Conventillo digital. |
Una de las eventualidades que muchos pensadores políticos de la antigüedad -desde luego Platón- temían respecto a la democracia y su desarrollo era la posible transformación de la soberanía popular en entidad mucho menos glamorosa y gloriosa, la “tiranía de la mayoría”. Puede, dicho temor, parecer paranoia de reaccionarios y a menudo lo fue, pero desde la época de la democracia ateniense clásica en su etapa más funcional y espléndida, esto es, a principios del siglo V a.C, han habido no pocos que alentaron ese miedo por algo más que un capricho o percepción errada. En efecto, la historia muestra que una mayoría, si es abrumadora y está asociada a un credo absoluto o siquiera muy poderoso, no sólo oprime a la minoría que no participa de sus creencias sino además es siempre peligrosa porque, siendo tan mayoritaria, no siente frente a sí obstáculos de importancia con los cuales haya que tener consideraciones de ninguna clase; además de opresora se convierte en tiránica si dichas creencias conforman un credo absoluto, los cuales, por definición, no dejan ni se permiten o toleran espacios para negociar, transar y ceder ante otras proposiciones. Ese credo es a veces sólo un sentimiento puntual como el que llevó a las multitudes parisinas, en 1870, a exigirle perentoriamente al gobierno hacerle la guerra a Prusia, con catastróficos resultados, pero en otras ocasiones, peor aun, es una doctrina, a veces un entero evangelio con pretensiones de ser dueño de la Verdad y evangelizar al mundo. Esos fenómenos son normalmente de ocurrencia puntual porque no todos los días la masa ciudadana tiene oportunidades, en el territorio de la política, de escoger una vía y/o imponer un programa. Las elecciones y/o coyunturas políticas son de suyo intermitentes, esporádicas, separadas por lapsos sustantivos de tiempo en los que reina cierto reposo, pero pueden haber casos cuando impera TODO EL TIEMPO una penosa asfixia ideológica, valórica y emocional gestionada por esa mayoría SI coinciden dos condiciones: la existencia de una doctrina popular que tenga sentido para una gran mayoría y, junto a eso, una estructura comunicacional poderosa, intensa y eficaz que concentre y coordine instantáneamente a los miembros de dicha masa. A lo largo de toda la historia humana esta coincidencia ha sido rara, poco usual; hoy en día, en cambio, los medios de comunicación digitales la hacen permanente, sostenida, agobiante. El Conventillo. En 1968 un sociólogo que llegó a ser transitoriamente conocido aun en medios no académicos, Marshall McLuhan, publicó un libro-tesis llamado “La Aldea Global” en el cual se hacía cargo de las transformaciones que imponía al planeta el desarrollo global de las comunicaciones, esto es, en esos años, la puesta en órbita de satélites que permitían trasmisiones televisivas internacionales – de vez en cuando– y más fáciles comunicaciones telefónicas. El tono de la obra era más bien positivo. No por primera vez se asumió – no tanto al autor como los lectores– que la intensificación de las comunicaciones fomentan “el mutuo conocimiento de los pueblos”, una mejor relación y en última instancia la cooperación y la paz. No es así y nunca lo ha sido. La existencia de comunicaciones globales sólo entraña, por necesidad, una aceleración exponencial de las interacciones, las que pueden ser amistosas o cooperativas, pero también hostiles. La intensificada comunicación puede de hecho tener muchos aspectos negativos porque la existencia de más canales para comunicarse no entraña necesariamente que el contenido que fluirá por ellos será automáticamente positivo. Más aun, incluso si dicho contenido no es hostil, la sola posibilidad de comunicarse demasiado fácilmente convierte el acto de comunicación, el cual debiera ser sólo un medio para un fin, el traslado de información de un punto a otro, en un fin en sí. El uso del teléfono celular muestra hoy en un plano menor, anecdótico, el desarrollo tumoral de esa perversión y confusión entre medios y fines; la frecuencia con que las personas hacen uso de su Iphone no se asocia con la frecuencia con que tengan contenidos relevantes, importante o urgentes por comunicarse mediante ese