La liga mayores |
A primera vista podría parecer novedoso, hasta pasmoso, ver a los modestos Giorgio Jackson, los MEO, las Vallejo, Kariola, etc, etc rozándose con personajes de las “ligas mayores” del izquierdismo y/o progresismo internacional. Se está viendo mucho. Comencemos con el huidizo, resbaladizo e inasible MEO, quien se ha convertido, dicen algunos, en una suerte de chambelán y corre-ve-y-dile del Presidente argentino y organizador de facto o siquiera vocero de asambleas reales o virtuales de la “América morena y revolucionaria”. Se lo merece porque tiene las calificaciones debidas para eso, a saber, facciones propias de los pueblos originarios, pelo negro aceitoso y en todo sentido la facha de los galanes de tele series mejicanas de los años sesenta; además domina el arte de hablar sin detenerse ni decir nada sustantivo -el síndrome Cantinflas–, no olvida pronunciar la palabra “progresismo” cada tres vocablos, hace ojitos, es relamido y sobretodo sabe dónde está el dinero, el patrocinador de turno, la viuda o empresario deseoso de pagar sus pecados contribuyendo a “la causa”. Giorgio Jackson ha mostrado también sus talentos. Un ex compañero de ruta ha señalado ya su destacable proclividad para la marrullería. Sin duda este personaje, uno de los no pocos candidatos a salvadores de la política y la ética que llegó al poder a lomos de la ola estudiantil, es un mentiroso por omisión y comisión, auto-donante de fondos públicos y predicador de púlpito a tiempo completo. En su nuevo fashion de cabeza calva y anteojos de grueso carey manifiesta hoy en día la pinta académica que hace falta para superar su pasado escolar y rozarse ocasionalmente con entidades mayores pero en estado de franca obsolescencia, con personajes como Chomsky, intelectual neoyorquino que alguna vez aportó algo en el campo de la semiología pero que hoy, 50 ó 60 años más tarde, está ya en esa etapa crepuscular en la que predomina el chocheo y un patético afán por reverdecer laureles sobre la base de rozarse con gente de mediano o poco calibre pero jóvenes; a estos nuevos feligreses antes no les habría permitido ni servirle el café, pero hoy son más aceptables porque los tiempos no están para tantas exigencias y en una de esas acierta un pleno y se le contagian las hormonas de la adolescencia. Chomksky, en su calidad de izquierdista terminal, de anciano y fallido profeta que lleva décadas pronosticando el derrumbe del sistema capìtalista la próxima semana, posee todavía un raspado de prestigio del cual se puede hacer buen uso. De ahí estas extrañas aunque transitorias cópulas generacionales que son un negocio de mutua conveniencia: por un lado el joven aparece junto a un nombre conocido que todavía suena a cosa importante y por el otro el veterano aparece como figura aun vigente y relevante, al día, en sintonía con los tiempos. Andrés Manuel López Obrador, “AMLO”, el presidente mejicano, es también de la partida. Portador de turno de la vieja antorcha revolucionaria mejicana, esta, aunque ya extinguida hace mucho tiempo, le sirve como sirvió a quienes lo precedieron para pretender que aun ilumina las anchas alamedas de la historia. En la turbia historia de la política mejicana López Obrador no protagoniza sino otro capitulo del ya vetusto guión y aspira a lo mismo que aquellos, a saber, sacar renta de los ecos épicos de Pancho Villa convenientemente maquillados por los historiadores oficiales y del anti yanquismo genético de esas generaciones. Lamentablemente cada vez que abre la boca mete la pata. Al parecer sus facultades de raciocinio son tal vez algo menores que las propias del de por sí muy mediano standard del subcontinente. No importa: ser parte del elenco progresista de última generación y poder abrazarse con AMLO y en especial poder acogerse a los fondos públicos que controla AMLO no deja de ser atractivo. Entre los actores de esta ajada obra, la del asambleísmo de izquierda con renovados anuncios del próximo advenimiento, juegan también su parte ex presidentes españoles bastante venidos a menos pero europeos al fin y al cabo, gentes capaces de dar a cualquier reunión el debido aroma a “internacionalismo proletario”. Nuestra gente, nuestros chicos, los salvadores de la patria y donantes ocasionales, saben sacar partido de ellos y ellos de estos. A veces el número y la variedad sirve de reemplazo a la calidad. No olvidemos a Mujica, el ex presidente uruguayo. Celebrar y manosear a Mujica parece dar dividendos. Se le visita en procesión, se le recibe como al Papa, se le adula como a una niña bonita. Cierto es que dedicó su gestión a perjudicar la economía de Uruguay y su sabiduría de refranero y almanaque