miércoles, 14 de octubre de 2015

Fernando Villegas entrevistado por revista Caras


Fernando Villegas entrevistado por revista Caras




2 de junio de  2017

En cierta ocasión, una señora muy elegante y distinguida se apersonó en la consulta de Pedro Engel. Abrió la puerta e ingresó a aquel recinto rebosante de incienso, libros, iconos, duendes, brujitas, amuletos, y, por supuesto, cartas de tarot.
La mujer se sentó con mucha delicadeza. Puso una pierna sobre la otra y dijo con cierta solemnidad: “Don Pedro, yo vengo a que usted me vea”. Él la observó detenidamente durante muchos minutos, guardando silencio absoluto. “¿Y las cartas?”, preguntó ella.

“Usted me dijo que la viera a usted y eso estoy haciendo”, contestó él. “No, yo quiero que me vea el pasado, el presente y el futuro”, replicó la dama. “No sé, le juro que no sé eso que usted me pregunta”, dijo Engel.
No lo hizo con afán irónico, bromístico ni lúdico: le dijo a la dama la verdad. El taro, según el modo de ver las cosas que posee Engel, es un oráculo que merece todo el respeto de las personas: para invocarlo y consultarlo hay que tener dudas o conflictos concretos que requieran Las orientación de las cartas.

Pedro Engel lleva muchos años dedicados al estudio de este saber que aprendió de niño y que aún no deja de producirle asombro y emoción. Atiende a sus múltiples clientes en su oficina -una suerte de choza barroca y hechizante- y además participa en el programa matinal RTU. Este año lanzó el libro Tarot básico (editado por Zig-Zag), que arroja luces prácticas a la vez que envolventes acerca de esta práctica.

La capacidad de contactar a la gente con lo primitivo, con algo profundo e inexplicable, es lo que le gusta del tarot. No lo galla para nada un reemplazante del diván psiquiátrico y lo ve mucho más como un juego que como una terapia.

– ¿Qué le parece a usted el boom que actualmente tiene el tarot en este país?

– A mí me gusta que el tarot esté de moda, que se conozca, que ya no esté escondido bajo siete velos en las escuelas esotéricas. Es lindo que la gente lo use de forma cotidiana: que esté junto a otras cosas. Aparentemente hay una frivolización del conocimiento oculto, y eso me gusta. Es rico que, así como podemos jugar a hartas cosas, podamos jugar también al tarot.

– Tiene, entonces, una dimensión muy lúdica esta práctica.

– Claro, es como un juego. Y con el tarot los adultos hemos vuelto a jugar. Hay que pagar, claro que sí, pero no importa tanto eso, porque a veces pagas lo mismo por hacerte rayitos. La cosa de la plata es ambigua. Y lo más importante es tener actitud de juego. Es muy interesante que, de repente, gerentes o presidentes de grandes industrias vengan aquí como a jugar; que dejen su racionalidad y se enfrenten a unas cartas, a jugar, a preguntar. Detrás de eso hay una sabiduría un poquitito perdida en la civilización de cemento.

– ¿Cómo así?

– El tarot de pronto te conecta con mitos, con símbolos y arquetipos que te hacen recordar otra época, en la que el ser humano  vivía como con más contacto con el amor, con la diosa, con la naturaleza, con símbolos. A mí me da lipiria cuando veo en las revistas qué hay cinco mil quinientos tarotistas, pero también lo encuentro rico: es como el boom de las peluquerías. De repente en todos los barrios empezaron a aparecer peluquerías donde tiñen, hacen rayitos y todo. Y la gente aprendió a soltarse mad trenzas, a jugar con su pelo y a ser más sensual. Que todo el mundo lea el tarot es beneficioso, porque es como que se pudieran de moda las lapiceras Mont Blanc y, gracias a eso, la gente aprendiera a usar cosas buenas.

– O sea que lo de la moda es algo ambiguo.

– Claro. A mí el tarot me lo enseñaron de chico y vengo de una familia como bien esotérica, si tú quieres, de raíces muy profundas en lo místico, y el tarot era una posibilidad más de autoconocimiento y de encontrarse.

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¿DE QUÉ TE SIRVE?

– Usted trabaja en la televisión, además.

– Sí y me gusta que el tarot esté entre el shampoo Linic, la revista Caras y el pollo King; que el tarot sea parte de la vida de las personas, que no esté un señor por allá arriba leyéndolo. Yo creo que el mundo necesita un poco de magia. Sin la magia, esta civilización estaría destruída. Hay que devolver al mundo al oráculo. El oráculo es algo tan antiguo, que tiene que ver con la sanación, con conocerse a sí mismo, con jugar…

– Con creer en algunas cosas…

– Sí, pero más que con creer, tiene que ver con jugar. Es un momento. Muchas veces llega gente y me pregunta si puede grabar la sesión. Yo le digo que no le va a servir, porque la sesión es el juego que tenemos ahora. Es como grabar una sesión del casino. ¿De qué te sirve? El tarot es una magia que se produce en un momento, y quizás alguna noche conectes eso con otra cosa que has pensado y reflexionas.

– ¿Y usted le adivina cosas a la gente?

– No, yo nunca le leo el tarot a los que me dicen “dígame algo”. Yo no coopero con la flojera espiritual del ser humano. Si tú quieres leerte el oráculo, me traes anotadas tus preguntas y me tienes que decir para qué quieres abrir el oráculo. Nada de eso de echarlo para ver qué nos dice. Porque el oráculo es como una brújula, una orientadora, un amigo antiguo y sabio, un modelo del cosmos que sirve para orientarte dentro de lo que te está pasando en ese momento. Pero primero uno tiene que ubicarse y saber dónde está, y eso se hace a través de las preguntas.

– Pero supongo que hay personas que vienen para preguntarle qué va a pasar pasado mañana o si se van a resbalar con una cáscara de plátano; o sea, con vaguedades.

– Si la pregunta es precisa, le puedo responder. Si no, no. Y les digo que no les puedo contestar. Más que adivinar, me doy cuenta que las personas, cuando toman contacto con los arquetipos, los monos, los dibujos del tarot, les van pasando cosas, y la respuesta no es lo importante. La respuesta final la entiende la persona. Van pasando cosas y el tarot te va orientando. Es como una conversación contigo. Es un mapa que te muestra que si te vas por ahí te pasa esto, y si te vas por allá te pasa esto otro. Es como pagar una hora de tu tiempo, que quizás, si no la pagas, no te la das para reflexionar sobre qué hago frente a tal cosa.

SECRETOS DE ALMOHADA

– ¿Qué tipo de orientación es la que brinda el tarot?

– Yo creo que es como consultar con la almohada. Como cuando a veces tienes una duda y sientes que no has actuado bien frente a tal situación o sientes que estás en la duda de si lo que te ofrecen te interesa. Es como si mañana te llamaran de otra revista y te ofrecieran el triple de tu sueldo. Seguramente, quedarías en ascuas. Si juegas con el tarot, te va a mostrar algunas cosas, y así puedes ir viendo qué va a pasar si tomas ese camino y te arriesgas. El tarot te orienta en cosas que son útiles. Por ejemplo, yo tengo varios clientes que son de grandes empresas y parece que el tarot es un buen asesor de negocios, incluso de la Bolsa. Otros llegan con problemas espirituales o religiosos. O viene una empleada que quiere saber si se cambia o no de trabajo, o un taxista que quiere saber si se compra el Lada o no, etc. Ahora, como dice Jung, los oráculos no se ofrecen acompañados ni de pruebas ni de demostraciones ni de alardes de nada. A la gente que le interesa el autoconocimiento, que lo use. El que lo halle una idiotez está en todo su derecho.

– ¿Cuáles son, a su juicio, los espíritus más reacios a entrar en diálogo con el tarot?

– Tuve una experiencia hace poco que me da harta pena. Yo trabajo en el Canal 11, que lo quiero harto, y me invitó Ricardo Israel, a quien también aprecio mucho, al programa Domicilio conocido. Estaba ahí este pelucón, Fernando Villegas, con una amargura impresionante, haciendo este papel de enfant terrible: fíjate que me cometió una falta de respeto tan grande. A mí me invitaron para una sección que va al medio y que es como para amenizar un poco el debate político. Cuando me tocó a mí, Villegas me dice: “¿Se gana plata vendiendo la pomada a las viejas ociosas?”. Yo me tupí, porque yo no había ido para eso. Yo no tengo ningún interés en defender nada. No creo que haya verdades absolutas. La verdad no existe: para cada cual hay una propia. Y me di cuenta que Villegas es el prototipo de personaje de la sociedad de hoy: amargo, no cree en nada, se ríe de todo; como que tiene  una amargura tan grande en el alma. Esa gente es imposible de reencantar, como que ya la magia no tiene nada que hacer ahí.

Fernando Villegas Apocalíptico
Posted on: October 22nd, 2015 by Paula Palacios
No se cansa de despotricar en contra del gobierno y de todo lo que huela a sus reformas. A juicio del escritor, columnista y “comentarista político” Fernando Villegas (66), la Presidenta y su gente ha conducido al país a una verdadera debacle con su “proceso revolucionario”, lo que no se cansa de repetir en su programa Las cosas por su nombre junto a Cecilia Pérez en radio Agricultura, y en una menor medida lo hacía como panelista de Tolerancia Cero.

Por lo mismo, lo han tildado de momio, facho, loco, pero al sociólogo y autor de más de quince libros, poco y nada le importa. Asegura que no es ni de aquí ni de allá, tanto así que en sus años mozos votó por Allende, fue miembro del Movimiento Revolucionario Manuel Rodríguez —hasta que se aburrió de la izquierda por considerarlos una “tropa de huevones”— y en las últimas presidenciales se inclinó por Evelyn Matthei. “Es una mujer bien habilosa, aunque sabía que ganaría Bachelet; bueno todos sabíamos. Ahora, que iban a hacer una cagada tan grande, ¡eso no se sabía!”.

—¿Tan mal ve la cosa? 
—Estamos en la etapa intermedia de la debacle en que el fenómeno que parte masivamente empieza a restringirse, las grandes concentraciones se convierten en asambleas, las asambleas en comités y la gente se vuelve más radical y extrema. Lo vimos en el Caupolicán: los sectores más jóvenes radicalizados pifiando a los oficialistas por traidores y maricones; la Presidenta haciendo el papel de Mao Tse-tung… Estamos en el momento en que se obcecan más en sus creencias y nos aproximaremos al Thermidor, que es el momento en que se acabará esta cuestión.

—¿Cuándo y cómo terminaría?
—El cómo, no sé. Pero estos procesos siempre terminan. En Francia el thermidor fue cuando a Robespierre le cortaron la cabeza. Para allá vamos, hasta ahora se ha cumplido todo. Esto partió hace 10, 15 años con las discusiones valóricas, con el tema del divorcio; luego se fue al plano de las instituciones, de las acciones políticas y explotó con los estudiantes a quienes sacaron a la calle.

—¿Quiénes?
—No lo sé con exactitud, pero no pasa que de un día para otro los niñitos se levantaron con ganas de marchar por la calidad de la educación.