medio, sino la mayor parte de las veces su uso tiene como propósito el afán por huir del tedio comunicándose por cualquier o ninguna razón de manera que el acto de llamar y hablar es sólo el anestésico del aburrimiento, un fin en sí en vez de serlo lo que se comunica. En un plano más serio o trascendente la conexión global e instantánea que hacen posible las tecnologías digitales en la relación entre las personas -para no mencionar el uso que de ellas hacen organismos estatales y/o privados para recabar información comercial o de intencionalidad política– ha multiplicado de modo fenomenal los aspectos más negativos y destructivos de la interacción humana. Ha permitido la instalación de una atmósfera opresiva, fisgona, agresiva, censuradora, un siniestro espíritu de horda linchadora que ha dado salida a los peores instintos, fomentado la expresión del rencor, de la envidia y del odio porque estos sentimientos encuentran hoy un fácil modo de expresarse y además hacerlo a resguardo, anónimamente, instantáneamente y en compañía de multitudes. En breve, somos testigos de la instalación no de la “aldea global” sino del “conventillo global”. De “Opinión Pública” a Linchamiento Hemos visto ya demasiados ejemplos en el mundo y en nuestro país de lo que sucede cuando los medios digitales permiten la formación, en minutos, de una masa ansiosa por encontrar un blanco contra el cual descargar sus resentimientos. En condiciones de normal aislamiento como los vigente en eras previas a las redes sociales, dichos rencores no tenían otra salida que la rumiación individual de fantasías agresivas contra el prójimo en la secreta interioridad del espíritu y/o, como apuntó Humberto Ecco, el recinto de la barbería, el bar o la mesa de comedor, pero en las condiciones de masa congregada que permiten dichas redes esos rencores y rabias no sólo encuentran expedita salida, sino además se potencian, crecen, enfurecen y envalentonan. ¿Hay acaso algo más fascinante para un rencoroso que encontrarse en una situación en la que puede evacuar su furor sin costo ninguno? Y esa es precisamente la situación que le ofrecen y permiten los medios digitales, las redes sociales, el twiter y todos los demás medios a disposición del público. El pelambre y comidillo, la mala leche del conventillo clásico, son cosas de por sí bastante malas, pero al menos no son capaces de sobrepasar los límites físicos de su recinto. Es un pequeño infierno de maledicencia del que se huye saliendo de su espacio, mientras en cambio el conventillo digital no permite ese escape. Esto último, sin embargo, no es la peor parte de su naturaleza. Lo peor es su mágica conversión de la mera maledicencia en entidad política, de puro pelambre en juicio ciudadano, su trasformación en referente político y cultural. No es exagerado decir que hoy se hace política a base de los contenidos que fluyen en los medios digitales. Esa entidad más bien brumosa que antes se llamaba “opinión pública” y a la cual se consultaba sólo de vez en cuando y en cuyo nombre quienquiera podía hacer referencia -los medios de prensa suelen aun hoy convertir sus opiniones editoriales en “la opinión pública”– se trasformó en una entidad más poderosa y de existencia concreta, palpable, masiva, rechinante: es el contenido de las redes. Masivo como es, aparece con mucha más fuerza -pero no con más razón– como una expresión del juicio y voluntad ciudadana al cual debe oirse y obedecerse o siquiera fingidamente plegarse. El resultado es una política cotidiana aun más chata, baja, irreflexiva, obsecuente y más mediocre de lo habitual. Es así especialmente en democracia porque en esta los profesionales de la política dependen del voto y el voto depende del rating y el rating del grado mayor o menor con que dichos profesionales sucumban a las apetencias del momento de la masa electoral. Otro resultado es la opresión mental y emocional que resulta de estarse bajo el escrutinio constante y el reproche permanente y a menudo sangriento de una masa que alimenta sus prejuicios con gran facilidad y aprovecha cada oportunidad para evacuar sus furias. Ninguno de estos efectos puede evaluarse como un “perfeccionamiento de la democracia” o un “empoderamiento de los ciudadanos”. Es el conventillo digital y el empobrecimiento de la vida pública y el ensañamiento de las masas. |
