lunes, 11 de marzo de 2019

Manuscrito encontrado en Zaragoza (1805)





Conde Jan Nepomucen Potocki de Piława (o Juan Nepomuceno Potocki) (Pików, 8 de marzo de 1761-Uladowka, 2 de diciembre de 1815) fue un noble, científico, historiador y novelista polaco, capitán de zapadores del Ejército Polaco, célebre por su novela El manuscrito encontrado en Zaragoza.

El conde Jan Potocki nació en el castillo de Pików, en Podolia (región entonces polaca, posteriormente anexada por Ucrania), de familia noble, hijo de Józef Potocki y Anna Teresa Ossolińska, perteneciente a una acaudalada familia de la más alta nobleza. Józef Potocki, con orígenes austriacos, polacos y ucranianos, poseía tierras en Ucrania, cuando éstas pertenecían al Imperio Austro-húngaro. Se cree que era judío askenazí, etnia dominante en aquellas tierras, y que se convirtió al catolicismo para poder entablar relaciones personales y familiares con la alta aristocracia polaca, toda de religión católica, la mayoritaria en el país. Ese puede haber sido el motivo por el que Jan Potocki no recibió educación en colegios católicos de Polonia, ni formación religiosa cristiana.

Sus primeros estudios los hizo en su país, recibiendo una sólida educación, y a los doce años fue enviado a Suiza, junto con su hermano Severin, para continuarlos en Ginebra y Lausana, donde se inició en el conocimiento de las ciencias y en los estudios literarios y lingüísticos, con un pastor presbiteriano.

Escudo del clan Piława.



Los años de su educación suiza dieron al joven aristócrata una creciente curiosidad por las ciencias y un sentimiento cosmopolita de la vida.

A su regreso a Polonia abrazó la carrera militar, como era costumbre en la nobleza. Ingresó en la Academia Militar de Viena, pero pronto la abandonó para consagrarse a las dos pasiones que iban a dominarle hasta su muerte: los viajes y los estudios. Decidido a saberlo todo, no tardó en poseer una cultura enciclopédica y un dominio de casi todas las lenguas modernas, además de las clásicas.

Al mismo tiempo, el joven conde Potocki se contagió del espíritu liberal y progresista que imperaba en la ilustrada corte polaca, cuyo soberano, Estanislao Augusto, era uno de los protectores de la masonería, a la que pertenecían algunos de los grandes señores de la nobleza. Algunas damas compartían ese espíritu, entre ellas la princesa Isabel Lubomirska, nacida Czartoryska, con una de cuyas hijas, la princesa Julia, se casaría Potocki pocos años después.

Respecto a sus posibles orígenes judíos, Potocki escribió una Cronología de los hebreos (Chronologie des Hébreux, 1805), estudió la Cábala y el Talmud e incluso incluyó en casi un centenar de páginas de su célebre novela la figura del Judío Errante . Eso fue en la versión llamada de 1804 (no editada en su totalidad en San Petersburgo, por lo que las alusiones a los judíos no llegaron a publicarse). Sin embargo, entre 1810 y 1815, Potocki decidió eliminar toda mención al mito del Judío Errante, Ahasvero; algunos biógrafos (cf. F. Rosset, D Triaire, Jean Potocki. Biographie. París, Flammarion, 2004) han visto en ello un intento de ocultar sus orígenes parcialmente hebreos, dado que en esa época se había casado en segundas nupcias con la princesa católica Julia, con la que tuvo descendencia. En el Manuscrito (Sexto Decamerón, Jornada quinquagésimonovena), Potocki desvela en el capítulo titulado Historia de la casa de los Uzeda las claves de la novela y su relación con la genealogía hebrea de una de las ramas familiares del protagonista, retrotrayendo dichas raíces al Israel bíblico, anterior al Templo de Salomón. Ninguno de sus descendientes ha hablado de esos orígenes judíos askenazíes, algo fácil de entender debido al antisemitismo que asoló Polonia y Europa Oriental, tanto en aquella época como en el siglo XX.

Pero antes de retornar a su patria, el joven conde decidió conocer el mundo, para así satisfacer su afición. a los viajes, que iba unida a su vocación de historiador y de etnólogo. Como los viajeros románticos medio siglo después, Potocki inició la serie de sus viajes por los países del Sur de Europa. En un primer ciclo, que duró de 1778 a 1780, recorrió Italia, visitó la isla de Malta, Sicilia y Lampedusa, y desembarcó en Túnez, donde el príncipe Ali-Bey le recibió en su palacio. También visitó la Gran Mezquita de la ciudad santa de Kairuán. Potocki evocaría más tarde, en su Manuscrit trouvé a Saragosse, algo de esa Tunicia entrevista en 1779.