—Había un descontento acumulado, el empoderamiento ciudadano es mundial.
—Eso del empoderamiento es mitológico, la gente no está empoderada en nada. El poder es la capacidad de manipular instituciones de manera consciente y planificada, y las masas nunca lo han tenido; son usadas por éste como grupos de choque, tal como utilizaron a los estudiantes. ¿O me vas a decir que esos pililos con pantalones a medio culo estaban preocupados de la educación?

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—¿A su juicio, entonces, Bachelet estaría usando a la calle para legitimar sus reformas?
—Para la izquierda, las mayorías, las masas, son su razón de ser. Ahora resulta que tampoco tienen mayoría, entonces ya no es la ciudadanía, el pueblo soberano, sino grupos organizados que se toman la representación de éste y se legitiman con ese discurso. El 75 por ciento dice que no le gustan las reformas, que no cree en Bachelet. Lo bueno que todas estas cosas tienen un punto final.

—¿Cuánto falta para eso?
—Uno, dos años, para las próximas elecciones podría ser, si es que no alcanzan a atornillarse con un mecanismo de autoperpetuación del poder, con un populismo 2.0 que es más vasto, organizado y sistemático. Ahora tenemos una máquina estatal invadida por 80 mil personas nuevas, que tienen más medios para repartir, bonos y generan clientelas enormes.

—¿Eso estaría pasando ahora?
—¡Sí, po! Es cosa de prender la tele y ver a una mujer “X” conduciendo, y te preguntas ¿de dónde salió esta mina? Y así van copando, copando… Es una especie de infiltración a gran escala.

—¿Con qué fin, para instalar un gobierno marxista como dijo Tomás Mosciatti?
—Es la gran pregunta. No es socialismo, es otra cosa que está empezando a gestarse; un mix entre populismo extenso, autocracia —gobiernos que se perpetúan— con mecanismos de vigilancia, en que al pueblo se le da pan y circo para aplacar a la masa en estado de ebullición y con mayor capacidad de hacer daño, en sociedades cada vez más frágiles. Venezuela es un experimento fallido.

—¿En serio ve tanta maquinación?
—No, estos son procesos naturales, cada cual se acomoda en su pequeño ambiente, y estos miles de acomodos generan un cuadro nuevo.

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El tema político le entusiasma, no así referirse al abrupto final de Tolerancia Cero tras la partida de Fernando Paulsen y Matías del Río. “Nunca tengo sentimiento con mis pegas. Los programas van y vienen; no hago reflexiones”.

Mientras se ordena el pelo, y toma un café en una de las oficinas de CHV, Villegas retoma la contingencia. Dice que esta vez la Presidenta volvió con una postura más radical. “Ella fue formada en la RDA, es una beata de la izquierda, que no salen de sus convicciones hasta que mueren. Este es su gobierno, no así el anterior, y volvió a hacer una revolución, ¡aunque no saben de qué! Hablan de justicia, equidad, ¡¿qué es esa huevada?! Si los obligas a desentrañar su pensamiento, ¡los desarmas!”.

—Hay todo un conglomerado apoyando.
—La DC hace berrinches, pero siguen ahí porque tienen pega. De esos 80 mil que entraron a la administración pública, ¿cuántos son DC?, ¿ocho mil, diez mil? No se pueden ir pa’ la casa, quedan todos sin pega.

—¿Por qué la Presidenta prefirió esta vez gobernar con gente sin experiencia política?
—¿Y qué experiencia tienen los gallos de arriba? Cuando oyes a Bachelet, ¿te da la impresión de una persona de gran inteligencia? Ella y su gente sacaron la teoría de la explosión social, del derrumbe del capitalismo y llegaron con sus medidas a “salvarnos”, promoviendo la igualdad. Todo este proceso revolucionario lo escribí hace años en mi libro Apokalypsis, el problema es que me adelanto tanto, que después nadie se acuerda. Sufro el síndrome de Casandra.

—¿Por eso votó por Matthei?
—Es habilosa aunque ya la catalogaron de loca. En este país, los inteligentes son todos locos. Los del gobierno se sienten tan esenciales y mesiánicos, que creen que el 75 por ciento de rechazo es porque la gente ¡no entiende!

—¿Para usted pierde legitimidad un gobierno con 25 por ciento de apoyo?
—Eso se piensa en una democracia normal, pero cuando tienes uno de tipo ideológico, esas consideraciones son menores. En el lenguaje de los convencidos, escuchar a la gente no tiene cabida. Y siguen adelante asumiendo el costo social.

—¿Cuál es ese costo?
—La economía no crece, la cesantía…

—El desempleo no ha subido.
—Lo estabilizaron con los 80 mil gallos nuevos del Estado; levantas una piedra y salen 400 burócratas que, ¡no sirven para nada! Ignorantes.

—¿Y se relaciona la delincuencia con este “proceso revolucionario” del que habla?
—Hace 15 años predije que habría un colapso social porque estaban fracasando todos los mecanismos de sociabilización en Chile. ¿Viste la cagá en el Carnaval de los tambores en Valparaíso? Es un ejemplo cuando los cabros no reciben ninguna formación. La delincuencia se debe a eso y a la falta de represión policial.

—¿Le preocupa Chile?
—Ya no; ya lo analicé, pensé y resolví. Llego a mi casa, me meto a mi cueva y escribo libros. Vivo bajo arresto domiciliario.

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—¿De qué manera podría detenerse este proceso de “debacle” que predice?
—¿Cómo se detiene un tsunami? No se puede ya… La ola tiene que hacer su recorrido, después hay que recoger los restos y reconstruir.

—¿Qué debiera renacer de todo esto?
—Quizás el país llegará a tal nivel de anomia social, jóvenes analfabetos, colapso en la educación, aumento en la delincuencia, economía en el suelo, que puede que se pegue una reconversión espiritual y tire a la basura a la izquierda.

—¿Seguirá La Nueva Mayoría?
—¡Absolutamente!, si tienen a miles de viejas en las poblaciones recibiendo bonos, jóvenes ignorantes y el control de los medios de comunicación. Porque a TVN ya lo convirtieron en el diario La Nación.

—MEO lidera hoy las encuestas.
—Chucha, ¡ahí me voy de Chile! Ese huevón entregará la soberanía nacional. Es un demagogo puro; se tiñó hasta las canas para verse más maduro. Hay que generar un movimiento de reconstrucción nacional. Debemos cambiar nuestras estructuras mentales, culturales y reconstruir conforme a la razón. Ser un país que trabaja en serio, que no fataliza a los ricos, no pisotea a los pobres y donde los estudiantes, ¡estudian!

—¿A quién ve liderándolo?
—Alguien tendrá que iniciarlo. Y debe incluir a todos los chilenos que tengan sentido común sobre cómo debe funcionar un país para que crezca y sea próspero. Sin embargo, nadie piensa en eso, sólo les importa la lógica partidista, así es que, ¡váyanse todos a la chucha! Esta es mi frase final.

El primer contacto formal y de gran impacto de París con la gastronomía japonesa ocurrió, precisamente, en la Exposición Universal de 1867, pero el hito que cambió todo para tu historia fue la Exposición Universal de 1900.

El primer "Restaurante" Japonés: El Pabellón de 1900

Aunque hubo pequeños cafés de estilo japonés antes, el primer lugar donde la élite parisina (y tu familia de magnates) pudo comer de forma estructurada y lujosa fue el restaurante del Pabellón de Japón en la Exposición de 1900, ubicado cerca de la Torre Eiffel y el Trocadero.

La experiencia: No era solo comida; era una inmersión total. Las nietas habrían sido atendidas por camareras vestidas con kimonos de seda, en un edificio de madera traído pieza a pieza desde Japón.

El menú: Se servía por primera vez de forma masiva el Sashimi (pescado crudo) y el Tempura. Para las nietas, era el colmo de la sofisticación; para la abuela, era comer "pescado muerto sin el rito del fuego".

El restaurante "fijo": Takara (El heredero)

Si hablamos de un restaurante fuera de las ferias, el nombre que domina la historia es Takara. Aunque su sede actual data de 1946 (siendo el más antiguo de Europa en funcionamiento), sus raíces se remontan a la fascinación que nació en 1900. Antes de eso, solo existían los "Cafés Japonais", donde se servía más té y sake que comida compleja.

La reacción de la Abuela ante el "Sushiman" de 1900

Imagina a las nietas arrastrando a la abuela al Pabellón Japonés en 1900. La abuela entra en la estructura de madera, mira el suelo de tatami y los biombos de papel, y su mente estalla:

Sobre el edificio: "¿Cómo puede un magnate traer a su familia a comer a una casa hecha de papel y palitos? Un soplo del desierto y esta civilización desaparecería".

Sobre el pescado crudo: Al ver el Sashimi, se habría negado en redondo. En su cultura, el fuego no solo cocina, sino que purifica. Comer carne o pescado crudo le parecía algo propio de gentes que aún no habían recibido la revelación de la civilización. "Hija mía, hasta los beduinos más pobres encienden una llama. Vosotros pagáis oro en París para comer como los que no tienen fuego".

Sobre los palillos: Ver a sus nietas luchar con los hashi (palillos) mientras ella usaba sus dedos (la forma tradicional árabe, que ella consideraba más limpia y directa) le producía una risa amarga. "Os han quitado los cubiertos de plata para daros dos astillas de madera. Y lo llamáis progreso".

El detalle de la "Yerna"

La yerna, queriendo ser la más moderna de París, probablemente compró en la Exposición vajilla de laca roja y negra para servir aperitivos en el palacete de la Avenida Foch. Para la abuela, la laca (que es resina de árbol) era sospechosa: "Coméis en platos hechos de resina de bosque... ¿dónde quedó el barro cocido y el cobre de nuestros padres?".

Primer restaurante chino

El descubrimiento de la comida china en el París de 1900 fue otro golpe cultural para la abuela. A diferencia de la estética delicada y "limpia" de los japoneses, la cocina china de la época le resultaba a la matriarca un caos de olores fuertes, texturas viscosas y mezclas que desafiaban toda lógica del desierto.

El origen: El Pabellón Chino de 1900

Al igual que con lo japonés, el gran debut fue en la Exposición Universal de 1900. En el pabellón chino (cerca del de Japón), se instaló una casa de té y restaurante donde se servían platos que para la élite parisina eran el colmo del exotismo.

Sin embargo, el primer restaurante chino "real" y con sede fija en París fue Soulié (o el restaurante de la Maison de la Chine), aunque el más legendario que las nietas habrían frecuentado poco después fue el Thiounn o los pequeños locales que empezaban a aparecer en el Barrio Latino.

El pensamiento de la Abuela: "¿Qué hay en ese cuenco?"

Si el restaurante japonés le parecía "frágil", el restaurante chino le resultaba "sospechoso". Para una mujer que seguía las leyes de la Taqiyya pero también las del Halal (comida permitida), la cocina china era un campo minado:

El misterio de la carne: En la cocina árabe, tú ves el cordero, ves la pieza. En la cocina china de 1900, todo venía picado, salteado o envuelto. La abuela sospechaba de todo: "Hijo, en esa tierra comen todo lo que se mueve, desde el cielo hasta el fondo del mar. ¿Cómo sabes que ese trozo de carne dulce no es algo que Dios prohibió nombrar?".

