viernes, 27 de septiembre de 2019

Negacionismo, Dogmatismo


Negacionismo, Dogmatismo


17 Septiembre 2019

Las épocas de cambios “valóricos” lo son también de transformaciones semánticas. Muchas palabras son re-interpretadas, algunas simplemente proscritas, modismos idiomáticos nuevos reemplazan a los habituales y se inventan  vocablos o se modifica el significado de algunos de los existentes. 
Es un proceso inevitable porque las palabras no son meros equivalentes sonoros de las cosas sino expresan posturas frente al mundo, el modo como es percibido, perspectivas y actitudes; en especial es lo que ocurre en la interpretación y evaluación de los actos del prójimo. Hay veces cuando estas modificaciones semánticas reflejan una más perfecta comprensión de su naturaleza, como ocurre en las ciencias físico-matemáticas con las palabras “espacio” y “tiempo”, las cuales tienen hoy significado muy distinto al que tenían cuando imperaba la concepción newtoniana del mundo físico, pero normalmente las trasformaciones de significado suceden en el ámbito de la acción humana.
Véase lo que sucede con el vocablo “negacionismo”.Originalmente fue concebido en Alemania para calificar a quienes se negaban a aceptar los abrumadores hechos del holocausto, pero ahora, en Chile, se emplea para describir a quienquiera dude o someta a examen las creencias del progresismo.  Este desplazamiento del reproche desde el castigo de la negación de hechos al castigo por la negación de creencias es típico de épocas cuando una ideología se apodera de un número sustantivo de feligreses, quienes terminan por depositar en ella no sólo sus pensamientos sino además sus pasiones y necesidades psicológicas, esto es, convierten un sistema de ideas la doctrina de una FE. Fe, o sea una convicción absoluta acerca de la naturaleza de las cosas.
Eso trae consecuencias; la convicción absoluta de lo que sea la Verdad entraña necesariamente una convicción absoluta de lo que es Falso, lo cual, a su vez, multiplica el número de los pecadores caídos en el error porque no hay simetría cuantitativa entre ambos polos; la verdad es “una sola”, mientras lo falso abarca todas las posibles entidades distintas a dicha verdad, convertida ya en Dogma. Simultáneamente lo ajeno al dogma deviene necesariamente en falsedad, mentira, maldad, porfía y eventualmente, hoy, en “negacionismo”. De esto derivan aun más consecuencias: quien niega una verdad evidente y deslumbrante no puede sino ser quien no sólo se obstina en su ceguera, sino además lo hace por mala voluntad, un afán de destruir lo que es “correcto”, por una voluntad de sabotear, esto es, finalmente, por pura maldad. Es el momento en que ya hemos desembocado en la metafísica: la Verdad es el Bien y por tanto lo falso es el Mal. De ahí se deriva que quien niega, duda, sospecha o contradice la verdad es, a fin de cuentas, agente del MAL. El negador ya convertido en negacionista es al mismo tiempo un activista del Mal y en dicha calidad tiene que ser castigado: la ley tiene que sancionarlo, los “progresistas” han de funarlo, lo que haga o diga tiene que ser prohibido, debe ser aislado, neutralizado. En casos extremos debe ser aniquilado.
El “negacionismo” es entonces un término que no se limita simplemente a describir a quien no cree, sino también lo califica, marca, condena y separa de la comunidad, de los piadosos creyentes, de la gente buena, de los que apoyan el progreso, en última instancia lo excluye de la raza humana. Adicionalmente con dicho acto que expulsa a los pecadores del Paraíso de la Buena Fe se fortifica y reafirma la creencia que el descreído niega; en efecto, todo dogma es tanto vez más sagrado e indiscutible cuanto más aleja de sí a quienes lo discuten, tanto más confiable en su verdad cuanto más desconfía de los que se hacen preguntas, tanto más acogedor de almas necesitadas de dogmas mientras más espíritus rebeldes rechaza y castiga. Ante tal Verdad no se rechaza simplemente una Verdad distinta, sino la discusión misma para averiguar la verdad se hace ociosa y sospechosa, intolerable y punible, el primer, sinuoso e hipócrita paso hacia la negación. Completado el círculo de esta dialéctica rabiosa y feroz, el presuntamente agredido por la falta de fe del prójimo se encuentra en condiciones de legítimamente agredir por la Fe y para la Fe.