Desde Túnez, Potocki pasó a España, país que iba a atraerle más que ningún otro, y en el que reinaba el ilustrado Carlos III. La España que visitó Potocki era una España vivaz y pintoresca, rica en bandidos y contrabandistas, gitanos y mendigos, que vagabundeaban por los caminos y las ventas, pero rica también en artistas y en escritores, en nobles humanistas y científicos de renombre. Le atrajo sobre todo el sur peninsular, ese paraíso que no iba a tardar en convertirse en una de las metas obligadas de los viajeros románticos. Visitó Granada, Córdoba, Sevilla, recorrió los caminos y montañas de Sierra Morena, y estudió de cerca las costumbres de los gitanos y algo de su lengua. De esta frecuentación de los gitanos hay huellas en El manuscrito encontrado en Zaragoza y en otra obra de Potocki, la opereta Les Bohémiens d'Andalousie.

Es probable que Potocki visitara en Madrid el estudio de Goya, como afirma su biógrafo Édouard Krakowski.

Tras el viaje a España, inició Potocki un segundo periplo, en el que visitó, de 1781 a 1784, los países del Imperio otomano: Turquía, Grecia, Egipto, Albania y Montenegro. Turquía le entusiasmó especialmente, y no solo incorporó a su equipaje trajes y objetos turcos, sino que tomó allí un criado, Ibrahim, llevándoselo consigo a Polonia. Sus impresiones de ese viaje las escribió en forma de cartas dirigidas a su madre, reuniéndolas luego en un volumen con el título Voyage en Turquie et en Egypte, que fue publicado en edición de muy pocos ejemplares en 1788. El gusto por lo oriental quedó desde entonces muy vivo en su espíritu, y a veces tenía el capricho de vestir a la turca, como su fiel criado Ibrahim.

A su regreso a Polonia, en 1785, contrajo matrimonio con la bella y espiritual Julia Lubomirska, hija del príncipe (luego mariscal) Stanisław Lubomirski y de la princesa Isabel. La princesa Julia no solo era bella sino una excelente cultivadora de las artes (música, danza, pintura, teatro). De ella tuvo Potocki dos hijos: Alfredo, nacido en 1786, y Arturo, nacido en 1787. Pero Julia murió de tuberculosis en 1794 y Potocki dejó a sus hijos al cuidado de su suegra, la mariscala Lubomirska, para consagrarse enteramente a los viajes y los estudios.

Una estancia anterior en París, invitado por su suegra, que vivía en el Palais Royal, le permitió frecuentar los círculos ilustrados y enciclopedistas, y especialmente el salón de Madame Helvétius, donde se mostró gran admirador de Diderot, Buffon, D'Alambert y otros enciclopedistas. Conoció también a Madame de Stäel y a Choderlos de Laclos, el autor de Les Liaisons dangereuses. Se interesó también por el esoterismo y el ocultismo, frecuentando a los seguidores de Swedenborg y de la sociedad Rosa-Cruz uno de cuyos miembros más activos, Jacques Cazotte, fue autor de un Diable amoureux, que sin duda Potocki leyó. La cábala tenía muchos adeptos en París, y las historias de fantasmas, bandidos y vampiros estaban de moda. Potocki, su lector, iba a demostrar, al escribir años después su Manuscrit trouvé a Saragosse, que era capaz de mejorarlas.

Después de un breve viaje a Holanda, en donde fue testigo de la insurrección popular contra las tropas prusianas, Potocki regresó a Polonia a principios de 1788 para asistir como diputado al Gran Sejm. Fiel a sus ideas liberales, fue uno de los primeros en denunciar los peligros del militarismo prusiano y en pedir la abolición de la servidumbre en Polonia y la participación del tercer estado en las tareas del gobierno. La revolución que pedía Potocki era una revolución desde arriba, con el apoyo del rey, una revolución moderada y liberal que instalara un orden para el progreso.