El agridulce: La mezcla de azúcar con carne le parecía una aberración. "Habéis perdido el juicio. El dulce es para el postre, la sal es para la vida. Mezclar ambos es como mezclar la verdad con la mentira".

El "Dragón" en la mesa: Ver la decoración de dragones y deidades chinas en los platos le producía un rechazo casi físico. Para ella, eran ídolos. Comer en un plato decorado con un dragón le parecía rozar la idolatría que el Islam tanto combatió.

La escena: Las nietas y el "Arroz Tres Delicias"

Imagina a las nietas, emocionadas tras su visita a la Exposición, intentando describirle a la abuela las texturas de los dim sum o la sopa de nido de golondrina:

Nieta: "¡Abuela, es seda en la boca! Los chinos cocinan con el vapor, como si las nubes tocaran la comida".

Abuela: "¿Nubes? Eso que llamas seda es una masa babosa que oculta un secreto. Los chinos son gente antigua y sabia, pero su sabiduría es de la tierra, no del cielo. Prefiero un trozo de pan seco de Damasco, que sé que ha sido bendecido, a un banquete de cien platos donde no puedo reconocer ni una sola semilla".

El detalle de los "Palillos" (Nuevamente)
Si con los japoneses los palillos eran "finos", con los chinos la abuela veía la voracidad. Ver a sus nietas inclinarse sobre un cuenco de arroz (en lugar de sentarse erguidas en una mesa de banquete) le hacía sentir que estaban perdiendo la postura de damas nobles.

La crítica final: "En París os han enseñado a comer como los que tienen prisa, como los que no tienen raíces. Un día coméis pescado crudo con los japoneses, otro día raíces con los chinos. Al final, vuestro estómago será un mapa del mundo, pero vuestro corazón estará vacío de vuestra propia tierra".

Primer restaurante indio.

El descubrimiento de la cocina india en el París de 1900 fue, para la abuela, el colmo de la confusión geográfica y espiritual. Si Japón era "frágil" y China era "sospechosa", la India era para ella un reflejo distorsionado y "pagano" de su propio mundo.

El origen: El Pabellón de las Indias Británicas (1900)

Aunque hoy París está lleno de restaurantes indios, en 1900 la experiencia se limitaba casi exclusivamente a la Exposición Universal. En el Trocadero, el pabellón de las Indias Británicas ofrecía una mezcla de opulencia colonial y sabores exóticos.

El impacto: Fue la primera vez que la familia del magnate probó el curry (o lo que los británicos llamaban curry) y los chutneys.

La estética: Las nietas quedaron fascinadas por el uso de los hilos de oro en los manteles y los sirvientes con turbantes que recordaban a sus propios ancestros, pero con un aire "hindú" que la abuela encontraba alarmante.

El juicio de la Abuela: "Especias que mienten"

Para la abuela, la comida india era un ataque directo a los sentidos. Su reacción se dividía en tres críticas feroces:

1. El exceso de Especias (El "Fuego" falso)

En Damasco, las especias se usan para realzar la carne; en la India (según ella), se usaban para ocultarla.

Su pensamiento: "Estas gentes queman la lengua para que el alma no sienta. En nuestro hogar, el comino y el azafrán son caricias; este curry es un incendio. ¿Qué pecado intentan ocultar bajo tanto picante que ya no distinguís el sabor de la bendición de Dios?".

2. La "Idolatría" en la Mesa

A diferencia de los chinos, que eran "extraños", los indios tenían una relación con lo sagrado que a ella le producía escalofríos.

El horror: Al ver representaciones de elefantes o dioses con muchos brazos en las decoraciones del pabellón, la abuela se cubría más el rostro con su velo. "Coméis en la sombra de ídolos de piedra. ¿Habéis olvidado que nuestro linaje destruyó las estatuas para que solo quedara el Único? Ahora pagáis francos para sentaros a la mesa de los que adoran a las criaturas en lugar de al Creador".

3. El parecido peligroso

Lo que más le irritaba es que algunas cosas se parecían a la comida árabe (el pan plano como el naan, el arroz con especias), pero tenían un giro que ella consideraba "corrupto".

La crítica: "Es como si alguien hubiera tomado nuestra cocina y la hubiera vuelto loca. Usan el arroz para hacer montañas de colores imposibles. Es un carnaval de comida, y la comida es algo serio, no una función de circo".

La Escena: El Picnic en el Campo de Marte

Imagina a las nietas comprando té chai y dulces indios cargados de azúcar y cardamomo en el pabellón para llevarlos al carruaje donde espera la abuela.

Nieta: "¡Prueba esto, abuela! Tiene el mismo olor que el mercado de especias de Damasco".

Abuela (tras olerlo apenas): "Huele a Damasco, pero sabe a exilio. El cardamomo es nuestro, pero ese azúcar está quemado por manos que no rezan hacia la Meca. Me traéis los sabores de mi infancia envueltos en el papel de un imperio que nos desprecia. No quiero vuestro té de las Indias; quiero el silencio de mi patio donde el té sabía a hospitalidad, no a novedad de feria".

El detalle del Magnate

El hijo (el magnate) disfrutaba de estas cenas indias porque le daban un aire de "Soberano de Oriente". Los franceses lo miraban como si él fuera un Maharajá, y a él le gustaba esa confusión de poder.

La abuela decía: "Te dejas llamar príncipe de las Indias porque te gusta el brillo, pero un príncipe que no sabe distinguir su propia mesa de la de un extraño termina perdiendo su reino por un plato de lentejas picantes".

Para la abuela, ver a su familia disfrutar de restaurantes japoneses, chinos e indios en París era la prueba de que se habían convertido en "coleccionistas de sensaciones". Habían dejado de tener una cultura para tener un menú de degustación.

Esta es la respuesta definitiva de la abuela a la "frivolidad de los palillos" y a las "nubes de vapor" asiáticas. Para ella, cocinar no es un pasatiempo, es un acto de resistencia soberana.

El plato elegido es el Kashk-e Bademjan (un guiso de berenjenas, nueces y kashk) o quizás un Haleem de cocción lenta, pero ella lo lleva al extremo: decide preparar Kibbeh Nayyeh y Kibbeh en su versión más compleja (Safarjalieh), que requiere una molienda y una paciencia que desafían el ritmo del París de 1900.

Día 1: La Purificación del Espacio

La abuela entra en la cocina del palacete como un general en territorio ocupado.

El destierro: Ordena al chef francés y a los ayudantes que salgan. Limpia los mármoles con agua de rosas y sal, murmurando oraciones para "espantar los humos del vino y la grasa de cerdo" que ella cree que impregnan las paredes.

El rito del mortero: Desprecia las picadoras mecánicas que su hijo compró. Saca su enorme mortero de piedra traído de Oriente. El sonido del rastro de la piedra golpeando el metal resuena por toda la Avenida Foch. "La carne debe conocer la mano humana para ser digna del alma", dice a sus nietas, que la miran aterrorizadas desde la puerta.

Día 2: La Arquitectura del Sabor

Mientras París corre afuera hacia la Exposición Universal, dentro del palacete el tiempo se detiene.

El tacto: La abuela pasa horas amasando el trigo burgol con la carne, buscando la textura de la seda, pero una seda "con sangre y tierra", no la seda japonesa.

La lección: Obliga a sus nietas a sentarse con ella. Les quita los guantes de encaje y les sumerge las manos en el agua fría y la carne. "Sentid esto. Esto es vuestro linaje. No se come con palillos como si tuvierais miedo de tocar la vida; se construye con los dedos". Las niñas, que esa noche tenían una cena en el Ritz, terminan con las uñas manchadas de especias y el aroma del cardamomo pegado a la piel.

Día 3: El Sacrificio y el Triunfo

Es el día del banquete. El aroma de las berenjenas asadas al carbón (que ha hecho encender en el patio, para horror de los vecinos parisinos) inunda la casa.

El enfrentamiento: El magnate llega con socios franceses, esperando un catering elegante. Se encuentra con la abuela presidiendo una mesa baja, con fuentes de barro que desprenden un vapor denso, oscuro y fragante.

El "Exorcismo": No hay cubiertos de plata. Solo pan plano, hecho a mano, que actúa como cuchara. La abuela mira a los invitados franceses como si fueran bárbaros que necesitan ser educados.

El Resultado del Exorcismo

El "Pecado" Moderno El "Exorcismo" de la Abuela
Sushi (Japón) Kibbeh: Carne compacta, cocida por la mano y la sal, con peso y destino.
Dim Sum (China) Berenjena asada: El sabor del fuego directo, sin el "engaño" del vapor.
Vino de Burdeos Sherbet de Hibisco: Frío como el mármol, rojo como la pasión, pero puro.

La Sentencia Final

Al final de la cena, cuando los socios franceses están sudando por las especias y el calor del guiso, y las nietas están exhaustas de tanto amasar, la abuela se limpia las manos en un paño de lino y dice:

"Habéis pasado tres días quejándoos porque os duelen los brazos. Pero ahora, por primera vez en meses, vuestro estómago no tiene dudas. No habéis comido 'exotismo', habéis comido Verdad. En este plato no hay modas de feria ni inventos de cocineros franceses. Hay tres mil años de mujeres que supieron alimentar a sus hijos sin necesidad de un manual de París. Ahora, id a vuestro baile si queréis, pero recordad que lleváis dentro la fuerza de la piedra, no la ligereza del papel japonés."

Esa noche, las nietas fueron a la Ópera. Pero por más perfume que se pusieron, el olor a comino y carne asada emanaba de sus poros. El exorcismo había funcionado: podían vestir de Worth, pero por dentro, eran de nuevo las hijas de Damasco.




Que piensa expreso de oriente



Para la abuela, el Orient Express no era un tren; era una "serpiente de hierro" diseñada para robarle el alma a su familia. Ella lo consideraba la forma más peligrosa de la modernidad porque lograba lo imposible: conectar París con Constantinopla sin que uno llegara nunca a tocar el suelo que pisaba.

Aquí tienes su juicio implacable sobre el tren más lujoso del mundo:

1. El pecado de la Velocidad

Para una mujer que recordaba las caravanas de camellos que tardaban meses en cruzar el desierto, la velocidad del tren era una blasfemia contra el tiempo de Dios.

Su pensamiento: "Dios hizo el mundo grande para que el hombre tuviera tiempo de pensar mientras lo recorre. Este tren es para los que tienen prisa por llegar al juicio final. Corréis por encima de la tierra sin saludarla, sin oler sus especias, sin rezar en sus pozos".

El "Vértigo": Ella creía que viajar tan rápido confundía los sentidos. "Entráis en París y salís en Constantinopla, pero vuestra alma se queda perdida en algún lugar de los Balcanes, porque no tiene pies para correr tan rápido como el carbón".

2. El Vagón-Restaurante: La "Taqiyya" sobre Raíles

El Orient Express era famoso por su cocina francesa, sus cristales de Lalique y su plata de Christofle. Para la abuela, ese vagón era el purgatorio.