En mundo al revés. |
Lo que viento se llevó |
Proceso creativo y 1.ª edición de la novela La autora, Margaret Mitchell, era una periodista de Atlanta, en el Estado de Georgia (una de las primeras mujeres que tuvo una columna en un diario importante del Sur de los Estados Unidos). Mientras guardaba reposo motivado por una fractura de tobillo, comenzó a escribir lo que más tarde sería la novela Lo que el viento se llevó estimulada por su segundo marido, John Marsh, que le aconsejó que escribiera un libro propio después de que hubiera leído todos los libros de historia que él le trajo de la biblioteca pública. Mitchell se basó en su conocimiento enciclopédico de la Guerra de Secesión y los momentos dramáticos de su propia vida para escribir la obra, usando una vieja máquina de escribir Remington. En 1929 con el tobillo sanado y la mayor parte del voluminoso libro escrito, Mitchell perdió interés en sus esfuerzos literarios. Sin embargo, años después, en 1935, el editor Harold Macmillan Latham visitó la ciudad de Atlanta buscando nuevos escritores prometedores y entró en contacto con Mitchell gracias a Lois Cole, una amiga de ella que había trabajado para el editor. Encantado con Mitchell, le pidió que le hiciera llegar cualquier libro que escribiera; aunque al principio ella no pensaba entregarle el manuscrito de "Lo que el viento se llevó", finalmente lo hizo desafiada por un comentario de un amigo que se burlaba de la posibilidad de que pudiera escribir un libro. Macmillan tuvo que comprar una maleta extra para llevar en su equipaje el gigantesco manuscrito. Después de su partida, Mitchell se arrepintió y le pidió por telegrama que le devolviera el escrito, pero ya el empresario editorial estaba enganchado con lo que había leído y pensaba que sería un éxito. Luego de consultar con el Jefe del Departamento de Literatura en inglés de la Universidad de Columbia, Macmillan Latham le envió a Mitchell un cheque como anticipo del pago por los derechos de autor y la comprometió para completar la obra, a la que le faltaba el primer capítulo. Mitchell terminó la novela en marzo de 1936. Finalmente, la novela se publicó en su primera edición el 30 de junio de 1936. Adaptación al cine: La obra se convierte en leyenda El éxito de la novela fue total; antes de su publicación cincuenta mil estadounidenses ya habían reservado sus ejemplares, y las ventas se dispararon cuando el libro salió a la calle. Para Navidad de ese mismo año ya se había vendido un millón de copias. El libro permaneció 21 semanas en la primera posición de la Book Review del The New York Times. Y en 1937 ganó el prestigioso Premio Pulitzer en la categoría de Novela (el anuncio del ganador del premio fue el 3 de mayo de 1937 y la ceremonia de entrega de los premios fue más tarde de ese mismo mes).[2] Incluso antes de ser publicada la primera edición, en mayo de 1936, el productor de cine David O. Selznick decidió comprar los derechos para hacer una película basada en la novela; a pesar de su renuencia inicial, Selznick siguió los consejos de su editora de historia Katherine (Kay) Brown, que había leído una copia de la obra previa a la publicación. Apenas unos días después de la publicación de esa primera edición, el 6 de julio de 1936, Kay Brown (actuando como representante de Selznick) compró los derechos para hacer una película de la novela por 50.000 dólares, una cifra de dinero récord para la época. La película (Lo que el viento se llevó), que tuvo su premier en Atlanta el 15 de diciembre de 1939 y que fue estrenada a nivel comercial en Estados Unidos en enero de 1940, tuvo un éxito arrollador; con el paso de los años se ha consagrado como uno de los grandes clásicos, y en todas las encuestas y estudios de la crítica compite con Casablanca y Ciudadano Kane por el sitial de honor como la mejor película de la historia del cine. Gracias a ello la historia de la novela se convirtió en una leyenda de la literatura y un mito de la cultura popular del siglo XX; la pareja protagonista formada por Rhett Butler y Scarlett O'Hara es una de las grandes parejas