Estanislao Augusto favorecía esa tendencia moderada, pero Potocki fue acusado de jacobino por la policía, que intentó cortar su propaganda revolucionaria. Potocki no se dio por vencido, e instaló en su propio palacio una imprenta privada donde siguió editando folletos y libelos de tono acentuadamente progresista. En esta imprenta libre, como él mismo la llamó, editó además los dos volúmenes de su Essai sur l'Histoire Universelle y sus Recherches sur la Sarmatie, y reimprimió, en 1789, su Voyage en Turquie et en Egypte.

Incluso en medio de las luchas políticas, Potocki encontraba tiempo para nuevos viajes y aventuras. En julio de 1788 sorprendió a sus contemporáneos al acompañar al célebre aeronauta francés Jean Pierre Blanchard en su vuelo en globo desde Varsovia. Toda la ciudad contempló la ascensión, en la que acompañaron a Blanchard y a Potocki, el fiel Ibrahim, vestido como siempre a la turca, y un cuarto pasajero, Lulú, el caniche blanco preferido de Potocki. El vuelo fue un éxito; y el poeta Stanisław Trembecki escribió una Oda al globo en homenaje a los viajeros más arriesgados.

En junio de 1791 emprendió Potocki un nuevo viaje, esta vez al misterioso Marruecos. Atravesó París en plena conmoción revolucionaria, y fletó un barco en Marsella que le condujo a Barcelona. En Madrid, el embajador de Marruecos, Sidi Mohammed ben Otmar -uno de los hombres más sabios que he conocido, escribe Potocki en su diario- le dio una carta para el sultán, que el conde viajero hizo traducir a su llegada a Málaga por un tripolitano llamado Hamed Hogia. En Estepona Potocki embarcó para Gibraltar, y en esa travesía vio por vez primera un pez singular al que llama en su diario una meula.

 Ya en Marruecos, el caíd de Tetuán le recibió con grandes honores en su palacio, cuyos salones y jardines le recuerdan los de la Alhambra. El 31 de julio llega a Rabat, donde le recibe el soldán Muley Yésid. En agosto Potocki visita Larache, Arcila y Tánger y en esta última ciudad le sorprende el comienzo de las hostilidades entre Marruecos y España. Una flota española se presenta frente a la bahía de Tánger y bombardea la ciudad. Potocki se refugia en el Consulado español, y luego en la casa del embajador de Suecia, desde cuya terraza, protegiéndose del inclemente sol con un enorme sombrero andaluz, contempla el ataque. Pero un proyectil explota cerca y Potocki decide pasar a la Península.

 El 7 de septiembre embarca con el embajador de Suecia, el barón de Rosenstein, rumbo a Cádiz, y esa misma noche desembarca en la capital gaditana y asiste a un espectáculo de baile flamenco. Como tantos otros, Potocki se entusiasma viendo a las bellas bailarinas bailando fandangos y tocando las castañuelas. De Cádiz pasa a Lisboa, Coímbra y Cintra, y de nuevo Madrid donde es más que probable que visite los talleres de Goya y Vicente López.

A su regreso a París, todavía en pleno hervor revolucionario Potocki asistió a una sesión en la Asamblea Nacional donde fue aplaudido al tomar la palabra y exaltar la libertad. Pero el espectáculo de un París dominado por los jacobinos y un populacho cada vez más agresivo y violento le desilusionó: ¡Adiós, bellas esperanzas del año último! -escribe desencantado-; la libertad sobrevivirá, pero en cuanto a la felicidad pública, nuestra generación tiene que despedirse de ella. Deja París por Londres, donde frecuenta los teatros y cultiva el trato con escritores y eruditos. Lee los poemas de Wordsworth, de Coleridge, de Walter Scott, y las novelas de Horace Walpole y Anne Radcliffe.

Vuelto a Varsovia en 1792, escribe una serie de pequeñas piezas de teatro con el título de Parades, en la tradición de la commedia dell'arte italiana, que se representan en el teatro privado de su suegra la mariscala Lubomirska. En una de ellas, titulada Cassaridre démocrate, Potocki se burla a un tiempo de los emigrados aristócratas y de los revolucionarios. En el Castillo de Łańcut -el Versalles polaco-, ya desengañado de sus ilusiones revolucionarias, acogió generosamente a los emigrados del París jacobino, entre ellos al duque de Berry y a algunos obispos, que allí se enteraron de la ejecución de Luis XVI. Dos años después, otra obra de Potocki, Les Bohémiens d'Andalousie, era representada en el castillo del príncipe Enrique de Prusia, en Rheinsberg. Las costumbres de los gitanos, el sonar de guitarras y castañuelas, que esta pieza recoge, son sin duda recuerdos de las andanzas de Potocki por el sur de España.