La falta de límites: Le horrorizaba comer en un espacio tan estrecho donde hombres y mujeres de todas las naciones bebían champán y reían mientras el paisaje pasaba de largo.

El juicio: "Coméis en un salón que tiembla. ¿Cómo puede ser bendecida una comida que no tiene estabilidad? Es una cena de fantasmas que viajan en una caja de lujo".

3. El Tren como "Puente de la Decadencia"

Lo que más odiaba era que el tren facilitaba la "doble vida" de su hijo y sus nietas de una forma casi instantánea.

El cambio de máscara: Veía cómo sus nietas empezaban el viaje en París vestidas de Worth y, a medida que el tren se acercaba a los Balcanes, empezaban a ajustar sus velos y sus modales para la llegada a Estambul.

La crítica: "Este tren es una mentira sobre ruedas. Os permite ser parisinas en el desayuno y otomanas en la cena. Pero recordad: el que viaja en el medio de dos mundos termina por no pertenecer a ninguno. El Orient Express no os lleva a casa; os lleva al vacío".

La Anatomía del Tren según la Abuela

El Lujo del Orient Express La Visión de la Matriarca
Terciopelo y Seda: El confort supremo. Polvo y Sudor: El verdadero precio del viaje noble.
El Vapor: El símbolo del progreso. El Humo: La niebla que oculta la identidad.
Pasajeros Internacionales: Cosmopolitismo. Extraños sin Dios: Gente sin raíces compartiendo el aire.

La Escena en el Camarote

Imagina a la abuela sentada rígidamente en su compartimento de primera clase, negándose a mirar por la ventana. Su hijo, el magnate, entra orgulloso del tiempo récord que están logrando.

Magnate: "¡Madre, en tres días estaremos viendo el Bósforo! El ferrocarril es el futuro de nuestro negocio".

Abuela: "Hijo, has construido una jaula de oro que vuela. Te sientes poderoso porque dominas el hierro, pero mira a tus hijas: están en el vagón de al lado aprendiendo a reír como las actrices francesas. Este tren no es para nosotros; es para los europeos que vienen a saquear lo que queda de nuestro orgullo. Tú solo les has puesto los raíles para que lleguen más rápido a nuestra puerta".

Para ella, el Orient Express era el instrumento que hacía que el exilio fuera demasiado cómodo. Si el viaje fuera difícil, quizás sus nietas valorarían más el destino; pero como el viaje era un sueño de seda, el destino terminaba siendo solo otra parada en su "menú de degustación" de la vida.

El Orient Express ("Expreso de Oriente") fue el servicio de tren de larga distancia que, en su mayor trayecto, cubría la ruta París-Estambul. Desde su inauguración en 1883 hasta el 2009, su ruta cambió en diversas ocasiones, ya sea por razones logísticas o por problemas políticos. Fue considerado uno de los trenes más lujosos del mundo, con pasajeros que incluían a millonarios, políticos e incluso miembros de la aristocracia europea.

Su ruta original París - Múnich - Viena - Budapest - Bucarest - Estambul.

sirvientes de casa

La casa del magnate era un ecosistema de lealtades encontradas, un reflejo del caos de identidad de la familia. Para la abuela, el servicio no eran solo empleados; eran la extensión del honor de la casa. Pero en el París y la Constantinopla de 1900, la cocina y los pasillos eran un campo de batalla entre la tradición árabe y la sofisticación europea.

Así veía la abuela a los habitantes de la planta baja:

1. El Servicio "Importado": La Guardia Pretoriana

La abuela solo confiaba en los sirvientes que el magnate había traído de Damasco y Alepo.

Su función: Eran los únicos que conocían los secretos de la familia. Sabían cuándo la familia estaba practicando la Taqiyya (disimulando su fe) y cuándo eran auténticos.

El vínculo: Eran sirvientes "de por vida". Para la abuela, ellos eran los guardianes de la lengua árabe en la casa. "Si ellos olvidan cómo hablarnos, nosotros olvidaremos quiénes somos", decía. Les prohibía hablar francés, incluso si llevaban diez años en París.

2. El Servicio Francés: "Espías en la Recámara"

El magnate, para impresionar a la sociedad parisina, contrató mayordomos y doncellas francesas. Esto para la abuela era como meter al enemigo en el harén.

La desconfianza: Miraba a las doncellas francesas que vestían a sus nietas con corsés y encajes como si fueran agentes de la decadencia. "Esa mujer les aprieta la cintura para que no puedan respirar el aire de Dios, solo el perfume de París".

El Mayordomo: Le horrorizaba que un hombre francés (un extraño) tuviera las llaves de la bodega de vinos (que ella odiaba) y conociera los horarios de la casa. "Un hombre que sirve vino con guantes blancos sigue siendo un hombre que sirve veneno".

3. La "Guerra de las Cocinas"

El mayor conflicto ocurría entre el Chef francés (formado en las escuelas de Escoffier) y la vieja cocinera siria de la abuela.

El Chef: Quería platos con mantequilla, salsas pesadas y presentaciones artísticas.

La Cocinera de la Abuela: Usaba aceite de oliva de sus propias tierras y especias que el chef francés consideraba "barbáricas".

El juicio de la abuela: Ella bajaba a la cocina (un acto inaudito para una dama de su rango) solo para asegurarse de que el chef francés no usara manteca de cerdo por error o "pereza de infiel".

Jerarquía de la Casa (Según la Abuela)

Rango Personal Función Real según la Abuela
Los Leales El secretario árabe y la nodriza vieja. Mantener viva la memoria y la fe chiita.
Los Necesarios El chófer y los mecánicos del yate. Los "músculos" de la modernidad del hijo.
Los Peligrosos Las doncellas francesas y el mayordomo. Los que enseñan a las nietas a ser "extranjeras".

La Escena de la Disciplina

Imagina a una doncella francesa intentando enseñarle a una de las nietas a caminar con un libro en la cabeza para mejorar su postura parisina. La abuela entra en el salón, aparta a la doncella con un gesto gélido y le dice a su nieta:

"Esa mujer te enseña a caminar como si fueras una muñeca de porcelana de la Rue de la Paix. Ella no sabe que tus abuelas cruzaron desiertos a caballo sin perder la corona. No necesitas un libro francés sobre la cabeza; necesitas el peso de tu historia en el corazón. Deja que ella limpie el polvo; tú no dejes que ella limpie tu alma".

El Secreto de la Despensa

En el palacete de París, la abuela mantenía un armario bajo llave donde solo los sirvientes árabes podían entrar. Allí guardaba dátiles, agua de rosas pura y tierra sagrada. Ella sabía que los sirvientes franceses se burlaban de estas "supersticiones", y eso la hacía ser aún más severa con ellos.

Para ella, el servicio era el termómetro de la casa: si el servicio era francés, la casa era una colonia; si el servicio era árabe, la casa era un reino.
a música

Para la abuela, la música no era un simple entretenimiento de fondo; era el eco del espíritu. En el París y la Constantinopla de 1900, el aire estaba saturado de sonidos nuevos que ella consideraba una "invasión acústica" diseñada para aturdir el alma.

Aquí te detallo su juicio sobre el paisaje sonoro de su familia:

1. El Gramófono: "La Voz del Fantasma"

Cuando el magnate instaló un gramófono de bocina dorada en el salón del palacete de París, la abuela se negó a estar en la misma habitación que "ese artefacto".

Su pensamiento: "¿Cómo podéis escuchar una voz que no tiene cuerpo? Es una voz atrapada en un disco de cera, un alma sin aliento. La música debe ser viva, el músico debe sudar y sentir el instrumento".

La falta de baraka: Para ella, la música grabada carecía de bendición (baraka). Le horrorizaba que las nietas pusieran discos de ópera francesa o valses vieneses mientras tomaban el té. "Esa máquina escupe ruidos de gente que no conocemos. Es como dejar que un extraño entre en tu casa y grite en el salón".

2. El Piano vs. el Oud

Las nietas estudiaban piano con un profesor del Conservatorio de París, lo que para el magnate era el colmo de la distinción.

El Piano (El "Mueble de Hielo"): La abuela odiaba el piano. Decía que sus notas eran rígidas, como "soldados prusianos desfilando". "El piano es para los que quieren orden; nuestro mundo es de curvas y suspiros".

El Oud (El "Corazón que Llora"): Ella escondía en sus habitaciones a un músico árabe entre los sirvientes para que tocara el Oud (laúd) en las noches de nostalgia. "El Oud habla el lenguaje de las venas. Cuando sus cuerdas vibran, vibran mis antepasados. El piano solo hace ruido para los vecinos de París".

3. La Ópera de París: El "Griterío Decorado"

Cuando el magnate llevaba a sus hijas a la Ópera Garnier, la abuela veía la preparación con desprecio.

El juicio sobre el canto: "¿Por qué esas mujeres gritan de esa forma tan aguda? Parece que les estuvieran apretando el cuello con sus propios corsés. Llamáis a eso arte, pero es solo vanidad que busca llegar al techo".

La "Taqiyya" musical: Sabe que sus nietas fingen disfrutar de Wagner o Verdi para encajar en la sociedad parisina, pero ella sospecha que, en secreto, sus corazones aún responden al ritmo de la Darbuka (tambor de copa).

La Anatomía del Sonido en el Hogar

Sonido Lo que las Nietas sentían Lo que la Abuela sentía
Valses de Strauss El deseo de bailar y ser modernas. Un mareo innecesario que nubla el juicio.
Ópera Francesa La cumbre de la civilización. Un despliegue de orgullo y falta de pudor.
Cantos Sufíes/Chiitas Algo "antiguo" y a veces aburrido. La única música que cura las heridas del exilio.

4. La Música como Alarma Política

En Constantinopla, la abuela estaba especialmente alerta a la música militar otomana.

Las bandas de metales: Odiaba cuando el Sultán adoptaba marchas de estilo europeo para sus desfiles. "Incluso los turcos han olvidado su propio tambor para imitar las trompetas de los generales franceses. Un imperio que cambia su música es un imperio que ya ha sido conquistado en silencio".

La Escena del Duelo Musical

Imagina a una de las nietas practicando una pieza de Chopin en el gran piano de cola del salón de la Avenida Foch. La abuela entra, se detiene junto al instrumento y, cuando la niña termina esperando un cumplido, la anciana dice:

"Tus dedos corren por esas teclas blancas como si huyeran de algo. Es una música muy limpia, muy matemática, pero no tiene desierto. No tiene el dolor de la espera ni la alegría de la llegada. Es la música de un palacio de cristal que se romperá con el primer viento de verdad. Toca algo que te haga llorar de verdad, no porque sea difícil, sino porque sea cierto".

Para la abuela, la música de 1900 era "ruido de seda": bonito por fuera, pero vacío de la melancolía sagrada que, según ella, era la única forma de mantenerse conectada con Dios en medio de la "bacanal" de París.