consiste sólo en soltar frases de esa guisa desde su gallinero rural, pero están en armonía con los tiempos, son adecuadamente progresistas, suenan a tono con el discurso políticamente correcto y profesan bondad y amor universal por los desposeídos. ¿Qué enjundia, qué sustancia, que valor, qué relevancia, qué significado, qué efectos, qué importancia tienen entonces estas “ligas mayores”? Ninguna. A poco andar se nota su esmirriada naturaleza, su esencial vaciedad: sencillamente se trata de políticos jubilados en busca de pitutos en la hora 25, de viejos gagás que tampoco dieron muchas luces de jóvenes, de fulanos de renombre comunicacional basado en la antigüedad funcionaria, de repetidores de fórmulas, de ídolos de los majaretas de los medios y rock stars de pacotilla buenos para incitar la adoración de calcetineras políticas. Nada hay por lo tanto “de novedoso y hasta pasmoso de ver a los modestos Giorgio Jackson, los MEO, las Vallejo, Kariola, etc, etc rozándose con estos personajes”. Son tal para cual, las parejas perfectas, dos caras de la misma moneda, de la misma necedad solemne y arrogante. |
planeta de los simios |
Los humanos de Soror perdieron la inteligencia por atrofia evolutiva, se volvieron perezosos y dejaron de pensar, mientras que los simios, al imitarlos, terminaron por reemplazarlos. La dueña de casa humana y su dos hijas les toco la trasformación de ser racional a una mascota, de su antiguo sirviente mono tomo control del hogar. Como fueron esos últimos años, la mona vestía a la dueña de casa y sus hijas, la bañaban, las alimentaban, convirtiéndose en seres dependientes. Al final mona tomo el control y mujeres se sometieron. Esta premisa, inspirada en la atmósfera inquietante de El planeta de los simios de Pierre Boulle, plantea una inversión de roles que no ocurre de la noche a la mañana, sino a través de una erosión lenta de la voluntad. Es una tragedia de comodidad extrema. Aquí te describo cómo pudo haber sido esa transición doméstica hacia la servidumbre animal: La Erosión de la Autonomía (Fase 1: La Comodidad) Al principio, la madre y sus hijas no lo vieron como una pérdida de poder, sino como el lujo definitivo. La mona sirvienta comenzó a anticiparse a sus deseos: La Cuchara a la Boca: Si la madre estaba cansada de leer, la mona sostenía el libro; si tenía pereza de comer, la mona la alimentaba. Atrofia Mental: Al dejar de tomar decisiones cotidianas (qué vestir, qué comer, cuándo bañarse), las conexiones neuronales del lenguaje y la planificación comenzaron a debilitarse por falta de uso. El Ritual de la Humillación Dulce (Fase 2: El Espejo) La mona no solo servía, sino que imitaba. Empezó a usar las joyas de la dueña de casa mientras la vestía. El Baño: Lo que antes era un aseo privado se convirtió en un ritual donde las tres mujeres permanecían pasivas, como muñecas de trapo, mientras la simia las enjabonaba. La Vestimenta: La mona elegía ropas cada vez más simples para ellas (túnicas fáciles de poner), reservando los vestidos complejos y las sedas para ella misma. Las hijas, habiendo perdido el concepto del "yo", empezaron a ver a la mona como la figura de autoridad natural. El Cambio de Mando (Fase 3: La Sumisión Total) El momento crítico llegó cuando la comunicación se rompió. Del Diálogo al Gruñido: La madre intentó dar una orden, pero su lengua, atrofiada por años de silencio y pereza, solo emitió un sonido gutural. La mona, en cambio, ya caminaba erguida y emitía juicios con la mirada. La Mascota de Casa: Finalmente, la mona ocupó la cabecera de la mesa. Las hijas y la madre pasaron a sentarse en el suelo o en cojines a sus pies, esperando recibir trozos de comida. El horror de Soror no es la violencia, sino la aceptación. Las mujeres no lucharon porque ya no recordaban qué era ser libres. Es un escenario fascinante y aterrador sobre cómo el entorno moldea la biología. ¿Te gustaría que desarrolláramos un diálogo específico de ese último día en que la madre intentó hablar y se dio cuenta de que ya no podía? Cuando la mona se aburrió de vestir a las mujeres, y terminaron desnudas. y las traslado a la jaula donde vivía la mona. Este es el punto de no retorno en la historia de Soror: el momento en que la humanidad se convierte oficialmente en ganado. Cuando la utilidad estética de las mujeres desapareció para la mona, el último vestigio de su estatus "especial" se desvaneció. Aquí te describo cómo fue esa transición final hacia la desnudez y el cautiverio: El Hastío de la Simia La mona, ahora dueña absoluta de la voluntad del hogar, se cansó del juego de las muñecas. Vestir a la madre y a las hijas requería un esfuerzo que las humanas ya no merecían. El