románticas de la literatura universal, al mismo nivel de Romeo y Julieta o Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy. Breve resumen introductorio de la novela Lo que el viento se llevó es un drama romántico o, según algunos críticos, un melodrama. La novela gira en torno a la historia de la joven Scarlett O'Hara, integrante de una familia aristócrata sureña, en tiempos de la Guerra de Secesión. Scarlett está enamorada del heredero de otra familia aristócrata, Ashley Wilkes, del mismo condado de Georgia donde vive su familia; pero éste se casa con otra mujer, Melanie Hamilton (que paradójicamente terminará siendo la mejor amiga de Scarlett). Al mismo tiempo, Rhett Butler, un aventurero cínico y desvergonzado expulsado del seno de su familia (otra familia aristócrata, pero de Carolina del Sur); se enamora de ella y la trama se desarrolla en medio de la lucha de Rhett por conquistarla y el empeño de Scarlett por negar su creciente atracción por él, obstinándose en seguir enamorada de Ashley. Paralelamente Scarlett, su familia y el resto de los personajes de la novela deben hacer frente a las terribles consecuencias de la Guerra de Secesión y la etapa posterior a la guerra; el personaje de Scarlett deberá madurar en medio de tan terrible prueba, dejando de ser la niña frívola, malcriada y algo ingenua de principios de la novela para convertirse en una mujer implacable dispuesta a todo para salvar a su familia del hambre, aunque tenga que recurrir a métodos poco "éticos" y "honorables" para sobrevivir. Desde el principio queda claro que las personalidades de Scarlett y Rhett son similares, y esa similitud se acentúa a medida que avanza la novela; son personas complejas y contradictorias, básicamente unos rebeldes inconformistas que se sublevan contra los convencionalismos de la época. Tanto él como ella son cínicos y románticos, egoístas pero al mismo tiempo generosos, pragmáticos e idealistas. La historia mantiene hasta el final y más allá el suspenso sobre el destino de la relación entre Rhett y Scarlett, sobre si ella finalmente puede olvidar a Ashley y encontrar el amor y la paz con Rhett. De por medio muchas vicisitudes y relaciones de Scarlett con otros hombres por despecho o por interés. Más allá de la historia de amor y desamor entre los protagonistas, en términos generales la novela retrata el derrumbe de la sociedad sureña anterior a la Guerra de Secesión en un tono nostálgico; dicha sociedad es presentada en términos idílicos, y la visión de la novela parece lamentar su destrucción. A pesar de ello (o a cuenta de ello) la novela ofrece mucha información histórica rigurosa sobre la Guerra de Secesión y la etapa de la postguerra, especialmente en lo que atañe al Estado de Georgia. Película Lo que el viento se llevó. A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre, exclama con pasión Escarlata O’Hara mientras su figura se contrapone intensamente a un cielo del color de su nombre. La misma Escarlata que, dos horas de tiempo real y varios años de tiempo ficticio después, abandonada por el hombre al que ahora ha advertido que ama locamente, decide que necesita volver al lugar donde hizo ese juramento, Tara, la casa en que nació, para mejor pensar cómo recuperarlo, pues después de todo mañana será otro día. Hubo un tiempo, el tiempo de los cinéfilos y de los mitómanos (¿existen todavía?), en que nadie desconocía esas dos famosas frases pronunciadas por ese personaje femenino. Un tiempo en que los sones de Max Steiner nos recordaban a todos la tierra roja de Tara, el incendio de Atlanta y la sonrisa canalla de Rhett Butler. El mito, por supuesto, generó un antimito: que Lo que el viento se llevó, antes el emblema más acabado del cine de Hollywood, era el símbolo de lo peor del mismo, un film plúmbeo y ridículo, cursi e inacabable. ¿Sigue importando hoy esta película que una vez pareciera tan imprescindible? Hacía veinte años que no volvía a verla, de tal modo que tenía gran curiosidad por conocer mi propia impresión (disculpen la pedantería). En las líneas siguientes voy a intentar contar el cúmulo de sensaciones, en ocasiones contradictorias, que me ha despertado esta recuperación. Ante todo, Lo que el