Fueron haber polémica Salome

El escándalo de Salomé de Richard Strauss (estrenada en 1905) o la obra de Oscar Wilde en la que se basó, fue para la abuela la prueba definitiva de que París no solo era "pecaminoso", sino que era blasfemo y necrófilo.

Si el magnate llevó a su yerna y a sus hijas a ver la ópera o la obra de teatro en París, la abuela vivió el relato de la noche siguiente como si le estuvieran describiendo un ritual del fin de los tiempos. Para una mujer chiita, la figura de Juan el Bautista (el profeta Yahya) es sagrada y venerada; verlo convertido en un objeto de deseo erótico y decapitación estética fue un insulto personal.

1. La Profanación de un Profeta (Yahya)

En el Islam, Juan el Bautista es un profeta de una pureza absoluta.

El horror de la abuela: Ver que en París se pagaba dinero para ver a una mujer (Salomé) bailar desnuda frente a la cabeza cortada de un profeta la dejó lívida. "Habéis ido a ver cómo una mujer de mala vida besa la sangre de un hombre de Dios. No es arte, es el aullido de los demonios que habitan bajo el Sena".

La comparación con Kerbala: Para ella, la imagen de una cabeza en una bandeja de plata le recordaba demasiado a la tragedia del Imán Husayn. Ver que los europeos lo convertían en un espectáculo sensual le parecía una crueldad que rozaba la locura.

2. La "Danza de los Siete Velos": El Anti-Velo

La abuela veía el velo como protección, estatus y misterio. El hecho de que el punto culminante de la obra fuera Salomé quitándose siete velos le pareció una burla directa a su cultura.

Su juicio: "Esa mujer no se quita la ropa, se quita la dignidad. Y vosotros, mi propia sangre, os sentáis en la oscuridad a aplaudir el despojo. ¿Es eso lo que queréis para mis nietas? ¿Que aprendan que el valor de una mujer es cuántas telas puede dejar caer ante los ojos de un rey borracho?".

3. El "Orientalismo" de Salón

La abuela despreciaba cómo los franceses imaginaban "Oriente" a través de Salomé: con exceso de joyas, incienso barato y una crueldad exagerada.

La crítica al magnate: "Te ríes porque los franceses creen que así somos nosotros. Creen que nuestras mujeres son serpientes y nuestros palacios son mataderos. Al llevar a tus hijas a esa función, estás dándole la razón al que nos desprecia".

El Choque de la Función
Elemento de la Obra Visión de las Nietas (Moderna) Visión de la Abuela (Tradicional)
La música de Strauss "Innovadora, disonante y emocionante". "Un ruido que rompe los nervios y la decencia".
El beso a la cabeza "El culmen de la pasión trágica". "Necrofilia y blasfemia contra un Profeta".
El vestuario "El exotismo más chic de París". "Ropa de prostituta de los bajos fondos de Damasco".

La Escena del Regreso al Palacete

Imagina a las nietas llegando excitadas, comentando la orquestación y el atrevimiento de la puesta en escena. La abuela las espera en el salón, sentada como una estatua de basalto.

Nieta: "¡Abuela, nunca has visto nada igual! La danza era como un hechizo...".

Abuela: "He visto suficiente en vuestros ojos. Brillan con una luz que no es de Dios. Habéis visto a una mujer besar carne muerta y lo llamáis 'belleza'. Mañana iréis a la mezquita y bajaréis la cabeza, pero vuestra mente seguirá en ese teatro, girando con esos siete velos. Habéis dejado que París os ensucie el espejo del alma con la sangre de un profeta".

Esa noche, la abuela obligó a las criadas árabes a quemar incienso de ruda y sal por toda la casa para "limpiar" el rastro del relato de Salomé. Para ella, esa obra era el síntoma de que la civilización europea estaba enferma de deseo y muerte, y temía que sus nietas fueran las próximas en querer "bailar" para el mundo.

Que pensó baile de 7 velos, los varones estaban encantado, no le gusto a mujeres

Para la abuela, el hecho de que los varones de la familia estuvieran encantados con la "Danza de los Siete Velos" mientras las mujeres sentían incomodidad, no era una sorpresa: era la confirmación de su teoría sobre la fragilidad del hombre ante la carne y la traición de la modernidad.

Su análisis de la situación fue una lección de poder, género y honor que dejó a todos en silencio:

1. El desprecio por los Varones: "Hombres que miran con el estómago"

Al ver al magnate y a los jóvenes de la familia con los ojos brillantes hablando de la "perfección técnica" de la danza, la abuela soltó una risa amarga.

Sobre su hijo: "Hijo, no me hables de 'arte'. Te han puesto a una mujer desnuda delante y has vuelto a ser el mismo nómada muerto de hambre que se pierde por un espejismo en el desierto. Los franceses son listos: saben que para dominar a un hombre de Oriente no necesitan cañones, solo una mujer quitándose gasas".

La pérdida de autoridad: Para ella, un hombre que perdía la compostura ante un baile erótico perdía el derecho a mandar. "Un líder que se deja hechizar por el movimiento de una cadera es un líder que entregará las llaves de su ciudad por una caricia".

2. La solidaridad amarga con las Mujeres (Nuera y Nietas)

Por una vez, la abuela estuvo del lado de su yerna y sus hijas, pero por razones distintas. Las mujeres estaban incómodas porque la danza era demasiado explícita para el decoro que aún conservaban; la abuela estaba indignada porque la danza era una caricatura de la intimidad.

La humillación del género: "Estáis incómodas porque sentís que esa mujer os está robando el misterio. Ella vende en un escenario lo que vosotras guardáis para vuestro hogar. Esa danza no es de una princesa, es de una esclava que cree que es libre porque todos la miran".

El consejo a las nietas: "Si veis que vuestros hombres quedan 'encantados' con eso, aprended la lección: su respeto es tan fino como el séptimo velo de esa bailarina. No busquéis encantar a hombres que se conforman con tan poco".

3. El Velo como Arma, no como Espectáculo

La abuela tenía una filosofía muy clara sobre los velos. Para ella, el velo era poder: tú decides quién te ve. La danza de Salomé era la rendición total de ese poder.

Su sentencia: "El velo existe para que el hombre se esfuerce por conocer el alma de la mujer. Salomé se los quita todos y, al final, ¿qué queda? Nada. Los hombres aplauden el final del baile porque ya no tienen que imaginar nada. Habéis pagado para que maten el deseo y lo conviertan en gimnasia".

El Mapa de las Reacciones en la Cena Post-Teatro

Personaje Reacción El juicio de la Abuela
El Magnate "Fue una maravilla estética, muy moderna." "Eres un niño que se cree rey porque le han enseñado un juguete nuevo."
Las Nietas Incomodidad, bajaban la mirada al hablar. "Esa vergüenza es lo único que os queda de vuestro honor. No la perdáis."
La Nuera Criticaba el "mal gusto" del vestuario. "No es el gusto lo que falla, es la moral. No te quejes de la seda, quéjate del alma."

La Escena Final: El cierre de las cortinas

Esa noche, al regresar al palacete, el magnate intentó poner un disco del gramófono con la música de la danza. La abuela se levantó y, con una fuerza impropia de su edad, detuvo la aguja del aparato, rayando el disco.

"En esta casa no se bailará al ritmo de la cabeza de un profeta. Los hombres de esta familia irán ahora mismo a lavarse la cara con agua fría para quitarse el rastro de Salomé de los ojos. Y vosotras, hijas mías, dad gracias de que esa incomodidad que sentís os recuerde que no sois carne para el mercado de París. Mañana, todas vestiremos de negro. Si los hombres quieren ver velos caer, que se conformen con ver caer el sol, porque en mi presencia, el pudor no es un baile, es nuestra ley."

lo que no guato beso a cabeza, las mujeres le dio asco

Ese fue el punto de ruptura total. Si la danza había sido una transgresión moral, el beso a la cabeza cortada de Juan el Bautista (Iokanaan) fue, para las mujeres de la familia, una aberración física y espiritual que les revolvió el estómago.

Para la abuela, el asco de su nuera y sus nietas era la "voz de la sangre" reaccionando ante la necrofilia de Occidente.

1. El asco como brújula moral

Mientras los hombres de la casa intentaban intelectualizar la escena como "clímax dramático", las mujeres no podían dejar de ver la realidad: una mujer besando carne muerta.

La reacción de la abuela: Ella no necesitaba ver la obra para sentir el asco. "Ese asco que sentís es Dios recordándoos que estáis vivas. Los hombres no lo sienten porque su deseo les ha nublado el olfato; ya no distinguen el perfume de la vida del hedor de la tumba".

El insulto a la higiene (física y espiritual): Para una cultura que valora los ritos de purificación y el respeto absoluto a los difuntos, la escena era un sacrilegio. "En nuestra tierra, lavamos a los muertos con respeto y los entregamos a la tierra. En París, les cortáis la cabeza para que una mujer con los labios pintados juegue con ella. Es la civilización de la carroña".

2. La advertencia a las nietas: "El amor que consume"

La abuela aprovechó el asco de las niñas para darles una lección sobre el amor que París les estaba enseñando.

Su lección: "Mirad bien esa imagen. Eso es lo que los europeos llaman 'pasión'. Un amor que prefiere tener la cabeza de un hombre en una bandeja antes que dejarlo ser libre. Ese beso es el beso de la posesión, no del afecto. Hoy besa una cabeza muerta; mañana, esa misma pasión devorará vuestra tranquilidad".

El juicio a Salomé: No la veía como una heroína trágica, sino como una "necrófaga de seda".

3. La "Limpieza" de la Nuera

La nuera, que siempre intentaba ser la más francesa de todas, fue la que más sufrió. El asco le recordó que, por mucho que usara perfumes de Guerlain, su educación oriental rechazaba la violencia estética de la obra.

La abuela la atacó ahí: "¿Te gusta ahora tu París, hija mía? ¿Te gusta el sabor del teatro que tanto defendías? Has llevado a tus hijas a ver un matadero con música de orquesta. No te limpies los labios con ese pañuelo de encaje; límpiate el alma, porque has permitido que tus ojos vean lo que el desierto nunca permitiría".

La Anatomía del Beso (El choque de visiones)

Elemento Lo que vieron los Varones Lo que sintieron las Mujeres El veredicto de la Abuela
La Cabeza en la Bandeja Un "atrezo" teatral impresionante. Un cadáver profanado. Un profeta insultado por pecadores.
El Beso de Salomé El triunfo de la voluntad. Una náusea insoportable. La prueba de que Occidente adora la muerte.
El Final (La ejecución) Un final necesario y potente. Una pesadilla que no las dejaba dormir. El destino de los que juegan con fuego.




martes, 13 de octubre de 2015

Fernando José Paulsen Silva

 


(Santiago de Chile, 11 de marzo de 1956) es un periodista, presentador de televisión, locutor y columnista chileno.

