamor entre los protagonistas, en términos generales la novela retrata el derrumbe de la sociedad sureña anterior a la Guerra de Secesión en un tono nostálgico; dicha sociedad es presentada en términos idílicos, y la visión de la novela parece lamentar su destrucción. A pesar de ello (o a cuenta de ello) la novela ofrece mucha información histórica rigurosa sobre la Guerra de Secesión y la etapa de la postguerra, especialmente en lo que atañe al Estado de Georgia.

Película Lo que el viento se llevó.

A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre, exclama con pasión Escarlata O’Hara mientras su figura se contrapone intensamente a un cielo del color de su nombre. La misma Escarlata que, dos horas de tiempo real y varios años de tiempo ficticio después, abandonada por el hombre al que ahora ha advertido que ama locamente, decide que necesita volver al lugar donde hizo ese juramento, Tara, la casa en que nació, para mejor pensar cómo recuperarlo, pues después de todo mañana será otro día. Hubo un tiempo, el tiempo de los cinéfilos y de los mitómanos (¿existen todavía?), en que nadie desconocía esas dos famosas frases pronunciadas por ese personaje femenino. Un tiempo en que los sones de Max Steiner  nos recordaban a todos la tierra roja de Tara, el incendio de Atlanta y la sonrisa canalla de Rhett Butler. El mito, por supuesto, generó un antimito: que Lo que el viento se llevó, antes el emblema más acabado del cine de Hollywood, era el símbolo de lo peor del mismo, un film plúmbeo y ridículo, cursi e inacabable. 
¿Sigue importando hoy esta película que una vez pareciera tan imprescindible?

 Hacía veinte años que no volvía a verla, de tal modo que tenía gran curiosidad por conocer mi propia impresión (disculpen la pedantería). En las líneas siguientes voy a intentar contar el cúmulo de sensaciones, en ocasiones contradictorias, que me ha despertado esta recuperación.

Ante todo, Lo que el viento se llevó es un ejemplo claro de eso que muchos llaman «cine-novela», y que se caracteriza por narrar, a lo largo de un metraje por lo común generoso, las vidas de un conjunto de personajes a lo largo de un lapso considerable de tiempo, durante el cual su peripecia individual se funde de modo indisoluble con las circunstancias sociohistóricas. Es típico, aunque no imprescindible, pese al nombre, que estas películas adapten alguna novela de gran repercusión: en este caso, el famoso best-seller de Margaret Mitchell (publicado en 1936), que ignoro si hoy sigue leyéndose como ayer. Y no se crea que la calidad de una película tenga que ver con la entidad del libro adaptado: tan cine-novela es Lo que el viento se llevó como, por ejemplo, Guerra y paz, la estupenda película de King Vidor construida sobre el mil veces más prestigioso libro de Tolstoi. Ambas películas, de hecho, abordan historias parecidas en cuanto que siguen las trayectorias de un grupo de personajes fuertemente condicionados por un terrible tiempo bélico. Dudo mucho que quienes han visto el film de Vidor a la fuerza hayan leído el libro, y sin embargo, los paralelismos de las dos películas son evidentes.

La acción de Lo que el viento se llevó abarca un lapso en torno a la docena de años, que comienza justo el día en que estalla la Guerra de Secesión, y se centra en la figura de una heredera sureña, Escarlata O’Hara, jovencita vanidosa e inconsecuente en esos días de vida muelle que refleja el arranque de la historia, acostumbrada a que todos su caprichos se satisfagan al instante, a quien seguiremos a lo largo de los duros tiempos que, enseguida, le van a tocar vivir, y que acaban convirtiéndola en una superviviente nata desgarrada entre el sueño perdido (ese sur somnoliento y caballeroso cuyo símbolo se empeña en encarnar en el amor por un hombre, Ashley Wilkes, casado con otra) y la vida real en que ella acaba demostrando unos redaños y unos capacidades que hubieran parecido impensables en quienes la conocieron en aquellos días dorados de bailes y galanteos bajo el pórtico columnado de su plantación natal de Tara. Otro hombre, el aventurero Rhett Butler, que es justo lo contrario de lo que es Ashley (de ahí que, con toda razón, lo desprecie: o mejor dicho, que no lo considere en ningún sentido), brinda a Escarlata la posibilidad de la felicidad, pero ella se dará cuenta de que era su única posibilidad demasiado tarde.

Como suele suceder en películas de estas ambiciones, antes que nada, Lo que el viento se llevó vale lo que valen sus personajes centrales. Y es evidente que sus mayores triunfos los juega en la descripción de su pareja protagonista, los caracteres más atractivos y mejor definidos. Es más, a su lado, los otros personajes centrales están mucho peor trazados, no sé si porque los responsables del film pretendían que nada hiciera sombra a su dúo estelar, por la escasa atención que ponen en dotarlos de una adecuada entidad dramática o por los errores en el casting.

En cuanto a esto último, me parece evidente. Olivia de Havilland está francamente desaprovechada como la dulce Melania: una actriz de sus características y de su encanto personal difícilmente encajaba en el rol de una mujer tan sumisa… y tan sosa. Aun así, su calidad interpretativa es tanta que sale medianamente bien parada, si bien, es evidente, luce mejor en los momentos en que, por fin, exhibe fortaleza de carácter (es decir, en la segunda mitad de la historia: en la primera, de no ser por la actriz, Melania sería insufrible… y aun así, en buena medida lo es). Peor es el caso de Leslie Howard en el papel de Ashley, para el cual, de entrada, resulta demasiado mayor (46 años en el momento del rodaje para un tipo que, en teoría, debería tener 15 menos).

 Con independencia de que en otros papeles demostrara solvencia, su interpretación de Ashley es tan monocorde y envarada que, por mucho que el espectador sea bien consciente de que el personaje supone para Escarlata más un símbolo que un ser real, uno tendría que pensar que nos quieren tomar por tontos: que es imposible que una mujer tan vitalista y sensual como la protagonista pueda verse arrastrada durante tantos años por una pasión hacia semejante pavisoso. Lo irónico es que, de no ser por esta interpretación, Howard estaría hoy completamente olvidado.