Planeta de los simios.


Flojera cerebral en los humanos en la novela el planeta de los simios.




Es fascinante cómo Pierre Boulle, en su novela original de 1963, plantea una crítica social mucho más ácida y cínica que la que solemos ver en las adaptaciones cinematográficas. La "flojera cerebral" o pereza intelectual es, de hecho, el motor que permite la caída de la humanidad y el ascenso de los simios.

Aquí te explico cómo se manifiesta este fenómeno en el libro:

La Paradoja del Progreso
En la novela, la humanidad no cae por una guerra nuclear o un virus (como en las películas), sino por su propio éxito tecnológico.

La comodidad como trampa: Los humanos alcanzaron un nivel de automatización y bienestar tan alto que dejaron de esforzarse. Las máquinas y, eventualmente, los simios domésticos, empezaron a hacer todo por ellos.

Atrofia mental: Al no tener que resolver problemas, el cerebro humano comenzó a atrofiarse. La curiosidad desapareció, el arte se volvió superficial y la ciencia se detuvo.

El "mimetismo" simiesco: Mientras los humanos se volvían más pasivos, los simios (que servían en las casas) empezaron a copiar los comportamientos humanos. Aprendieron por observación mientras el hombre olvidaba por falta de uso.

La Reflexión de Pierre Boulle.




El autor utiliza esta "flojera" para decirnos algo incómodo: la inteligencia no es un derecho de nacimiento, sino un músculo que debe ejercitarse. En el libro, cuando el protagonista Ulysse Mérou llega a Soror, se horroriza no porque los simios sean "malvados", sino porque son un espejo de lo que el humano dejó de ser. Los simios de la novela son extremadamente conservadores y poco creativos; simplemente mantienen la civilización que el humano, por pereza, abandonó.

"Un cansancio cerebral se apoderó de la especie humana... una falta de ganas de luchar, de aprender, de ser." — Reflexión implícita en la narrativa de Boulle.

La caída del hombre en la novela el planeta de los simios

La novela original de Pierre Boulle (1963) ofrece una visión mucho más cínica y filosófica sobre la "caída del hombre" que las adaptaciones cinematográficas. Mientras que en las películas solemos ver un desastre nuclear, en el libro la caída es evolutiva y psicológica.

Aquí te detallo los puntos clave de este declive según la obra:

1. La Teoría de la Evolución Inversa
En la novela, no hay una guerra que aniquile a la humanidad de golpe. Lo que ocurre es un proceso de entropía espiritual y mental. Los humanos, al alcanzar la cima del confort y la tecnología, se volvieron perezosos.

Delegación de tareas: Los hombres empezaron a confiar todo a los simios (limpieza, cocina, trabajos industriales).

Atrofia mental: Al no tener que esforzarse, el cerebro humano comenzó a atrofiarse. La curiosidad desapareció.

Mimetismo: Mientras el hombre se volvía más animal, el simio, por imitación y necesidad, empezó a desarrollar el lenguaje y la estructura social.

2. El Papel de la Memoria y el Instinto
Boulle sugiere que la inteligencia no es un derecho divino, sino un músculo que, si no se usa, se pierde. En la novela, se descubre que los humanos en el planeta Soror conservan reflejos condicionados de su pasado civilizado (como vestirse o realizar gestos de etiqueta), pero han perdido la chispa de la razón.

"Todo lo que nos hizo humanos —la literatura, el arte, la ciencia— no fue destruido por una bomba, sino por el desuso."

3. El Simio como el "Heredero Natural"
La caída del hombre es la ascensión del simio. No fue una rebelión violenta al estilo de Spartacus, sino una transición natural:

Los simios empezaron a caminar erguidos para alcanzar las herramientas de sus amos.

Aprendieron a hablar escuchando las órdenes de los humanos.