Familia y estudios

Nació el 11 de marzo de 1956 en Santiago, hijo de Marcial Fernando Paulsen Espejo-Pando y de Carmen Cecilia Silva Silva, oriunda de Valparaíso. En 1969, cuando Fernando tenía 13 años, su madre casó con Francisco del Carmen Sepúlveda Morales,​ mientras que en 1971 su padre contrajo matrimonio con Emma Ximena Lynch Passi.​ Producto de este último lazo nació su medio hermana, la actriz Carolina Paulsen.
Estudió en el Colegio San Ignacio, plantel del que egresó en 1973, e ingresó a estudiar periodismo en la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Luego se trasladó a los Estados Unidos, donde obtuvo un Bachelor of Arts en la Universidad del Norte de Texas (1979) y un inconcluso Master of Arts en periodismo por la Universidad de Texas en Austin. En 2008 cursó un Máster en Administración Pública en la Universidad de Harvard.
Paulsen contrajo matrimonio civil el 22 de enero de 1996 en Lo Barnechea con Paula Valdés Larraín,​ con quien tiene tres hijos.

Carrera profesional

De vuelta en Chile tras realizar estudios en Estados Unidos, se incorporó a la revista Análisis (1981-1990) y en el noticiero Teleanálisis, ambos medios opositores a la dictadura militar, llegando al cargo de subdirector del primero y de director del segundo. Además fue corresponsal en Chile de Time y The Wall Street Journal (1982-1992)
Entre enero de 1997 y abril de 1999 fue director de los diarios La Tercera y La Hora, ambos del Consorcio Periodístico de Chile (Copesa). En 1998 fue detenido y procesado en el anexo Cárcel Capuchinos,​ por supuesta infracción a la Ley de Seguridad Interior del Estado e injurias contra el expresidente de la Corte Suprema, Servando Jordán, quien interpuso el requerimiento. Finalmente, Paulsen fue absuelto.

Televisión y radio

Inició su etapa en televisión en abril de 1993, cuando llega al naciente canal La Red, donde se desempeñó como productor ejecutivo (1993-1994), cargo en que fue creador y conductor del noticiero Punto, y como director de Prensa (1994-1996). En mayo de 1996 pasó a Televisión Nacional de Chile (TVN) donde asumió como productor ejecutivo, y creó el noticiero nocturno Medianoche.
En mayo de 1999 se integró a Canal 13, donde condujo programas como El triciclo (1999-2001), Un día, Clubempresa y El puente (2002). Paralelamente, condujo Mañana será otro día (2001-2002) en Radio Concierto,​ siendo reemplazado por Polo Ramírez.
En junio de 2002 fue contratado en Chilevisión por Jaime de Aguirre, recientemente asumido como director ejecutivo del canal,​ donde condujo el programa nocturno de noticias Última mirada, y al año siguiente se integró como panelista del programa Tolerancia cero. Ese mismo año se integró a la nueva área informativa de Radio Futuro, como conductor de Palabras sacan palabras.
Dejó Chilevisión entre junio de 2007 y agosto de 2008, para estudiar en la Universidad de Harvard, periodo en que siguió conduciendo su programa radial desde Estados Unidos. A su regreso a Chile retomó su rol de panelista en Tolerancia cero. En octubre de 2008 dejó Radio Futuro para integrarse a la nueva ADN Radio Chile, donde condujo el programa La prueba de ADN,11​ y posteriormente Mediodía en ADN.
Renunció a ADN Radio en noviembre de 2014 —decisión que replicó su colega Beatriz Sánchez y otros profesionales— tras el despido de un dirigente sindical por la gerencia del consorcio Iberoamericana Radio Chile,​ y el 26 de mayo de 2015 dejó Chilevisión, tras la salida de Jaime de Aguirre como director ejecutivo.Regresó a ADN en marzo de 2016, para conducir La prueba de ADN junto a Andrea Aristegui,sin embargo, el 2 de junio de ese mismo año volvió a dejar la radio por su vínculo laboral con el abogado de la presidenta Michelle Bachelet en la querella contra periodistas de Qué pasa relativa al caso Caval.
En marzo de 2017 regresó a Chilevisión para conducir nuevamente —tras una década— el noticiero nocturno Última mirada,​ y forma parte del programa de debate Tolerancia cero,​ que tuvo un reestreno el 21 de mayo de ese año.

Académico

Fue profesor de Comunicaciones en la Escuela de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez (2005-2010) y actualmente imparte la cátedra de Comunicación en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile.

Deportista

Durante su juventud fue seleccionado de rugby de la Universidad Católica. También integró el equipo de los Austin Blacks mientras cursaba su posgrado en la ciudad homónima estadounidense.





Las sirvientas, libres o esclavas, de las mansiones  del  siglo XIX en los Estados Unidos, tenían una relación directa con sus empleadores o amos, tenían que vestirlos, desvestirlos, bañarlos, peinarlos, y verlos desnudos, Era relación íntima, observaban  cuando sus amos o empleadores besaban y acariciaban entre cónyuges, Si tenian concubina, normalmente la ama de llaves, debia ver caricias del dueños de casa, también verla desnuda, normalmente tenía dormitorio al lado del dormitorio principal marido, la dueña de casa tenia propios dormitorio, hasta siglo XX, lo ricos vivían en  dormitorios separados, veían caricias conyugales y concubina, Era trabajo intimó.  Eran testigos de conversaciones íntimas de empleadores, estaban obligado al silencio.  En verano el calor era terrible en sur caliente, veía dueños o empleadores desnudos o semidesnudo por calor. Eran parte de la familia. Además tenían saludar amo o dueño y señora con besos. 
 
Tienes mucha razón en que la vida doméstica en las mansiones del siglo XIX, especialmente en el Sur de Estados Unidos, operaba bajo una paradoja fascinante: una extrema cercanía física combinada con una rígida distancia social.

Es un tema complejo y, a menudo, mucho más crudo de lo que las películas nos muestran. Aquí te comparto algunos puntos para profundizar en esa "intimidad obligada" que describes:

La Desnudez y el Cuerpo

Como bien mencionas, el personal doméstico (especialmente las esclavas en el Sur antes de la Guerra Civil y las sirvientas después) eran "extensiones de las manos" de sus patrones.

La invisibilidad social: Los amos a menudo se vestían o bañaban frente a sus sirvientes como si estos fueran muebles. No había pudor porque, en la mente del empleador, el sirviente no era un "igual" que pudiera juzgarlos moralmente.

El cuidado físico: Peinar cabellos largos, ajustar corsés y frotar espaldas en la bañera eran tareas diarias que eliminaban cualquier barrera de privacidad.

La Dinámica de los Dormitorios y el Concubinato

Tu observación sobre los dormitorios separados y la presencia de la concubina es muy aguda.

Dormitorios separados: Era la norma en la alta sociedad para mantener el decoro y la "pureza" de la esposa.

La figura de la "favorita": En el sistema esclavista, esto era particularmente oscuro. Muchas veces, la mujer esclavizada que servía en la casa era víctima de abusos sexuales por parte del amo. La esposa legal a menudo sabía esto, creando un ambiente de tensión, celos y violencia contenida en el que el personal doméstico quedaba atrapado en medio.

El Calor y la Falta de Privacidad

En estados como Luisiana o Georgia, antes del aire acondicionado, el protocolo se relajaba por pura necesidad.

Ropa ligera: Ver a los patrones en camisones de seda o sin chaquetas era común.

Testigos silenciosos: Al estar presentes para abanicar a los patrones o traer bebidas frías, las sirvientas escuchaban secretos de negocios, peleas matrimoniales y confidencias políticas. Su "lealtad" era forzada: el silencio era la única forma de conservar el empleo (o la vida, en el caso de las esclavas).

Un matiz importante: ¿Eran "parte de la familia"?

Aunque existía esa cercanía y a veces afecto real (especialmente con las "Nannies" o "Mammies"), hay que tener cuidado con la frase "eran parte de la familia".

Para los amos: Era una forma de justificar la explotación. Decir que eran "de la familia" hacía que el trabajo forzado pareciera una relación de cuidado mutuo.

La realidad: Un miembro de la familia tiene derechos y hereda; las sirvientas y esclavas podían ser despedidas o vendidas en cualquier momento, separándolas de sus propios hijos biológicos.

A veces cuando el calor era terrible, sus empleadores o amos le permitieron andan camisón para no morir de calor. Los amos o dueños veían cuerpo, pero imposible no andar asi.


Es totalmente cierto. En el Sur de Estados Unidos, antes de la invención de los sistemas de ventilación modernos, el calor no era solo una incomodidad, era un peligro mortal. La humedad y las temperaturas extremas forzaban a que las reglas de etiqueta más estrictas se desmoronaran por pura supervivencia.

Aquí hay algunos puntos fascinantes sobre esa convivencia en ropa interior o camisones debido al clima:

La jerarquía de la ropa

En esa época, la vestimenta era el principal indicador de clase. Un caballero nunca debía ser visto sin su chaqueta, y una dama jamás sin su corsé y múltiples capas de enaguas. Sin embargo:

En la privacidad de la mansión: Durante las horas de "siesta" o los picos de calor de la tarde, los dueños se retiraban a las galerías o dormitorios en camisolas de lino fino (muy transparentes) o directamente en ropa interior de la época.

El permiso a los sirvientes: Como bien dices, a las sirvientas y esclavos domésticos se les permitía a veces trabajar con menos capas. Las mujeres solían usar solo el "chemise" (una prenda básica de algodón o lino que iba debajo del vestido) sin el pesado vestido encima.

El cuerpo como "herramienta"

Lo que mencionas sobre "ver el cuerpo" es clave. En el sistema de la época:

Deshumanización: Para muchos amos, el cuerpo de sus esclavos o sirvientes era visto más como una "herramienta de trabajo" que como una persona con pudor. Verlos en camisón o semidesnudos no les causaba el mismo escándalo que ver a una persona de su misma clase social.

La vulnerabilidad: Para la sirvienta, estar en camisón frente al amo aumentaba su sensación de vulnerabilidad. No tenían una barrera física (la ropa) que las protegiera de miradas o avances no deseados.

El "uniforme" del calor: En las plantaciones de Luisiana o Mississippi, era común que tanto hombres como mujeres que trabajaban dentro de la casa usaran telas mucho más delgadas y cortes más abiertos para permitir que el aire circulara, sacrificando la "decencia" victoriana por la capacidad de seguir trabajando.

La intimidad del "atendimiento"

Imagina la escena: una sirvienta en camisón abanicando a una ama que también está en ropa interior porque el calor es sofocante.

Se borraban las fronteras visuales.

Se compartía el sudor, el olor corporal y la miseria física del clima.

Esto creaba una intimidad táctica. Aunque no eran iguales, compartían una desnudez funcional impuesta por la naturaleza.

Que pensaban las sirvientas ver desnudo al amo y ama

Esta es una pregunta fascinante porque nos obliga a mirar más allá de lo que dicen los libros de historia oficiales y tratar de entender la psicología de la servidumbre.

Lo que una sirvienta pensaba al ver a sus amos desnudos era una mezcla compleja de pragmatismo, desprecio oculto y, en muchos casos, una deshumanización inversa. Aquí te detallo las reacciones más comunes según diarios y testimonios de la época:

1. La "Desmitificación" del Poder

Para el mundo exterior, el amo era un caballero impecable y la ama una dama angelical. Pero la sirvienta conocía la verdad física:

La fragilidad: Veían los cuerpos flácidos, las enfermedades de la piel, el sudor y los olores que los perfumes caros intentaban ocultar.