viento se llevó es un ejemplo claro de eso que muchos llaman «cine-novela», y que se caracteriza por narrar, a lo largo de un metraje por lo común generoso, las vidas de un conjunto de personajes a lo largo de un lapso considerable de tiempo, durante el cual su peripecia individual se funde de modo indisoluble con las circunstancias sociohistóricas. Es típico, aunque no imprescindible, pese al nombre, que estas películas adapten alguna novela de gran repercusión: en este caso, el famoso best-seller de Margaret Mitchell (publicado en 1936), que ignoro si hoy sigue leyéndose como ayer. Y no se crea que la calidad de una película tenga que ver con la entidad del libro adaptado: tan cine-novela es Lo que el viento se llevó como, por ejemplo, Guerra y paz, la estupenda película de King Vidor construida sobre el mil veces más prestigioso libro de Tolstoi. Ambas películas, de hecho, abordan historias parecidas en cuanto que siguen las trayectorias de un grupo de personajes fuertemente condicionados por un terrible tiempo bélico. Dudo mucho que quienes han visto el film de Vidor a la fuerza hayan leído el libro, y sin embargo, los paralelismos de las dos películas son evidentes. La acción de Lo que el viento se llevó abarca un lapso en torno a la docena de años, que comienza justo el día en que estalla la Guerra de Secesión, y se centra en la figura de una heredera sureña, Escarlata O’Hara, jovencita vanidosa e inconsecuente en esos días de vida muelle que refleja el arranque de la historia, acostumbrada a que todos su caprichos se satisfagan al instante, a quien seguiremos a lo largo de los duros tiempos que, enseguida, le van a tocar vivir, y que acaban convirtiéndola en una superviviente nata desgarrada entre el sueño perdido (ese sur somnoliento y caballeroso cuyo símbolo se empeña en encarnar en el amor por un hombre, Ashley Wilkes, casado con otra) y la vida real en que ella acaba demostrando unos redaños y unos capacidades que hubieran parecido impensables en quienes la conocieron en aquellos días dorados de bailes y galanteos bajo el pórtico columnado de su plantación natal de Tara. Otro hombre, el aventurero Rhett Butler, que es justo lo contrario de lo que es Ashley (de ahí que, con toda razón, lo desprecie: o mejor dicho, que no lo considere en ningún sentido), brinda a Escarlata la posibilidad de la felicidad, pero ella se dará cuenta de que era su única posibilidad demasiado tarde. Como suele suceder en películas de estas ambiciones, antes que nada, Lo que el viento se llevó vale lo que valen sus personajes centrales. Y es evidente que sus mayores triunfos los juega en la descripción de su pareja protagonista, los caracteres más atractivos y mejor definidos. Es más, a su lado, los otros personajes centrales están mucho peor trazados, no sé si porque los responsables del film pretendían que nada hiciera sombra a su dúo estelar, por la escasa atención que ponen en dotarlos de una adecuada entidad dramática o por los errores en el casting. En cuanto a esto último, me parece evidente. Olivia de Havilland está francamente desaprovechada como la dulce Melania: una actriz de sus características y de su encanto personal difícilmente encajaba en el rol de una mujer tan sumisa… y tan sosa. Aun así, su calidad interpretativa es tanta que sale medianamente bien parada, si bien, es evidente, luce mejor en los momentos en que, por fin, exhibe fortaleza de carácter (es decir, en la segunda mitad de la historia: en la primera, de no ser por la actriz, Melania sería insufrible… y aun así, en buena medida lo es). Peor es el caso de Leslie Howard en el papel de Ashley, para el cual, de entrada, resulta demasiado mayor (46 años en el momento del rodaje para un tipo que, en teoría, debería tener 15 menos). Con independencia de que en otros papeles demostrara solvencia, su interpretación de Ashley es tan monocorde y envarada que, por mucho que el espectador sea bien consciente de que el personaje supone para Escarlata más un símbolo que un ser real, uno tendría que pensar que nos quieren tomar por tontos: que es imposible que una mujer tan vitalista y sensual como la protagonista pueda verse arrastrada durante tantos años por una pasión hacia