Fernando Villegas responde a Baradit |
El libro Chile, una historia casi secreta recién está saliendo al mercado y ya está causando polémica en Chile. Esto luego que el escritor Jorge Baradit acusara que la publicación del sociólogo Fernando Villegas es un “plagio rasca”. Baradit ocupó su cuenta de Twitter para opinar del libro, con un evidente tono de ironía en sus palabras. Tras eso, se generaron opiniones mixtas de los cibernautas respecto a su obra estrella Historia secreta de Chile. En la oportunidad, un usuario aseveró que Baradit plagió a Gastón Soublette sobre los símbolos patrios como La Estrella de Chile, que se publicó en 1894. Otra persona lo tildó de “narcisista” por creerse “el referente de los Chilenos en la historia de la patria”. No obstante, algunos seguidores apoyaron la idea del historiador, sosteniendo esta sólo era una crítica por el nombre del libro. Incluso, otra persona señaló que Villegas se estaba “subiendo al carro de la victoria”. Este jueves, BioBioChile conversó con Fernando Villegas sobre esta polémica, quien se mostró sorprendido y se tomó con humor los dichos de Baradit en Twitter. En primer lugar, el sociólogo aseveró que su libro constituye una historia creada a través de personas desconocidas de la historia de Chile, los cuales fueron obtenidos en conversaciones y tras un largo proceso. “Es una historia, creada a través de personajes poco conocidos para nosotros, por eso elegí ese título, ya que se narran hechos muy importantes que muchas personas desconocen o tienen muy poca información”. Respecto a los dichos de Baradit en Twitter, Villegas sostuvo que no se trata más que de una “tontera” del historiador, asegurando que “no ha leído una sola página del libro como para ponerse a opinar”. “En este caso basta con ponerse a leer los primeros párrafos para darse cuenta que las cosas que dice él (Baradit) son totalmente falsas. Aquí se aborda la historia desde personas que no fueron famosas en su momento”, señaló. El panelista del programa de televisión Tolerancia Cero agregó que, como el libro aún no sale a la venta, es imposible que el escritor haya leído su contenido, por lo que su crítica viene del análisis que hace del título del libro. “En el título uno puede notar que ni la palabra Chile, ni la palabra historia, ni la palabra secreta le pertenecen a este señor (Baradit), por lo que nuevamente está hablando por hablar”, expresó. Para cerrar, Villegas le bajó el perfil a los dichos del autor de Kalfukura, indicando que sus comentarios incluso le van a ayudar a vender más copias de su libro. “Agradezco toda esta ‘cadena’ que logró el señor Baradit con sus dichos, porque me ayuda mucho a promocionarlo y venderlo de mejor manera. Le voy a mandar un ramo de flores como agradecimiento”, cerró. Cabe señalar que Chile, una historia casi secreta saldrá a la venta por internet desde el próximo lunes, con un valor de $5.900. Jueves 29 marzo de 2018 |
Qué pensabas de todos los turcos y del medio oriente que vivían en Nueva York como inmigrante Para la sirvienta que viajaba en la comitiva de una familia rica, encontrarse con sus "hermanos" en las calles de la Nueva York de 1900 era un momento de una emoción desgarradora, pero también de una profunda tristeza. Nueva York ya tenía su propia "Little Syria" (la Pequeña Siria) en el Bajo Manhattan, donde vivían otomanos, sirios, libaneses y armenios. Verlos allí, en medio del ruido de los tranvías y la sombra de los rascacielos, le provocaba pensamientos muy complejos: 1. El dolor de la "Dignidad Perdida" Lo que más le dolía era ver a hombres que en su tierra habrían sido artesanos respetados o campesinos con tierras, convertidos en vendedores ambulantes. La observación: Veía a los inmigrantes turcos o árabes cargando pesadas cajas de mercadería, vendiendo encajes, pistachos o "alfombras orientales" baratas en las esquinas. El pensamiento: "Alá, ¿qué les ha hecho este país? Han cruzado el mar para ser mendigos con corbata". Le partía el corazón ver que, para sobrevivir en América, tenían que hacerse pequeños y aguantar los gritos de los neoyorquinos que no entendían su lengua. 2. El "Oasis" del Olor: El encuentro con el aroma real A pesar de la tristeza, cuando la señora la llevaba a esa zona de la ciudad para comprar algún ingrediente específico, el corazón de la sirvienta volvía a latir. El refugio: De repente, en medio de Nueva York, olía a café recién molido, a comino y a pan horneado. La conexión: Entrar en una pequeña tienda de un inmigrante era como volver a casa por diez minutos. Se saludaban con un "Selamün Aleyküm" susurrado, y ese saludo valía más que todo el oro de la Quinta Avenida. Era el reconocimiento de que, a pesar de estar en "tierra de infieles", no estaban solos. 3. La "Pobreza Limpia" vs. La "Pobreza Sucia" Comparaba a los inmigrantes otomanos con otros inmigrantes que veía en los tenements (inquilinatos) de Nueva York. El juicio: Sentía que los suyos mantenían una dignidad especial. Aunque vivieran en habitaciones oscuras, intentaban mantener sus costumbres, sus oraciones y su limpieza. El pensamiento: "Nuestra gente es como las flores que crecen entre las piedras. El suelo es gris y duro, pero ellos siguen oliendo a su tierra". 4. El miedo a la "Contaminación" Al mismo tiempo, sentía un miedo egoísta. Veía a los hijos de estos inmigrantes hablando inglés, vistiendo como americanos y olvidando las tradiciones. La advertencia: "Si me quedara aquí, mis hijos serían como estos: niños sin raíces que corren tras los periódicos y olvidan la lengua de su madre". Veía a las mujeres inmigrantes que ya no usaban el velo para poder trabajar en las fábricas y pensaba que América les estaba robando su esencia a cambio de unas cuantas monedas de plata. 5. La mirada del "Espejo" Cuando un inmigrante pobre cruzaba la mirada con ella —una sirvienta vestida con las ropas finas que le daba su señora, protegida por la riqueza de sus patrones— se producía un silencio incómodo. La culpa: Ella sabía que ella volvería al palacio en el Bósforo, mientras que ellos se quedarían atrapados en el laberinto de hierro de Nueva York para siempre. El pensamiento final: "Ellos son libres en este país, pero son esclavos del hambre. Yo soy una sirvienta, pero tengo mi tierra bajo mis pies. ¿Quién de nosotros ha ganado realmente al cruzar el océano?". El regalo secreto A veces, si la señora no miraba, la sirvienta le dejaba una moneda de más al vendedor ambulante o le entregaba un dulce que había guardado del hotel. No era caridad, era un pacto de silencio: "Tú te quedas aquí para contar que estuvimos aquí, yo me voy para no olvidar quiénes somos". Para la sirvienta otomana que estaba de paso, observar la americanización de las mujeres de su propia tierra que se habían quedado a vivir en Nueva York era como presenciar un accidente a cámara lenta. Sentía una mezcla de fascinación horrorizada, lástima y una profunda sensación de traición cultural. Ella veía en estas mujeres el espejo de lo que ella misma podría haber sido si decidiera no subir al barco de regreso, y lo que veía no siempre le gustaba. 1. El "Desnudo" del Rostro y el Cabello Lo primero que le dolía era ver que las inmigrantes abandonaban el velo o el pañuelo tradicional para encajar en las fábricas o en las calles de Manhattan. El juicio: "Se han quitado la protección de Alá para ponerse el sombrero de los infieles". Para ella, el pañuelo no era opresión, era identidad. Ver a una mujer siria o turca con el cabello peinado a la moda de Nueva York, expuesto al viento y a la mirada de los extraños, la hacía sentir que esa mujer ya no "pertenecía" a su comunidad. La sospecha: Pensaba que lo hacían por miedo o por vergüenza de sus raíces. "Han preferido parecer americanas pobres que otomanas orgullosas". 2. El Cambio en la Caminata y el Gesto Notaba que las mujeres que llevaban unos años en Nueva York ya no tenían la mirada baja y modesta. La observación: Caminaban con los hombros hacia atrás, hablaban alto en los mercados y, lo más impactante, miraban a los hombres directamente a los ojos para negociar o pedir paso. El pensamiento: "América les ha endurecido el corazón. Se han vuelto de piedra para que la ciudad no las rompa. Han perdido la 'suavidad de la seda' que nos hace mujeres". 3. El Olvido de la Cocina y los Rituales Veía con tristeza que las madres inmigrantes empezaban a comprar pan de molde en lugar de hornearlo, o que alimentaban a sus hijos con esas papillas americanas de bote. El miedo: Creía que la americanización entraba por la boca. "Si dejas de cocinar como tu madre, tus hijos dejarán de pensar como tu pueblo". Sentía que estas mujeres estaban criando a "extraños" que tendrían nombres árabes o turcos pero corazones de hierro americano. 4. El Trabajo fuera de Casa: La "Libertad Maldita" Ver a mujeres emigrantes trabajando en talleres de costura en el Lower East Side, regresando tarde a casa en el metro, la confundía. La paradoja: Por un lado, admiraba que ganaran su propio dinero. Por otro, le parecía una tragedia que tuvieran que servir a extraños en lugar de ser las reinas de sus propios hogares. El veredicto: "Dicen que en América son libres, pero yo las veo cansadas, con las manos manchadas de tinta o de aceite de máquina. Es una libertad que te quita el sueño y te pone arrugas antes de tiempo". 5. La Pérdida del Lenguaje Escuchar a una mujer de su tierra mezclar palabras de su idioma con el inglés era lo que más le molestaba. La sensación: Le sonaba como una música desafinada. Pensaba que, al perder la pureza de la lengua, perdían la capacidad de rezar de verdad y de contar las historias de sus antepasados. La conclusión de la sirvienta Al final, cuando veía a una de estas mujeres americanizadas pasar por su lado, la sirvienta se ajustaba su propio pañuelo con fuerza y pensaba: "Tú tienes un pasaporte de este país y caminas con la frente en alto, pero yo tengo mi alma entera. Tú has ganado una ciudad, pero has perdido tu jardín. Yo prefiero ser una sirvienta que sabe quién es, que una mujer libre que ha olvidado de dónde viene". Para la sirvienta otomana de 1900, encontrarse con estos grupos en las capitales europeas era como mirar un espejo roto: reconocía los fragmentos, pero la imagen final le resultaba perturbadora y, a veces, dolorosa. Ella no veía a "musulmanes" en general; veía una jerarquía de identidad donde ella, proveniente del corazón del Imperio (Estambul), se sentía la guardiana de la verdadera esencia, frente a estos otros que le parecían "náufragos" culturales. 