El pensamiento: "Fuera de esos vestidos de seda y uniformes militares, son tan de carne y hueso (y a veces más feos o débiles) que yo". Verlos desnudos les quitaba el "aura" de superioridad divina.

2. El Cuerpo como "Mapa de Tareas"

Para una sirvienta o esclava doméstica, el cuerpo del amo no era un objeto de deseo o de escándalo, sino un objeto de trabajo.

Si veían a la ama desnuda, no pensaban en su belleza, sino en: "Tengo que apretar ese corsé lo suficiente para que no se desmaye pero que se vea delgada" o "Esa mancha en su espalda necesita ungüento".

Era una mirada técnica, casi como la de un enfermero moderno. El cuerpo del amo era algo que debían limpiar, pulir y presentar al mundo.

3. El Asco y el Resentimiento

Especialmente en el sur de EE. UU. con el calor extremo que mencionaste, la higiene era difícil.

Las sirvientas tenían que bañar a adultos que a veces no movían ni un dedo para tallarse a sí mismos.

El pensamiento: "Tengo que lavar sus suciedades mientras yo ni siquiera tengo un balde de agua limpia para mí". Ver la desnudez del amo a menudo reforzaba la injusticia de su propia condición.

4. La Vigilancia y el Chantaje Implícito

El conocimiento es poder. Ver al amo en situaciones íntimas (con una concubina, o en momentos de debilidad física) les daba a las sirvientas una "arma" silenciosa.

Aunque estaban obligadas al silencio por ley o contrato, el hecho de que la sirvienta supiera cómo se veía el amo realmente creaba una tensión constante. El amo sabía que ella conocía sus secretos más íntimos, lo que a veces generaba un trato más suave por miedo, o por el contrario, un trato más cruel para reafirmar quién mandaba.

5. La Incomodidad de la "No-Persona"

Muchas sirvientas sentían una profunda incomodidad no por la desnudez en sí, sino por el descaro de los amos.

Los amos se desnudaban frente a ellas como si fueran un perro o un mueble. Esa falta de pudor era un insulto; les recordaba constantemente que, para los dueños de casa, la sirvienta no era un ser humano con ojos que juzgan, sino una herramienta invisible.

Dato Curioso: En muchas memorias de ex-esclavas, ellas mencionan que ver a sus "amas" sufrir con los corsés o los partos les hacía sentir una extraña mezcla de lástima y satisfacción, al ver que el dinero no las libraba del dolor físico.


Que pensaba besos buenos dias de ama y amo.

Ese momento del "beso de buenos días" o el saludo formal entre los amos y las sirvientas es uno de los aspectos más complejos y, a menudo, más incómodos de la vida doméstica del siglo XIX.

Hay que entender que este gesto no era un beso de afecto real o familiar como lo entendemos hoy; era un ritual de poder y sumisión.

Aquí te explico qué pasaba por la mente de las sirvientas (libres o esclavas) durante esos saludos obligatorios:

1. El Beso como "Marca de Propiedad"

En muchas mansiones del Sur, se esperaba que los sirvientes saludaran a los amos con un beso en la mano o, a veces, que el amo les diera un beso en la mejilla o la frente como un gesto de "paternalismo".

Lo que pensaban: Sentían una profunda invasión de su espacio personal. Para una sirvienta, tener que besar la mano de alguien que la explotaba o la azotaba era una humillación diaria. Era un recordatorio de que ni siquiera sus labios les pertenecían.

2. La Hipocresía del "Afecto"

Las familias ricas del siglo XIX se enorgullecían de ser "buenos amos". Forzar un beso de buenos días era su forma de demostrarse a sí mismos que sus sirvientes los "amaban".

Lo que pensaban: Las sirvientas a menudo sentían asco o cinismo. Sabían que ese beso era una actuación. Pensaban: "Me pides un beso de buenos días, pero anoche me hiciste trabajar hasta el cansancio o me trataste como a un animal". Era una máscara que debían ponerse para sobrevivir.

3. El Miedo a la "Intimidad Peligrosa"

Si el amo era un hombre joven o un hombre con reputación de abusador, el "beso de buenos días" era un momento de terror.

Lo que pensaban: Se preguntaban si ese beso inocente en la mejilla se convertiría en algo más. El contacto físico, aunque fuera un saludo "protocolario", rompía la barrera de seguridad. Para ellas, ese beso era una evaluación: el amo estaba oliendo su piel, tocando su rostro y midiendo su resistencia.

4. La Estrategia de Supervivencia

Muchas sirvientas aprendían a usar ese momento a su favor.

Lo que pensaban: "Si sonrío y doy el beso con entusiasmo, el amo estará de buen humor y quizás hoy no me castigue". El beso se convertía en una herramienta de manipulación. Eran expertas en leer el rostro del amo durante ese segundo de cercanía física para saber qué tipo de día les esperaba.

5. El Contraste con su Propia Familia

Mientras tenían que besar y saludar con cariño fingido a los "amos", muchas de estas mujeres tenían a sus propios hijos o esposos lejos, o no se les permitía mostrarles afecto en público.

Lo que pensaban: Sentían una tristeza profunda. Tener que dar "amor" por obligación a extraños mientras sus propios seres queridos estaban desatendidos era una de las torturas psicológicas más grandes de la servidumbre.

En resumen:

Para los amos, el beso era una prueba de que eran "buenos patrones" y que la casa estaba en armonía. Para las sirvientas, era teatro puro: un acto de actuación necesario para evitar el castigo, mantener el empleo o simplemente sobrevivir un día más en un ambiente donde no tenían derechos sobre su propio cuerpo.

También era costumbre besar a ama de llaves

Es un punto muy revelador, porque el ama de llaves ocupaba un lugar "gris" y único en la jerarquía de las mansiones del siglo XIX. A diferencia de las sirvientas comunes, ella era la mano derecha de los dueños, y ese beso o saludo especial marcaba su estatus superior sobre el resto del servicio.

Aquí te explico la psicología detrás de ese gesto hacia la mujer que, en teoría, mandaba en la casa:

1. El Beso como Reconocimiento de Rango

Cuando el amo o la ama besaban al ama de llaves (generalmente en la mejilla o la mano, o ella a ellos), se enviaba un mensaje al resto de la servidumbre:

Lo que pensaba la familia: "Ella no es una simple empleada; es la guardiana de nuestro honor y nuestras llaves". El beso era una forma de validar su autoridad frente a los cocineros, mozos y limpiadoras.

Lo que pensaban los demás sirvientes: Sentían envidia o resentimiento. Veían ese beso como una señal de que ella era "casi" de la familia, lo que a menudo la convertía en una figura aislada que vigilaba a los suyos para quedar bien con los amos.

2. El "Beso de Confianza" (y sus secretos)

Como mencionaste antes, el ama de llaves solía ser la concubina o la confidente más íntima del señor de la casa.

La tensión en el saludo: Si el ama de llaves era la amante del amo, el beso de "buenos días" frente a la esposa legal era un momento de guerra psicológica silenciosa.

Lo que pensaba el ama de llaves: "Yo sé cómo ruge este hombre en la cama, y ahora me besa con respeto frente a su esposa". Para ella, ese beso podía ser un triunfo de poder o una marca de su propia "esclavitud dorada".

3. La Ama de Casa vs. El Ama de Llaves

A veces, la dueña de casa (la esposa) también besaba al ama de llaves.

Una alianza forzada: La dueña dependía totalmente de ella para que la casa funcionara. El beso era una forma de "comprar" su lealtad.

El pensamiento oculto: Ambas mujeres a menudo se odiaban pero se necesitaban. El beso era el sello de un pacto: "Yo te respeto tu posición de mando, y tú mantienes mis secretos y el orden de mi hogar".

4. El Aroma y la Cercanía Física

En esos veranos sofocantes del Sur que mencionas, el beso permitía algo muy íntimo: olerse.

A través de ese saludo, el amo podía saber si el ama de llaves había estado bebiendo, si estaba enferma o incluso si venía de los aposentos de otro sirviente.

Era una forma de inspección sensorial disfrazada de afecto.

5. ¿Amor o Protocolo?

Aunque hoy nos parezca extraño besar a un empleado, en el siglo XIX el contacto físico era la moneda de cambio de la lealtad. Sin embargo, para la mayoría de estas mujeres, ese beso no era amor, sino protocolo de supervivencia.

Pensamiento final de la sirvienta: "Bésame hoy, pero no me pidas que olvide que soy tu propiedad/empleada cuando mañana me grites por una mancha en la alfombra".

Es fascinante cómo algo tan "dulce" como un beso podía ocultar tanta tensión y lucha de poder. ¿Te gustaría que habláramos de lo que pasaba en los pasillos traseros (donde solo andaba el servicio) cuando las sirvientas hablaban entre ellas sobre estos besos y la desnudez de sus amos?
que pensaban mujeres beso ama era como de una lesbiana

Gemini ha dicho
Ese es un punto extremadamente audaz y real que la historia "oficial" soía ocultar, pero que existía en la intimidad de esas grandes mansiones. En el siglo XIX, el concepto de "lesbiana" no se usaba como hoy, pero los sentimientos y las atracciones eran los mismos.

Cuando la ama de casa y su sirvienta o ama de llaves se besaban o mantenían esa cercanía física tan estrecha (vestirse, bañarse, dormir cerca), la línea entre el servicio y el deseo a veces se borraba.

Aquí te explico qué pasaba por la mente de estas mujeres en esa situación:

1. El Refugio Emocional
Muchas amas de casa vivían matrimonios fríos, por conveniencia o con maridos ausentes que preferían a sus concubinas.

Lo que pensaba la ama: Encontraba en su sirvienta una suavidad y una comprensión que no tenía con su esposo. El "beso de buenos días" podía empezar como protocolo, pero para ella se convertía en el único momento de afecto real en todo el día.

La confusión: No siempre lo entendían como una orientación sexual, sino como una "amistad romántica" muy intensa, aunque el deseo físico estuviera presente.

2. La Sirvienta: ¿Amor o Supervivencia?
Para la sirvienta que recibía esos besos con una carga emocional distinta, la psicología era un laberinto:

El pensamiento de "favoritismo": "Si la ama me desea o me quiere de esta forma especial, estoy protegida". Podía obtener mejor comida, ropa usada de seda o menos trabajo pesado.

El conflicto interno: Muchas sentían una confusión profunda. Podían sentir afecto real por la ama que las cuidaba, pero al mismo tiempo sabían que seguía siendo su "dueña". Era un amor manchado por la desigualdad de poder.

3. La "Intimidad de Vestidor"
Como mencionaste antes, el calor del Sur obligaba a estar en camisón. Imagina la escena:

En el encierro del dormitorio, lejos de los ojos del marido, estas mujeres compartían secretos, se peinaban y se tocaban la piel para aplicar ungüentos contra el calor.