semejante pavisoso. Lo irónico es que, de no ser por esta interpretación, Howard estaría hoy completamente olvidado. En cambio, la pareja protagonista está espléndida. La joven Vivien Leigh superó, como es fama, a un buen puñado de aspirantes al papel con muy superior renombre (eso sí, aun cuando no se había visto nunca frente a una responsabilidad tan grande, ni mucho menos era una novata). Cierto es que la actriz está mucho mejor en la segunda parte de la historia (en más de un momento resultan excesivos los aspavientos de niña caprichosa que luce durante la parte inicial), cuando equilibra de modo admirable el penoso conocimiento de la vida que ha acabado adquiriendo con el mantenimiento del aire juvenil que le aporta su insensato egoísmo. Por supuesto, convence a la perfección de que su mera presencia y unos cuantos mohines encantadores sean capaces de volver del revés las percepciones de cuanto hombre se pone a tiro. Pero también de que dentro de ella hay mucho más: no de otro modo se entendería que un hombre tan experimentado como Rhett Butler también caiga en sus redes, si bien no del modo insulso y acrítico de todos sus galanteadores. Ahora bien, mi revisión de la película me ha confirmado lo que ya me había parecido en ocasiones anteriores: Clark Gable realiza una interpretación extraordinaria (o se funde con el personaje de Rhett Butler de modo extraordinario). Parece una inmejorable elección de casting, y de hecho ya pareció a los primeros lectores del libro la única posible, pues el personaje se ajustaba como un guante a las características estelares de Gable: una imagen viril pero no chulesca, la socarronería como principal forma de enfrentarse al mundo, un soterrado idealismo bajo una aparente ligereza y el sentido del humor como cualidad innata. Se podrá argumentar que el Rey no interpreta, sino que impone sus famosos tics gestuales y su imagen estelar a un personaje, pero no debe olvidarse que todos los grandes actores de Hollywood (de Gary Cooper a Cary Grant, de John Wayne a Gregory Peck) moldeaban sus grandes creaciones a partir de unas expectativas creadas entre el público con sus previas encarnaciones. En la variedad y ductilidad de las composiciones estriba la magia de los más grandes, y si Gable es cierto que fue menos dúctil y menos variado que la mayoría (por ejemplo, que los arriba citados), también lo es que no hubo un Clark Gable mejor: es decir, alguien que compusiera con más fortuna el prototipo de hombre seguro de sí mismo, bien consciente de que la completa nobleza aburre y el cinismo gratuito molesta, capaz por lo tanto de crear una genuina combinación de ambas, y siempre sin caer en la fácil jactancia que habría hecho antipático un rol tan delicado (hoy día, en estos tiempos de «corrección moral», tan impertinente). El triunfo es rotundo: cada vez que Rhett Butler aparece en escena, el interés de la historia sube y se convierte en la figura que domina por completo el plano. Lo diré siempre: la primera cualidad de un actor debe ser la convicción. Las circunstancias del dilatadísimo rodaje son bien conocidas: los nombres finales de la ficha artística suponen tan solo la punta del iceberg de quienes participaron en su factura. Por ejemplo, el rocoso Victor Fleming se acabó llevando un Oscar a la mejor dirección por un trabajo que (aun cuando le corresponde el mayor porcentaje del metraje) compartió con otros cuantos realizadores. Pues bien, lo cierto es que, a la vista del resultado final, no se diría que pasó por tantas imágenes, puesto que hay una completa unidad narrativa y estilística. De ahí que coincida plenamente en que Lo que el viento se llevó es, ante todo, una película de productor, del hombre que tanto luchó porque se convirtiera en el mayor espectáculo cinematográfico jamás visto en pantalla, esto es, David O. Selznick. Selznick es quien le dio su verdadera unidad, quien luchó por actores y técnicos, quien hubiera merecido el crédito como guionista (buena parte de los diálogos, magníficos, son suyos), quien rodó en persona varias de sus escenas (como la famosa despedida final de Gable) y quien supo otorgar la principal responsabilidad artística a la persona adecuada: a William Cameron Menzies, el responsable de la imagen visual de la película. La inapreciable labor de este apenas queda reflejada bajo el término que la acredita («production designed by»), y que esconde al verdadero planificador de las grandes secuencias —por ejemplo, la de los heridos en la estación de Atlanta, para la que se buscó la grúa más grande jamás usada en cine— e incluso director de una porción de metraje nada desdeñable. A él se debe la genial idea de hacer de la tonalidad anaranjada-escarlata el emblema de la pasión de la protagonista (la asociación de ideas, además, es tan sencilla como afortunada) pero también de la cualidad onírica de ese Sur de su juventud y de lo único que acaba quedando de él, su propiedad, Tara con su tierra roja: no en vano, tras tanto cúmulo de escenas en que los personajes remarcan sus figuras contra el cielo increíblemente teñido de ese color, después que Escarlata pronuncie su juramento, ya no aparecerá más que asociado a objetos y vestuario: a lo material, ya no a lo espiritual. Además de Menzies, otros artistas contribuyeron notablemente al resultado final, pero de todos ellos sin duda merece un recuerdo el compositor Max Steiner, por cuanto su tema central sería durante décadas algo así como el himno oficioso de Hollywood. Las casi cuatro horas que abarca el metraje se reparten en dos partes bien diferenciadas, en cuya bisagra se encuentra la ya varias veces referida escena en que Escarlata pone a Dios por testigo de que nunca volverá a pasar hambre. La primera parte es la que contiene los momentos más famosos y, sin duda, es la más ágil y espectacular. La segunda parte, sin embargo, en la revisión me parece que posee una mayor entidad: si en ella no se encuentra ninguna escena mítica como las anteriores (salvo el famoso final), sí es donde los personajes encuentran su mejor desarrollo dramático, en especial la pareja protagonista, consiguiéndose una notable densidad en la exposición de su relación de atracción y odio. Esta profundización se debe a una afortunada decisión de Selznick: prescindir del abierto contenido ideológico que Mitchell derrama en la parte de la novela posterior a la contienda (en ella aparece hasta el Ku-Klux-Klan), sin duda por pensar que podría ser excesivo para el público de otras partes del país. Así, al prescindir de la «sucia» batalla política que divide al Sur tras la guerra, la caracterización de ese paraíso de la caballerosidad (al que sí se le dedica mucho tiempo en la primera parte) queda asociada a la juventud de Escarlata y, en la edad adulta, queda constreñido al territorio del sueño. La protagonista se convierte en una mujer decidida y realista, implacable incluso en el manejo de los asuntos (como si fuera un «hombre»), pero la niña que sigue latiendo dentro de ella necesita, para seguir adelante, el recuerdo del paraíso perdido, y ese es el sentido de que se empeñe en ser «fiel» a Ashley, incluso empeñándose en mantenerlo a su lado cuando este mismo había advertido de la necesidad de marcharse para siempre, con lo cual pierde la oportunidad de ingresar definitivamente en el mundo adulto de los sentidos —de la sensualidad y no del romanticismo, que le ofrece Rhett). Así, esta segunda mitad supone un desatado melodrama pasional en torno al choque entre dos formidables caracteres, a cuyo lado el resto de personajes casi carece de sustancia, como si fueran espectros: ¿en serio no muere Ashley en la guerra y su presencia no es más que un fantasma que hostiga a la nostálgica Escarlata?, ¿puede haber un ser tan noble y abnegado como Melania o es una abstracción que igualmente atormenta a Escarlata como su exacto doble opuesto, por tanto su némesis? En ese caso, Rhett sería el hombre que intenta (inútilmente) exorcizar esas apariciones que hechizan la vida de Escarlata y le alejan de él. La narración de la película es, evidentemente, irregular: se echa un falta un guion equilibrado (participaron tantos escritores en su redacción que es imposible) y un director con verdadero sentido de la atmósfera (es una pena: el gran King Vidor pudo haber sido el realizador elegido). Sin embargo, lo que pesa en la película no es tanto su dilatación como su excesiva inclinación por el