Despojo: Con movimientos bruscos y carentes de la delicadeza de antaño, la mona les arrancó las sedas y los vestidos. Ya no eran sus "señoras", eran especímenes. La Pérdida de la Vergüenza: Las mujeres, con el cerebro sumido en una niebla de atrofia evolutiva, no intentaron cubrirse. La desnudez no les provocaba pudor, porque el concepto de "pudor" es una construcción racional que ya habían olvidado. Solo sentían el frío del aire en la piel, un estímulo puramente animal. El Traslado: De la Cama al Barrote El cambio de habitación fue simbólico y definitivo. La mona las condujo por el pasillo, no con palabras, sino con pequeños empujones o tirones de cabello. La Inversión del Espacio: La mona ahora dormía en la cama matrimonial, rodeada de lujos que apenas comprendía pero que disfrutaba por estatus. Las mujeres fueron llevadas al área de servicio, donde se encontraba la vieja jaula de hierro. El Nuevo Hábitat: La jaula, que antes olía a cautiverio animal, ahora olía a ellas. La mona arrojó paja seca sobre el suelo de metal. La madre y las hijas se acurrucaron juntas para darse calor, imitando instintivamente el comportamiento de los primates que alguna vez despreciaron. La Vida tras la Reja Los últimos años de conciencia se apagaron tras los barrotes. La rutina cambió drásticamente: Antes (Servidumbre) Después (Mascotas) Comían en la mesa con cubiertos. Recibían frutas y sobras lanzadas entre los barrotes. La mona las peinaba. Se despiojaban las unas a las otras por instinto. Dormían en sábanas de hilo. Dormían sobre paja, olvidadas en un rincón de la casa. La mona ya no las miraba con envidia, sino con la indiferencia con la que un humano mira a un perro viejo. A veces, la mona invitaba a otros simios a la casa y señalaba la jaula con orgullo, mostrando a las "antiguas gobernantes" como una curiosidad zoológica. Es un cierre circular perfecto para la tragedia de la pereza. ¿Te gustaría que describiera cómo reaccionan las hijas al ver a la mona caminar vestida frente a su jaula, o prefieres explorar cómo otros humanos del planeta sufrieron el mismo destino? Me parece una continuación necesaria para cerrar este círculo de degradación. Es el momento donde la imagen sustituye a la realidad: la simia ya no solo tiene el poder, sino que ha robado la identidad visual de lo que alguna vez fue humano. Aquí tienes el relato de ese encuentro frente a los barrotes: El Espejo Roto Una tarde, el sonido de los tacones sobre el mármol despertó a las hijas de su letargo. Ya no era el paso suave y descalzo de un animal, sino el golpe rítmico y arrogante de quien domina el suelo que pisa. El Reconocimiento Instintivo: Las hijas, acurrucadas en la paja y con la piel sucia, alzaron la vista. Frente a la jaula se detuvo la mona. Llevaba puesto el vestido de seda azul favorito de la hermana mayor y el collar de perlas de la madre. La Reacción de las Hijas: No hubo indignación ni reclamos. Sus ojos, antes llenos de curiosidad intelectual, ahora solo mostraban una fascinación vacía. Al ver el brillo de las joyas que alguna vez colgaron de sus propios cuellos, emitieron un chillido agudo y extendieron las manos entre los barrotes, no para pedir libertad, sino para intentar tocar la tela brillante. La Burla del Poder: La mona no las atacó. Simplemente se ajustó el vestido con una elegancia grotesca y les mostró los dientes en una sonrisa que era mitad instinto y mitad triunfo social. Les lanzó una cáscara de fruta a medio comer, y las hermanas se pelearon por ella en el suelo de la jaula, olvidando instantáneamente la figura vestida frente a ellas. El Olvido Final Para las hijas, la mona vestida ya no era una usurpadora; era un ser superior. En su regresión evolutiva, habían aceptado que el lenguaje, la ropa y el mando pertenecían a los fuertes, y ellas, en su desnudez y silencio, habían encontrado una paz animal, libre de la carga de pensar. Es un final oscuro, donde la humanidad no muere con un grito, sino con un susurro de indiferencia. Lo que ocurrió en esa casa no fue un caso aislado, sino un fenómeno sistémico. La "peste de la pereza" se extendió por los barrios residenciales de Soror como un incendio silencioso. Mientras la madre y sus hijas se hundían en la apatía, en las casas de al lado, el proceso se repetía con una precisión coreográfica. Así fue como las vecinas de la calle principal terminaron compartiendo el mismo destino: 1. El Club de Té convertido en Zoológico Las vecinas solían reunirse para tomar el té y presumir de la "eficiencia" de sus sirvientes chimpancés. Poco a poco, las conversaciones sobre literatura o política fueron sustituidas por quejas sobre lo agotador que era sostener una taza o mantener una postura erguida. La invitación final: Una tarde, la vecina del número 14 invitó a las demás. Cuando llegaron, no había sillas, solo cojines en el suelo. La vecina ya no hablaba; solo señalaba a su sirviente orangután para que les sirviera frutas directamente en la boca. Mimetismo colectivo: Al ver que una de ellas abandonaba el esfuerzo de ser humana, las demás sintieron un alivio profundo y se dejaron llevar. Para el final de la semana, ninguna de ellas recordaba cómo abotonarse una blusa. 