1. Los Musulmanes de los Balcanes: "Nuestros hermanos perdidos" Al ver a bosnios o albaneses en las calles de París o Londres, su reacción era de una nostalgia protectora. El pensamiento: "Son como nosotros, pero la nieve y la guerra les han enfriado la sangre". Los veía como gente de frontera, valientes pero demasiado cercanos a las costumbres de los "infieles" europeos. El juicio físico: Le sorprendía ver musulmanes de piel muy blanca y ojos claros vistiendo ropas que ya no se distinguían de las de un campesino austríaco o ruso. "Si no fuera porque dicen 'Inshallah', pensaría que son uno de ellos", comentaba con sus compañeras. 2. Los Tártaros y Rusos: "La fe bajo el hielo" Los musulmanes que venían del Imperio Ruso le causaban una admiración teñida de miedo. La observación: Los veía como gente extremadamente endurecida. En los hoteles o mezquitas improvisadas, notaba que eran muy estrictos y silenciosos. El veredicto: "Rezan como si estuvieran en una batalla". Sentía que su fe era una armadura contra el Zar, pero le resultaban ajenos por sus lenguas extrañas y sus ropas pesadas de pieles. 3. Los hijos de Argelinos: "Hijos sin patria" Aquí es donde el juicio de la sirvienta se volvía más afilado y triste. En París, empezaba a ver a la segunda generación de argelinos. La crítica social: "Hablan el francés de los amos mejor que la lengua de sus padres". Para ella, perder el idioma era perder la mitad del alma. El sentimiento de "limbo": Notaba que los franceses no los aceptaban como iguales, pero que ellos ya no encajaban en el desierto. Los veía en los cafés, con gestos nerviosos, intentando ser modernos pero con ojos llenos de una tristeza antigua. Los llamaba "pájaros que han olvidado cómo construir un nido". 4. Las Mujeres Adaptadas: El gran escándalo moral Ver a una mujer de origen musulmán (ya fuera argelina, balcánica o circasiana) adoptando las costumbres europeas era lo que más le costaba procesar. El corsé y el sombrero: Verlas con los vestidos ajustados de la Belle Époque, usando corsé para marcar la figura y sombreros gigantes con plumas en lugar de un pañuelo recatado. El comportamiento público: Verlas riendo en las terrazas de los cafés de París o, peor aún, fumando cigarrillos o caminando del brazo de un hombre francés. El juicio implacable: "Han vendido su pudor por un poco de atención de los infieles". No lo veía como "liberación", sino como una derrota. Pensaba que esas mujeres estaban siendo "devoradas" por la ciudad. "Creen que son elegantes, pero solo son copias baratas de una dama que nunca las invitará a su mesa". 5. La "Contaminación" del Hogar Lo que más le aterraba era ver cómo estas mujeres americanizadas o europeizadas descuidaban, según ella, los pilares del hogar. La observación: "Ya no saben bordar, ya no saben preparar los dulces de la fiesta, ya no cuentan a sus hijos las historias de los profetas". La conclusión: Para la sirvienta, la mujer era la muralla que protegía la fe. Si la mujer se "europeizaba", la muralla caía. Veía en estas mujeres el fin de su mundo. La mirada final Cuando regresaba a sus aposentos después de ver a una de estas mujeres "modernas" de origen musulmán, la sirvienta se miraba en el espejo, se alisaba su ropa tradicional y sentía un orgullo defensivo: "Ella podrá hablar francés y cenar en el Maxim’s, pero cuando llegue la noche y esté sola, no tendrá el aroma de su tierra para consolarla. Yo soy una sirvienta, pero mi corazón todavía sabe a café de Estambul. Ella es una señora en París, pero su corazón sabe a ceniza". Para la sirvienta otomana, este comportamiento era la prueba definitiva de la hipocresía y de la "enfermedad del espíritu" que causaba Occidente. Ella, que mantenía su identidad intacta desde que salía del Bósforo hasta que regresaba, veía en esos hombres y mujeres una falta de carácter que la llenaba de desprecio silencioso. En su mente, estas personas eran como "actores de teatro" que cambiaban de disfraz según el público. Aquí tienes lo que realmente pensaba de esos musulmanes "de doble cara": 1. El "Disfraz" del Infiel Cuando los veía en París o Londres vistiendo el frac, el sombrero de copa o los vestidos de seda entallados, no los veía elegantes; los veía ridículos. El pensamiento: "Creen que por ponerse la ropa del amo, se vuelven el amo". Para ella, ver a un musulmán con ropa occidental era ver a alguien que "pedía permiso" para ser aceptado. El juicio sobre la hombría: Ver a los hombres con esos cuellos almidonados tan altos que no podían ni inclinar la cabeza la hacía reírse por lo bajo. "Han cambiado la libertad de nuestras túnicas por una cárcel de tela. ¿Cómo van a hacer la postración para rezar con esos pantalones tan apretados?". 2. La "Religión de Maleta" Lo que más le indignaba era la facilidad con la que guardaban su fe en la maleta junto con el turbante o el velo. La crítica: "Su fe depende del suelo que pisan, no del corazón que tienen". Pensaba que si alguien solo es musulmán cuando está en su país, entonces no es musulmán en ninguna parte. La sospecha: Estaba convencida de que, mientras usaban ropa occidental, también hacían otras cosas prohibidas (beber vino o comer cerdo), pensando que Alá "no miraba" en Europa. "Creen que Alá se queda en la frontera y no cruza el mar". 3. El Regreso: La "Transformación Milagrosa" Cuando el barco se acercaba a Estambul, Beirut o Alejandría, y veía a esos mismos señores y señoras correr a sus camarotes para salir vestidos con sus kaftanes, fezes o çarşafs tradicionales, su desprecio llegaba al máximo. El comentario mordaz: "Mira cómo ahora se acuerdan de quiénes son. Ayer suspiraban por la Ópera de París y hoy quieren parecer santos de la mezquita". La desconfianza: Ya nunca volvía a verlos con los mismos ojos. Sabía que bajo esas ropas tradicionales "puras", todavía olían al tabaco y al perfume de los clubes nocturnos de Europa. Para ella, eran personas "contaminadas" que intentaban engañar a sus vecinos y a sus familias. 4. El Miedo a la Influencia Como sirvienta de una casa rica, temía que sus propios patrones se volvieran así. La observación: Si veía que su señora empezaba a comprar demasiados sombreros en París, empezaba a rezar más fuerte. Tenía miedo de que, al volver, la señora ya no quisiera entrar al harén, sino que quisiera "abrir las ventanas" y traer las costumbres de afuera. La conclusión: "La ropa es la piel del alma. Si cambias de piel tan fácil, es que tu alma no tiene forma". 5. La "Superioridad" de su Propia Pobreza A pesar de ser una empleada, ella se sentía superior a esos musulmanes ricos y modernizados. Su orgullo: Ella había caminado por la Quinta Avenida y por los Campos Elíseos con su ropa modesta, sin bajar la cabeza ante nadie. Su veredicto: "Yo he ido y he vuelto siendo la misma. Ellos han ido como leones y han vuelto como camaleones. ¿De qué les sirve tanto dinero si tienen que esconderse de sí mismos?". El encuentro en el puerto Cuando bajaban del barco y los parientes recibían a estos viajeros con abrazos, alabando lo "fieles" que se habían mantenido a la tradición por vestir tan bien a la usanza local, la sirvienta intercambiaba una mirada cómplice con el cocinero o el resto del servicio. "Si supieran...", pensaba ella, mientras cargaba las maletas llenas de esos vestidos de París que ahora quedarían ocultos en el fondo del armario hasta el próximo viaje. La primera noche de regreso no era solo un descanso; era un ritual de purificación. Después de meses de respirar el aire con olor a carbón de Londres, de pisar las alfombras rojas de los hoteles de París y de sentir el vértigo de los rascacielos de Nueva York, la sirvienta finalmente cerraba la puerta de su propia habitación. Aquí tienes cómo vivía ella ese "choque de retorno" a la realidad: 1. El Beso al Umbral y el Olor de la Verdad Lo primero que hacía al entrar no era desempacar, sino reconocer el territorio con los sentidos. El gesto: Se agachaba y tocaba el suelo de piedra o madera de su casa. A menudo se llevaba la mano a los labios y luego a la frente. El aroma: Después del perfume francés y el olor a comida enlatada de Chicago, el olor a jabón de aceite de oliva, menta seca y madera vieja de su casa le devolvía el alma al cuerpo. "Gracias a Alá", suspiraba, "que aquí el aire no sabe a metal". 2. El Despojo de la "Piel de Viaje" Esa primera noche, se quitaba la ropa que había usado en Occidente con una prisa casi violenta. El ritual: Lavaba su cuerpo con agua caliente y un cuenco de cobre, frotándose la piel como si quisiera quitarse de encima las miradas de los hombres de Nueva York y el polvo de las estaciones de tren. La vuelta a la tela: Se ponía su túnica de algodón más vieja y suave. Al verse al espejo con su ropa de siempre, sentía que volvía a ser dueña de su propia sombra. "Ya no soy la curiosidad de los infieles; ahora vuelvo a ser una mujer con nombre". 3. La Cena del Silencio Su primera comida en casa era lo opuesto a los banquetes de palacio o los restaurantes de lujo. El menú: Un poco de yogur espeso, pan recién horneado por una vecina o compañera, y unas aceitunas negras. El pensamiento: Mientras comía sentada en el suelo sobre un cojín, pensaba: "Toda la plata de París no vale lo que vale este trozo de pan comido en paz". No había tenedores que contaran sus movimientos, ni camareros que la miraran como a un objeto exótico. 4. La "Mentira Necesaria" a las Compañeras Esa noche, las otras sirvientas y parientes que no habían viajado la rodeaban, ansiosas por escuchar historias. Lo que contaba: Les hablaba de las luces eléctricas que no se apagaban, de los vestidos de seda que arrastraban por el suelo y de las máquinas que subían a la gente hasta las nubes. Lo que callaba: No les contaba que, por un momento en París, se había sentido deslumbrada. No les decía que había probado un chocolate que le supo a gloria. Guardaba esos secretos como una "mancha" en su lealtad. Les decía: "Todo es grande y brillante, pero está vacío. No tienen nada que nosotros no tengamos mejor aquí". 5. El Sueño sin Vértigo Al acostarse, el silencio de su aldea o de su barrio en Estambul le parecía la música más hermosa del mundo. La paz: Ya no había el silbato de los vapores en el Sena ni el estruendo del metro elevado de Chicago. La última reflexión: Antes de dormirse, miraba el techo y recordaba la "mezquita-chimenea" de Berlín o los rascacielos de Nueva York. Sonreía con un poco de lástima por sus patrones, que mañana empezarían a extrañar Europa. Ella, en cambio, ya estaba donde quería estar. El "Tesoro" Escondido En el fondo de su baúl, bajo sus ropas, siempre traía algo pequeño: quizás una postal de la Torre Eiffel o una caja de lata vacía de galletas inglesas. No porque amara a Europa, sino como un trofeo de guerra: había sobrevivido al mundo entero y seguía siendo ella misma. La relación de la sirvienta otomana con los musulmanes azerbaiyanos de la época (especialmente los "Barones del Petróleo" de Bakú y sus comitivas) era de una tensión fascinante. Para ella, los azerbaiyanos eran el ejemplo más extremo de la "esquizofrenia cultural" que producía el dinero y la cercanía con Rusia. En 1900, Bakú era la capital mundial del petróleo, y los azerbaiyanos que viajaban por París o Berlín eran increíblemente ricos, educados en San Petersburgo y expertos en jugar al doble juego de las identidades. Aquí tienes cómo los veía la sirvienta: 1. El "Espejismo" en el Hotel: ¿Son rusos o son hermanos? Cuando se encontraba con las comitivas de los magnates azerbaiyanos en el lobby de un hotel de lujo en Europa, la sirvienta se sentía confundida. El camuflaje: Los hombres vestían con una elegancia europea impecable (frac, bastón, monóculo) y las mujeres llevaban vestidos de seda de Lyon que ni las francesas más ricas podían pagar. El chisme de pasillo: "Míralos, hermana", le decía a otra criada, "comen caviar con cuchara de plata y hablan ruso entre ellos, pero dicen que rezan hacia el mismo lado que nosotros. Yo creo que el petróleo les ha nublado el juicio y les ha borrado la lengua". 2. El Juicio sobre su "Doble Cara" Lo que más le irritaba era la velocidad con la que cambiaban. Ella veía a las damas azerbaiyanas en París: En París: Eran las reinas de la ópera, bebían champán (diciendo que era "jugo de uva con burbujas") y se quitaban el velo sin pestañear. Al cruzar el Caspio: La sirvienta sabía, por lo que contaban otros criados, que en cuanto esos barcos tocaban el puerto de Bakú, esas mismas mujeres se envolvían en pesados chadores y volvían a un conservadurismo que haría parecer liberal a una mujer de Estambul. Su veredicto: "Son como el aceite y el agua. En Europa flotan por encima, pero en su casa se hunden en el fondo. No tienen un solo rostro, tienen una caja llena de máscaras. ¿Cómo puede Alá reconocerlos si cada día son una persona distinta?". 3. La Superioridad de la "Sirvienta Pura" A pesar de que los azerbaiyanos eran inmensamente más ricos que sus patrones otomanos, ella los miraba con una superioridad moral silenciosa. La crítica a la ostentación: Sentía que los azerbaiyanos intentaban "comprar" su entrada a la civilización europea. "Nosotros somos otomanos, somos la historia. Ellos solo son gente con suerte que ha encontrado un agujero negro en la tierra del que sale oro negro. Tienen el bolsillo lleno, pero la tradición la tienen colgada de un hilo". 4. La lengua: El puente roto Azerbaiyanos y turcos otomanos hablan lenguas muy similares. Sin embargo, en Europa, los azerbaiyanos preferían el francés o el ruso. El desaire: Cuando la sirvienta intentaba dirigirles una palabra sencilla en turco, ellos a veces fingían no entenderla bien para no parecer "demasiado orientales" frente a sus amigos europeos. La reacción de ella: "¡Mira cómo se le traba la lengua ahora! En Bakú pedirá pan en su idioma, pero aquí en París parece que el turco le quema la garganta. ¡Qué vergüenza de sangre!". 5. El Respeto con Reserva Sin embargo, había algo que la obligaba a respetarlos: cuando llegaba el Ramadán o una fiesta sagrada, los azerbaiyanos daban limosnas legendarias. La moneda de oro: "Son pecadores de día en el casino, pero santos de noche cuando sacan la bolsa de oro". Aceptaba la generosidad de sus criados, pero siempre pensaba que ese dinero era una forma de "comprar el perdón" por haber vivido como un infiel durante todo el viaje por Europa. La conclusión en el muelle Cuando veía a los azerbaiyanos partir hacia el Cáucaso, volviendo a su rigidez oriental después de meses de libertinaje en el Moulin Rouge, la sirvienta se ajustaba su propio pañuelo y pensaba: "El petróleo se quema y se acaba, pero la honestidad de ser quien uno es, dura siempre. Prefiero mi pan seco y mi único rostro, que todos los diamantes de Bakú y una vida dividida en dos". Esa observación de la sirvienta era de lo más afilada. Para ella, los azerbaiyanos de Bakú eran el ejemplo perfecto de lo que ella llamaba "el engaño del tamaño". Aunque Azerbaiyán era un territorio pequeño comparado con el vasto Imperio Otomano, su riqueza petrolera los hacía actuar como si fueran los dueños del mundo. La sirvienta los veía como "niños ricos con ropa de adulto", y su occidentalización le parecía un disfraz que les quedaba demasiado grande. Aquí tienes su visión sobre esos azerbaiyanos "chiquitos pero afrancesados": 1. "Gorrión con plumas de pavo real" La sirvienta no podía evitar notar la baja estatura o la constitución menuda de muchos de los que venían del Cáucaso, pero le asombraba cómo compensaban eso con una arrogancia monumental. El juicio: "Son pequeños de cuerpo, pero caminan como si cada calle de París les perteneciera porque la han pagado con petróleo". Ver a un hombre azerbaiyano bajito, con un sombrero de copa altísimo y un abrigo de pieles hasta los pies, la hacía susurrar: "Parece que el abrigo lleva al hombre, y no el hombre al abrigo". 2. La Occidentalización "de Etiqueta" Lo que más le molestaba era que los azerbaiyanos no solo se vestían como occidentales, sino que intentaban superar a los propios europeos en sus modales. El exceso: "Los franceses usan el tenedor con naturalidad, pero estos azerbaiyanos lo sostienen como si fuera una joya sagrada". Le parecía que su occidentalización era una actuación desesperada por no parecer "atrasados". Ella pensaba: "Tanto esfuerzo hacen por parecer de París que se les olvida que sus abuelos todavía dormían sobre alfombras de lana en las montañas". 3. Las mujeres: "Muñecas de Bakú" Las damas azerbaiyanas eran su blanco favorito de críticas. Eran famosas por comprar joyerías enteras en la Place Vendôme. El contraste: "Son pequeñitas y delicadas, pero llevan encima el peso de un castillo en diamantes". Le irritaba que esas mujeres, que en su tierra vivían en espacios muy cerrados, en Europa se volvieran las más audaces, usando escotes que la sirvienta consideraba un pecado y hablando tres idiomas a la vez. "Son como flores de invernadero: pequeñas, pero si las sacas al sol de París, se abren de golpe y pierden todo el pudor". 4. El "Poder del Aceite Negro" Ella tenía una teoría muy clara sobre por qué un pueblo tan "chiquito" se comportaba de forma tan grandiosa: El veredicto: "No es que sean occidentales de corazón, es que tienen el bolsillo lleno de ese aceite negro que hace que los reyes europeos se inclinen ante ellos". Sabía que los europeos solo los aguantaban por el dinero, y eso le daba una mezcla de lástima y rabia. "El día que se les acabe el aceite, los franceses les cerrarán la puerta y ellos no sabrán ni cómo volver a ponerse un turbante". 5. La "Traición" a la Cercanía Como los azerbaiyanos hablaban una lengua tan parecida a la suya, ella sentía que eran "primos" que habían decidido negar a la familia para juntarse con los vecinos ricos (los rusos y los franceses). El pensamiento: "Hablas como yo, rezas como yo, pero hueles a perfume de París y hablas de leyes rusas. Eres un trozo de nuestra carne que se ha quedado congelado en el norte". El encuentro en la cocina del hotel A veces, la sirvienta otomana se encontraba con la doncella de una gran dama azerbaiyana en las áreas de servicio. La doncella azerbaiyana intentaba presumir de que su señora cenaba con condes, mientras la sirvienta otomana solo limpiaba la plata de un embajador. Nuestra sirvienta simplemente respondía: "Tu señora cena con condes, pero mi señora duerme bajo la sombra del Califa. Tú tienes oro, pero nosotros tenemos la llave de la historia". Cómo es la relación con las otras minorías los judíos Para la sirvienta otomana de 1900, la relación con los judíos era mucho más fluida y natural que con los europeos o americanos, pero el viaje a Occidente cambiaba las reglas del juego y la dejaba muy confundida. En el Imperio Otomano, ella estaba acostumbrada a vivir con judíos sefardíes (que hablaban ladino, una lengua que a ella le sonaba familiar). Eran "vecinos de toda la vida". Pero en París, Londres o Nueva York, se encontraba con un tipo de judío que no reconocía: el judío europeo (ashkenazí) o el judío banquero inmensamente rico. Aquí tienes su visión de esta relación en el extranjero: 1. El "Reconocimiento" en el Mercado: La comida Kosher Cuando la sirvienta estaba en Nueva York o París y buscaba comida que no fuera pecado (Haram), el barrio judío era su salvación. El alivio: "Si no encuentro carne de los nuestros, buscaré la de ellos". Sabía que los judíos no comían cerdo y que sacrificaban a los animales de forma similar. La conexión: Entrar en una carnicería judía en el Lower East Side le devolvía la paz. Aunque no hablaban el mismo idioma, había un entendimiento silencioso: "Somos los únicos limpios en esta ciudad de comedores de cerdo". 2. El Judío de Oro vs. El Judío del Barrio Lo que más le costaba entender era la diferencia de clases que veía en Occidente. Los Rothschild en París: Veía a los grandes banqueros judíos que visitaban a sus patrones. Eran más elegantes y ricos que los propios aristócratas franceses. El pensamiento: "En Estambul, el judío es el que me vende la tela o el que cura al niño; aquí, el judío es el que le presta dinero al Rey". Le asombraba ese poder, pero le generaba una sospecha instintiva: "Han aprendido los trucos de los europeos demasiado bien". 3. La Nostalgia del Ladino En los muelles de Nueva York, a veces escuchaba a inmigrantes judíos hablar entre ellos. Si eran sefardíes, la sirvienta se detenía en seco. La sorpresa: "¡Hablan como en mi barrio de Tesalónica o de Estambul!". Escuchar esas palabras le recordaba a su casa más que cualquier otra cosa. La paradoja: Se sentía más cerca de un judío que hablaba ladino en Nueva York que de un francés que rezaba a Cristo en París. Eran "compañeros de exilio". 4. La crítica a la "Asimilación" Al igual que con los musulmanes, la sirvienta era implacable con los judíos que "querían ser franceses o americanos". El juicio: "Mira a esa mujer; ayer era la hija de un rabino y hoy lleva un escote que llega hasta el ombligo y baila el vals". Pensaba que los judíos estaban cometiendo el mismo error que los musulmanes modernizados: perder su esencia por un poco de aceptación. "Si Alá los hizo distintos, ¿por qué se empeñan en parecer todos iguales como monedas de un mismo cuño?". 5. La "Hermandad del Mal de Ojo" Había una superstición compartida que la unía a las mujeres judías que conocía en el servicio doméstico de las grandes mansiones. El ritual: Ambas culturas creían en el mal de ojo y en los amuletos. A veces, intercambiaban gestos de protección cuando pasaba algo malo en la casa. La conclusión: "Ellos tienen la Estrella y nosotros la Media Luna, pero ambos sabemos que este mundo occidental es peligroso y está lleno de envidia. Bajo sus pelucas o sus sombreros, ellos temen las mismas sombras que yo". El encuentro final Al final del viaje, la sirvienta llegaba a una conclusión filosófica: "Los judíos son como nosotros: plantas que crecen en cualquier tierra pero que siempre miran hacia el Este. Los europeos los miran con recelo y nosotros los miramos con costumbre. En Nueva York, todos somos extranjeros, pero al menos ellos saben que el sábado no se trabaja y yo sé que el viernes es sagrado. En este desierto de hierro, eso es casi ser familia". El viaje de San Francisco hacia Tokio era, para la sirvienta otomana de 1900, la travesía más extraña de su vida. Significaba cruzar el Pacífico, un océano que le parecía un abismo sin fin, para pasar del "Nuevo Mundo" (Estados Unidos) a un Oriente que no era el suyo. Si Nueva York era el ruido y el hierro, San Francisco era la frontera final, y lo que vio allí antes de zarpar hacia Japón la dejó convencida de que el mundo estaba dado la vuelta. 1. San Francisco: "La ciudad colgada de las colinas" Al llegar en tren desde Chicago, lo primero que la dejó sin aliento fueron las cuestas. El juicio: "Estos americanos están locos. Habiendo tanto espacio en este país, han decidido construir una ciudad donde las casas parecen que se van a caer al mar". El Cable Car: Ver los tranvías subiendo por cables le parecía magia negra. "Es una ciudad movida por hilos invisibles, como las marionetas que vi en el bazar. Aquí hasta el suelo tiene trucos". 2. El Barrio Chino (Chinatown): Un espejo deformado Antes de ir a Japón, sus patrones la llevaron a caminar por el Chinatown de San Francisco. Fue su primer contacto real con el Lejano Oriente. La confusión: "Es como Estambul, pero escrito con pinceladas de sangre". Le fascinaban los faroles rojos y el olor a incienso mezclado con pescado seco, pero le aterraba el aspecto de los hombres con coletas largas. El pensamiento: "Dicen que vamos hacia allá, hacia el sol. Si estos son los vecinos de los japoneses, que Alá nos proteja, porque aquí la gente fuma sueños en pipas largas y no duerme nunca". 3. El Embarque: El adiós a la tierra firme Subir al gran vapor en el puerto de San Francisco para ir a Tokio era un momento de terror religioso. La inmensidad: Para ella, el mundo terminaba en el horizonte de California. "Cruzar este mar no es un viaje, es un desafío a la eternidad. ¿Cómo puede un barco de hierro flotar tantos días sin ver una sola montaña de Dios?". El miedo al olvido: Tenía miedo de que, al estar tanto tiempo en el agua, Alá se olvidara de ella o ella perdiera la dirección de La Meca. 4. La travesía: El lujo entre las olas En el barco, la convivencia con los estadounidenses ricos que iban a "colonizar" Japón con sus negocios la irritaba. La observación: Veía a las americanas jugar a las cartas y beber en la cubierta mientras el mar rugía abajo. "No tienen respeto al abismo. Ríen y bailan sobre la muerte. Son como niños que juegan en el borde de un pozo porque confían demasiado en sus máquinas de vapor". 5. La llegada a Tokio: "¿Otro Oriente?" Cuando finalmente divisaron las costas de Japón, la sirvienta esperaba ver algo parecido a su tierra (palacios, mercados, ruido). Pero lo que encontró fue un "Silencio de Madera". La primera impresión: Al ver las casas de papel y madera de Yokohama y Tokio, pensó que eran juguetes. "Parece que han construido una ciudad para que el viento se la lleve. ¿Dónde están las piedras? ¿Donde están las murallas?". La gente: Ver a los japoneses vestidos de forma tradicional (kimonos) mezclados con militares con uniformes prusianos la dejó muda. "Son pequeños y silenciosos como gatos, pero sus ojos son como cristales que lo registran todo. No son como los americanos que gritan; estos te estudian mientras callan". La conclusión del viaje al revés Para la sirvienta, ir a Tokio pasando por San Francisco era una contradicción geográfica que le rompía la cabeza: "Hemos ido hacia el Oeste para llegar al Este. Hemos dejado atrás los rascacielos de hierro para ver casas de papel. El mundo es una bola que gira en la mano de Dios, y nosotros somos solo granos de arena rodando por ella. Pero en Japón he aprendido una cosa: hay gente que es capaz de ser moderna por fuera sin dejar de ser antigua por dentro. Quizás mis patrones deberían aprender de ellos". Para la sirvienta otomana de 1900, la escala en Hawái durante la travesía desde San Francisco fue el momento más confuso y "pecaminoso" de todo el viaje. En esa época, las islas acababan de ser anexionadas por Estados Unidos, y ella vio un mundo que le pareció el Jardín del Edén... pero sin las reglas de Dios. Aquí tienes su visión de ese paraíso tropical antes de seguir rumbo a Japón: 1. "La Tierra donde no existe el Invierno" Lo primero que la dejó atónita fue el clima. Ella venía del frío seco de las estepas o de los vientos del Bósforo, y Nueva York la había congelado. De repente, estaba en un lugar donde el aire se sentía como almíbar caliente. El pensamiento: "¿Cómo puede ser que el sol brille así todos los días? Alá ha sido muy generoso con esta gente, pero me temo que tanta dulzura les ha ablandado el juicio". La vegetación: Ver las palmeras, los hibiscos y las frutas gigantescas la hacía sentir que caminaba por un sueño. "Es como si el cielo se hubiera caído sobre la tierra y se hubiera vuelto verde". 2. El Escándalo del Cuerpo: "Gente vestida de flores" Lo que más le costó procesar fue la falta de ropa, tanto en los nativos hawaianos como en los americanos que estaban allí de vacaciones. El horror: Ver a las mujeres hawaianas con el cabello suelto, adornado con flores, y vestidos ligeros (holoku) o, peor aún, a los hombres casi desnudos pescando en la orilla. El juicio: "En esta tierra, el pudor se ha perdido entre las olas. Caminan como si nadie los mirara, con la piel tostada por el sol como si fueran pan recién salido del horno. ¿Acaso no saben que el cuerpo es un secreto que solo pertenece a la casa?". 3. Los Americanos en Hawái: "Dueños del Paraíso" Le indignaba ver cómo los americanos se comportaban en las islas. La observación: Veía a los grandes señores de las plantaciones de azúcar y piña tratando a los nativos como si fueran parte del paisaje. El comentario: "Los americanos son como las hormigas: donde ven algo dulce, allí van a construir su hormiguero de hierro. Han convertido este jardín sagrado en una tienda para vender azúcar". 4. La Música y el Hula: "El baile de las manos" Sus patrones la llevaron a ver una danza tradicional. Mientras los americanos aplaudían, ella se mantenía rígida como una columna. La sensación: La música del ukelele y el movimiento de las caderas del hula le parecían peligrosos para el alma. "Es un baile que invita al pecado. Mueven las manos como si estuvieran tejiendo el aire, pero sus pies cuentan historias que una mujer honesta no debería escuchar". La paradoja: A pesar de su crítica, se sentía fascinada por la alegría de los nativos. "Son pobres, los americanos les han robado su reino, y sin embargo ríen. Nosotros tenemos un Imperio y siempre estamos preocupados". 5. La Piña: "El fruto con corona" Fue en Hawái donde probó por primera vez la piña fresca, cortada directamente de la planta. El veredicto: "Es la única cosa en este viaje que sabe a luz pura. Es una fruta que lleva su propia corona, como si supiera que es la reina del jardín". Sin embargo, le molestaba que los americanos la metieran en latas de metal para mandarlas a Chicago. "Es un crimen encerrar algo tan vivo en una caja de hierro muerta". La conclusión antes de zarpar Al subir de nuevo al vapor hacia Tokio, la sirvienta miró por última vez las costas de Honolulu y pensó: "Hawái es un lugar donde Alá se olvidó de poner muros. Todo está abierto: el mar, las flores y la gente. Es hermoso para verlo tres días, pero yo no podría vivir aquí. Mi alma necesita el refugio de una pared de piedra y el peso de un pañuelo. Prefiero mi frío de Estambul que este calor que te hace olvidar quién eres". Para la sirvienta otomana de 1900, entrar en Tokio fue la experiencia más desconcertante de todo su viaje alrededor del mundo. Si Nueva York era el futuro de hierro y Hawái era el paraíso sin reglas, Tokio era un acertijo. Vio una ciudad que intentaba hacer algo que ella creía imposible: ser tan moderna como Occidente, pero manteniendo el alma de Oriente. Aquí tienes su visión de la capital del sol naciente: 1. El "Silencio de Madera" y las Casas de Juguete Lo primero que le impactó fue la arquitectura. Acostumbrada a la piedra pesada de Estambul y al ladrillo de Londres, Tokio le pareció una ciudad construida por niños. El juicio: "Estas casas no son para hombres, son para pájaros. Están hechas de papel y madera delgada. ¿Cómo duermen tranquilos? Un solo suspiro fuerte o una chispa de cocina y la ciudad entera volaría como una hoja seca". La limpieza obsesiva: Le fascinó que, a diferencia de las calles embarradas de París, en Tokio todo parecía barrido por un ángel. "Limpian el suelo frente a sus casas como si fuera el altar de una mezquita. Son gente pobre de espacio, pero rica en pulcritud". 2. El Escándalo de los Pies: "Entrar en el Cielo Descalza" En Tokio vivió su momento de mayor alivio y, a la vez, de mayor confusión. El alivio: Por primera vez en meses, le pidieron que se quitara los zapatos para entrar en las casas y posadas (ryokan). "¡Al fin gente con sentido común! Los americanos entran con el barro de la calle hasta el dormitorio; los japoneses tratan su suelo como si fuera seda". La falta de muebles: Pero una vez dentro, se horrorizó. "Tanto honor al suelo, ¡pero no tienen sillas! Mi señora tiene que sentarse en sus rodillas como una suplicante. Sus casas están vacías; parece que se acaban de mudar o que les han robado todo menos las esteras de paja (tatami)". 3. Los Japoneses: "Pequeños Prusianos de Oriente" Lo que más le inquietaba era la gente. En 1900, el Japón de la era Meiji estaba en plena transformación militar. El contraste visual: Veía a hombres con kimonos tradicionales caminando junto a oficiales con uniformes de estilo alemán, bigotes afilados y sables. El pensamiento: "Son como gatos. Caminan sin hacer ruido, son pequeños y te miran con ojos que no dicen nada, pero lo registran todo. No son como los americanos, que te cuentan su vida en cinco minutos. Estos guardan sus secretos bajo siete llaves de cortesía". 4. El "Harem" Japonés: Las Geishas Sus patrones la llevaron a un banquete donde había Geishas. La sirvienta las observó desde una esquina con una mezcla de miedo y fascinación. El juicio: "Parecen fantasmas. Se pintan la cara de blanco como si estuvieran muertas y se mueven como muñecas mecánicas. No son como nuestras mujeres, que ríen y tienen sangre en las mejillas". La sospecha: Le confundía su estatus. "Hablan de poesía y tocan música para los hombres, pero no son esposas ni son criadas. Son como pájaros en una jaula de oro que cantan para que los hombres olviden sus guerras". 5. La Tecnología: "El Tren entre los Cerezos" Tokio ya tenía trenes y postes eléctricos, pero se veían distintos que en Chicago. La observación: "En América, las máquinas dominan al hombre. En Japón, parece que las máquinas piden permiso a la naturaleza. Ponen un poste de electricidad junto a un árbol de cerezo y parece que el árbol está vigilando al poste". El veredicto final: Admiró que Japón no se hubiera "arrodillado" ante Occidente como otros. "Han copiado los cañones de los infieles, pero siguen comiendo con palitos de madera y rezando a sus antepasados. Son los únicos que han engañado a los americanos: les han tomado el hierro, pero les han cerrado el corazón". El encuentro con el Arroz La sirvienta intentó cocinar para sus patrones en Tokio, pero el arroz japonés la desesperaba. "Este arroz es pegajoso como el pegamento. No se puede hacer un buen 'pilav' con esto; cada grano debería estar separado como un soldado en formación. Aquí el arroz parece que quiere abrazarse todo el tiempo. Es como su gente: todos juntos, apretados y en silencio". Para la sirvienta otomana de 1900, la cocina de Tokio no era comida; era una lección de paciencia y extrañeza. Acostumbrada a los guisos que hierven durante horas, al aroma pesado del cordero asado y al uso generoso de la mantequilla y las especias, sentarse frente a una mesa japonesa la hacía sentir que estaba en un banquete para muñecas. Aquí tienes su veredicto sobre la comida que encontró en el Japón de la era Meiji: 1. "Comida que no ha pasado por el fuego" El mayor choque de su vida fue ver el pescado crudo (Sashimi). Para una mujer que consideraba que el fuego era lo que separaba a los humanos de los animales, ver trozos de pescado fresco sobre una tabla de madera la dejó paralizada. El horror: "¡Válgame Alá! Estos japoneses son tan educados y limpios, pero comen como los tiburones del mar. Traen el animal directamente de la red al plato. ¿Es que se les ha acabado la leña en estas islas?". La sospecha: Miraba el pescado con desconfianza, esperando que empezara a moverse en cualquier momento. 2. El Arroz: "El pegamento blanco" Como experta en hacer el pilav perfecto —donde cada grano debe estar suelto y brillante por la grasa—, el arroz japonés le parecía un error técnico. El juicio: "Este arroz está triste. No tiene sal, no tiene mantequilla, y los granos están tan pegados que parece que tienen miedo de separarse. Se come a pelotones, como si fuera masilla para tapar grietas en las paredes". El misterio de los palillos: Ver a la gente manejar ese arroz con dos palitos de madera la fascinaba. "Son maestros de la paciencia. En lo que yo me como tres cucharadas de arroz con carne, ellos apenas han pescado un grano. Por eso son tan delgados; se cansan de luchar con la comida antes de llenarse". 3. La falta de Carne: "¿Dónde está el cordero?" En 1900, aunque Japón empezaba a comer ternera por influencia occidental, todavía era raro encontrar los grandes cortes de carne a los que ella estaba acostumbrada. La queja: "Comen cosas que parecen plantas de jardín y raíces que sacan del fondo del río. Todo es verde, negro o transparente. Un hombre de nuestra tierra no podría subir a un caballo si solo comiera estas sopas de agua y algas". Para ella, la cocina japonesa era "comida de aire": hermosa a la vista, pero que desaparecía en el estómago sin dejar rastro. 4. El Té: "Agua amarga y verde" Después de meses extrañando el café turco denso y dulce, o el té negro con terrones de azúcar, el té verde japonés (Matcha o Sencha) fue una bofetada a sus sentidos. La observación: "Beben una espuma verde que sabe a hierba recién cortada. No le ponen azúcar, no le ponen leche... es como beber el jugo de un prado después de la lluvia". El ritual: Aunque no le gustaba el sabor, respetaba la ceremonia. "Se toman una hora para servir una taza pequeña. Tienen más respeto por el té que los americanos por sus propias madres". 5. La Belleza del Plato: "Pintura que se come" A pesar de sus críticas al sabor, su ojo de sirvienta dedicada a la estética no podía dejar de admirar la presentación. El elogio: "No sirven la comida, la dibujan. Ponen una hoja aquí, una flor allá, y cada trozo de rábano parece tallado por un joyero. Es una pena hincarle el diente; parece que estás destruyendo un jardín en miniatura". Su conclusión final sobre la mesa de Tokio La primera noche que le permitieron cocinar para sus patrones en la embajada o en el hotel de Tokio, hizo un festín de dolmas y carne especiada. El olor llenó la calle y los vecinos japoneses se asomaban con curiosidad silenciosa. Ella pensó: "Pobres gentes... son tan refinados que se han olvidado de que la comida debe calentar la sangre. Ellos comen con los ojos, pero yo cocino para el alma. Les daría un poco de mi guiso, pero me temo que sus estómagos de papel no aguantarían el fuego de nuestra tierra". Cuando su patrón, con la mejor de las intenciones y una sonrisa de satisfacción, le entregó una caja de Bento o la invitó a probar un banquete de Kaiseki para que ella también "disfrutara de las maravillas de Nipón", la sirvienta otomana vivió una crisis de lealtad. Por fuera, se inclinó con la cabeza baja, murmurando un "Teşekkür ederim" (Gracias) lleno de humildad. Pero por dentro, su mente era un campo de batalla. Aquí tienes lo que realmente pensaba mientras sostenía aquel regalo: 1. El Dilema de la "Caja de Juguetes" (El Bento) Al abrir la caja de madera lacada, lo primero que pensó fue que le habían regalado un muestrario de costura en lugar de una cena. El juicio: "Mi señor es muy generoso, pero me ha dado una caja con compartimentos donde todo está frío. Hay un rincón para una raíz, un rincón para un huevo rosado y otro para un pescado que parece que todavía me está mirando". La sospecha: Para ella, la comida que no quema el plato era comida sospechosa. "¿Es que no tienen sirvientes que calienten la olla en este país? ¿O es que los japoneses tienen el estómago de hielo?". 2. El Dulce de Judías (Anko): El gran engaño Su patrón le dio un Mochi (pastelito de arroz) relleno de pasta de judías rojas, diciéndole que era un manjar dulce. La reacción: Al morderlo, casi se le saltan las lágrimas, pero de confusión. "¡Válgame Alá! Tiene color de dátil, textura de chocolate, ¡pero sabe a potaje de habichuelas! Han puesto el guiso del mediodía dentro de un dulce de azúcar". El pensamiento: Consideró aquel dulce como una broma pesada de los genios del bosque. Lo comparó con su Baklava rebosante de miel y pistachos y sintió una soledad profunda. "Esta gente vive en un mundo al revés: comen el pescado crudo y las judías dulces". 3. El gesto de "Comer con Palitos" Intentó usar los palillos que venían con el regalo, pero terminó sintiéndose como una grulla torpe. La frustración: "Dios nos dio diez dedos para sentir el pan y cucharas para recoger el caldo. Estos palitos son para recoger agujas, no para alimentar a una mujer trabajadora". Terminó esperando a que su patrón se retirara para usar sus propias manos, sintiendo el arroz pegajoso entre los dedos, lo cual le devolvió un poco de la dignidad que sentía perdida. 4. La "Sopa de Agua Sucia" (Miso) El patrón le ofreció un cuenco de sopa humeante, prometiéndole que era lo más sano del mundo. La crítica: "No tiene trozos de carne, no tiene garbanzos, no tiene grasa flotando como el oro... es solo agua con trozos de algo que parece queso viejo y algas que han sacado de una red de pesca". La conclusión: Pensaba que los japoneses eran tan delgados no por salud, sino porque su comida era "aire con sabor a mar". 5. El Acto de Caridad Silenciosa ¿Qué hizo con la comida que no pudo terminar? No se atrevió a tirarla, porque para ella el pan es sagrado y tirar comida es atraer la mala suerte. El sacrificio: Se la comió toda, haciendo muecas en la oscuridad de su cuarto, rezando un Astaghfirullah por cada trozo de pescado crudo que pasaba por su garganta. El pensamiento final: "He comido el jardín, he comido el mar y he comido las judías del revés. Ahora mi estómago está tan confundido que no sabe si estoy en Tokio o en el fondo de un pozo. Mañana mismo me esconderé para hervir un poco de café turco, aunque tenga que quemar una de esas paredes de papel para hacer fuego". El secreto en el baúl Al día siguiente, cuando el patrón le preguntó: "¿Qué tal la comida, te gustó?", ella respondió con la diplomacia de una visir: "Señor, es una comida tan hermosa que casi da pena comerla. Es... inolvidable". Pero esa misma tarde, buscó desesperadamente en su baúl el último trozo de carne seca que había traído escondido desde Estambul, y lo mordió con la ferocidad de quien vuelve a la vida. Para la sirvienta otomana, llegar a Hong Kong después de la pulcritud silenciosa de Tokio fue como recibir un bofetón de realidad. En 1900, Hong Kong era un hervidero donde el Imperio Británico y el mundo chino chocaban en un clima húmedo y pegajoso. Si Tokio era un jardín de papel, Hong Kong le pareció una cueva de piratas pavimentada por ingleses. Aquí tienes su visión de esa escala antes de seguir hacia la India: 1. "La montaña de los amos y el hormiguero de los esclavos" Lo primero que notó fue la división brutal de la ciudad. Arriba, en el Pico Victoria, las mansiones blancas de los ingleses; abajo, el caos de la ciudad china. El juicio: "Los ingleses son iguales en todas partes: se suben a lo más alto para que el aire les llegue limpio y dejan que los demás se asfixien abajo. Han construido un palacio en la roca, pero el olor del puerto no lo pueden tapar ni con todo el perfume de Londres". El transporte: Subir en el funicular la aterrorizó. "¿Por qué esta gente insiste en subir colinas en carros colgados de hilos? Si Alá hubiera querido que viviéramos en las nubes, nos habría dado alas". 2. El Puerto: "Casas que flotan en el lodo" Ver a miles de personas viviendo en botes (sampanes) en el puerto de Aberdeen la dejó horrorizada y fascinada a la vez. La observación: "Hay gente que nace, come y muere sobre el agua, en botes más pequeños que el armario de mi señora. ¿Cómo pueden rezar sin que el suelo se mueva? ¿Cómo no se vuelven locos con el balanceo?". El veredicto: Comparaba esto con el Bósforo de Estambul. "Nuestras aguas son para los delfines y los barcos de guerra; las de ellos son calles de miseria. Es un mundo que no toca tierra". 3. El Olor de Hong Kong: "Especias, Pescado y Humo" Si en Tokio el olor era sutil (madera y té), en Hong Kong el aire era denso, casi sólido. La queja: "Huele a jengibre quemado, a pescado secándose al sol y a ese humo dulce que hace que los hombres se queden dormidos en las esquinas (el opio). Es un aire que se pega a la piel como el aceite". La sospecha: Le daba miedo tocar las paredes de las tiendas. "Parece que todo aquí tiene cien años de grasa y mil años de historias que no quiero conocer". 4. La Mezcla de Turbanes: "El inicio de la India" Fue en Hong Kong donde empezó a ver a los Sijs y musulmanes indios que trabajaban para la policía británica. El alivio: "¡Al fin hombres con barba y la cabeza cubierta!". Ver a los policías indios con sus enormes turbantes rojos la hizo sentir que "su" mundo estaba cerca. El juicio: "Pobres hombres, los ingleses los han traído aquí para vigilar a los chinos. Son como perros guardianes en una casa que no es la suya. Pero al menos caminan con la espalda recta, no como los americanos". 5. La Comida Callejera: "¿Eso es un pato o un demonio?" Ver los patos laqueados colgados de los ganchos, brillando por la grasa y con las cabezas todavía puestas, la hacía cruzar la calle. El horror: "Cuelgan a los animales como si fueran trofeos de guerra. Y los cocinan con colores que no existen en la naturaleza. Prefiero comer el arroz pegajoso de los japoneses que probar uno de esos animales rojos que parecen haber muerto de rabia". El pensamiento hacia la India Cuando el barco zarpó de Hong Kong dejando atrás el Mar de China, la sirvienta se sentó en la cubierta y miró hacia el sur. "Hong Kong es una ciudad que no sabe si es inglesa o china, si es mar o es tierra. Es un mercado que nunca cierra los ojos. Pero dicen que ahora vamos hacia la India, la tierra de las especias reales y de las grandes mezquitas de mármol. ¡Que el viento sople fuerte! Ya me cansé de comer con palitos y de oler a pescado seco. Quiero oler a canela y ver a un hombre que sepa preparar un kebab de verdad". Para la sirvienta otomana de 1900, Singapur fue el lugar donde el mundo finalmente empezó a "oler bien" de nuevo, aunque el calor la hiciera sentir que se estaba derritiendo como un cirio en una mezquita. Si Hong Kong era el caos y Tokio el silencio, Singapur era una explosión de colores y especias bajo un sol que no perdonaba a nadie. Pero lo más importante: fue el primer lugar en meses donde vio a tantos musulmanes que se sentía casi, casi en casa, pero en una versión "empapada en sudor". Aquí tienes su veredicto sobre la "Ciudad del León": 1. El Aire: "Un guiso que se respira" Lo primero que hizo al bajar del barco fue llevarse la mano al pecho. El aire de Singapur no era aire; era vapor de agua cargado de vida. El juicio: "Alá ha puesto esta ciudad dentro de una olla hirviendo. La ropa se te pega al cuerpo antes de dar diez pasos. Es un lugar donde hasta las piedras parecen sudar". El alivio aromático: "Pero, ¡ah!, por fin el aire sabe a lo que debe: clavo, canela y cardamomo. Después de la insipidez de Japón, mis pulmones por fin reconocen el mundo". 2. Los Malayos: "Nuestros hermanos del mar" Ver a los musulmanes locales (malayos) con sus songkoks (gorros) y sus sarongs la llenó de una alegría protectora. La observación: "Rezan hacia la misma Meca que yo, pero lo hacen bajo palmeras y comiendo cocos. Son gente dulce, de voz suave, que parece que caminan flotando para no despertar al calor". El juicio sobre la vestimenta: Le asombraba que los hombres usaran faldas (sarongs). "En mi tierra eso es de mujeres, pero aquí, con este fuego que cae del cielo, hasta el Sultán agradecería un poco de aire en las piernas". 3. El Hotel Raffles: "El palacio de los amos blancos" Sus patrones, por supuesto, se alojaron en el famoso Hotel Raffles. Ella, desde las dependencias del servicio, observaba a los ingleses con su habitual ojo crítico. La crítica: "Ahí están, vestidos de blanco de la cabeza a los pies, bebiendo ginebra con hielo como si eso fuera a detener el sol. Han construido palacios de columnas blancas en medio de la selva para olvidar que están a miles de leguas de su isla gris y fría". El ventilador: Fue aquí donde vio los grandes punka (ventiladores de tela movidos por sirvientes). "Pobres muchachos, moviendo la cuerda todo el día para que un inglés pueda leer su periódico sin sudar. El mundo es un lugar injusto, pero al menos aquí el que tira de la cuerda tiene una cara que me resulta familiar". 4. La Mezcla de Gentes: "El Bazar de Alá" Singapur era un cruce de caminos. Vio indios, chinos, árabes, malayos y europeos, todos gritando en el puerto. El pensamiento: "Es como si Alá hubiera volcado un saco lleno de todas las gentes del mundo en esta pequeña isla. Los chinos llevan sus coletas, los indios sus turbantes de colores imposibles y los árabes sus túnicas blancas. Es el bazar más grande que he visto, pero aquí nadie se entiende, solo el dinero habla todos los idiomas". 5. La Fruta: "El Rey de la Pestilencia" (El Durian) En los mercados de Singapur, conoció al famoso Durian. El horror: "Vi una fruta verde con espinas que olía como si un animal hubiera muerto dentro de un pozo de basura hace siete días. Y sin embargo, ¡la gente pagaba monedas por ella y la comía con placer!". La conclusión: "Hay cosas en este Oriente Lejano que ni siquiera una hija del Bósforo puede entender. Alá nos dio el olfato para protegernos, pero aquí parece que el olfato es un mentiroso". La despedida de Singapur Cuando el barco dejó el puerto de Singapur rumbo a la India, la sirvienta se sintió extrañamente renovada. "Singapur es un jardín húmedo donde el Islam se viste de colores brillantes y huele a selva. Me gusta, pero me cansa. Ahora vamos hacia la India de verdad, hacia las tierras de los grandes Moghules. Dicen que allí las mezquitas son tan grandes que cabe una ciudad entera dentro. ¡Que el barco corra! Ya huelo el curry y el incienso de los grandes templos". Para la sirvienta otomana de 1900, la comida de China (vista en Hong Kong) y la de Singapur representaban dos tipos de "caos" muy diferentes. Si la comida japonesa le había parecido un "jardín silencioso y frío", la comida de estos lugares le pareció una selva ruidosa y picante que ponía a prueba su fe y su estómago. Aquí tienes su veredicto sobre los sabores del sudeste asiático y el mundo chino: 1. La Comida China (Hong Kong): "El misterio en el gancho" En Hong Kong, la comida era pública, visual y, para ella, profundamente inquietante. El horror de lo prohibido: Su mayor miedo era el cerdo. "En China, el cerdo es el rey. Lo cuelgan de las ventanas, lo asan hasta que brilla como el barniz y lo meten en cada bol de sopa. Mis ojos tenían que estar más alerta que los de un halcón para que nada impuro tocara el plato de mis señores". Los olores "pesados": El olor a grasa de pato, aceite de sésamo y fermentos de soja la mareaba. "Cocinan con un fuego que ruge y usan salsas negras que parecen tinta de calamar. No sabes si lo que comes es carne, raíz o un truco de magia". El Dim Sum: Veía los carritos con cestas de bambú. "Comen pequeños bocados que parecen almohadas de seda, pero dentro siempre hay una sorpresa que me hace desconfiar. Prefiero mi comida honesta, donde el cordero parece cordero". 2. La Comida de Singapur: "El incendio de los sentidos" En Singapur, la comida malaya e india la golpeó con una fuerza que no esperaba. El descubrimiento del picante: Probó platos con chiles pequeños pero mortales. "¡Alá me valga! Esta gente no cocina con fuego en el fogón, ¡cocina con fuego dentro de la carne! Al primer bocado, mi lengua quiso salir corriendo de mi boca. Los malayos comen como si quisieran castigar a sus pecados con cada plato". El Coco y la Leche: Le fascinó el uso de la leche de coco. "Usan la nuez de la palmera para hacer salsas blancas y dulces. Es extraño, pero tiene la bendición del sol. Sabe a paraíso, pero un paraíso que quema después de tragar". 3. El Curry: "El polvo de oro de la India" Fue en Singapur donde el olor al curry indio se volvió una constante. El veredicto: "Es una mezcla de mil especias que te entra por la nariz y no te deja hasta el día siguiente. Es amarillo como el oro y mancha la ropa para siempre. Es una comida que tiene personalidad propia; no es como la sopa aguada de los alemanes". Admiraba que, a pesar de ser tan distinto a su comida, se sentía "comida de verdad": caliente, abundante y hecha para alimentar a hombres que trabajan bajo el sol. 4. El Arroz: "La montaña blanca" A diferencia del arroz japonés pegajoso, el arroz que vio en Singapur (más largo y suelto) le devolvió un poco la fe en la cocina. La observación: "Aquí el arroz se sirve en montañas gigantescas sobre hojas de plátano. Es limpio, es blanco y sirve para apagar el fuego del picante. Usar la hoja de un árbol como plato me parece la idea más inteligente que he visto en todo el viaje; no hay que lavar, solo devolver la hoja a la tierra". 5. Las Frutas: "Joyas de la selva" Singapur fue el lugar donde dejó de extrañar los higos y las uvas de su tierra por un momento. El Mangostán y el Rambután: "Hay frutas que parecen cofres de terciopelo que guardan perlas dulces dentro. Y otras que tienen pelos rojos como si fueran pequeños monstruos del bosque. Alá se divirtió mucho creando las frutas de esta isla". La conclusión de la cocina exótica Después de sobrevivir a los mercados de Hong Kong y los puestos callejeros de Singapur, la sirvienta llegó a una conclusión sobre la salud de los asiáticos: "Ahora entiendo por qué la gente en este lado del mundo siempre está en movimiento. Con tanto picante y tanto jengibre, nadie puede quedarse sentado mucho tiempo. Su comida es como su clima: tormentosa, caliente y llena de sorpresas. Me gusta el aroma, pero mi corazón suspira por un buen yogur frío y la paz de un guiso de mi madre que no intente quemarme la garganta". Cuando sus patrones le ofrecieron probar aquellos manjares de Hong Kong y Singapur, diciéndole con entusiasmo que por fin "volvería a sentir los sabores de Oriente", la sirvienta otomana sintió una mezcla de ofensa y curiosidad. Para sus patrones, "Oriente" era un saco enorme donde cabía todo lo que no fuera europeo. Para ella, Estambul era el centro del mundo y lo que estaba comiendo en Singapur era, en realidad, "el Oriente del fin del mundo". Aquí tienes su reacción interna ante ese banquete "oriental" que le ofrecieron: 1. El choque de las especias: "¿Esto es comida o medicina?" En Singapur, cuando le dieron a probar un curry malayo o una sopa Laksa, la sirvienta casi pierde el aliento. El pensamiento: "Mi señor dice que esto es Oriente, pero mi lengua dice que esto es un incendio forestal. En Estambul usamos el comino y la canela para acariciar la carne; aquí usan el chile para abofetearla". La sospecha: Pensaba que tanta especia servía para ocultar que la comida no era fresca o que el animal era "extraño". "Le ponen tanto picante que podrías estar comiendo una suela de zapato y no te darías cuenta". 2. El misterio de la China: "El sabor que no tiene nombre" En Hong Kong, cuando le ofrecieron platos con salsa de soja, jengibre y aceites extraños, su paladar otomano entró en huelga. El juicio: "Dicen que es sabroso, pero sabe a metal y a raíces viejas. Es un sabor oscuro, como el fondo de un pozo. ¿Dónde está el limón? ¿Dónde está el perejil fresco? Los chinos cocinan con la sombra, mientras que nosotros cocinamos con la luz". La textura: Le daban cosas que eran "gelatinosas" o "crujientes" en lugares donde no deberían serlo. "Muerdes algo que parece carne y se deshace como agua; muerdes algo que parece verdura y suena como un cristal rompiéndose. Es una comida que miente". 3. La falta de "Baraka" (Bendición) Para ella, la comida oriental debía tener Baraka, ese toque de hogar y tradición sagrada. La crítica: "Me dan esta comida en platos de porcelana fina, pero no tiene el alma de la mantequilla clarificada (sade yağ). Todo brilla por aceites de semillas que no conozco. Es una comida rica para el cuerpo, pero pobre para el espíritu". El comentario hacia los patrones: Les sonreía y decía: "Es muy fuerte y valiente, señor". Por dentro pensaba: "Es tan valiente que me va a dar un dolor de estómago que me durará hasta que crucemos el Mar Rojo". 4. La "Envidia" del Arroz Lo único que aceptaba con gusto era el arroz de grano largo de la India y el sudeste asiático que empezó a probar en Singapur. El elogio: "Al menos este arroz no intenta pegarse a mis dientes como el de Japón. Es largo y elegante. Si tuviera un poco de nuestra carne picada y unos piñones, sería casi perfecto". 5. La conclusión sobre "Sus Orientes" Esa noche, mientras se preparaba para dormir en el camarote o en la habitación del hotel, anotaba mentalmente las diferencias para contárselas a sus compañeras en casa: "Mis señores creen que han vuelto a casa porque comen con especias. Pero no saben que hay mil Orientes. El nuestro es el de la seda y la miel; este es el del hierro y el fuego. Ellos disfrutan del sudor que les provoca el picante, pero yo prefiero el sudor que provoca el sol de la tarde en el Gran Bazar. Esta comida es un viaje salvaje, pero yo solo quiero un viaje de vuelta a mi cocina". El pequeño acto de rebelión Después de probar esas "maravillas" que le ofrecieron, la sirvienta solía buscar agua de rosas o un poco de azúcar para quitarse el sabor de la soja o del chile. Al llegar a Calcuta, la sirvienta otomana sintió que finalmente había entrado en el "salón principal" de la casa de los ingleses en Oriente. En 1900, Calcuta no solo era la capital de la India británica, sino una ciudad de una grandeza monstruosa que la dejó abrumada. Para ella, Calcuta fue el lugar de los extremos insoportables: la mayor riqueza que había visto jamás y la pobreza más desgarradora, todo bajo un cielo de plomo. 1. "La Ciudad de los Palacios... y del Barro" Lo primero que la dejó boquiabierta fue la arquitectura blanca y colosal de los edificios coloniales británicos. El juicio: "Los ingleses han construido aquí una Londres de mármol blanco para que el sol no la queme. Es más grandiosa que la verdadera Londres, pero parece un cementerio de gigantes". El contraste: Caminar dos calles y pasar de un palacio neoclásico a un callejón donde la gente dormía en el suelo de tierra la horrorizaba. "En Estambul tenemos pobres, pero aquí parece que la miseria es un océano que intenta tragarse a los ricos". 2. Los Musulmanes de la India: "Nuestros primos lejanos" En Calcuta, el encuentro con la comunidad musulmana local fue su momento de mayor emoción. La observación: Al ver las mezquitas de estilo mogol, con sus cúpulas bulbosas y minaretes finos, se sintió en un mundo familiar pero "exagerado". El pensamiento: "Rezan como nosotros, pero sus mezquitas parecen hechas de encaje de piedra. Y ellos... visten con sedas tan finas que parecen aire". Le asombraba ver a musulmanes con barbas teñidas de henna roja. "Caminan con una dignidad que ni el hambre les quita". 3. El Río Hooghly: "El agua sagrada y sucia" Ver el movimiento en el río la dejó hipnotizada. El juicio: "Este río no es agua, es una sopa de vida y muerte. Los hindúes se bañan en él, los barcos de la Reina lo cruzan y las cenizas de los muertos vuelan sobre él". Comparado con la limpieza azul del Bósforo, el río de Calcuta le parecía un monstruo marrón. "Nuestra agua es para navegar; la de ellos es para el alma, pero ¡qué sucia está el alma de este río!". 4. Los Sirvientes Indios: "Los fantasmas de blanco" Como ella misma era una sirvienta, su mirada se dirigía siempre a sus "colegas" locales en las grandes mansiones y hoteles. La observación: Veía a legiones de hombres vestidos de blanco inmaculado, descalzos, moviéndose sin hacer el más mínimo ruido. El sentimiento: "Son como sombras. Los ingleses les gritan y ellos ni parpadean. Me duele ver cómo inclinan la cabeza tanto, casi hasta tocar el suelo. Yo soy una sirvienta, pero soy una mujer libre bajo el Sultán. Estos hombres parecen prisioneros en su propia tierra". 5. El Olor de Calcuta: "Incienso y Sudor" Calcuta tenía un olor que se le quedó grabado en la memoria para siempre. La descripción: "Huele a jazmín fresco, a sándalo quemado, a bosta de vaca y a la humedad de mil años". Le gustaba el olor de las especias en los bazares, que por fin olían a "hogar", pero la densidad del aire la agotaba. "Es una ciudad que te abraza tan fuerte que te termina asfixiando". La conclusión en el muelle de Calcuta Cuando sus patrones decidieron que era hora de seguir el viaje, ella miró por última vez la silueta de la ciudad desde el barco y pensó: "Calcuta es una joya que los ingleses han robado y han puesto en un altar de barro. Es hermosa y terrible a la vez. He visto a musulmanes que parecen reyes y a reyes que parecen esclavos de los ingleses. Me voy con el corazón pesado, pero con la nariz llena de clavo y canela. Ya falta menos para ver los minaretes de Estambul, los únicos que de verdad tocan el cielo sin pedir permiso a nadie". Qué pensás de las mezquitas de la India Para la sirvienta otomana de 1900, las mezquitas de la India (como la Jama Masjid de Delhi o las grandes mezquitas de Calcuta) fueron el descubrimiento más impactante de su viaje. Después de ver las "mezquitas-teatro" de París o las mezquitas-chimenea de Berlín, encontrarse con la arquitectura mogol fue como encontrar a un pariente rico, elegante y un poco extravagante que no sabía que tenía. Aquí tienes su veredicto desde los ojos de una hija de Estambul: 1. El Mármol vs. La Piedra: "Mezquitas de Nube" Acostumbrada a la solidez de las mezquitas otomanas (como la Mezquita Azul o Suleymaniye), que crecen hacia arriba con cúpulas de plomo gris, las de la India le parecieron irreales. La observación: "En Estambul, nuestras mezquitas son montañas de piedra que se asientan firmes sobre la tierra. Aquí, parecen hechas de nubes de mármol blanco y rayas rojas. Son tan ligeras que parece que si soplara un viento fuerte del Índico, se elevarían al cielo". El detalle: Le fascinaban los "bulbos" de las cúpulas. "Nuestras cúpulas son medias naranjas perfectas; las de ellos parecen flores a punto de abrirse". 2. El Patio Infinito: "Un desierto de oración" En Turquía, las mezquitas suelen ser espacios cerrados y protegidos del frío. En la India, el patio (sahn) es gigantesco. El pensamiento: "Aquí el techo es el cielo de Alá. Es extraño rezar donde el sol te toca la espalda, pero hay algo hermoso en ver a diez mil hombres postrados sobre el mármol caliente. Es como si la tierra entera fuera una alfombra de oración". La limpieza: Le asombraba cómo mantenían el mármol tan blanco bajo el polvo de la India. "Hay ejércitos de hombres con agua limpiando cada rincón. Tienen más respeto por el suelo de la mezquita que los ingleses por sus propios palacios". 3. Los Minaretes: "Lanzas de encaje" Para ella, un minarete otomano es una aguja afilada y sobria. Los de la India le parecían joyas decoradas. El juicio: "Nuestros minaretes son como lápices que escriben el nombre de Dios en el cielo. Los de aquí son como torres de un cuento de las mil y una noches, con balcones que parecen encaje de piedra. Son hermosos, pero ¡qué trabajo debe ser para el muecín subir esas escaleras con este calor!". 4. La Caligrafía y las Flores: "El jardín de piedra" Al entrar, buscó las inscripciones sagradas. La diferencia: En lugar de los grandes discos de caligrafía negra y oro de Estambul, vio incrustaciones de piedras preciosas formando flores. El veredicto: "Los indios aman las flores tanto que las han metido dentro del mármol. Es un paraíso de jardín congelado en la piedra. Me hace sentir que estoy en el jardín de un Sultán, no solo en una casa de oración". 5. La Gente: "El Islam de todos los colores" Lo que más le conmovía no era el edificio, sino la marea de gente. La observación: Veía a hombres con barbas teñidas de naranja (henna), túnicas de seda finísima y mujeres con saris que cubrían sus cabezas con una elegancia que ella no había visto en Occidente. El sentimiento: "Aquí no somos una minoría escondida en un barrio de Londres. Aquí somos un mar. Ver a mis hermanos indios llorar de fe frente al mihrab me hizo olvidar que estaba a miles de leguas de mi casa. Alá habla turco en mi corazón, pero parece que aquí habla una música dulce que también entiendo". La conclusión nostálgica Al salir de la mezquita de Calcuta, la sirvienta se ajustó su velo y miró hacia el Oeste, hacia el mar. "Los ingleses tienen sus cañones y sus trenes, pero los musulmanes de la India tienen estos palacios de oración que ni el tiempo podrá destruir. Si tuviera que elegir un lugar para morir lejos de Estambul, sería sobre este mármol blanco. Pero, ¡ay!, el aire de aquí huele demasiado a incienso y a multitud. Mi corazón sigue pidiendo el aire salado del Bósforo". Qué pensaba de las musulmanas de la India Para la sirvienta otomana de 1900, encontrarse con las mujeres musulmanas de la India fue como mirar a una hermana que vivía en una jaula de oro y seda. Aunque compartían la misma fe, el abismo entre las costumbres de Estambul (donde las mujeres empezaban a tener cierta presencia en las calles y comercios) y el rigor de la India la dejó profundamente pensativa. Aquí tienes su visión de las mujeres del "Raj" musulmán: 1. El Purdah: "¿Viven o solo esperan?" Lo que más le impactó fue el sistema del purdah (la reclusión total). En Estambul, ella salía al mercado, tomaba el vapor por el Bósforo y hablaba con los vendedores (aunque fuera con el velo). En la India, vio que las mujeres de clase alta apenas eran sombras tras las celosías. El juicio: "En nuestra tierra, el velo es una protección; aquí, parece una pared de piedra. Estas mujeres viven tras los 'jalis' (ventanas de piedra calada) mirando el mundo como quien mira un desfile desde una tumba decorada. Tienen mucha seda, pero muy poco aire". 2. El Velo de la India vs. el Velo de Estambul Ella usaba el çarşaf o un pañuelo recatado, pero en la India vio el Burka de cuerpo entero por primera vez de forma masiva. La observación: "Caminan como fantasmas blancos o negros por las calles de Calcuta. No se les ven ni los ojos. En Estambul, una mujer puede decir mucho con una mirada sobre su pañuelo; aquí, la mujer ha desaparecido por completo". El sentimiento: Sentía una mezcla de respeto por su piedad y una lástima secreta por su falta de movimiento. 3. La Elegancia del Sari y el Salwar Kameez Cuando tenía la oportunidad de entrar en las zonas privadas (Zenana) acompañando a su señora, quedaba deslumbrada por lo que había "debajo" del velo de calle. El asombro: "¡Qué colores! Usan hilos de oro real y sedas que parecen agua. Se adornan con anillos en la nariz y pulseras que suenan como música cuando caminan". La crítica de sirvienta: "Son hermosas como pavos reales, pero no saben hacer nada con sus manos. Se pasan el día comiendo dulces y escuchando historias. Si les pides que cosan un botón, se asustan. Son flores que se marchitarían si tuvieran que trabajar un solo día en una cocina turca". 4. La Piel y los Adornos: "El sol capturado" Le fascinaba el uso de la henna (mehndi) en las manos y los pies, que en la India era mucho más complejo que en su tierra. La observación: "Pintan sus manos como si fueran encajes. Y ese punto rojo o las joyas en la frente... parece que llevan un tesoro encima todo el tiempo". El pensamiento: "Tienen una paciencia infinita. Pueden estar horas sentadas mientras alguien les dibuja flores en la piel. Yo no tengo tiempo ni para sentarme a tomar el café; el mundo se mueve y ellas se quedan quietas, como estatuas de azúcar". 5. El Trato con los Hombres: "El silencio absoluto" Le sorprendía la extrema sumisión que percibía en el lenguaje corporal de las indias frente a sus maridos. El veredicto: "En mi casa, cuando el señor grita, la señora a veces responde con una mirada que lo calla. Aquí, ellas bajan la cabeza hasta que el hombre sale de la habitación. Son reinas dentro de su cuarto, pero sombras fuera de él". La conclusión de "hermana mayor" Al final de su estancia, la sirvienta otomana se sentía como una mujer "sabia y mundana" comparada con ellas. "Pobres hermanas mías de la India... tienen el mármol más blanco y las sedas más caras, pero no han visto los rascacielos de Nueva York ni han caminado por la nieve de Berlín. Alá les ha dado una paz que parece un sueño eterno, pero yo prefiero mis pies cansados de caminar por todo el mundo que sus pies cansados de no ir a ninguna parte". Qué pensaba con los ferrocarriles de la India Para la sirvienta otomana de 1900, los ferrocarriles de la India eran una de las mayores maravillas y, al mismo tiempo, uno de los mayores horrores de su viaje. En esa época, la red ferroviaria británica en la India era la más extensa de Asia, y ella la vivió desde la perspectiva de alguien que conocía el lujo del Orient Express, pero que aquí se encontraba con algo mucho más salvaje. Aquí tienes su visión de los trenes del "Raj": 1. "El Gusano de Hierro en la Tierra del Sol" Acostumbrada a los trenes europeos que cruzaban bosques y ciudades de piedra, ver un tren atravesando la selva o los campos infinitos de la India la dejaba perpleja. El juicio: "En Europa, el tren parece un señor que visita ciudades. En la India, el tren es un monstruo de hierro que corta la tierra a la mitad. El humo negro sale de la chimenea y se mezcla con el aire pegajoso, y parece que la máquina se va a derretir antes de llegar a la siguiente estación". 2. El Contraste de las Clases: "El Palacio y el Corral" Lo que más le impactaba era la diferencia abismal entre los vagones. La Primera Clase (sus patrones): Viajaba en vagones con ventiladores de techo, persianas de madera para el sol y asientos de cuero. "Los ingleses viajan como si estuvieran en su sala de estar, con sirvientes que les traen té con hielo en cada parada. Es un palacio que corre sobre rieles". La Tercera Clase (el pueblo): Lo que veía en los otros vagones la horrorizaba. "¡Alá nos proteja! La gente viaja colgada de las ventanas, sentada en el techo y apretada como aceitunas en un tarro. Hay cabras, gallinas y familias enteras compartiendo un espacio donde no cabe ni un suspiro. Es un corral humano que se mueve con el viento". 3. Las Estaciones: "El Juicio Final cada mañana" Las estaciones de tren como la de Victoria Terminus en Bombay o las de Calcuta le parecían visiones del fin del mundo. La observación: "No son estaciones, son ciudades enteras que gritan. Miles de personas durmiendo en el suelo, vendedores de agua, hombres gritando 'Chai, Chai!', y el olor... un olor a carbón quemado mezclado con curry y sudor que te marea". El miedo al extravío: Siempre se agarraba fuerte al brazo de otro criado o a los baúles de su señora. "Si te sueltas un segundo en este mar de gente, la India te traga y no vuelves a aparecer nunca". 4. La Tecnología Británica vs. la Realidad India Ella tenía una teoría sobre por qué los británicos habían llenado la India de trenes: El veredicto: "Dicen que los trenes son para el progreso, pero yo creo que los ingleses los pusieron porque tienen miedo de la tierra que pisan. Quieren cruzar la India sin tocar el suelo, protegidos por sus cajas de hierro y sus horarios. El tren es su cadena para sujetar a este gigante". 5. La "Bendición" del Té en el Tren A pesar de todo, había algo que disfrutaba: el ritual del té en las paradas. El alivio: "Cuando el tren se detiene en medio de la nada y aparece un hombre con una tetera de barro, ese primer sorbo de té con especias es lo único que te recuerda que todavía estás viva. Es el único momento en que el hierro del tren y el alma de la India se ponen de acuerdo". La conclusión ferroviaria Al bajar del tren después de un viaje de varios días, la sirvienta se sacudía el polvo rojo de su vestido y pensaba: "He cruzado América en tren y he cruzado Europa, pero solo en la India el tren parece estar vivo. Es una máquina que respira y sufre como un animal. Prefiero mil veces un barco, donde el mar es el que manda, que este camino de hierro que te lleva por el mundo pero no te deja ver el cielo sin que el humo te manche la cara". la visita de David y el Taj Mahal La visita al Taj Mahal fue el único momento de todo el viaje en el que la sirvienta otomana guardó silencio absoluto. Ella, que siempre tenía una crítica para el "hierro" de Nueva York o el "papel" de Tokio, se quedó sin palabras ante el mármol de Agra. Pero lo que hizo este momento especial fue la presencia de David, un joven guía (o quizás un secretario de la comitiva británica-india) que acompañó a sus patrones. La relación entre la sirvienta y David fue un baile de desconfianza y fascinación. Aquí tienes su relato de aquel encuentro: 1. El Taj Mahal: "Una oración petrificada" Cuando vio el mausoleo al amanecer, la sirvienta no pudo evitar llevarse la mano a la boca. El juicio: "He visto la Mezquita Azul y Santa Sofía, pero esto no parece construido por hombres. Parece que Alá sopló sobre el jardín y el rocío se convirtió en mármol blanco". La conexión: Por primera vez, entendió el alma de la India. "Dicen que un hombre lo hizo por amor a su esposa. En Estambul hacemos palacios para el poder; aquí los hacen para el recuerdo. Es una tumba que te dan ganas de estar viva para siempre". 2. David: "El joven que sabía demasiado" David era un indio educado por los ingleses (o un anglo-indio), joven, de modales impecables y que hablaba un inglés perfecto, pero que aún conservaba el brillo de Oriente en los ojos. La sospecha inicial: Al principio, ella lo miraba de reojo. "Míralo, con su traje occidental y su reloj de cadena, explicando nuestra propia historia a mis señores como si fuera un profesor de Londres. ¿Dónde ha dejado su turbante? ¿Se ha olvidado de quién es su gente?". El cambio: David, notando la curiosidad de la sirvienta, se acercó a ella y le explicó en un árabe tosco o por señas que las flores del mármol no estaban pintadas, sino que eran piedras preciosas incrustadas. El veredicto: "David es como el Taj Mahal: tiene piel de la India pero viste como los que mandan. Es un puente que camina. Me da pena y envidia a la vez; él pertenece a dos mundos, pero temo que no sea dueño de ninguno". 3. La lección de David bajo la cúpula Dentro del mausoleo, David le mostró cómo el sonido de un verso del Corán retumbaba durante segundos bajo la cúpula. La emoción: Cuando David recitó en voz baja, la sirvienta sintió un escalofrío. "Este muchacho, con su ropa de infiel, tiene la voz de un ángel cuando nombra a Dios. Me di cuenta de que, bajo ese frac negro, su corazón sigue siendo de mármol y fe". El gesto: David le regaló una pequeña piedra de río pulida como recuerdo. Ella la guardó en su bolsillo más secreto: "Es un pedazo de la India que me da un joven que parece un inglés. El mundo está muy mezclado, ya no sé qué es verdad y qué es mentira". 4. El "Pecado" de la Belleza Mientras David les explicaba la simetría perfecta del edificio, la sirvienta pensaba en la paradoja de la riqueza. La crítica: "Tanto mármol para una mujer muerta, mientras fuera de estos muros los niños piden pan en la calle. David dice que esto es arte; yo digo que es un suspiro de oro en medio de un grito de hambre. Pero, ¡ay!, qué hermoso es el suspiro". 5. La Despedida de David Cuando llegó el momento de volver al tren para ir hacia Bombay, David se despidió de la comitiva con una reverencia. El último pensamiento: "Le di las gracias con la cabeza, muy seria, como debe ser una mujer de honor. Pero en mi baúl guardo su piedra. David me enseñó que la India no es solo barro y trenes; es gente que guarda tesoros en la garganta y que sabe que, al final, solo el amor y el mármol se quedan cuando nosotros nos vamos". La piedra en el baúl Años después, en Estambul, cuando la sirvienta sacaba esa piedra, recordaba el sol golpeando el blanco cegador del Taj Mahal y la voz de David perdiéndose en el eco. |

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