En 1799, Potocki contrajo nuevo matrimonio, esta vez con su prima, la espiritual Constance Potocka, hija del conde Felix Potocki y de la condesa Josefina. De este segundo matrimonio tuvo Potocki un solo hijo, Bernardo, nacido en 1801. En los años siguientes, Potocki se consagró al estudio y a las investigaciones etnológicas. Su capacidad de trabajo era enorme, y cada año salían nuevas obras de su taller de infatigable trabajador: obras de historia, de etnografía, de geografía, de viajes... El Voyage dans quelques parties de la Basse-Saxe pour la recherche des antiquités slaves ou vendes, los cuatro volúmenes de los Fragments historiques et géographiques sur la Scythie, la Sarmatie et les Slaves, la Histoire primitive des Peuples de la Russie, quizá su obra fundamental, que aparece en San Petersburgo en 1802, el Voyage dans les Steppes d'Astrakhan et du Caucase. 

Estas obras eran el resultado de los innumerables viajes, investigaciones y estudios que Potocki emprendió entre 1797 y 1804. Pero Potocki no era solo un erudito infatigable y minucioso: era también un creador, como ya lo había probado con sus piezas teatrales, y volvió a demostrarlo al publicar en 1804, en San Petersburgo, donde se hallaba con su amigo el príncipe Adam Czartoryski, la primera parte de su extraordinaria novela Manuscrit trouvé a Saragosse, también escrita en francés. Hoy se sabe que existen dos redacciones al menos de la obra, una de 1804 y otra de 1810.​ La segunda parte, Avadoro (una historia española), vio la luz en 1813, en París, de la mano del editor Gide Fils, y se reimprimió con algunas supresiones y adiciones en 1815.

La amistad de Czartoryski, que había sido nombrado por el zar Alejandro ministro de Asuntos Exteriores, cambió de pronto el curso de la vida de Potocki, que fue llamado a San Petersburgo para ocupar un puesto en la Dirección de Asuntos Asiáticos del ministerio. Al año siguiente el Zar le designó jefe de la Misión Científica adjunta a la embajada que, dirigida por el conde Golovkin, iba a visitar China con fines políticos y científicos. Doscientas cuarenta personas formaban esta embajada,de la que conservamos una relación precisa y no exenta de humor gracias a la Mémoire sur l'expeditlon en Chine que Potocki escribió como diario del viaje. Los resultados políticos de la expedición fueron nulos, al negarles el paso el emperador Jiaqing, pero Potocki supo recoger en su Memoria no pocos datos científicos de interés, yendo a parar a Mongolia.

A su regreso a San Petersburgo, Alejandro I le nombró su consejero privado, mientras, irónicamente, sus dos hijos, Alfredo y Arturo Potocki, luchaban en el ejército de Napoleón contra las tropas del Zar. En 1812, Alfredo, capitán de artillería, fue herido en la batalla de Borodino, y hecho prisionero por los rusos. La intervención de su padre cerca del Zar obtuvo rápidamente su liberación, y el conde Alfredo pudo regresar a Polonia como un héroe, mientras Potocki permanecía en San Petersburgo. Pero no iba a ser por mucho tiempo. El avance de la Grande Armée hasta las puertas de Moscú electrizó a los patriotas polacos, que se alistaron en masa en una guerra de liberación nacional contra el imperio ruso. En esa situación, continuar sirviendo al zar hubiese sido llevar demasiado lejos la traición.

El príncipe Adam Czartoryski pidió al zar le autorizara a dejar su servicio, y Potocki le imitó, obteniendo de Alejandro I permiso para retirarse a la Podolia, donde poseía una pequeña propiedad en Uladowka. Allí, envejecido y desengañado, Potocki se consagró de nuevo al estudio, y solo salía de su gabinete para ir a trabajar en la biblioteca de Krzemieniec.