subrayado: en demasiadas ocasiones los diálogos se empeñan en subrayar lo que los gestos ya habían dejado claro. Así, el momento en que Rhett aguanta, en la fiesta de los Wilkes al principio de la historia, la insultante impertinencia del joven Charles Hamilton: la interpretación de Gable se basta para expresar que consideraría un abuso de fuerza aceptar la evidente intención del petimetre por retarlo a duelo, pero una vez que el personaje ha dejado la escena el pelmazo de Ashley se ve obligado a explicarlo ante el resto de invitados. Sin embargo, en otras ocasiones los diálogos poseen una notable fuerza sintética. De entre ellos siempre me han encantado dos. El primero lo pronuncia Butler cuando, a instancia de los caballeros del sur, les explica por qué el Norte les lleva ventaja en cuanto a los recursos necesarios para una guerra, concluyendo su exposición de modo concluyente: «Nosotros solo tenemos algodón, esclavos y arrogancia», diálogo además inmejorable para dibujar definitivamente al personaje (estamos en la primera escena en que habla, no se olvide), pues en esa frase encierra una insolencia sarcástica que se corresponde bien con esa fama de hombre nada convencional que le procede. El otro diálogo está puesto en boca de Ashley, cuando se despide de Escarlata tras su permiso en Atlanta y, decidido a que la muchacha abra los ojos a la realidad de la guerra (ella sigue creyendo que los «caballeros» nunca pueden perder), sentencia con tristeza: «Los nuestros van descalzos y hay mucha nieve en Virginia» (se cuenta que esta frase es una de las pocas aportaciones que sobreviven del escritor F. Scott Fitzgerald al guion). Por supuesto, no merece mucho la pena insistir en que estamos ante un evidente panfleto sudista. La visión que ofrece el film (heredada de Margaret Mitchell, claro) se pone claramente del lado de esos elegantes caballeros que amparan paternalmente a los negros sin maltratarlos jamás, y que si no les dan libertad es porque son como niños indefensos —tal como simboliza el personaje de la esclava Prissy, que a ratos parece casi surrealista—, concentrando la denuncia en los blancos «malos», es decir, los hombres del Norte que llegan tras la guerra para aprovecharse de su condición de vencedores, los famosos carpetbaggers. Lo que no quiere decir que la autora (y por tanto, la película) no deje bien clara la condición anacrónica de esa concepción del mundo, y de ahí su derrota. No se olvide que el personaje más atractivo de la historia, Rhett Butler, se caracteriza desde el principio por contravenir esa ética caballeresca, por reírse de esa nobleza de cuento de hadas, como no duda en decirlo a quien le quiere escuchar. Eso sí, en el momento decisivo, este transgresor deja atrás para unirse al ejército confederado, esto es, a la Causa (aunque él sepa que ya es una causa perdida: incluso porque sabe que es una causa perdida, lo cual indica que dentro de él hay otro sureño irremediablemente romántico). Lo que el viento se llevó, no puede ocultarse, es un film a ratos increíblemente pueril, a ratos irremediablemente cursi; que abusa de los trucos de manual para realzar a sus estrellas y se ve lastrado por la escasa entidad del resto de personajes. Pero que si aguanta a la perfección sus casi cuatro horas de duración es por el fenomenal interés que mantiene en todo momento y el mayúsculo interés de sus dos protagonistas, dueños absolutos de una historia cuya relación brinda momentos de notable entidad sensual y sexual. Valga como ejemplo esa sensacional escena, que tensa al máximo las imposiciones censoras de la época, en que Escarlata le hace ver a Rhett que ha decidido no tener más relaciones sexuales con él, y que concluye con el hombre saliendo de la alcoba de su mujer después de arrancar la puerta de una patada. La excelencia de los dos actores, la combinación de sutileza y frontalidad, y el memorable juego erótico que desborda son buena muestra de los valores que, todavía hoy, garantizan la perdurabilidad de la obra. Lo que el viento se llevó no será, desde luego, la película más «grande» de la historia, pero mientras la disfrutamos, a quién rayos le importa. |
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