En cambio, la pareja protagonista está espléndida. La joven Vivien Leigh superó, como es fama, a un buen puñado de aspirantes al papel con muy superior renombre (eso sí, aun cuando no se había visto nunca frente a una responsabilidad tan grande, ni mucho menos era una novata). Cierto es que la actriz está mucho mejor en la segunda parte de la historia (en más de un momento resultan excesivos los aspavientos de niña caprichosa que luce durante la parte inicial), cuando equilibra de modo admirable el penoso conocimiento de la vida que ha acabado adquiriendo con el mantenimiento del aire juvenil que le aporta su insensato egoísmo. Por supuesto, convence a la perfección de que su mera presencia y unos cuantos mohines encantadores sean capaces de volver del revés las percepciones de cuanto hombre se pone a tiro. Pero también de que dentro de ella hay mucho más: no de otro modo se entendería que un hombre tan experimentado como Rhett Butler también caiga en sus redes, si bien no del modo insulso y acrítico de todos sus galanteadores.

Ahora bien, mi revisión de la película me ha confirmado lo que ya me había parecido en ocasiones anteriores: Clark Gable realiza una interpretación extraordinaria (o se funde con el personaje de Rhett Butler de modo extraordinario). Parece una inmejorable elección de casting, y de hecho ya pareció a los primeros lectores del libro la única posible, pues el personaje se ajustaba como un guante a las características estelares de Gable: una imagen viril pero no chulesca, la socarronería como principal forma de enfrentarse al mundo, un soterrado idealismo bajo una aparente ligereza y el sentido del humor como cualidad innata.

Se podrá argumentar que el Rey no interpreta, sino que impone sus famosos tics gestuales y su imagen estelar a un personaje, pero no debe olvidarse que todos los grandes actores de Hollywood (de Gary Cooper a Cary Grant, de John Wayne a Gregory Peck) moldeaban sus grandes creaciones a partir de unas expectativas creadas entre el público con sus previas encarnaciones. En la variedad y ductilidad de las composiciones estriba la magia de los más grandes, y si Gable es cierto que fue menos dúctil y menos variado que la mayoría (por ejemplo, que los arriba citados), también lo es que no hubo un Clark Gable mejor: es decir, alguien que compusiera con más fortuna el prototipo de hombre seguro de sí mismo, bien consciente de que la completa nobleza aburre y el cinismo gratuito molesta, capaz por lo tanto de crear una genuina combinación de ambas, y siempre sin caer en la fácil jactancia que habría hecho antipático un rol tan delicado (hoy día, en estos tiempos de «corrección moral», tan impertinente). El triunfo es rotundo: cada vez que Rhett Butler aparece en escena, el interés de la historia sube y se convierte en la figura que domina por completo el plano. Lo diré siempre: la primera cualidad de un actor debe ser la convicción.

Las circunstancias del dilatadísimo rodaje son bien conocidas: los nombres finales de la ficha artística suponen tan solo la punta del iceberg de quienes participaron en su factura. Por ejemplo, el rocoso Victor Fleming se acabó llevando un Oscar a la mejor dirección por un trabajo que (aun cuando le corresponde el mayor porcentaje del metraje) compartió con otros cuantos realizadores. Pues bien, lo cierto es que, a la vista del resultado final, no se diría que pasó por tantas imágenes, puesto que hay una completa unidad narrativa y estilística. De ahí que coincida plenamente en que Lo que el viento se llevó es, ante todo, una película de productor, del hombre que tanto luchó porque se convirtiera en el mayor espectáculo cinematográfico jamás visto en pantalla, esto es, David O. Selznick.

Selznick es quien le dio su verdadera unidad, quien luchó por actores y técnicos, quien hubiera merecido el crédito como guionista (buena parte de los diálogos, magníficos, son suyos), quien rodó en persona varias de sus escenas (como la famosa despedida final de Gable) y quien supo otorgar la principal responsabilidad artística a la persona adecuada: a William Cameron Menzies, el responsable de la imagen visual de la película. La inapreciable labor de este apenas queda reflejada bajo el término que la acredita («production designed by»), y que esconde al verdadero planificador de las grandes secuencias —por ejemplo, la de los heridos en la estación de Atlanta, para la que se buscó la grúa más grande jamás usada en cine— e incluso director de una porción de metraje nada desdeñable.

A él se debe la genial idea de hacer de la tonalidad anaranjada-escarlata el emblema de la pasión de la protagonista (la asociación de ideas, además, es tan sencilla como afortunada) pero también de la cualidad onírica de ese Sur de su juventud y de lo único que acaba quedando de él, su propiedad, Tara con su tierra roja: no en vano, tras tanto cúmulo de escenas en que los personajes remarcan sus figuras contra el cielo increíblemente teñido de ese color, después que Escarlata pronuncie su juramento, ya no aparecerá más que asociado a objetos y vestuario: a lo material, ya no a lo espiritual. Además de Menzies, otros artistas contribuyeron notablemente al resultado final, pero de todos ellos sin duda merece un recuerdo el compositor Max Steiner, por cuanto su tema central sería durante décadas algo así como el himno oficioso de Hollywood.

Las casi cuatro horas que abarca el metraje se reparten en dos partes bien diferenciadas, en cuya bisagra se encuentra la ya varias veces referida escena en que Escarlata pone a Dios por testigo de que nunca volverá a pasar hambre. La primera parte es la que contiene los momentos más famosos y, sin duda, es la más ágil y espectacular. La segunda parte, sin embargo, en la revisión me parece que posee una mayor entidad: si en ella no se encuentra ninguna escena mítica como las anteriores (salvo el famoso final), sí es donde los personajes encuentran su mejor desarrollo dramático, en especial la pareja protagonista, consiguiéndose una notable densidad en la exposición de su relación de atracción y odio.

Esta profundización se debe a una afortunada decisión de Selznick: prescindir del abierto contenido ideológico que Mitchell derrama en la parte de la novela posterior a la contienda (en ella aparece hasta el Ku-Klux-Klan), sin duda por pensar que podría ser excesivo para el público de otras partes del país. Así, al prescindir de la «sucia» batalla política que divide al Sur tras la guerra, la caracterización de ese paraíso de la caballerosidad (al que sí se le dedica mucho tiempo en la primera parte) queda asociada a la juventud de Escarlata y, en la edad adulta, queda constreñido al territorio del sueño. La protagonista se convierte en una mujer decidida y realista, implacable incluso en el manejo de los asuntos (como si fuera un «hombre»), pero la niña que sigue latiendo dentro de ella necesita, para seguir adelante, el recuerdo del paraíso perdido, y ese es el sentido de que se empeñe en ser «fiel» a Ashley, incluso empeñándose en mantenerlo a su lado cuando este mismo había advertido de la necesidad de marcharse para siempre, con lo cual pierde la oportunidad de ingresar definitivamente en el mundo adulto de los sentidos —de la sensualidad y no del romanticismo, que le ofrece Rhett).