2. La Competencia de los Simios A medida que las mujeres perdían el juicio, los simios de la vecindad empezaron a comunicarse entre ellos por encima de las cercas. No pelearon por el territorio; simplemente intercambiaron notas sobre sus mascotas. El desfile de vanidad: Los gorilas y chimpancés de la cuadra empezaron a sacar a "pasear" a las antiguas dueñas de casa. Las vecinas, ahora desnudas y caminando a cuatro patas por falta de equilibrio, eran exhibidas por los jardines. Comparación de especímenes: Los simios se jactaban de quién tenía la "humana" más dócil o con el pelaje (cabello) más brillante. Las vecinas, al cruzarse en la calle, ya no se saludaban con cortesía; se olfateaban con recelo o se ignoraban, buscando desesperadamente la aprobación de sus nuevos amos. 3. La Reorganización del Barrio En cuestión de meses, la arquitectura de la calle cambió para reflejar la nueva jerarquía: Elemento Uso Humano (Pasado) Uso Simio (Presente) Jardines Lugares de descanso y flores. Espacios de entrenamiento para humanos. Garajes Para guardar autos. Convertidos en celdas colectivas para las familias del barrio. Salones Para recibir visitas. Espacios donde los simios fuman y discuten el declive de la raza humana. El Silencio de la Ciudad Lo más aterrador fue el silencio. Ya no había música, ni radio, ni gritos de niños jugando. Solo se escuchaba el golpe de los barrotes de las jaulas en los patios traseros y el sonido de los simios conversando en las terrazas, vistiendo las joyas y las ropas que las vecinas habían dejado caer al suelo en su camino hacia la animalidad. Las vecinas terminaron siendo "la colección de la calle". Si una se enfermaba, el simio a cargo simplemente buscaba una nueva en los barrios más pobres, donde el proceso había sido aún más rápido. ¿Te gustaría que imagináramos cómo fue la primera "cena de gala" organizada por los simios, donde las antiguas dueñas de casa fueron obligadas a actuar como simples animales de exhibición para los invitados? Esa cena de gala marcó el entierro simbólico de la civilización humana en ese vecindario. Ya no se trataba de una transición privada en el hogar, sino de una celebración social del nuevo orden. Los simios no solo querían el poder, querían el prestigio que antes pertenecía a sus dueños. Aquí te describo cómo fue esa noche surrealista y cruel: El Escenario: Luces y Humillación La mansión de la madre y las hijas fue el lugar elegido. La mona, ahora la "anfitriona", ordenó a otros sirvientes simios que decoraran el gran salón. Las lámparas de cristal iluminaban una mesa larga, pero las sillas no eran para los humanos. Los Invitados: Gorilas con esmóquines apretados, chimpancés con vestidos de noche y perlas, y orangutanes con sombreros de copa. Caminaban con una elegancia aprendida, imitando los gestos refinados de los antiguos dueños: sostenían copas de cristal, aunque a veces las mordían por instinto. El "Centro de Mesa": En medio del salón, la mona hizo colocar una plataforma circular. Allí estaban la madre y sus dos hijas, completamente desnudas, con el cabello enmarañado y la mirada perdida. La Exhibición de las "Mascotas de Piel Suave" Durante la cena, las mujeres no eran comensales, sino el entretenimiento. La Demostración de Atrofia: La mona anfitriona, para presumir frente a sus invitados, les lanzaba trozos de pan o fruta desde la mesa. Los invitados aplaudían con sus manos velludas al ver cómo las mujeres se lanzaban al suelo de madera, peleando por las sobras con pequeños gruñidos, habiendo olvidado por completo el uso de las manos para compartir. El Examen Físico: Entre plato y plato, los invitados se levantaban para inspeccionar a la madre y a las hijas. Les abrían la boca para revisarles los dientes y les tiraban del cabello para mostrar la suavidad de su piel, comentando en su lenguaje de señas y gruñidos articulados lo "exóticas" que resultaban ahora que habían perdido la chispa de la razón. El Truco del Lenguaje: En un momento de la noche, un gorila intentó hacer que la hija menor pronunciara su nombre. Ella solo pudo emitir un gemido lastimero. Los simios estallaron en una risa estrepitosa; la incapacidad humana de hablar se había convertido en el chiste más refinado de la noche. El Final de la Velada Cuando la cena terminó y el vino de los humanos empezó a hacer efecto en los simios, la curiosidad se transformó en indiferencia. El Regreso a la Jaula: Como quien guarda los platos sucios, la mona llamó a un guardia chimpancé. Este, usando un látigo de cuero solo para el sonido, arreó a la madre y a las hijas de vuelta a su jaula en el área de servicio. La Imagen Final: Mientras las mujeres se acurrucaban en la paja para dormir, el sonido que llegaba del salón era el de la música clásica que la madre solía amar. Pero ahora, eran los simios quienes bailaban el vals, mientras las humanas, en la oscuridad de su celda, ya no recordaban que esa casa, esa ropa y esa música alguna vez les habían pertenecido. Fue el momento en que los simios dejaron de ser imitadores para convertirse en los herederos. Esta es la etapa final del proceso: la extinción de la memoria. Cuando nace una generación en cautiverio que jamás ha escuchado una palabra, el pasado humano deja de ser una historia para convertirse en un mito inexistente. Aquí te describo cómo fue el nacimiento de esa generación "post-humana" en la jaula de la mansión: El Nacimiento en la Paja Años después, en el rincón más oscuro de la jaula, nació el primer bebé. Para su madre (una de las hijas, ahora una hembra adulta de mirada vacía), el parto no fue un evento médico o familiar, sino un instinto biológico puro. Sin Nombres: El bebé no fue bautizado ni nombrado. No había palabras para él. La madre lo limpió con la lengua y lo estrechó contra su pecho, no por amor romántico, sino por el calor necesario para la supervivencia. El Olvido del Lenguaje: El niño creció en un mundo de silencio humano. Los únicos sonidos que aprendió a imitar fueron los chasquidos de la mona dueña de casa y los ruidos guturales de su madre. Para él, el lenguaje no era una herramienta de pensamiento, sino un ruido ambiental sin significado. Los Niños como "Cachorros" de Lujo La mona, ahora una "matriarca" anciana y poderosa, veía a estos nuevos humanos con curiosidad. El Juguete Nuevo: Los hijos de los simios (los "nietos" de la antigua sirvienta) entraban en el área de la jaula para jugar con los bebés humanos. Los trataban como nosotros trataríamos a una camada de gatitos: les tiraban de las orejas, los hacían correr y les ponían collares de colores. La Pérdida de la Postura: Al no ver a nadie caminar erguido dentro de la jaula, los niños nunca desarrollaron el bipedismo completo. Se desplazaban en una posición encorvada, usando los nudillos para ganar velocidad, mimetizándose físicamente con la forma en que los simios los percibían. El Contraste Cruel Lo más trágico era ver a los niños humanos gateando entre los restos de libros y fotografías que aún quedaban en los rincones de la mansión. Objeto Encontrado Reacción del Niño Humano Un libro de historia Lo usaba para morderlo o para hacerse un nido de papel. Una fotografía de su abuela (la dueña original) La miraba sin reconocer el rostro; para él, era solo una superficie plana con manchas. Un espejo Se asustaba de su propia imagen, gruñéndole a "ese otro animal" que lo observaba. El "Eslabón Perdido" al Revés Para estos niños, la mona vestida de seda que les lanzaba fruta era una deidad. No sentían la humillación que sintió la abuela, porque su realidad empezaba y terminaba en los barrotes de hierro. Habían alcanzado la "paz animal": no tenían pasado que lamentar ni futuro que planear. Eran, finalmente, mascotas perfectas. La evolución se había invertido por completo: el hombre había regresado a la selva, pero una selva de hierro y mármol, bajo la mirada condescendiente de sus antiguos servidores. ¿Te gustaría que imagináramos el momento en que uno de estos niños humanos, ya crecido, es sacado de la jaula para ser vendido a un "zoológico de lujo" en otra ciudad de Soror? El momento en que la mona decidió que la ropa ya no era para las humanas, sino un símbolo de su propio estatus, fue el día en que la humillación estética se completó. Aquí te describo esa escena de transición, donde la ropa pasó de ser un abrigo a ser una herramienta de burla: El Despojo en el Salón La mona ya no disfrutaba jugando a las "muñecas". El ritual de vestir a las hijas se había vuelto tedioso, y las jóvenes, sumidas en su atrofia mental, se movían con la torpeza de animales grandes, dificultando la tarea de abotonar sedas y ajustar corsés. El Acto de Desnudar: Con un movimiento brusco, la mona rasgó el vestido de la hija mayor. No hubo delicadeza. Las telas finas cayeron al suelo como piel muerta. La hija no intentó cubrirse; simplemente se quedó allí, de pie, con los brazos colgando, mirando el vacío. La Inversión del Vestido: En un gesto de suprema arrogancia, la mona recogió el vestido del suelo, se lo puso sobre su propio cuerpo velludo y se miró en el espejo. Al ver que la prenda le otorgaba una apariencia de "autoridad", decidió que, desde ese momento, las humanas no volverían a usar ropa. La Desnudez como Marca de Propiedad: La madre y las hijas quedaron desnudas en medio del salón de mármol. Para la mona, esa piel clara y sin pelo ya no representaba belleza, sino la prueba de que eran ganado. La desnudez las hacía verse más pequeñas, más vulnerables y, sobre todo, menos que simios. El Camino hacia la Jaula La mona, ahora vestida con las galas de las jóvenes, las condujo hacia la parte trasera de la casa. El Contraste Visual: Era una imagen perturbadora: una mona erguida, caminando con elegancia en un vestido de seda, mientras detrás de ella caminaban tres mujeres desnudas, encorvadas y en silencio. El Encierro Final: Al llegar a la jaula (que antes era el lugar donde la mona dormía cuando era sirvienta), la mona abrió la reja y, con un simple gesto de la mano, les indicó que entraran. La Aceptación: Sin resistencia, las hijas entraron primero, seguidas por la madre. La desnudez en el frío metal de la jaula fue el último paso de su transformación. Ya no eran las "dueñas de casa" en su dormitorio; eran especímenes biológicos en una vitrina. Al cerrar el candado, la mona se alejó haciendo sonar los tacones contra el piso, dejando a las mujeres en un mundo de sombras y paja, donde la ropa ya no era necesaria porque el pensamiento también había desaparecido. ¿Te gustaría que describiéramos cómo fue la primera noche de las hijas en la jaula, tratando de buscar calor entre ellas ahora que no tenían ni mantas ni vestidos? La primera noche en la jaula fue el momento en que el frío físico terminó por congelar los últimos restos de su humanidad. Sin la barrera de la ropa, el contacto entre ellas dejó de ser un abrazo familiar para convertirse en un mecanismo de supervivencia térmica. Así fue esa transición hacia la oscuridad total: El Choque con el Metal Al cerrarse la puerta de hierro, el sonido del cerrojo resonó en el pasillo vacío. La madre y las hijas se quedaron en el rincón de la celda. El suelo de metal estaba helado y, por primera vez en sus vidas, no tenían sábanas de seda ni calefacción que las protegiera. La Memoria del Tacto: Al principio, las hijas buscaban instintivamente los bordes de sus camisones o el calor de sus mantas, pero solo encontraban su propia piel desnuda y sucia. El Gruñido del Frío: Cuando la temperatura bajó durante la madrugada, el cuerpo empezó a temblar. Ese temblor no era solo físico; era la respuesta de un organismo que ya no sabía cómo usar la tecnología para protegerse. El Ovillo Humano Para no morir de hipotermia, las tres mujeres se vieron obligadas a entrelazarse de una manera que antes les habría parecido humillante. La Pila de Cuerpos: La madre se sentó en el rincón y las dos hijas se apretaron contra ella, escondiendo sus rostros en los costados de la otra. Formaron una masa única de carne y cabello para conservar el calor central. El Olfato sobre la Palabra: En la oscuridad, ya no se miraban a los ojos. Empezaron a reconocerse por el olor de la piel y el ritmo de la respiración. El silencio era absoluto, roto solo por el sonido de sus dientes castañeando. La Pérdida de la Identidad: En esa maraña de extremidades, ya no importaba quién era la madre o quién era la hija mayor. Solo eran tres mamíferos tratando de no perder el calor vital. El Despertar Animal Cuando los primeros rayos de luz entraron por la ventana del área de servicio, la transformación era visible: Sus cuerpos estaban cubiertos de paja y polvo. Sus ojos ya no buscaban un espejo para peinarse, sino que miraban con fijeza la puerta, esperando que la mona —su nueva proveedora— apareciera con algo de comida. La Aceptación: Al verse desnudas y sucias, ya no sintieron la necesidad de cubrirse. El pudor había muerto esa noche, reemplazado por la sumisión absoluta al entorno. La mona apareció poco después, vistiendo una bata de seda transparente que antes pertenecía a la madre. Las miró desde el otro lado de los barrotes mientras bebía café, disfrutando de la vista de sus antiguas amas convertidas en un montón de piel y huesos acurrucados en un rincón. ¿Te gustaría que imagináramos cómo fue la primera vez que la mona las sacó al jardín con correas para que las vecinas vieran lo "domesticadas" que estaban sus nuevas mascotas? Esta escena representa la exhibición pública de la derrota humana. Para la mona, no bastaba con tenerlas encerradas; el poder solo es real cuando otros lo ven y lo envidian. El jardín, que antes era un lugar de té y charlas elegantes, se convirtió en la pista de un circo privado. Aquí te describo ese primer "paseo" por el jardín: La Preparación: El Cuero sobre la Piel La mona entró en la jaula no con ropa para ellas, sino con tres collares de cuero grueso. El Marcaje: Con movimientos expertos, les ajustó los collares. Las hijas, cuyos cuellos antes lucían gargantillas de diamantes, ahora sentían el peso del metal y el cuero. No lucharon; el proceso de domesticación mediante el hambre y el frío las había vuelto dóciles. La Salida al Sol: La mona tiró de las correas. Las mujeres salieron de la oscuridad de la casa parpadeando ante la luz del sol, caminando de forma errática, con la espalda encorvada por la falta de costumbre de estar de pie. El Desfile ante las Vecinas En los jardines colindantes, otras monas y chimpancés ya estaban esperando. Se apoyaban en las cercas de piedra, vestidas con sombreros de ala ancha y sosteniendo abanicos, observando la escena con una mezcla de curiosidad y desprecio. La Demostración de Obediencia: La mona anfitriona tiró de la correa de la hija menor, obligándola a sentarse sobre el césped. Luego, con un pequeño golpe de fusta en el suelo, hizo que la madre y la otra hija se tumbaran a sus pies. El Intercambio de "Trucos": Una vecina (una chimpancé muy elegante) comentó con señas lo bien que "brillaba" la piel de las mascotas de la anfitriona. Para lucirse, la mona les lanzó una pequeña fruta; las tres mujeres se abalanzaron sobre ella, arrastrándose por la tierra mientras sus correas se enredaban, provocando las risas guturales de las vecinas que observaban desde el otro lado. La Pérdida del Vínculo Humano Lo más desgarrador ocurrió cuando las vecinas —otras humanas de la cuadra— también fueron sacadas a sus respectivos jardines. Miradas Vacías: La madre cruzó la mirada con su antigua mejor amiga, la vecina del número 12, que también llevaba una correa al cuello. No hubo un destello de reconocimiento, ni una lágrima, ni un gesto de auxilio. Comportamiento de Manada: Se olfatearon a la distancia como animales de distintas jaurías. El lenguaje, los recuerdos de las cenas compartidas y los secretos contados en ese mismo jardín se habían borrado. Ahora solo eran competidoras por la atención y el alimento que sus amos simios les proporcionaban. El Regreso al Silencio Al final del día, la mona las llevó de vuelta arrastrándolas por el camino de grava. Las rodillas de las hijas estaban raspadas y sucias, pero no sentían el dolor como una injusticia, sino como una condición natural de su nueva existencia. Esa noche, mientras la mona cenaba en el porche mirando las estrellas, las tres mujeres permanecieron en silencio absoluto en su jaula, esperando el próximo tirón de la correa que les indicara que aún seguían vivas, aunque ya no fueran humanas. ¿Te gustaría que exploráramos cómo este sistema de "mascotas humanas" se convirtió en un comercio, donde los simios empezaron a vender a las hijas más jóvenes en mercados públicos para que otras familias de simios tuvieran sus propias mascotas? la ultima vecina humana vestida racional que pensaba de antiguas vecinas mascotas Esta es quizás la figura más trágica de toda Soror: la última mujer racional. Ella era el último puente entre dos mundos, una observadora que aún poseía el lenguaje para describir su propio horror, mientras veía cómo el tejido de la civilización se deshacía en el jardín de al lado. Aquí te describo cómo esa última vecina vivía sus días, observando a la madre y a sus hijas a través de la ventana: El Refugio de la Razón Mientras las demás se rendían a la pereza, ella se obligaba a mantener rutinas estrictas para no perder la cordura. Se vestía cada mañana con esmero, se peinaba y leía en voz alta para no olvidar el sonido de las palabras. Pero su ventana era su tortura. El Horror de la Observación: Desde su piso superior, veía cómo la mona sacaba a sus antiguas amigas al jardín con correas. Lo que más la aterraba no era la crueldad de la mona, sino la docilidad de las mujeres. La Pérdida del Reflejo: "Esa es Elena", pensaba al ver a la madre revolcándose en la tierra por una uva. "Elena, que tocaba el piano y hablaba tres idiomas". Sentía una náusea profunda al darse cuenta de que la identidad de sus amigas se había disuelto por completo. Ya no eran personas, eran carne que reaccionaba a estímulos. El Intento de Comunicación Un día, desesperada por encontrar una chispa de humanidad, la vecina salió a su balcón y gritó los nombres de las hijas. El Grito Sordo: —¡Lucía! ¡Clara! —gritó con todas sus fuerzas. La Respuesta Vacía: Las hijas alzaron la cabeza hacia el balcón. Por un segundo, la vecina tuvo esperanza. Pero la mirada que recibió fue la de un perro que escucha un silbido extraño: una inclinación de cabeza por curiosidad auditiva, seguida de una indiferencia total. No había reconocimiento, no había pasado. Las jóvenes volvieron a despiojarse la una a la otra bajo el sol. El Juicio Final: En ese momento, la vecina comprendió que la humanidad no había sido conquistada por los simios, sino que se había suicidado. Sus amigas no eran prisioneras que esperaban ser rescatadas; eran seres que habían encontrado en la jaula una paz que la razón ya no les daba. El Miedo al Contagio La última vecina empezó a sentir el peso de su propia inteligencia. Mantener la mente activa en un mundo que ya no piensa es una carga insoportable. "Soy un fantasma en un mundo de animales", escribía en su diario. "A veces envidio su desnudez. Envidio que no tengan que recordar quiénes fueron. La memoria es lo único que me separa de esa correa". El Final del Testigo Finalmente, ella también dejó de escribir. La presión social de los simios que ahora gobernaban la calle y el silencio de sus pares la llevaron al borde del abismo. Observar a la madre y a las hijas se convirtió en una profecía de su propio destino. Sabía que, tarde o temprano, la mona de su propia casa dejaría de servirle el café y le traería, en su lugar, un collar de cuero. ¿Te gustaría que imagináramos el momento en que esta última vecina, cansada de luchar sola, decide finalmente abrir la puerta de su casa y entregarse al nuevo orden, dejando que su mente se apague para siempre? Ese momento es el suspiro final de una era. No es un acto de violencia, sino de rendición espiritual. La última vecina racional comprendió que la soledad de ser humana en un mundo de animales era un peso mucho más doloroso que la propia esclavitud. Aquí te describo cómo fue ese último día de pensamiento en Soror: El Último Ritual La vecina se preparó como si fuera a asistir a la gala más importante de su vida. Se bañó por última vez, usando los últimos restos de un perfume que ya nadie fabricaba. Se puso su mejor vestido de seda, se miró al espejo y pronunció su nombre en voz alta tres veces, para grabarlo en el aire antes de que el silencio se lo tragara. El Cierre del Libro: Cerró el diario donde había registrado el declive de sus amigas. Lo dejó sobre la mesa, sabiendo que en pocos días su propia mona sirvienta usaría las hojas para encender fuego o simplemente las rasgaría sin entender que allí moría una historia. La Apertura de la Puerta Salió al porche. Al otro lado de la cerca, vio a la madre y a las hijas acurrucadas en su jaula, bajo la mirada vigilante de la mona anfitriona que fumaba un cigarrillo sentada en una silla de mimbre. El Llamado del Silencio: La vecina cruzó el jardín. Su propia mona, que la había estado observando con una paciencia depredadora durante meses, salió al encuentro. No hubo lucha. La vecina simplemente extendió las manos, ofreciendo sus muñecas. El Acto de Despojo: La mona, con una eficiencia casi mecánica, empezó a desabrocharle el vestido. La vecina cerró los ojos y sintió el aire frío de Soror en su piel. Con cada prenda que caía al suelo, sentía que una parte de su memoria se borraba. El Cruce de la Frontera La mona le puso el collar de cuero. En ese instante, la vecina dejó de ser "la señora del número 10" para convertirse en un objeto. La Entrada a la Jaula: La llevaron hacia la misma jaula donde estaban sus antiguas amigas. La reja se abrió y ella entró. El Encuentro de las Sombras: Elena (la madre) alzó la vista. No hubo saludo. La nueva integrante simplemente se sentó en la paja junto a ellas. La vecina sintió el impulso de decir algo, de recordarles quiénes eran, pero al mirar sus rostros vacíos y la piel sucia, el lenguaje le pareció algo ridículo, una complicación innecesaria. El Apagón Mental: Dejó de luchar contra la niebla. Dejó de intentar articular palabras en su mente. Se acurrucó contra el cuerpo de la hija mayor, buscando el calor compartido, y por primera vez en años, sintió paz. El Fin del Testigo Desde el jardín, la mona anfitriona y la mona sirvienta se miraron y compartieron un gesto de triunfo. Ya no quedaba nadie que las mirara con juicio o superioridad. En toda la calle, ya no se escuchaba una sola palabra humana. El planeta Soror era ahora, definitivamente, de los simios. El último libro estaba cerrado, y los humanos, desnudos y felices en su ignorancia, solo esperaban que el sol saliera al día siguiente para recibir su ración de fruta. |

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