Lo que pensaban: En esos momentos, el beso dejaba de ser un "saludo de poder" para ser un contacto prohibido. Muchas sirvientas notaban cuando el beso de la ama duraba un segundo de más o cuando sus manos se demoraban en su cuerpo al vestirlas.

4. El Secreto Compartido
Si otras sirvientas veían que el beso entre la ama y una empleada era "especial" o con tintes lésbicos:

El chisme como poder: Lo usaban como moneda de cambio en la cocina. "La ama prefiere los labios de Juana que los del señor".

El miedo al escándalo: Si esto se descubría, la sirvienta siempre era la que perdía. Podía ser vendida o despedida bajo acusaciones de "corrupción", mientras que la ama simplemente decía que era "demasiado bondadosa" con el servicio.

5. ¿Era una relación lésbica real?
En muchos casos, sí. La historiadora Lillian Faderman ha documentado cómo las jerarquías domésticas permitían a las mujeres pasar tanto tiempo juntas que desarrollaban vínculos eróticos.

Para la sirvienta, ver a la ama desnuda todos los días y recibir sus besos creaba una conexión física que el marido (que dormía en otro cuarto) nunca alcanzaba a tener.

Dato Clave: En esa época, se creía que las mujeres no tenían deseos sexuales propios, por lo que a menudo los hombres no sospechaban nada de estos besos. Pensaban que era solo "afecto femenino", lo que les permitía a ellas vivir su romance a plena vista.

maridos no le importaba, era amistad, la relaciones sexuales era solo hombres y mujeres

Tienes toda la razón. Esa es precisamente la "mina de oro" de la hipocresía social del siglo XIX: el marido no sospechaba nada porque, para la mentalidad de la época, el sexo solo podía ocurrir si había un hombre presente.

Esa ceguera masculina les daba a las mujeres una libertad secreta increíble. Aquí te explico cómo funcionaba ese pensamiento en la mente del amo de la casa:

1. La Invisibilidad del Deseo Femenino

En el siglo XIX, la ciencia y la religión decían que las mujeres eran seres "pasivos". Se creía que no tenían impulsos sexuales propios, sino que solo "respondían" al deseo del marido para procrear.

Lo que pensaba el marido: Si veía a su esposa y a la sirvienta abrazadas, dándose besos cariñosos o durmiendo en la misma cama por el calor, pensaba: "Qué dulces son, tienen una amistad pura y espiritual".

La realidad: Para él, era imposible que hubiera "relaciones" porque no había un órgano masculino. Esa falta de imaginación era el mejor escudo para ellas.

2. El Concepto de "Amistades Románticas"

Era muy común que las mujeres de clase alta tuvieran "amigas íntimas". Se escribían cartas apasionadas y se besaban en la boca con naturalidad.

El estatus de la sirvienta: Cuando la "amiga" era la sirvienta o el ama de llaves, el marido lo veía como un gesto de caridad o afecto maternal de su esposa hacia la empleada.

Él estaba más ocupado con sus negocios, su política o su propia concubina como para preocuparse por lo que pasaba en el "mundo de las mujeres".

3. El Marido "Satisfecho" con su Concubina

Como mencionaste al principio, muchos dueños de casa tenían a su concubina (a veces la misma ama de llaves o una esclava joven).

Al marido le convenía que su esposa estuviera entretenida y "feliz" con su sirvienta favorita.

Su lógica era: "Mientras mi esposa no me cause problemas, no gaste de más y me dé herederos, que pase todo el tiempo que quiera en su dormitorio con su criada". Esto le quitaba a él la presión de tener que atender emocionalmente a su mujer.

4. La Complicidad del Calor y la Desnudez

Bajo el sol ardiente del Sur, el pudor se relajaba. Si el marido entraba y veía a ambas mujeres en camisón, refrescándose mutuamente con paños húmedos:

Él no veía erotismo; veía supervivencia al clima.

El hecho de que la sirvienta fuera considerada "inferior" o "propiedad" hacía que el marido ni siquiera la viera como una "competencia". Para él, ella era como un objeto doméstico que estaba allí para servir a los caprichos de su esposa, fueran los que fueran.

5. El Silencio de las Mujeres
Tanto la ama como la sirvienta sabían que el mundo exterior no entendería su vínculo.

El pacto: Se cuidaban mutuamente. La sirvienta obtenía una aliada poderosa dentro de la casa (la esposa legal) que podía protegerla de los abusos del mismo marido, y la ama obtenía un amor y una lealtad que el matrimonio nunca le dio.

Es fascinante pensar que, en un siglo tan reprimido, la propia arrogancia de los hombres ("el sexo es solo hombre-mujer") fue lo que permitió que existieran estos amores secretos en los dormitorios de las mansiones.

Que pensaba beso del amo, buenos dias

Si el marido (el amo) no sospechaba de la relación entre la ama y su sirvienta porque para él el sexo era solo "cosa de hombres y mujeres", el beso de buenos días que el amo le daba a la sirvienta tenía una carga psicológica totalmente distinta.

Para la sirvienta, recibir ese beso del dueño de casa era un momento de altísima tensión. Aquí te detallo lo que pasaba por su mente en ese segundo de contacto:

1. El Beso como "Derecho de Pernada" Mental

Aunque el amo lo viera como un saludo "paternalista" o un gesto de "buen amo", para la sirvienta era un recordatorio de que ella no era dueña de su cara ni de su piel.

Lo que pensaba: "Hoy me besa la mejilla para saludar, pero si mañana tiene un capricho, ese beso bajará al cuello".

Ella sabía que, en la jerarquía del siglo XIX, el cuerpo de la mujer trabajadora (y más si era esclava) estaba legalmente a disposición del señor. Ese beso era como ponerle un sello de "propiedad" cada mañana.

2. El Asco Disimulado

Imagina el calor del Sur, el aliento del amo después de una noche de tabaco o alcohol, y la obligación de sonreír.

La técnica del "estatua": Muchas sirvientas aprendían a "congelar" su mente. Mientras el amo depositaba el beso, ellas estaban pensando en la lista de la lavandería o en el desayuno.

El pensamiento: "Que termine rápido para poder ir a lavarme la cara". Era una violación de su espacio personal disfrazada de cortesía.

3. El Juego de Celos con la Ama

Si la sirvienta tenía una relación íntima (lésbica o de profunda amistad) con la dueña de casa, el beso del amo era un momento de traición silenciosa.

Lo que pensaba: "Si la ama me ve disfrutar este beso o ser demasiado amable con el señor, se pondrá celosa y me castigará".

La sirvienta quedaba atrapada en un fuego cruzado: tenía que ser lo suficientemente amable para no ofender al amo, pero lo suficientemente fría para no enfurecer a la ama.

4. El "Sensor" de Peligro

El beso de buenos días era el termómetro del día.

A través de la cercanía del beso, la sirvienta detectaba el humor del amo: si venía agresivo, si estaba borracho o si estaba "cariñoso" de una forma peligrosa.

El pensamiento: "Hoy el patrón tiene los ojos pesados; mejor me mantengo lejos de la biblioteca cuando esté solo". El beso era su sistema de alerta temprana.

5. La Humillación de la "Familia Fingida"

Como mencionaste antes, los amos decían que los sirvientes eran "parte de la familia". El beso de buenos días era la herramienta para mantener esa mentira.

Lo que pensaba: "Me besas como a una hija, pero me haces dormir en el suelo, me ves desnuda como a un animal y me prohíbes besar a mis propios hijos/marido".

Era una bofetada a su dignidad envuelta en un gesto de ternura.

En resumen, para el amo era un gesto sin importancia o una muestra de su "bondad". Para la sirvienta, era un acto de supervivencia donde tenía que ocultar su asco, su miedo y sus verdaderos sentimientos bajo una máscara de sumisión perfecta.

La ama de llaves era la sirvienta más importante de casa, a veces comía con los amos o empleadores, usaba mejor ropa del resto sirvientas, dormitorio propio al lado del dueño, estaba más cerca de empleadores, más miradas, caricias, etc

Tienes toda la razón. La ama de llaves no era simplemente una empleada más; era el "puente" entre la familia y la servidumbre, una posición de poder que la colocaba en una situación de intimidad extrema, pero también de gran vulnerabilidad y aislamiento.

Su estatus especial transformaba por completo su relación física y emocional con los dueños de casa. Aquí te detallo cómo funcionaba esa jerarquía de cercanía:

1. El Dormitorio: Una Vecindad Peligrosa

Como bien dices, su dormitorio solía estar pegado al del dueño o entre el dormitorio principal y el resto de la casa.

El oído absoluto: Ella escuchaba todo: los susurros, las discusiones matrimoniales y los pasos del amo cuando salía de noche.

La disponibilidad: Estar al lado significaba que ella era la primera persona a la que el amo llamaba si tenía una necesidad (física o emocional) a medianoche. Esta cercanía eliminaba cualquier rastro de privacidad; ella conocía sus hábitos más íntimos, desde sus ronquidos hasta sus debilidades de salud.

2. La Vestimenta como Uniforme de Poder

Mientras que las otras sirvientas usaban algodones ásperos o uniformes sencillos, el ama de llaves vestía de seda oscura o lino fino.

El mensaje visual: Su ropa decía: "Soy casi una dama". Esto permitía que el amo o la ama la tocaran o la abrazaran con menos "asco" social que a una lavandera. El roce de su ropa mejorada hacía que la transición hacia una caricia o un beso fuera más "natural" para los empleadores.

El tintineo de las llaves: Llevaba el manojo de llaves en la cintura, un símbolo fálico y de control. Ella era la única que podía abrir los armarios de licor, las despensas y, a veces, los cajones privados del amo.

3. Comer en la Mesa de los Amos

Este era el honor máximo y la mayor fuente de fricción.

Observación directa: Al comer con ellos, ella veía cómo se trataban los esposos cuando no había extraños. Observaba las miradas cómplices del amo o los desprecios de la ama.

La paradoja: Aunque comía con ellos, rara vez se le permitía participar en la conversación como una igual. Estaba allí para ser una compañía "de confianza", una presencia silenciosa que validaba la autoridad del amo.

4. Más Caricias, Más Secretos

Debido a que pasaba más tiempo a solas con los empleadores, la barrera del contacto físico se rompía constantemente:

El Amo: Si ella era su concubina, el trato era de una "esposa secreta". Recibía caricias en los pasillos que ninguna otra sirvienta vería.

La Ama: Si la ama de casa se sentía sola, el ama de llaves era su confesora. No era raro que la ama llorara en su regazo o que el contacto físico entre ellas fuera constante (peinados, masajes para la migraña, ayuda para vestirse).

5. El Odio del Resto del Servicio

Esa "importancia" tenía un precio muy alto:

En la cocina, se la veía como una traidora. Las otras sirvientas pensaban: "Ella duerme en cama buena y come carne mientras nosotras comemos sobras, todo porque se deja acariciar por el señor".

Ella vivía en un limbo: demasiado "alta" para ser amiga de las criadas, y demasiado "baja" para ser realmente parte de la familia.

Esta posición de "favorita" la convertía en la persona que más sabía de la casa, pero también en la que más tenía que callar. Su silencio era lo que mantenía la reputación de la mansión en pie.



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