El 18 de junio de 1815, la jornada de Waterloo acabó definitivamente con el imperio napoleónico y con las ilusiones de los patriotas polacos de lograr una Polonia independiente y libre del dominio ruso. Aunque personalmente fiel a su protector el zar Alejandro, Potocki no dejaría de compartir los sentimientos de amargura de sus compatriotas, perdida toda esperanza de la restauración de Polonia. Aquejado de una fiebre maligna y de terribles dolores neurálgicos, su melancolía se exacerbó y acabó en neurastenia.
 Finalmente, el 2 de diciembre de aquel año, encerrado en su biblioteca, el conde Jan Potocki se suicidó de un pistoletazo en la cabeza con una bala de plata que él mismo había limado a partir del asa de un azucarero de plata, hasta tener el tamaño necesario para su pistola. Su final romántico en cierto modo contrasta con el progresista ilustrado dieciochesco que fue en su juventud.

Manuscrito.

Jan Potocki, escritor polaco se hizo famoso principalmente porque en 1790 fue el primer polaco que sobrevoló Varsovia en un globo y por publicar un curioso libro de aparecidos impregnado de un erotismo sutil titulado, Manuscrito encontrado en Zaragoza (1805). Los relatos del libro siguen un plan muy sencillo, que se repite incesantemente: el protagonista se pierde en una región siniestra, tiene un encuentro con dos hermanas, se despierta más tarde en un cadalso, flanqueado por los cadáveres de dos bandidos ejecutados por orden del rey.
A lo largo del libro, las hermanas asumen la forma de gemelos, los bandidos resultan no haber muerto, hay alquimistas, astrólogos y cabalistas, poseídos, gitanos y anacoretas, pero cada relato se articula en torno a los mismos elementos estructurales.
Todo el libro rezuma un erotismo leve, que compensa su liviandad con su insistencia. La temática sobrenatural, los estados alterados de conciencia de los personajes y la carga erótica que impregna el texto se corresponden a la perfección con la estructura de cajas chinas, virtualmente infinita. También escribió algunas recopilaciones de cuentos populares y un conjunto de escenas para teatro. Jan Potocki se suicidó en el año 1815 utilizando una bala de plata pulida por él mismo.
Este material literario interesó a Wojciech Jerzy Has (1 de abril de 1925, Cracovia; 3 de octubre de 2000, Łódź, Polonia). Has fue un cineasta, productor y guionista polaco. Considerado el mejor adaptador de obras literarias al cine de toda la historia del cine polaco y junto con Andrzej Wajda, uno de los más relevantes de la Escuela Polaca de Cine. Casi toda su fama internacional se sustenta en una única e influyente obra, El manuscrito encontrado en Zaragoza.

Cronología

  • 1797: Potocki inicia la escritura de El Manuscrito…
  • 1804-1805: Se publica en San Petersburgo la primera edición.
  • 1813: Gide Fils ed. publica en París Avadoro (una historia española), segunda parte de El Manuscrito…
  • 1815: Gide Fils reedita la primera parte con el título Les dix journées de la vie d'Alphonse van Worden.
  • 1847: Edmund Chojecki traduce la obra al polaco.
  • 1956: Leszek Kukulski publica una edición crítica.
  • 1958: Roger Caillois edita el El Manuscrito…, que consta de Les dix journées de la vie d'Alphonse
  • van Worden más tres relatos de Avadoro (una historia española).
  • 1965: Wojciech J. Has adapta el cine la primera parte.
  • 1967: Minotauro edita la primera traducción al español.
  • 1973: Philippe Ducrest adapta a la televisión la primera parte.
  • 1989: René Raddrizani edita para José Corti la primera edición completa.
  • 2001: Coppola y Scorsese editan en DVD la adaptación del Wojciech J. Has.
  • 2002: Valdemar edita en Madrid una traducción de Mauro Armiño a partir de la edición de René
  • Raddrizani.
  • 2003: Francisco Nieva adapta la obra para teatro.
  • 2009: Editorial Acantilado publica en Barcelona una traducción diferente, que parte de la versión de Potocki de 1810.
El manuscrito encontrado en Zaragoza
Film de Wojciech Has
Novela de Jan Potocki


La novela es una serie de 66 historias entrelazadas al estilo de Decameron y The Arabian Nights que el director de cine polaco  Wojciech ha resumido en una película filosófica fuertemente influenciada por el surrealismo, cuyos pintores a su vez adoptaron la novela como texto fundamental junto con Blake, Poe, y Sade.