Finalmente, un día, el hombre simplemente dejó de mandar y el simio tomó el control por pura inercia.

















martes, 24 de septiembre de 2019

Convergencia Progresista



La izquierda converge hacia una nueva y flamante denominación. Ahora no es más la Nueva Mayoría tal como ha dejado de ser tantas cosas, tal como dejó de ser Concertación, de ser Unidad Popular, de ser Frente de Acción Popular, etc.

Una y otra vez su oferta cambia de nombre para desprenderse del fracaso asociado a sus anteriores pieles semánticas y simultáneamente ocultar lo que siempre ha sido y siempre ha pretendido, la construcción del socialismo. En suma, tras tantos trasvestismos verbales la izquierda ya no se atreve a llamarse por su nombre, al socialismo se lo disfraza como progresismo, al comunismo ni siquiera se lo menciona y la dictadura popular no es ya más dictadura sino como dijo memorablemente Saint Just, uno de los líderes de la revolución francesa, el “forzar al ciudadano a ser libre”.

Para este ejercicio de travestismo e hipocresía se escogió una palabra muy adecuada, “progreso” y su avatar activista, “progresismo”. “Progreso” tiene excelente prensa desde el siglo de las Luces hasta el día de hoy. ¿Quién podría estar en contra? El progreso o más bien la palabra que lo menta es exitoso en sí mismo. No necesita explicación, justificación, porque entraña necesariamente el pasar de un estado de cosas a otro mejor. El socialismo, en cambio, carece de esa virtud inmanente porque la experiencia histórica ha asociado dicho término, al contrario, a toda la variedad posible de fracasos y por eso todo el tiempo necesita explicaciones: se fracasó por culpa del “culto a la personalidad”, se fracasó por la acción siniestra del imperialismo, se ha fracasado porque se instauró en el país indebido, ha fracasado porque necesita más tiempo, fracasa porque no se dieron las condiciones, fracasa por el sabotaje de los fachos, etc. Podría decirse que el mayor y único éxito del socialismo ha sido su fertilidad para dar explicaciones acerca de su fracaso.

Amén de sus virtudes intrínsecas y automáticas, el vocablo es el más adecuado para ponerse en sintonía con el talante mental de la izquierda, la cual, como toda Fe, instila en sus feligreses la convicción de ser portadores de la Verdad Revelada, Absoluta e Innegable. La verdad revelada es, en este caso, sinónimo del progreso; en efecto, puesto que cada una de las aseveraciones del sector sobre cada materia o tema posible es INDUDABLE, de ello se sigue que aceptarlas y ponerlas en práctica equivale necesariamente a progresar. Al mismo tiempo, sin embargo, esta Fe, como toda Fe, es susceptible a las herejías. Siendo tan vagos, difusos y contradictorios los dogmas, tan incomprobables por medio de la lógica o el sentido común, es también de entera necesidad que surjan las más diversas interpretaciones acerca de su verdadera” naturaleza. Recuérdense las serias diferencias sectarias nacidas en la Cristiandad desde el siglo III y siguientes relativas a la naturaleza de Cristo. Todos estaban de acuerdo en que era hijo de Dios, pero, ¿cómo se traducía esa filiación en lo relativo a su sustancia? ¿Era simultáneamente humana y divina? ¿Era solamente divina y su presencia como hombre torturado y crucificado una farsa? ¿Era sólo humano? ¿Era de sustancia parecida pero idéntica a la del Señor? La Iglesia trató repetidas veces de subsanar esas diferencias mediante concilios ecuménicos tal como hoy la izquierda -el “progresismo”– lo intenta con reiterados llamados “ a la unidad”. También el nuevo nombre de la coalición intenta lo mismo pues no puede hablarse de convergencia si no hay previamente disidencia, distancia. “Convergencia Progresista” es entonces no sólo una nueva marca registrada sino una invocación para que la mercancía que menta la marca llegue a adquirir realidad. ¡Converged hermanos, a ver si recuperamos el poder! También podría considerarse el nuevo término como un breve obituario pues si acaso hay divergencias que se desean hacer converger es porque no hay ya una doctrina sólida y central que sea ella misma la razón de ser de la izquierda y mantenga a sus fieles natural y tácitamente unidos. Quizás el sólo hecho de no estarse usando la palabra debida, “izquierda”, indica que no se sabe ya qué se estaría mentando con aquella.

Seguidores