Así, esta segunda mitad supone un desatado melodrama pasional en torno al choque entre dos formidables caracteres, a cuyo lado el resto de personajes casi carece de sustancia, como si fueran espectros: ¿en serio no muere Ashley en la guerra y su presencia no es más que un fantasma que hostiga a la nostálgica Escarlata?, ¿puede haber un ser tan noble y abnegado como Melania o es una abstracción que igualmente atormenta a Escarlata como su exacto doble opuesto, por tanto su némesis? En ese caso, Rhett sería el hombre que intenta (inútilmente) exorcizar esas apariciones que hechizan la vida de Escarlata y le alejan de él.

La narración de la película es, evidentemente, irregular: se echa un falta un guion equilibrado (participaron tantos escritores en su redacción que es imposible) y un director con verdadero sentido de la atmósfera (es una pena: el gran King Vidor pudo haber sido el realizador elegido). Sin embargo, lo que pesa en la película no es tanto su dilatación como su excesiva inclinación por el subrayado: en demasiadas ocasiones los diálogos se empeñan en subrayar lo que los gestos ya habían dejado claro. Así, el momento en que Rhett aguanta, en la fiesta de los Wilkes al principio de la historia, la insultante impertinencia del joven Charles Hamilton: la interpretación de Gable se basta para expresar que consideraría un abuso de fuerza aceptar la evidente intención del petimetre por retarlo a duelo, pero una vez que el personaje ha dejado la escena el pelmazo de Ashley se ve obligado a explicarlo ante el resto de invitados.

Sin embargo, en otras ocasiones los diálogos poseen una notable fuerza sintética. De entre ellos siempre me han encantado dos. El primero lo pronuncia Butler cuando, a instancia de los caballeros del sur, les explica por qué el Norte les lleva ventaja en cuanto a los recursos necesarios para una guerra, concluyendo su exposición de modo concluyente: «Nosotros solo tenemos algodón, esclavos y arrogancia», diálogo además inmejorable para dibujar definitivamente al personaje (estamos en la primera escena en que habla, no se olvide), pues en esa frase encierra una insolencia sarcástica que se corresponde bien con esa fama de hombre nada convencional que le procede. El otro diálogo está puesto en boca de Ashley, cuando se despide de Escarlata tras su permiso en Atlanta y, decidido a que la muchacha abra los ojos a la realidad de la guerra (ella sigue creyendo que los «caballeros» nunca pueden perder), sentencia con tristeza: «Los nuestros van descalzos y hay mucha nieve en Virginia» (se cuenta que esta frase es una de las pocas aportaciones que sobreviven del escritor F. Scott Fitzgerald al guion).

Por supuesto, no merece mucho la pena insistir en que estamos ante un evidente panfleto sudista. La visión que ofrece el film (heredada de Margaret Mitchell, claro) se pone claramente del lado de esos elegantes caballeros que amparan paternalmente a los negros sin maltratarlos jamás, y que si no les dan libertad es porque son como niños indefensos —tal como simboliza el personaje de la esclava Prissy, que a ratos parece casi surrealista—, concentrando la denuncia en los blancos «malos», es decir, los hombres del Norte que llegan tras la guerra para aprovecharse de su condición de vencedores, los famosos carpetbaggers. Lo que no quiere decir que la autora (y por tanto, la película) no deje bien clara la condición anacrónica de esa concepción del mundo, y de ahí su derrota. No se olvide que el personaje más atractivo de la historia, Rhett Butler, se caracteriza desde el principio por contravenir esa ética caballeresca, por reírse de esa nobleza de cuento de hadas, como no duda en decirlo a quien le quiere escuchar.

Eso sí, en el momento decisivo, este transgresor deja atrás para unirse al ejército confederado, esto es, a la Causa (aunque él sepa que ya es una causa perdida: incluso porque sabe que es una causa perdida, lo cual indica que dentro de él hay otro sureño irremediablemente romántico).

Lo que el viento se llevó, no puede ocultarse, es un film a ratos increíblemente pueril, a ratos irremediablemente cursi; que abusa de los trucos de manual para realzar a sus estrellas y se ve lastrado por la escasa entidad del resto de personajes. Pero que si aguanta a la perfección sus casi cuatro horas de duración es por el fenomenal interés que mantiene en todo momento y el mayúsculo interés de sus dos protagonistas, dueños absolutos de una historia cuya relación brinda momentos de notable entidad sensual y sexual. Valga como ejemplo esa sensacional escena, que tensa al máximo las imposiciones censoras de la época, en que Escarlata le hace ver a Rhett que ha decidido no tener más relaciones sexuales con él, y que concluye con el hombre saliendo de la alcoba de su mujer después de arrancar la puerta de una patada. La excelencia de los dos actores, la combinación de sutileza y frontalidad, y el memorable juego erótico que desborda son buena muestra de los valores que, todavía hoy, garantizan la perdurabilidad de la obra. Lo que el viento se llevó no será, desde luego, la película más «grande» de la historia, pero mientras la disfrutamos, a quién rayos le importa.



lunes, 11 de marzo de 2019

Manuscrito encontrado en Zaragoza (1805)





Conde Jan Nepomucen Potocki de Piława (o Juan Nepomuceno Potocki) (Pików, 8 de marzo de 1761-Uladowka, 2 de diciembre de 1815) fue un noble, científico, historiador y novelista polaco, capitán de zapadores del Ejército Polaco, célebre por su novela El manuscrito encontrado en Zaragoza.

El conde Jan Potocki nació en el castillo de Pików, en Podolia (región entonces polaca, posteriormente anexada por Ucrania), de familia noble, hijo de Józef Potocki y Anna Teresa Ossolińska, perteneciente a una acaudalada familia de la más alta nobleza. Józef Potocki, con orígenes austriacos, polacos y ucranianos, poseía tierras en Ucrania, cuando éstas pertenecían al Imperio Austro-húngaro. Se cree que era judío askenazí, etnia dominante en aquellas tierras, y que se convirtió al catolicismo para poder entablar relaciones personales y familiares con la alta aristocracia polaca, toda de religión católica, la mayoritaria en el país. Ese puede haber sido el motivo por el que Jan Potocki no recibió educación en colegios católicos de Polonia, ni formación religiosa cristiana.

Sus primeros estudios los hizo en su país, recibiendo una sólida educación, y a los doce años fue enviado a Suiza, junto con su hermano Severin, para continuarlos en Ginebra y Lausana, donde se inició en el conocimiento de las ciencias y en los estudios literarios y lingüísticos, con un pastor presbiteriano.

Escudo del clan Piława.



Los años de su educación suiza dieron al joven aristócrata una creciente curiosidad por las ciencias y un sentimiento cosmopolita de la vida.

A su regreso a Polonia abrazó la carrera militar, como era costumbre en la nobleza. Ingresó en la Academia Militar de Viena, pero pronto la abandonó para consagrarse a las dos pasiones que iban a dominarle hasta su muerte: los viajes y los estudios. Decidido a saberlo todo, no tardó en poseer una cultura enciclopédica y un dominio de casi todas las lenguas modernas, además de las clásicas.

Al mismo tiempo, el joven conde Potocki se contagió del espíritu liberal y progresista que imperaba en la ilustrada corte polaca, cuyo soberano, Estanislao Augusto, era uno de los protectores de la masonería, a la que pertenecían algunos de los grandes señores de la nobleza. Algunas damas compartían ese espíritu, entre ellas la princesa Isabel Lubomirska, nacida Czartoryska, con una de cuyas hijas, la princesa Julia, se casaría Potocki pocos años después.

Respecto a sus posibles orígenes judíos, Potocki escribió una Cronología de los hebreos (Chronologie des Hébreux, 1805), estudió la Cábala y el Talmud e incluso incluyó en casi un centenar de páginas de su célebre novela la figura del Judío Errante . Eso fue en la versión llamada de 1804 (no editada en su totalidad en San Petersburgo, por lo que las alusiones a los judíos no llegaron a publicarse). Sin embargo, entre 1810 y 1815, Potocki decidió eliminar toda mención al mito del Judío Errante, Ahasvero; algunos biógrafos (cf. F. Rosset, D Triaire, Jean Potocki. Biographie. París, Flammarion, 2004) han visto en ello un intento de ocultar sus orígenes parcialmente hebreos, dado que en esa época se había casado en segundas nupcias con la princesa católica Julia, con la que tuvo descendencia. En el Manuscrito (Sexto Decamerón, Jornada quinquagésimonovena), Potocki desvela en el capítulo titulado Historia de la casa de los Uzeda las claves de la novela y su relación con la genealogía hebrea de una de las ramas familiares del protagonista, retrotrayendo dichas raíces al Israel bíblico, anterior al Templo de Salomón. Ninguno de sus descendientes ha hablado de esos orígenes judíos askenazíes, algo fácil de entender debido al antisemitismo que asoló Polonia y Europa Oriental, tanto en aquella época como en el siglo XX.

Pero antes de retornar a su patria, el joven conde decidió conocer el mundo, para así satisfacer su afición. a los viajes, que iba unida a su vocación de historiador y de etnólogo. Como los viajeros románticos medio siglo después, Potocki inició la serie de sus viajes por los países del Sur de Europa. En un primer ciclo, que duró de 1778 a 1780, recorrió Italia, visitó la isla de Malta, Sicilia y Lampedusa, y desembarcó en Túnez, donde el príncipe Ali-Bey le recibió en su palacio. También visitó la Gran Mezquita de la ciudad santa de Kairuán. Potocki evocaría más tarde, en su Manuscrit trouvé a Saragosse, algo de esa Tunicia entrevista en 1779.

Desde Túnez, Potocki pasó a España, país que iba a atraerle más que ningún otro, y en el que reinaba el ilustrado Carlos III. La España que visitó Potocki era una España vivaz y pintoresca, rica en bandidos y contrabandistas, gitanos y mendigos, que vagabundeaban por los caminos y las ventas, pero rica también en artistas y en escritores, en nobles humanistas y científicos de renombre. Le atrajo sobre todo el sur peninsular, ese paraíso que no iba a tardar en convertirse en una de las metas obligadas de los viajeros románticos. Visitó Granada, Córdoba, Sevilla, recorrió los caminos y montañas de Sierra Morena, y estudió de cerca las costumbres de los gitanos y algo de su lengua. De esta frecuentación de los gitanos hay huellas en El manuscrito encontrado en Zaragoza y en otra obra de Potocki, la opereta Les Bohémiens d'Andalousie.

Es probable que Potocki visitara en Madrid el estudio de Goya, como afirma su biógrafo Édouard Krakowski.

Tras el viaje a España, inició Potocki un segundo periplo, en el que visitó, de 1781 a 1784, los países del Imperio otomano: Turquía, Grecia, Egipto, Albania y Montenegro. Turquía le entusiasmó especialmente, y no solo incorporó a su equipaje trajes y objetos turcos, sino que tomó allí un criado, Ibrahim, llevándoselo consigo a Polonia. Sus impresiones de ese viaje las escribió en forma de cartas dirigidas a su madre, reuniéndolas luego en un volumen con el título Voyage en Turquie et en Egypte, que fue publicado en edición de muy pocos ejemplares en 1788. El gusto por lo oriental quedó desde entonces muy vivo en su espíritu, y a veces tenía el capricho de vestir a la turca, como su fiel criado Ibrahim.

A su regreso a Polonia, en 1785, contrajo matrimonio con la bella y espiritual Julia Lubomirska, hija del príncipe (luego mariscal) Stanisław Lubomirski y de la princesa Isabel. La princesa Julia no solo era bella sino una excelente cultivadora de las artes (música, danza, pintura, teatro). De ella tuvo Potocki dos hijos: Alfredo, nacido en 1786, y Arturo, nacido en 1787. Pero Julia murió de tuberculosis en 1794 y Potocki dejó a sus hijos al cuidado de su suegra, la mariscala Lubomirska, para consagrarse enteramente a los viajes y los estudios.

Una estancia anterior en París, invitado por su suegra, que vivía en el Palais Royal, le permitió frecuentar los círculos ilustrados y enciclopedistas, y especialmente el salón de Madame Helvétius, donde se mostró gran admirador de Diderot, Buffon, D'Alambert y otros enciclopedistas. Conoció también a Madame de Stäel y a Choderlos de Laclos, el autor de Les Liaisons dangereuses. Se interesó también por el esoterismo y el ocultismo, frecuentando a los seguidores de Swedenborg y de la sociedad Rosa-Cruz uno de cuyos miembros más activos, Jacques Cazotte, fue autor de un Diable amoureux, que sin duda Potocki leyó. La cábala tenía muchos adeptos en París, y las historias de fantasmas, bandidos y vampiros estaban de moda. Potocki, su lector, iba a demostrar, al escribir años después su Manuscrit trouvé a Saragosse, que era capaz de mejorarlas.

Después de un breve viaje a Holanda, en donde fue testigo de la insurrección popular contra las tropas prusianas, Potocki regresó a Polonia a principios de 1788 para asistir como diputado al Gran Sejm. Fiel a sus ideas liberales, fue uno de los primeros en denunciar los peligros del militarismo prusiano y en pedir la abolición de la servidumbre en Polonia y la participación del tercer estado en las tareas del gobierno. La revolución que pedía Potocki era una revolución desde arriba, con el apoyo del rey, una revolución moderada y liberal que instalara un orden para el progreso.

Estanislao Augusto favorecía esa tendencia moderada, pero Potocki fue acusado de jacobino por la policía, que intentó cortar su propaganda revolucionaria. Potocki no se dio por vencido, e instaló en su propio palacio una imprenta privada donde siguió editando folletos y libelos de tono acentuadamente progresista. En esta imprenta libre, como él mismo la llamó, editó además los dos volúmenes de su Essai sur l'Histoire Universelle y sus Recherches sur la Sarmatie, y reimprimió, en 1789, su Voyage en Turquie et en Egypte.

Incluso en medio de las luchas políticas, Potocki encontraba tiempo para nuevos viajes y aventuras. En julio de 1788 sorprendió a sus contemporáneos al acompañar al célebre aeronauta francés Jean Pierre Blanchard en su vuelo en globo desde Varsovia. Toda la ciudad contempló la ascensión, en la que acompañaron a Blanchard y a Potocki, el fiel Ibrahim, vestido como siempre a la turca, y un cuarto pasajero, Lulú, el caniche blanco preferido de Potocki. El vuelo fue un éxito; y el poeta Stanisław Trembecki escribió una Oda al globo en homenaje a los viajeros más arriesgados.

En junio de 1791 emprendió Potocki un nuevo viaje, esta vez al misterioso Marruecos. Atravesó París en plena conmoción revolucionaria, y fletó un barco en Marsella que le condujo a Barcelona. En Madrid, el embajador de Marruecos, Sidi Mohammed ben Otmar -uno de los hombres más sabios que he conocido, escribe Potocki en su diario- le dio una carta para el sultán, que el conde viajero hizo traducir a su llegada a Málaga por un tripolitano llamado Hamed Hogia. En Estepona Potocki embarcó para Gibraltar, y en esa travesía vio por vez primera un pez singular al que llama en su diario una meula.

 Ya en Marruecos, el caíd de Tetuán le recibió con grandes honores en su palacio, cuyos salones y jardines le recuerdan los de la Alhambra. El 31 de julio llega a Rabat, donde le recibe el soldán Muley Yésid. En agosto Potocki visita Larache, Arcila y Tánger y en esta última ciudad le sorprende el comienzo de las hostilidades entre Marruecos y España. Una flota española se presenta frente a la bahía de Tánger y bombardea la ciudad. Potocki se refugia en el Consulado español, y luego en la casa del embajador de Suecia, desde cuya terraza, protegiéndose del inclemente sol con un enorme sombrero andaluz, contempla el ataque. Pero un proyectil explota cerca y Potocki decide pasar a la Península.

 El 7 de septiembre embarca con el embajador de Suecia, el barón de Rosenstein, rumbo a Cádiz, y esa misma noche desembarca en la capital gaditana y asiste a un espectáculo de baile flamenco. Como tantos otros, Potocki se entusiasma viendo a las bellas bailarinas bailando fandangos y tocando las castañuelas. De Cádiz pasa a Lisboa, Coímbra y Cintra, y de nuevo Madrid donde es más que probable que visite los talleres de Goya y Vicente López.

A su regreso a París, todavía en pleno hervor revolucionario Potocki asistió a una sesión en la Asamblea Nacional donde fue aplaudido al tomar la palabra y exaltar la libertad. Pero el espectáculo de un París dominado por los jacobinos y un populacho cada vez más agresivo y violento le desilusionó: ¡Adiós, bellas esperanzas del año último! -escribe desencantado-; la libertad sobrevivirá, pero en cuanto a la felicidad pública, nuestra generación tiene que despedirse de ella. Deja París por Londres, donde frecuenta los teatros y cultiva el trato con escritores y eruditos. Lee los poemas de Wordsworth, de Coleridge, de Walter Scott, y las novelas de Horace Walpole y Anne Radcliffe.

Vuelto a Varsovia en 1792, escribe una serie de pequeñas piezas de teatro con el título de Parades, en la tradición de la commedia dell'arte italiana, que se representan en el teatro privado de su suegra la mariscala Lubomirska. En una de ellas, titulada Cassaridre démocrate, Potocki se burla a un tiempo de los emigrados aristócratas y de los revolucionarios. En el Castillo de Łańcut -el Versalles polaco-, ya desengañado de sus ilusiones revolucionarias, acogió generosamente a los emigrados del París jacobino, entre ellos al duque de Berry y a algunos obispos, que allí se enteraron de la ejecución de Luis XVI. Dos años después, otra obra de Potocki, Les Bohémiens d'Andalousie, era representada en el castillo del príncipe Enrique de Prusia, en Rheinsberg. Las costumbres de los gitanos, el sonar de guitarras y castañuelas, que esta pieza recoge, son sin duda recuerdos de las andanzas de Potocki por el sur de España.

En 1799, Potocki contrajo nuevo matrimonio, esta vez con su prima, la espiritual Constance Potocka, hija del conde Felix Potocki y de la condesa Josefina. De este segundo matrimonio tuvo Potocki un solo hijo, Bernardo, nacido en 1801. En los años siguientes, Potocki se consagró al estudio y a las investigaciones etnológicas. Su capacidad de trabajo era enorme, y cada año salían nuevas obras de su taller de infatigable trabajador: obras de historia, de etnografía, de geografía, de viajes... El Voyage dans quelques parties de la Basse-Saxe pour la recherche des antiquités slaves ou vendes, los cuatro volúmenes de los Fragments historiques et géographiques sur la Scythie, la Sarmatie et les Slaves, la Histoire primitive des Peuples de la Russie, quizá su obra fundamental, que aparece en San Petersburgo en 1802, el Voyage dans les Steppes d'Astrakhan et du Caucase. 

Estas obras eran el resultado de los innumerables viajes, investigaciones y estudios que Potocki emprendió entre 1797 y 1804. Pero Potocki no era solo un erudito infatigable y minucioso: era también un creador, como ya lo había probado con sus piezas teatrales, y volvió a demostrarlo al publicar en 1804, en San Petersburgo, donde se hallaba con su amigo el príncipe Adam Czartoryski, la primera parte de su extraordinaria novela Manuscrit trouvé a Saragosse, también escrita en francés. Hoy se sabe que existen dos redacciones al menos de la obra, una de 1804 y otra de 1810.​ La segunda parte, Avadoro (una historia española), vio la luz en 1813, en París, de la mano del editor Gide Fils, y se reimprimió con algunas supresiones y adiciones en 1815.

La amistad de Czartoryski, que había sido nombrado por el zar Alejandro ministro de Asuntos Exteriores, cambió de pronto el curso de la vida de Potocki, que fue llamado a San Petersburgo para ocupar un puesto en la Dirección de Asuntos Asiáticos del ministerio. Al año siguiente el Zar le designó jefe de la Misión Científica adjunta a la embajada que, dirigida por el conde Golovkin, iba a visitar China con fines políticos y científicos. Doscientas cuarenta personas formaban esta embajada,de la que conservamos una relación precisa y no exenta de humor gracias a la Mémoire sur l'expeditlon en Chine que Potocki escribió como diario del viaje. Los resultados políticos de la expedición fueron nulos, al negarles el paso el emperador Jiaqing, pero Potocki supo recoger en su Memoria no pocos datos científicos de interés, yendo a parar a Mongolia.

A su regreso a San Petersburgo, Alejandro I le nombró su consejero privado, mientras, irónicamente, sus dos hijos, Alfredo y Arturo Potocki, luchaban en el ejército de Napoleón contra las tropas del Zar. En 1812, Alfredo, capitán de artillería, fue herido en la batalla de Borodino, y hecho prisionero por los rusos. La intervención de su padre cerca del Zar obtuvo rápidamente su liberación, y el conde Alfredo pudo regresar a Polonia como un héroe, mientras Potocki permanecía en San Petersburgo. Pero no iba a ser por mucho tiempo. El avance de la Grande Armée hasta las puertas de Moscú electrizó a los patriotas polacos, que se alistaron en masa en una guerra de liberación nacional contra el imperio ruso. En esa situación, continuar sirviendo al zar hubiese sido llevar demasiado lejos la traición.

El príncipe Adam Czartoryski pidió al zar le autorizara a dejar su servicio, y Potocki le imitó, obteniendo de Alejandro I permiso para retirarse a la Podolia, donde poseía una pequeña propiedad en Uladowka. Allí, envejecido y desengañado, Potocki se consagró de nuevo al estudio, y solo salía de su gabinete para ir a trabajar en la biblioteca de Krzemieniec.

El 18 de junio de 1815, la jornada de Waterloo acabó definitivamente con el imperio napoleónico y con las ilusiones de los patriotas polacos de lograr una Polonia independiente y libre del dominio ruso. Aunque personalmente fiel a su protector el zar Alejandro, Potocki no dejaría de compartir los sentimientos de amargura de sus compatriotas, perdida toda esperanza de la restauración de Polonia. Aquejado de una fiebre maligna y de terribles dolores neurálgicos, su melancolía se exacerbó y acabó en neurastenia.
 Finalmente, el 2 de diciembre de aquel año, encerrado en su biblioteca, el conde Jan Potocki se suicidó de un pistoletazo en la cabeza con una bala de plata que él mismo había limado a partir del asa de un azucarero de plata, hasta tener el tamaño necesario para su pistola. Su final romántico en cierto modo contrasta con el progresista ilustrado dieciochesco que fue en su juventud.

Manuscrito.

Jan Potocki, escritor polaco se hizo famoso principalmente porque en 1790 fue el primer polaco que sobrevoló Varsovia en un globo y por publicar un curioso libro de aparecidos impregnado de un erotismo sutil titulado, Manuscrito encontrado en Zaragoza (1805). Los relatos del libro siguen un plan muy sencillo, que se repite incesantemente: el protagonista se pierde en una región siniestra, tiene un encuentro con dos hermanas, se despierta más tarde en un cadalso, flanqueado por los cadáveres de dos bandidos ejecutados por orden del rey.
A lo largo del libro, las hermanas asumen la forma de gemelos, los bandidos resultan no haber muerto, hay alquimistas, astrólogos y cabalistas, poseídos, gitanos y anacoretas, pero cada relato se articula en torno a los mismos elementos estructurales.
Todo el libro rezuma un erotismo leve, que compensa su liviandad con su insistencia. La temática sobrenatural, los estados alterados de conciencia de los personajes y la carga erótica que impregna el texto se corresponden a la perfección con la estructura de cajas chinas, virtualmente infinita. También escribió algunas recopilaciones de cuentos populares y un conjunto de escenas para teatro. Jan Potocki se suicidó en el año 1815 utilizando una bala de plata pulida por él mismo.
Este material literario interesó a Wojciech Jerzy Has (1 de abril de 1925, Cracovia; 3 de octubre de 2000, Łódź, Polonia). Has fue un cineasta, productor y guionista polaco. Considerado el mejor adaptador de obras literarias al cine de toda la historia del cine polaco y junto con Andrzej Wajda, uno de los más relevantes de la Escuela Polaca de Cine. Casi toda su fama internacional se sustenta en una única e influyente obra, El manuscrito encontrado en Zaragoza.

Cronología

  • 1797: Potocki inicia la escritura de El Manuscrito…
  • 1804-1805: Se publica en San Petersburgo la primera edición.
  • 1813: Gide Fils ed. publica en París Avadoro (una historia española), segunda parte de El Manuscrito…
  • 1815: Gide Fils reedita la primera parte con el título Les dix journées de la vie d'Alphonse van Worden.
  • 1847: Edmund Chojecki traduce la obra al polaco.
  • 1956: Leszek Kukulski publica una edición crítica.
  • 1958: Roger Caillois edita el El Manuscrito…, que consta de Les dix journées de la vie d'Alphonse
  • van Worden más tres relatos de Avadoro (una historia española).
  • 1965: Wojciech J. Has adapta el cine la primera parte.
  • 1967: Minotauro edita la primera traducción al español.
  • 1973: Philippe Ducrest adapta a la televisión la primera parte.
  • 1989: René Raddrizani edita para José Corti la primera edición completa.
  • 2001: Coppola y Scorsese editan en DVD la adaptación del Wojciech J. Has.
  • 2002: Valdemar edita en Madrid una traducción de Mauro Armiño a partir de la edición de René
  • Raddrizani.
  • 2003: Francisco Nieva adapta la obra para teatro.
  • 2009: Editorial Acantilado publica en Barcelona una traducción diferente, que parte de la versión de Potocki de 1810.
El manuscrito encontrado en Zaragoza
Film de Wojciech Has
Novela de Jan Potocki


La novela es una serie de 66 historias entrelazadas al estilo de Decameron y The Arabian Nights que el director de cine polaco  Wojciech ha resumido en una película filosófica fuertemente influenciada por el surrealismo, cuyos pintores a su vez adoptaron la novela como texto fundamental junto con Blake, Poe, y Sade.


"El valle de Los Hermanos comienza donde el Guadalquivir se derrama sobre la llanura; lo llamaban así porque tres hermanos, unidos, más que por los lazos de sangre, por la afición al bandolerismo-; hicieron del lugar, durante muchos años, el teatro de sus hazañas. De los tres hermanos, dos cayeron en poder de las autoridades, y sus cuerpos se veían colgados de una horca a la entrada del valle, pero el mayor, llamado Soto, logró escapar de las prisiones ' de Córdoba y se refugió, según decían, en la cadena de Las Alpujarras. 
Cosas muy extrañas contaban de los dos hermanos que fueron colgados; no se hablaba de ellos como de aparecidos, pero se pretendía que sus cuerpos, animados por vaya a saberse qué demonios, abandonaban la horca durante la noche para angustiar a los vivos. De tal modo se dio el hecho por cierto que un teólogo de Salamanca probó en una disertación que los dos ahorcados, a cada cual más extraordinario, eran vampiros de una rara especie, cosa que los más incrédulos no vacilaban en afirmar. También corría el rumor de que los dos hombres eran inocentes y que habiendo sido injustamente condenados se vengaban de ello, con el permiso del cielo, en los viajeros y otros viandantes. Como de esa historia me hablaron a menudo en Córdoba, tuve la curiosidad de acercarme a la horca. El espectáculo era tanto más repulsivo cuanto que los horribles cadáveres, agitados por el viento, se balanceaban de manera fantástica, mientras buitres atroces los tironeaban para arrancarles jirones de carne; apartando los ojos con espanto, me hundí en el camino de las montañas."

Hay que convenir en que el valle de Los Hermanos parecía muy apropiado para favorecer las empresas de los bandidos y servirles de refugio. Rocas desprendidas de lo alto de los montes, árboles derribados por la tormenta, interceptaban el camino, y en muchos lugares era menester atravesar el lecho del torrente, o pasar delante de cavernas profundas cuyo aspecto malhadado inspiraba desconfianza.
Al salir de este valle y entrar en otro, descubrí desde lejos la venta que debía albergarme, y no auguré de ella nada bueno. Observé que no tenía ventanas ni celosías; no humeaban las chimeneas; no había gente en los alrededores, y los aullidos de los perros no anunciaban mi llegada. Deduje que sería una de aquellas ventas abandonadas por sus dueños, como había dicho el mesonero de Andújar.
Cuanto más me acercaba, más profundo me parecía el silencio. En la puerta de la venta, vi un cepillo para echar limosnas, acompañado por la siguiente inscripción:

«Señores viajeros, sed caritativos y rogad por el alma de González de Murcia, que en otros tiempos fue mesonero de Venta Quemada. Después seguid vuestro camino y en ningún instante, bajo ningún pretexto, se os ocurra pasar aquí la noche».

Inmediatamente resolví desafiar los peligros con los cuales me amenazaba la inscripción. No tenía el convencimiento de que en la venta no hubiera aparecidos, pero desde niño me enseñaron, como se verá más adelante, a poner el honor por encima de todo, y lo hacía consistir en no dar jamás señales de miedo.
Como el sol se ponía, quise aprovechar la luz menguante para recorrer de punta a punta la morada. Más que luchar con las potencias infernales que se habían posesionado de ella, esperaba encontrar algunas viandas, pues las frutas de Los Alcornoques habían podido suspender, pero no satisfacer, mi necesidad imperiosa de comida. Atravesé muchos aposentos y salas. La mayoría estaban revestidos de mosaicos hasta la altura de un hombre, y en los techos había esos bellos artesones en los cuales resplandece la magnificencia de los moros. Visité las cocinas, los graneros, los sótanos; estos últimos estaban cavados en la roca, y algunos comunicaban con rutas subterráneas que parecían penetrar muy adentro en la montaña; pero no encontré de comer en ninguna parte. Por último, como era ya de noche, busqué mi caballo, atado en el patio, lo llevé a un establo donde había visto un poco de heno, y fui a un aposento a tenderme en un jergón, el único que hubieran dejado en todo el albergue. También hubiese querido una candela, pero el hambre que me atormentaba tenía su lado bueno, pues me impedía dormir.
Sin embargo, mientras más oscura se hacía la noche, más sombrías eran mis reflexiones. Ya pensaba en la desaparición de mis dos servidores, ya en los medios de procurarme comida. Quizá los bandidos, irrumpiendo de algún matorral o de alguna trampa subterránea, habían atacado sucesivamente a López y a Mosquito cuando estaban solos, e hicieron una excepción conmigo en razón de mis armas, que no les prometían una victoria tan fácil. Más que todo me preocupaba el hambre, pero había visto en la montaña algunas cabras; debía de guardarlas algún pastor, y a éste no le faltaría un poco de pan para comer con la leche. Por añadidura, yo contaba con mi fusil. Sea como fuere, estaba resuelto a todo menos a volver sobre mis pasos y a exponerme a los sarcasmos del mesonero de Andújar. Antes bien, había decidido firmemente continuar mi ruta.
Agotadas estas reflexiones, no podía menos de rumiar viejas historias de monederos falsos y otras de la misma especie con las que habían acunado mi infancia. Pensaba también en la inscripción sobre el cepillo de las limosnas. Aunque no creía que el demonio hubiese estrangulado al mesonero, nada comprendía de su trágico fin.
Pasaban las horas en un silencio profundo cuando el son inesperado de una campana me estremeció de sorpresa. Tocó doce veces, y es fama que los aparecidos no tienen poder sino después de medianoche hasta el primer canto del gallo. Digo que me sorprendí, y no me faltaban motivos para ello, pues la campana no había dado las otras horas; me pareció lúgubre su tañido. Un instante después se abrió la puerta del aposento, y vi entrar a una persona completamente oscura pero en modo alguno pavorosa, pues era una hermosa negra, semidesnuda, que llevaba una antorcha en cada mano.
La negra se llegó a mí, hizo una profunda reverencia y me dijo en un muy buen español:

-Señor caballero, unas damas extranjeras que pasan la noche en este albergue os ruegan compartir su cena. Tened la bondad de seguirme.



Seguí a la negra de corredor en corredor hasta una sala bien iluminada en medio de la cual había una mesa con tres cubiertos, vajilla de porcelana japonesa y jarras de cristal de roca. En el fondo de la sala pude ver un lecho magnífico. Muchas negras parecían atareadas en servir, pero se alinearon con respeto no bien entraron dos damas cuya tez de azucenas y rosas contrastaba perfectamente con el ébano de sus criadas. Las dos damas, tomadas de la mano, vestían de una manera extravagante, o que a lo menos me pareció tal, pero que es frecuente en muchos pueblos de Berbería, como después lo he comprobado durante mis viajes. Su vestido no consistía sino en una camisa y un justillo. La camisa era de tela hasta la cintura, y más abajo de una gasa de Mequínez, especie de género que sería del todo transparente si anchas cintas de seda, mezcladas a la trama del tejido, no lo hicieran apto para velar en, cantos que ganan en adivinarse. El justillo, ricamente bordado de perlas y guarnecido de broches de diamantes, les cubría escasamente los senos; no tenía mangas; las de la camisa, también de gasa, estaban recogidas y anudadas detrás del cuello. Brazaletes adornaban sus brazos desnudos, tanto en las muñecas como encima de los codos. Aunque las damas fueran diablesas, sus pies no estaban hendidos ni provistos de garras; desnudos, en pequeñas babuchas bordadas, llevaban en el tobillo una ajorca de gruesos brillantes.
Las desconocidas avanzaron hacia mí con semblante despejado y afable. Eran dos bellezas perfectas; una de ellas, alta, esbelta, deslumbrante; la otra, enternecedora y tímida; una, majestuosa, con un busto de nobles proporciones y una cara de facciones admirables; la otra, menuda, con los labios un poco prominentes y los ojos entrecerrados por los cuales asomaba el brillo de sus pupilas ocultas bajo larguísimas pestañas. La mayor me dirigió la palabra en castellano y me dijo:

-Señor caballero, os agradecemos la bondad que habéis tenido de aceptar esta modesta colación. Creo que debéis necesitarla.

Dijo esta última frase con expresión tan maliciosa que la sospeché muy capaz de haber hecho robar la mula cargada con nuestras provisiones, pero tan bien las reemplazaba que no pude guardarle rencor.
Nos sentamos a la mesa, y la misma dama, alcanzándome una fuente de porcelana del Japón, me dijo:

-Señor caballero, encontraréis aquí una olla podrida donde se mezclan toda clase de carnes, exceptuando una sola, porque somos fieles, quiero decir musulmanas.

-Bella desconocida -le respondí-, me parece que bien lo habéis dicho. Sois fieles, sin duda, y vuestra religión es el amor. Pero dignaos satisfacer mi curiosidad antes que mi apetito: decidme quiénes sois.
-No dejéis de comer por ello, señor caballero -replicó la bella morisca-. No guardaremos con vos el incógnito. Me llamo Emina, y ésta es mi hermana Zebedea. Aunque establecidas en Túnez, nuestra familia es oriunda de Granada, y algunos de nuestros parientes viven en España, donde profesan en secreto la ley de sus padres. Hace ocho días abandonamos Túnez; desembarcamos cerca de Málaga en una playa desierta; después hemos pasado por las montañas, entre Soja y Antequera; después hemos venido a este lugar solitario para cambiarnos de ropa y tomar todas las medidas necesarias para vivir seguras. Podéis ver, señor caballero, que nuestro viaje es un secreto importante que confiamos a vuestra lealtad.
Aseguré a las bellas que no debían temer de mi parte ninguna indiscreción y me puse a comer con un poco de voracidad, sin duda, pero también con esa graciosa cortedad que un joven demuestra necesariamente cuando es el único de su sexo en una sociedad de mujeres.
Se apaciguó mi hambre y comencé lo que en España llaman los dulces; Emina lo advirtió, y entonces ordenó a las negras que me mostraran cómo se baila en sus comarcas. Ninguna orden pudo serles más agradable, y obedecieron con una vivacidad que rayaba en la licencia. Hasta creo que hubiese sido difícil que terminaran de bailar, pero yo les pregunté a sus hermosas señoras si ellas también solían hacerlo. Por toda respuesta se pusieron de pie y pidieron castañuelas. ¿Cómo dar una idea de su danza? Hacía pensar en el bolero de Murcia y en el fandango de los Algarbes, y quienes han estado en aquellas provincias podrán imaginarla, pero nunca podrán imaginar el encanto que añadían a sus pasos las gracias naturales de las dos africanas, realzadas por sus diáfanas vestiduras.
Durante algún tiempo las contemplé guardando una especie de sangre fría, pero sus movimientos acelerados por una cadencia más viva, el ruido perturbador de la música morisca, mi vitalidad exaltada por la súbita comida, en mí, fuera de mí, todo se concertaba para hacerme perder la razón. No sabía ya si estaba con dos mujeres o con dos súcubos insidiosos. No me atrevía a ver, no quería mirar. Me cubrí los ojos con la mano y me sentí desfallecer.
Las dos hermanas se me acercaron y cada una me tomó una mano. Emina me preguntó si me sentía mal. La tranquilicé. Zebedea me preguntó por un relicario que llevaba yo colgado del pecho. ¿Guardaba en él el retrato de mi amada?

-Es -le respondí- una alhaja que me dio mi madre y que le prometí llevar siempre conmigo; contiene un trozo de la verdadera cruz.
Zebedea retrocedió, palideciendo.


-Os turbáis -le dije-; sin embargo, la cruz sólo puede espantar al espíritu de las tinieblas.
Emina respondió por su hermana.

-Señor caballero -me dijo-, sabéis que somos musulmanas, y no debería sorprenderos la tristeza que mi hermana os ha demostrado. Yo la comparto. Lamentamos encontrar un cristiano en vos, que sois nuestro pariente más próximo. Mis palabras os asombran, pero ¿no era vuestra madre una Gomélez? Somos de la misma familia, que no es más que una rama de la de los Abencerrajes; pero sentémonos en este sofá y os diré otras cosas aún.

Las negras se retiraron. Emina me ofreció un extremo del sofá y se puso a mi lado, sentándose sobre las piernas cruzadas. Zebedea, sentándose del otro lado, se apoyó sobre mi almohadón, y los tres estábamos tan cerca que nuestros alientos se mezclaban. Emina pareció reflexionar; después, mirándome con el más vivo interés, me tomó la mano y me dijo:

-Querido Alfonso, es inútil ocultarlo: no fue el azar quien nos trajo aquí. Os esperábamos; si el temor os hubiera hecho tomar otro camino, habríais perdido para siempre nuestra estima.
-Me halagáis, Emina -le respondí-, y no sé en qué podría interesaros mi valor.
-Nos interesáis mucho -replicó la bella mora-, pero quizá os halagaría menos saber que por poco sois el primer hombre que hemos visto. Lo que digo os asombra, y parecéis ponerlo en duda. Os había prometido contaros la historia de nuestros antepasados, pero quizá sea mejor que comience por la nuestra.


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