"El valle de Los Hermanos comienza donde el Guadalquivir se derrama sobre la llanura; lo llamaban así porque tres hermanos, unidos, más que por los lazos de sangre, por la afición al bandolerismo-; hicieron del lugar, durante muchos años, el teatro de sus hazañas. De los tres hermanos, dos cayeron en poder de las autoridades, y sus cuerpos se veían colgados de una horca a la entrada del valle, pero el mayor, llamado Soto, logró escapar de las prisiones ' de Córdoba y se refugió, según decían, en la cadena de Las Alpujarras. 
Cosas muy extrañas contaban de los dos hermanos que fueron colgados; no se hablaba de ellos como de aparecidos, pero se pretendía que sus cuerpos, animados por vaya a saberse qué demonios, abandonaban la horca durante la noche para angustiar a los vivos. De tal modo se dio el hecho por cierto que un teólogo de Salamanca probó en una disertación que los dos ahorcados, a cada cual más extraordinario, eran vampiros de una rara especie, cosa que los más incrédulos no vacilaban en afirmar. También corría el rumor de que los dos hombres eran inocentes y que habiendo sido injustamente condenados se vengaban de ello, con el permiso del cielo, en los viajeros y otros viandantes. Como de esa historia me hablaron a menudo en Córdoba, tuve la curiosidad de acercarme a la horca. El espectáculo era tanto más repulsivo cuanto que los horribles cadáveres, agitados por el viento, se balanceaban de manera fantástica, mientras buitres atroces los tironeaban para arrancarles jirones de carne; apartando los ojos con espanto, me hundí en el camino de las montañas."

Hay que convenir en que el valle de Los Hermanos parecía muy apropiado para favorecer las empresas de los bandidos y servirles de refugio. Rocas desprendidas de lo alto de los montes, árboles derribados por la tormenta, interceptaban el camino, y en muchos lugares era menester atravesar el lecho del torrente, o pasar delante de cavernas profundas cuyo aspecto malhadado inspiraba desconfianza.
Al salir de este valle y entrar en otro, descubrí desde lejos la venta que debía albergarme, y no auguré de ella nada bueno. Observé que no tenía ventanas ni celosías; no humeaban las chimeneas; no había gente en los alrededores, y los aullidos de los perros no anunciaban mi llegada. Deduje que sería una de aquellas ventas abandonadas por sus dueños, como había dicho el mesonero de Andújar.
Cuanto más me acercaba, más profundo me parecía el silencio. En la puerta de la venta, vi un cepillo para echar limosnas, acompañado por la siguiente inscripción:

«Señores viajeros, sed caritativos y rogad por el alma de González de Murcia, que en otros tiempos fue mesonero de Venta Quemada. Después seguid vuestro camino y en ningún instante, bajo ningún pretexto, se os ocurra pasar aquí la noche».

Inmediatamente resolví desafiar los peligros con los cuales me amenazaba la inscripción. No tenía el convencimiento de que en la venta no hubiera aparecidos, pero desde niño me enseñaron, como se verá más adelante, a poner el honor por encima de todo, y lo hacía consistir en no dar jamás señales de miedo.
Como el sol se ponía, quise aprovechar la luz menguante para recorrer de punta a punta la morada. Más que luchar con las potencias infernales que se habían posesionado de ella, esperaba encontrar algunas viandas, pues las frutas de Los Alcornoques habían podido suspender, pero no satisfacer, mi necesidad imperiosa de comida. Atravesé muchos aposentos y salas. La mayoría estaban revestidos de mosaicos hasta la altura de un hombre, y en los techos había esos bellos artesones en los cuales resplandece la magnificencia de los moros. Visité las cocinas, los graneros, los sótanos; estos últimos estaban cavados en la roca, y algunos comunicaban con rutas subterráneas que parecían penetrar muy adentro en la montaña; pero no encontré de comer en ninguna parte. Por último, como era ya de noche, busqué mi caballo, atado en el patio, lo llevé a un establo donde había visto un poco de heno, y fui a un aposento a tenderme en un jergón, el único que hubieran dejado en todo el albergue. También hubiese querido una candela, pero el hambre que me atormentaba tenía su lado bueno, pues me impedía dormir.
Sin embargo, mientras más oscura se hacía la noche, más sombrías eran mis reflexiones. Ya pensaba en la desaparición de mis dos servidores, ya en los medios de procurarme comida. Quizá los bandidos, irrumpiendo de algún matorral o de alguna trampa subterránea, habían atacado sucesivamente a López y a Mosquito cuando estaban solos, e hicieron una excepción conmigo en razón de mis armas, que no les prometían una victoria tan fácil. Más que todo me preocupaba el hambre, pero había visto en la montaña algunas cabras; debía de guardarlas algún pastor, y a éste no le faltaría un poco de pan para comer con la leche. Por añadidura, yo contaba con mi fusil. Sea como fuere, estaba resuelto a todo menos a volver sobre mis pasos y a exponerme a los sarcasmos del mesonero de Andújar. Antes bien, había decidido firmemente continuar mi ruta.
Agotadas estas reflexiones, no podía menos de rumiar viejas historias de monederos falsos y otras de la misma especie con las que habían acunado mi infancia. Pensaba también en la inscripción sobre el cepillo de las limosnas. Aunque no creía que el demonio hubiese estrangulado al mesonero, nada comprendía de su trágico fin.
Pasaban las horas en un silencio profundo cuando el son inesperado de una campana me estremeció de sorpresa. Tocó doce veces, y es fama que los aparecidos no tienen poder sino después de medianoche hasta el primer canto del gallo. Digo que me sorprendí, y no me faltaban motivos para ello, pues la campana no había dado las otras horas; me pareció lúgubre su tañido. Un instante después se abrió la puerta del aposento, y vi entrar a una persona completamente oscura pero en modo alguno pavorosa, pues era una hermosa negra, semidesnuda, que llevaba una antorcha en cada mano.
La negra se llegó a mí, hizo una profunda reverencia y me dijo en un muy buen español:

-Señor caballero, unas damas extranjeras que pasan la noche en este albergue os ruegan compartir su cena. Tened la bondad de seguirme.



Seguí a la negra de corredor en corredor hasta una sala bien iluminada en medio de la cual había una mesa con tres cubiertos, vajilla de porcelana japonesa y jarras de cristal de roca. En el fondo de la sala pude ver un lecho magnífico. Muchas negras parecían atareadas en servir, pero se alinearon con respeto no bien entraron dos damas cuya tez de azucenas y rosas contrastaba perfectamente con el ébano de sus criadas. Las dos damas, tomadas de la mano, vestían de una manera extravagante, o que a lo menos me pareció tal, pero que es frecuente en muchos pueblos de Berbería, como después lo he comprobado durante mis viajes. Su vestido no consistía sino en una camisa y un justillo. La camisa era de tela hasta la cintura, y más abajo de una gasa de Mequínez, especie de género que sería del todo transparente si anchas cintas de seda, mezcladas a la trama del tejido, no lo hicieran apto para velar en, cantos que ganan en adivinarse. El justillo, ricamente bordado de perlas y guarnecido de broches de diamantes, les cubría escasamente los senos; no tenía mangas; las de la camisa, también de gasa, estaban recogidas y anudadas detrás del cuello. Brazaletes adornaban sus brazos desnudos, tanto en las muñecas como encima de los codos. Aunque las damas fueran diablesas, sus pies no estaban hendidos ni provistos de garras; desnudos, en pequeñas babuchas bordadas, llevaban en el tobillo una ajorca de gruesos brillantes.
Las desconocidas avanzaron hacia mí con semblante despejado y afable. Eran dos bellezas perfectas; una de ellas, alta, esbelta, deslumbrante; la otra, enternecedora y tímida; una, majestuosa, con un busto de nobles proporciones y una cara de facciones admirables; la otra, menuda, con los labios un poco prominentes y los ojos entrecerrados por los cuales asomaba el brillo de sus pupilas ocultas bajo larguísimas pestañas. La mayor me dirigió la palabra en castellano y me dijo:

-Señor caballero, os agradecemos la bondad que habéis tenido de aceptar esta modesta colación. Creo que debéis necesitarla.

Dijo esta última frase con expresión tan maliciosa que la sospeché muy capaz de haber hecho robar la mula cargada con nuestras provisiones, pero tan bien las reemplazaba que no pude guardarle rencor.
Nos sentamos a la mesa, y la misma dama, alcanzándome una fuente de porcelana del Japón, me dijo:

-Señor caballero, encontraréis aquí una olla podrida donde se mezclan toda clase de carnes, exceptuando una sola, porque somos fieles, quiero decir musulmanas.

-Bella desconocida -le respondí-, me parece que bien lo habéis dicho. Sois fieles, sin duda, y vuestra religión es el amor. Pero dignaos satisfacer mi curiosidad antes que mi apetito: decidme quiénes sois.
-No dejéis de comer por ello, señor caballero -replicó la bella morisca-. No guardaremos con vos el incógnito. Me llamo Emina, y ésta es mi hermana Zebedea. Aunque establecidas en Túnez, nuestra familia es oriunda de Granada, y algunos de nuestros parientes viven en España, donde profesan en secreto la ley de sus padres. Hace ocho días abandonamos Túnez; desembarcamos cerca de Málaga en una playa desierta; después hemos pasado por las montañas, entre Soja y Antequera; después hemos venido a este lugar solitario para cambiarnos de ropa y tomar todas las medidas necesarias para vivir seguras. Podéis ver, señor caballero, que nuestro viaje es un secreto importante que confiamos a vuestra lealtad.
Aseguré a las bellas que no debían temer de mi parte ninguna indiscreción y me puse a comer con un poco de voracidad, sin duda, pero también con esa graciosa cortedad que un joven demuestra necesariamente cuando es el único de su sexo en una sociedad de mujeres.
Se apaciguó mi hambre y comencé lo que en España llaman los dulces; Emina lo advirtió, y entonces ordenó a las negras que me mostraran cómo se baila en sus comarcas. Ninguna orden pudo serles más agradable, y obedecieron con una vivacidad que rayaba en la licencia. Hasta creo que hubiese sido difícil que terminaran de bailar, pero yo les pregunté a sus hermosas señoras si ellas también solían hacerlo. Por toda respuesta se pusieron de pie y pidieron castañuelas. ¿Cómo dar una idea de su danza? Hacía pensar en el bolero de Murcia y en el fandango de los Algarbes, y quienes han estado en aquellas provincias podrán imaginarla, pero nunca podrán imaginar el encanto que añadían a sus pasos las gracias naturales de las dos africanas, realzadas por sus diáfanas vestiduras.
Durante algún tiempo las contemplé guardando una especie de sangre fría, pero sus movimientos acelerados por una cadencia más viva, el ruido perturbador de la música morisca, mi vitalidad exaltada por la súbita comida, en mí, fuera de mí, todo se concertaba para hacerme perder la razón. No sabía ya si estaba con dos mujeres o con dos súcubos insidiosos. No me atrevía a ver, no quería mirar. Me cubrí los ojos con la mano y me sentí desfallecer.
Las dos hermanas se me acercaron y cada una me tomó una mano. Emina me preguntó si me sentía mal. La tranquilicé. Zebedea me preguntó por un relicario que llevaba yo colgado del pecho. ¿Guardaba en él el retrato de mi amada?

-Es -le respondí- una alhaja que me dio mi madre y que le prometí llevar siempre conmigo; contiene un trozo de la verdadera cruz.
Zebedea retrocedió, palideciendo.


-Os turbáis -le dije-; sin embargo, la cruz sólo puede espantar al espíritu de las tinieblas.
Emina respondió por su hermana.

-Señor caballero -me dijo-, sabéis que somos musulmanas, y no debería sorprenderos la tristeza que mi hermana os ha demostrado. Yo la comparto. Lamentamos encontrar un cristiano en vos, que sois nuestro pariente más próximo. Mis palabras os asombran, pero ¿no era vuestra madre una Gomélez? Somos de la misma familia, que no es más que una rama de la de los Abencerrajes; pero sentémonos en este sofá y os diré otras cosas aún.

Las negras se retiraron. Emina me ofreció un extremo del sofá y se puso a mi lado, sentándose sobre las piernas cruzadas. Zebedea, sentándose del otro lado, se apoyó sobre mi almohadón, y los tres estábamos tan cerca que nuestros alientos se mezclaban. Emina pareció reflexionar; después, mirándome con el más vivo interés, me tomó la mano y me dijo:

-Querido Alfonso, es inútil ocultarlo: no fue el azar quien nos trajo aquí. Os esperábamos; si el temor os hubiera hecho tomar otro camino, habríais perdido para siempre nuestra estima.
-Me halagáis, Emina -le respondí-, y no sé en qué podría interesaros mi valor.
-Nos interesáis mucho -replicó la bella mora-, pero quizá os halagaría menos saber que por poco sois el primer hombre que hemos visto. Lo que digo os asombra, y parecéis ponerlo en duda. Os había prometido contaros la historia de nuestros antepasados, pero quizá sea mejor que comience por la nuestra.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores