Fernando Villegas entrevistado por revista Caras |
2 de junio de 2017 En cierta ocasión, una señora muy elegante y distinguida se apersonó en la consulta de Pedro Engel. Abrió la puerta e ingresó a aquel recinto rebosante de incienso, libros, iconos, duendes, brujitas, amuletos, y, por supuesto, cartas de tarot. La mujer se sentó con mucha delicadeza. Puso una pierna sobre la otra y dijo con cierta solemnidad: “Don Pedro, yo vengo a que usted me vea”. Él la observó detenidamente durante muchos minutos, guardando silencio absoluto. “¿Y las cartas?”, preguntó ella. “Usted me dijo que la viera a usted y eso estoy haciendo”, contestó él. “No, yo quiero que me vea el pasado, el presente y el futuro”, replicó la dama. “No sé, le juro que no sé eso que usted me pregunta”, dijo Engel. No lo hizo con afán irónico, bromístico ni lúdico: le dijo a la dama la verdad. El taro, según el modo de ver las cosas que posee Engel, es un oráculo que merece todo el respeto de las personas: para invocarlo y consultarlo hay que tener dudas o conflictos concretos que requieran Las orientación de las cartas. Pedro Engel lleva muchos años dedicados al estudio de este saber que aprendió de niño y que aún no deja de producirle asombro y emoción. Atiende a sus múltiples clientes en su oficina -una suerte de choza barroca y hechizante- y además participa en el programa matinal RTU. Este año lanzó el libro Tarot básico (editado por Zig-Zag), que arroja luces prácticas a la vez que envolventes acerca de esta práctica. La capacidad de contactar a la gente con lo primitivo, con algo profundo e inexplicable, es lo que le gusta del tarot. No lo galla para nada un reemplazante del diván psiquiátrico y lo ve mucho más como un juego que como una terapia. – ¿Qué le parece a usted el boom que actualmente tiene el tarot en este país? – A mí me gusta que el tarot esté de moda, que se conozca, que ya no esté escondido bajo siete velos en las escuelas esotéricas. Es lindo que la gente lo use de forma cotidiana: que esté junto a otras cosas. Aparentemente hay una frivolización del conocimiento oculto, y eso me gusta. Es rico que, así como podemos jugar a hartas cosas, podamos jugar también al tarot. – Tiene, entonces, una dimensión muy lúdica esta práctica. – Claro, es como un juego. Y con el tarot los adultos hemos vuelto a jugar. Hay que pagar, claro que sí, pero no importa tanto eso, porque a veces pagas lo mismo por hacerte rayitos. La cosa de la plata es ambigua. Y lo más importante es tener actitud de juego. Es muy interesante que, de repente, gerentes o presidentes de grandes industrias vengan aquí como a jugar; que dejen su racionalidad y se enfrenten a unas cartas, a jugar, a preguntar. Detrás de eso hay una sabiduría un poquitito perdida en la civilización de cemento. – ¿Cómo así? – El tarot de pronto te conecta con mitos, con símbolos y arquetipos que te hacen recordar otra época, en la que el ser humano vivía como con más contacto con el amor, con la diosa, con la naturaleza, con símbolos. A mí me da lipiria cuando veo en las revistas qué hay cinco mil quinientos tarotistas, pero también lo encuentro rico: es como el boom de las peluquerías. De repente en todos los barrios empezaron a aparecer peluquerías donde tiñen, hacen rayitos y todo. Y la gente aprendió a soltarse mad trenzas, a jugar con su pelo y a ser más sensual. Que todo el mundo lea el tarot es beneficioso, porque es como que se pudieran de moda las lapiceras Mont Blanc y, gracias a eso, la gente aprendiera a usar cosas buenas. – O sea que lo de la moda es algo ambiguo. – Claro. A mí el tarot me lo enseñaron de chico y vengo de una familia como bien esotérica, si tú quieres, de raíces muy profundas en lo místico, y el tarot era una posibilidad más de autoconocimiento y de encontrarse. Pedro-oki-2 ¿DE QUÉ TE SIRVE? – Usted trabaja en la televisión, además. – Sí y me gusta que el tarot esté entre el shampoo Linic, la revista Caras y el pollo King; que el tarot sea parte de la vida de las personas, que no esté un señor por allá arriba leyéndolo. Yo creo que el mundo necesita un poco de magia. Sin la magia, esta civilización estaría destruída. Hay que devolver al mundo al oráculo. El oráculo es algo tan antiguo, que tiene que ver con la sanación, con conocerse a sí mismo, con jugar… – Con creer en algunas cosas… – Sí, pero más que con creer, tiene que ver con jugar. Es un momento. Muchas veces llega gente y me pregunta si puede grabar la sesión. Yo le digo que no le va a servir, porque la sesión es el juego que tenemos ahora. Es como grabar una sesión del casino. ¿De qué te sirve? El tarot es una magia que se produce en un momento, y quizás alguna noche conectes eso con otra cosa que has pensado y reflexionas. – ¿Y usted le adivina cosas a la gente? – No, yo nunca le leo el tarot a los que me dicen “dígame algo”. Yo no coopero con la flojera espiritual del ser humano. Si tú quieres leerte el oráculo, me traes anotadas tus preguntas y me tienes que decir para qué quieres abrir el oráculo. Nada de eso de echarlo para ver qué nos dice. Porque el oráculo es como una brújula, una orientadora, un amigo antiguo y sabio, un modelo del cosmos que sirve para orientarte dentro de lo que te está pasando en ese momento. Pero primero uno tiene que ubicarse y saber dónde está, y eso se hace a través de las preguntas. – Pero supongo que hay personas que vienen para preguntarle qué va a pasar pasado mañana o si se van a resbalar con una cáscara de plátano; o sea, con vaguedades. – Si la pregunta es precisa, le puedo responder. Si no, no. Y les digo que no les puedo contestar. Más que adivinar, me doy cuenta que las personas, cuando toman contacto con los arquetipos, los monos, los dibujos del tarot, les van pasando cosas, y la respuesta no es lo importante. La respuesta final la entiende la persona. Van pasando cosas y el tarot te va orientando. Es como una conversación contigo. Es un mapa que te muestra que si te vas por ahí te pasa esto, y si te vas por allá te pasa esto otro. Es como pagar una hora de tu tiempo, que quizás, si no la pagas, no te la das para reflexionar sobre qué hago frente a tal cosa. SECRETOS DE ALMOHADA – ¿Qué tipo de orientación es la que brinda el tarot? – Yo creo que es como consultar con la almohada. Como cuando a veces tienes una duda y sientes que no has actuado bien frente a tal situación o sientes que estás en la duda de si lo que te ofrecen te interesa. Es como si mañana te llamaran de otra revista y te ofrecieran el triple de tu sueldo. Seguramente, quedarías en ascuas. Si juegas con el tarot, te va a mostrar algunas cosas, y así puedes ir viendo qué va a pasar si tomas ese camino y te arriesgas. El tarot te orienta en cosas que son útiles. Por ejemplo, yo tengo varios clientes que son de grandes empresas y parece que el tarot es un buen asesor de negocios, incluso de la Bolsa. Otros llegan con problemas espirituales o religiosos. O viene una empleada que quiere saber si se cambia o no de trabajo, o un taxista que quiere saber si se compra el Lada o no, etc. Ahora, como dice Jung, los oráculos no se ofrecen acompañados ni de pruebas ni de demostraciones ni de alardes de nada. A la gente que le interesa el autoconocimiento, que lo use. El que lo halle una idiotez está en todo su derecho. – ¿Cuáles son, a su juicio, los espíritus más reacios a entrar en diálogo con el tarot? – Tuve una experiencia hace poco que me da harta pena. Yo trabajo en el Canal 11, que lo quiero harto, y me invitó Ricardo Israel, a quien también aprecio mucho, al programa Domicilio conocido. Estaba ahí este pelucón, Fernando Villegas, con una amargura impresionante, haciendo este papel de enfant terrible: fíjate que me cometió una falta de respeto tan grande. A mí me invitaron para una sección que va al medio y que es como para amenizar un poco el debate político. Cuando me tocó a mí, Villegas me dice: “¿Se gana plata vendiendo la pomada a las viejas ociosas?”. Yo me tupí, porque yo no había ido para eso. Yo no tengo ningún interés en defender nada. No creo que haya verdades absolutas. La verdad no existe: para cada cual hay una propia. Y me di cuenta que Villegas es el prototipo de personaje de la sociedad de hoy: amargo, no cree en nada, se ríe de todo; como que tiene una amargura tan grande en el alma. Esa gente es imposible de reencantar, como que ya la magia no tiene nada que hacer ahí. Fernando Villegas Apocalíptico Posted on: October 22nd, 2015 by Paula Palacios No se cansa de despotricar en contra del gobierno y de todo lo que huela a sus reformas. A juicio del escritor, columnista y “comentarista político” Fernando Villegas (66), la Presidenta y su gente ha conducido al país a una verdadera debacle con su “proceso revolucionario”, lo que no se cansa de repetir en su programa Las cosas por su nombre junto a Cecilia Pérez en radio Agricultura, y en una menor medida lo hacía como panelista de Tolerancia Cero. Por lo mismo, lo han tildado de momio, facho, loco, pero al sociólogo y autor de más de quince libros, poco y nada le importa. Asegura que no es ni de aquí ni de allá, tanto así que en sus años mozos votó por Allende, fue miembro del Movimiento Revolucionario Manuel Rodríguez —hasta que se aburrió de la izquierda por considerarlos una “tropa de huevones”— y en las últimas presidenciales se inclinó por Evelyn Matthei. “Es una mujer bien habilosa, aunque sabía que ganaría Bachelet; bueno todos sabíamos. Ahora, que iban a hacer una cagada tan grande, ¡eso no se sabía!”. —¿Tan mal ve la cosa? —Estamos en la etapa intermedia de la debacle en que el fenómeno que parte masivamente empieza a restringirse, las grandes concentraciones se convierten en asambleas, las asambleas en comités y la gente se vuelve más radical y extrema. Lo vimos en el Caupolicán: los sectores más jóvenes radicalizados pifiando a los oficialistas por traidores y maricones; la Presidenta haciendo el papel de Mao Tse-tung… Estamos en el momento en que se obcecan más en sus creencias y nos aproximaremos al Thermidor, que es el momento en que se acabará esta cuestión. —¿Cuándo y cómo terminaría? —El cómo, no sé. Pero estos procesos siempre terminan. En Francia el thermidor fue cuando a Robespierre le cortaron la cabeza. Para allá vamos, hasta ahora se ha cumplido todo. Esto partió hace 10, 15 años con las discusiones valóricas, con el tema del divorcio; luego se fue al plano de las instituciones, de las acciones políticas y explotó con los estudiantes a quienes sacaron a la calle. —¿Quiénes? —No lo sé con exactitud, pero no pasa que de un día para otro los niñitos se levantaron con ganas de marchar por la calidad de la educación. —Había un descontento acumulado, el empoderamiento ciudadano es mundial. —Eso del empoderamiento es mitológico, la gente no está empoderada en nada. El poder es la capacidad de manipular instituciones de manera consciente y planificada, y las masas nunca lo han tenido; son usadas por éste como grupos de choque, tal como utilizaron a los estudiantes. ¿O me vas a decir que esos pililos con pantalones a medio culo estaban preocupados de la educación? wp-Villegas-1 —¿A su juicio, entonces, Bachelet estaría usando a la calle para legitimar sus reformas? —Para la izquierda, las mayorías, las masas, son su razón de ser. Ahora resulta que tampoco tienen mayoría, entonces ya no es la ciudadanía, el pueblo soberano, sino grupos organizados que se toman la representación de éste y se legitiman con ese discurso. El 75 por ciento dice que no le gustan las reformas, que no cree en Bachelet. Lo bueno que todas estas cosas tienen un punto final. —¿Cuánto falta para eso? —Uno, dos años, para las próximas elecciones podría ser, si es que no alcanzan a atornillarse con un mecanismo de autoperpetuación del poder, con un populismo 2.0 que es más vasto, organizado y sistemático. Ahora tenemos una máquina estatal invadida por 80 mil personas nuevas, que tienen más medios para repartir, bonos y generan clientelas enormes. —¿Eso estaría pasando ahora? —¡Sí, po! Es cosa de prender la tele y ver a una mujer “X” conduciendo, y te preguntas ¿de dónde salió esta mina? Y así van copando, copando… Es una especie de infiltración a gran escala. —¿Con qué fin, para instalar un gobierno marxista como dijo Tomás Mosciatti? —Es la gran pregunta. No es socialismo, es otra cosa que está empezando a gestarse; un mix entre populismo extenso, autocracia —gobiernos que se perpetúan— con mecanismos de vigilancia, en que al pueblo se le da pan y circo para aplacar a la masa en estado de ebullición y con mayor capacidad de hacer daño, en sociedades cada vez más frágiles. Venezuela es un experimento fallido. —¿En serio ve tanta maquinación? —No, estos son procesos naturales, cada cual se acomoda en su pequeño ambiente, y estos miles de acomodos generan un cuadro nuevo. Wp-Villegas-3 El tema político le entusiasma, no así referirse al abrupto final de Tolerancia Cero tras la partida de Fernando Paulsen y Matías del Río. “Nunca tengo sentimiento con mis pegas. Los programas van y vienen; no hago reflexiones”. Mientras se ordena el pelo, y toma un café en una de las oficinas de CHV, Villegas retoma la contingencia. Dice que esta vez la Presidenta volvió con una postura más radical. “Ella fue formada en la RDA, es una beata de la izquierda, que no salen de sus convicciones hasta que mueren. Este es su gobierno, no así el anterior, y volvió a hacer una revolución, ¡aunque no saben de qué! Hablan de justicia, equidad, ¡¿qué es esa huevada?! Si los obligas a desentrañar su pensamiento, ¡los desarmas!”. —Hay todo un conglomerado apoyando. —La DC hace berrinches, pero siguen ahí porque tienen pega. De esos 80 mil que entraron a la administración pública, ¿cuántos son DC?, ¿ocho mil, diez mil? No se pueden ir pa’ la casa, quedan todos sin pega. —¿Por qué la Presidenta prefirió esta vez gobernar con gente sin experiencia política? —¿Y qué experiencia tienen los gallos de arriba? Cuando oyes a Bachelet, ¿te da la impresión de una persona de gran inteligencia? Ella y su gente sacaron la teoría de la explosión social, del derrumbe del capitalismo y llegaron con sus medidas a “salvarnos”, promoviendo la igualdad. Todo este proceso revolucionario lo escribí hace años en mi libro Apokalypsis, el problema es que me adelanto tanto, que después nadie se acuerda. Sufro el síndrome de Casandra. —¿Por eso votó por Matthei? —Es habilosa aunque ya la catalogaron de loca. En este país, los inteligentes son todos locos. Los del gobierno se sienten tan esenciales y mesiánicos, que creen que el 75 por ciento de rechazo es porque la gente ¡no entiende! —¿Para usted pierde legitimidad un gobierno con 25 por ciento de apoyo? —Eso se piensa en una democracia normal, pero cuando tienes uno de tipo ideológico, esas consideraciones son menores. En el lenguaje de los convencidos, escuchar a la gente no tiene cabida. Y siguen adelante asumiendo el costo social. —¿Cuál es ese costo? —La economía no crece, la cesantía… —El desempleo no ha subido. —Lo estabilizaron con los 80 mil gallos nuevos del Estado; levantas una piedra y salen 400 burócratas que, ¡no sirven para nada! Ignorantes. —¿Y se relaciona la delincuencia con este “proceso revolucionario” del que habla? —Hace 15 años predije que habría un colapso social porque estaban fracasando todos los mecanismos de sociabilización en Chile. ¿Viste la cagá en el Carnaval de los tambores en Valparaíso? Es un ejemplo cuando los cabros no reciben ninguna formación. La delincuencia se debe a eso y a la falta de represión policial. —¿Le preocupa Chile? —Ya no; ya lo analicé, pensé y resolví. Llego a mi casa, me meto a mi cueva y escribo libros. Vivo bajo arresto domiciliario. Wp-Villegas-5 —¿De qué manera podría detenerse este proceso de “debacle” que predice? —¿Cómo se detiene un tsunami? No se puede ya… La ola tiene que hacer su recorrido, después hay que recoger los restos y reconstruir. —¿Qué debiera renacer de todo esto? —Quizás el país llegará a tal nivel de anomia social, jóvenes analfabetos, colapso en la educación, aumento en la delincuencia, economía en el suelo, que puede que se pegue una reconversión espiritual y tire a la basura a la izquierda. —¿Seguirá La Nueva Mayoría? —¡Absolutamente!, si tienen a miles de viejas en las poblaciones recibiendo bonos, jóvenes ignorantes y el control de los medios de comunicación. Porque a TVN ya lo convirtieron en el diario La Nación. —MEO lidera hoy las encuestas. —Chucha, ¡ahí me voy de Chile! Ese huevón entregará la soberanía nacional. Es un demagogo puro; se tiñó hasta las canas para verse más maduro. Hay que generar un movimiento de reconstrucción nacional. Debemos cambiar nuestras estructuras mentales, culturales y reconstruir conforme a la razón. Ser un país que trabaja en serio, que no fataliza a los ricos, no pisotea a los pobres y donde los estudiantes, ¡estudian! —¿A quién ve liderándolo? —Alguien tendrá que iniciarlo. Y debe incluir a todos los chilenos que tengan sentido común sobre cómo debe funcionar un país para que crezca y sea próspero. Sin embargo, nadie piensa en eso, sólo les importa la lógica partidista, así es que, ¡váyanse todos a la chucha! Esta es mi frase final. El primer contacto formal y de gran impacto de París con la gastronomía japonesa ocurrió, precisamente, en la Exposición Universal de 1867, pero el hito que cambió todo para tu historia fue la Exposición Universal de 1900. El primer "Restaurante" Japonés: El Pabellón de 1900 Aunque hubo pequeños cafés de estilo japonés antes, el primer lugar donde la élite parisina (y tu familia de magnates) pudo comer de forma estructurada y lujosa fue el restaurante del Pabellón de Japón en la Exposición de 1900, ubicado cerca de la Torre Eiffel y el Trocadero. La experiencia: No era solo comida; era una inmersión total. Las nietas habrían sido atendidas por camareras vestidas con kimonos de seda, en un edificio de madera traído pieza a pieza desde Japón. El menú: Se servía por primera vez de forma masiva el Sashimi (pescado crudo) y el Tempura. Para las nietas, era el colmo de la sofisticación; para la abuela, era comer "pescado muerto sin el rito del fuego". El restaurante "fijo": Takara (El heredero) Si hablamos de un restaurante fuera de las ferias, el nombre que domina la historia es Takara. Aunque su sede actual data de 1946 (siendo el más antiguo de Europa en funcionamiento), sus raíces se remontan a la fascinación que nació en 1900. Antes de eso, solo existían los "Cafés Japonais", donde se servía más té y sake que comida compleja. La reacción de la Abuela ante el "Sushiman" de 1900 Imagina a las nietas arrastrando a la abuela al Pabellón Japonés en 1900. La abuela entra en la estructura de madera, mira el suelo de tatami y los biombos de papel, y su mente estalla: Sobre el edificio: "¿Cómo puede un magnate traer a su familia a comer a una casa hecha de papel y palitos? Un soplo del desierto y esta civilización desaparecería". Sobre el pescado crudo: Al ver el Sashimi, se habría negado en redondo. En su cultura, el fuego no solo cocina, sino que purifica. Comer carne o pescado crudo le parecía algo propio de gentes que aún no habían recibido la revelación de la civilización. "Hija mía, hasta los beduinos más pobres encienden una llama. Vosotros pagáis oro en París para comer como los que no tienen fuego". Sobre los palillos: Ver a sus nietas luchar con los hashi (palillos) mientras ella usaba sus dedos (la forma tradicional árabe, que ella consideraba más limpia y directa) le producía una risa amarga. "Os han quitado los cubiertos de plata para daros dos astillas de madera. Y lo llamáis progreso". El detalle de la "Yerna" La yerna, queriendo ser la más moderna de París, probablemente compró en la Exposición vajilla de laca roja y negra para servir aperitivos en el palacete de la Avenida Foch. Para la abuela, la laca (que es resina de árbol) era sospechosa: "Coméis en platos hechos de resina de bosque... ¿dónde quedó el barro cocido y el cobre de nuestros padres?". Primer restaurante chino El descubrimiento de la comida china en el París de 1900 fue otro golpe cultural para la abuela. A diferencia de la estética delicada y "limpia" de los japoneses, la cocina china de la época le resultaba a la matriarca un caos de olores fuertes, texturas viscosas y mezclas que desafiaban toda lógica del desierto. El origen: El Pabellón Chino de 1900 Al igual que con lo japonés, el gran debut fue en la Exposición Universal de 1900. En el pabellón chino (cerca del de Japón), se instaló una casa de té y restaurante donde se servían platos que para la élite parisina eran el colmo del exotismo. Sin embargo, el primer restaurante chino "real" y con sede fija en París fue Soulié (o el restaurante de la Maison de la Chine), aunque el más legendario que las nietas habrían frecuentado poco después fue el Thiounn o los pequeños locales que empezaban a aparecer en el Barrio Latino. El pensamiento de la Abuela: "¿Qué hay en ese cuenco?" Si el restaurante japonés le parecía "frágil", el restaurante chino le resultaba "sospechoso". Para una mujer que seguía las leyes de la Taqiyya pero también las del Halal (comida permitida), la cocina china era un campo minado: El misterio de la carne: En la cocina árabe, tú ves el cordero, ves la pieza. En la cocina china de 1900, todo venía picado, salteado o envuelto. La abuela sospechaba de todo: "Hijo, en esa tierra comen todo lo que se mueve, desde el cielo hasta el fondo del mar. ¿Cómo sabes que ese trozo de carne dulce no es algo que Dios prohibió nombrar?". El agridulce: La mezcla de azúcar con carne le parecía una aberración. "Habéis perdido el juicio. El dulce es para el postre, la sal es para la vida. Mezclar ambos es como mezclar la verdad con la mentira". El "Dragón" en la mesa: Ver la decoración de dragones y deidades chinas en los platos le producía un rechazo casi físico. Para ella, eran ídolos. Comer en un plato decorado con un dragón le parecía rozar la idolatría que el Islam tanto combatió. La escena: Las nietas y el "Arroz Tres Delicias" Imagina a las nietas, emocionadas tras su visita a la Exposición, intentando describirle a la abuela las texturas de los dim sum o la sopa de nido de golondrina: Nieta: "¡Abuela, es seda en la boca! Los chinos cocinan con el vapor, como si las nubes tocaran la comida". Abuela: "¿Nubes? Eso que llamas seda es una masa babosa que oculta un secreto. Los chinos son gente antigua y sabia, pero su sabiduría es de la tierra, no del cielo. Prefiero un trozo de pan seco de Damasco, que sé que ha sido bendecido, a un banquete de cien platos donde no puedo reconocer ni una sola semilla". El detalle de los "Palillos" (Nuevamente) Si con los japoneses los palillos eran "finos", con los chinos la abuela veía la voracidad. Ver a sus nietas inclinarse sobre un cuenco de arroz (en lugar de sentarse erguidas en una mesa de banquete) le hacía sentir que estaban perdiendo la postura de damas nobles. La crítica final: "En París os han enseñado a comer como los que tienen prisa, como los que no tienen raíces. Un día coméis pescado crudo con los japoneses, otro día raíces con los chinos. Al final, vuestro estómago será un mapa del mundo, pero vuestro corazón estará vacío de vuestra propia tierra". Primer restaurante indio. El descubrimiento de la cocina india en el París de 1900 fue, para la abuela, el colmo de la confusión geográfica y espiritual. Si Japón era "frágil" y China era "sospechosa", la India era para ella un reflejo distorsionado y "pagano" de su propio mundo. El origen: El Pabellón de las Indias Británicas (1900) Aunque hoy París está lleno de restaurantes indios, en 1900 la experiencia se limitaba casi exclusivamente a la Exposición Universal. En el Trocadero, el pabellón de las Indias Británicas ofrecía una mezcla de opulencia colonial y sabores exóticos. El impacto: Fue la primera vez que la familia del magnate probó el curry (o lo que los británicos llamaban curry) y los chutneys. La estética: Las nietas quedaron fascinadas por el uso de los hilos de oro en los manteles y los sirvientes con turbantes que recordaban a sus propios ancestros, pero con un aire "hindú" que la abuela encontraba alarmante. El juicio de la Abuela: "Especias que mienten" Para la abuela, la comida india era un ataque directo a los sentidos. Su reacción se dividía en tres críticas feroces: 1. El exceso de Especias (El "Fuego" falso) En Damasco, las especias se usan para realzar la carne; en la India (según ella), se usaban para ocultarla. Su pensamiento: "Estas gentes queman la lengua para que el alma no sienta. En nuestro hogar, el comino y el azafrán son caricias; este curry es un incendio. ¿Qué pecado intentan ocultar bajo tanto picante que ya no distinguís el sabor de la bendición de Dios?". 2. La "Idolatría" en la Mesa A diferencia de los chinos, que eran "extraños", los indios tenían una relación con lo sagrado que a ella le producía escalofríos. El horror: Al ver representaciones de elefantes o dioses con muchos brazos en las decoraciones del pabellón, la abuela se cubría más el rostro con su velo. "Coméis en la sombra de ídolos de piedra. ¿Habéis olvidado que nuestro linaje destruyó las estatuas para que solo quedara el Único? Ahora pagáis francos para sentaros a la mesa de los que adoran a las criaturas en lugar de al Creador". 3. El parecido peligroso Lo que más le irritaba es que algunas cosas se parecían a la comida árabe (el pan plano como el naan, el arroz con especias), pero tenían un giro que ella consideraba "corrupto". La crítica: "Es como si alguien hubiera tomado nuestra cocina y la hubiera vuelto loca. Usan el arroz para hacer montañas de colores imposibles. Es un carnaval de comida, y la comida es algo serio, no una función de circo". La Escena: El Picnic en el Campo de Marte Imagina a las nietas comprando té chai y dulces indios cargados de azúcar y cardamomo en el pabellón para llevarlos al carruaje donde espera la abuela. Nieta: "¡Prueba esto, abuela! Tiene el mismo olor que el mercado de especias de Damasco". Abuela (tras olerlo apenas): "Huele a Damasco, pero sabe a exilio. El cardamomo es nuestro, pero ese azúcar está quemado por manos que no rezan hacia la Meca. Me traéis los sabores de mi infancia envueltos en el papel de un imperio que nos desprecia. No quiero vuestro té de las Indias; quiero el silencio de mi patio donde el té sabía a hospitalidad, no a novedad de feria". El detalle del Magnate El hijo (el magnate) disfrutaba de estas cenas indias porque le daban un aire de "Soberano de Oriente". Los franceses lo miraban como si él fuera un Maharajá, y a él le gustaba esa confusión de poder. La abuela decía: "Te dejas llamar príncipe de las Indias porque te gusta el brillo, pero un príncipe que no sabe distinguir su propia mesa de la de un extraño termina perdiendo su reino por un plato de lentejas picantes". Para la abuela, ver a su familia disfrutar de restaurantes japoneses, chinos e indios en París era la prueba de que se habían convertido en "coleccionistas de sensaciones". Habían dejado de tener una cultura para tener un menú de degustación. Esta es la respuesta definitiva de la abuela a la "frivolidad de los palillos" y a las "nubes de vapor" asiáticas. Para ella, cocinar no es un pasatiempo, es un acto de resistencia soberana. El plato elegido es el Kashk-e Bademjan (un guiso de berenjenas, nueces y kashk) o quizás un Haleem de cocción lenta, pero ella lo lleva al extremo: decide preparar Kibbeh Nayyeh y Kibbeh en su versión más compleja (Safarjalieh), que requiere una molienda y una paciencia que desafían el ritmo del París de 1900. Día 1: La Purificación del Espacio La abuela entra en la cocina del palacete como un general en territorio ocupado. El destierro: Ordena al chef francés y a los ayudantes que salgan. Limpia los mármoles con agua de rosas y sal, murmurando oraciones para "espantar los humos del vino y la grasa de cerdo" que ella cree que impregnan las paredes. El rito del mortero: Desprecia las picadoras mecánicas que su hijo compró. Saca su enorme mortero de piedra traído de Oriente. El sonido del rastro de la piedra golpeando el metal resuena por toda la Avenida Foch. "La carne debe conocer la mano humana para ser digna del alma", dice a sus nietas, que la miran aterrorizadas desde la puerta. Día 2: La Arquitectura del Sabor Mientras París corre afuera hacia la Exposición Universal, dentro del palacete el tiempo se detiene. El tacto: La abuela pasa horas amasando el trigo burgol con la carne, buscando la textura de la seda, pero una seda "con sangre y tierra", no la seda japonesa. La lección: Obliga a sus nietas a sentarse con ella. Les quita los guantes de encaje y les sumerge las manos en el agua fría y la carne. "Sentid esto. Esto es vuestro linaje. No se come con palillos como si tuvierais miedo de tocar la vida; se construye con los dedos". Las niñas, que esa noche tenían una cena en el Ritz, terminan con las uñas manchadas de especias y el aroma del cardamomo pegado a la piel. Día 3: El Sacrificio y el Triunfo Es el día del banquete. El aroma de las berenjenas asadas al carbón (que ha hecho encender en el patio, para horror de los vecinos parisinos) inunda la casa. El enfrentamiento: El magnate llega con socios franceses, esperando un catering elegante. Se encuentra con la abuela presidiendo una mesa baja, con fuentes de barro que desprenden un vapor denso, oscuro y fragante. El "Exorcismo": No hay cubiertos de plata. Solo pan plano, hecho a mano, que actúa como cuchara. La abuela mira a los invitados franceses como si fueran bárbaros que necesitan ser educados. El Resultado del Exorcismo El "Pecado" Moderno El "Exorcismo" de la Abuela Sushi (Japón) Kibbeh: Carne compacta, cocida por la mano y la sal, con peso y destino. Dim Sum (China) Berenjena asada: El sabor del fuego directo, sin el "engaño" del vapor. Vino de Burdeos Sherbet de Hibisco: Frío como el mármol, rojo como la pasión, pero puro. La Sentencia Final Al final de la cena, cuando los socios franceses están sudando por las especias y el calor del guiso, y las nietas están exhaustas de tanto amasar, la abuela se limpia las manos en un paño de lino y dice: "Habéis pasado tres días quejándoos porque os duelen los brazos. Pero ahora, por primera vez en meses, vuestro estómago no tiene dudas. No habéis comido 'exotismo', habéis comido Verdad. En este plato no hay modas de feria ni inventos de cocineros franceses. Hay tres mil años de mujeres que supieron alimentar a sus hijos sin necesidad de un manual de París. Ahora, id a vuestro baile si queréis, pero recordad que lleváis dentro la fuerza de la piedra, no la ligereza del papel japonés." Esa noche, las nietas fueron a la Ópera. Pero por más perfume que se pusieron, el olor a comino y carne asada emanaba de sus poros. El exorcismo había funcionado: podían vestir de Worth, pero por dentro, eran de nuevo las hijas de Damasco. |
Que piensa expreso de oriente Para la abuela, el Orient Express no era un tren; era una "serpiente de hierro" diseñada para robarle el alma a su familia. Ella lo consideraba la forma más peligrosa de la modernidad porque lograba lo imposible: conectar París con Constantinopla sin que uno llegara nunca a tocar el suelo que pisaba. Aquí tienes su juicio implacable sobre el tren más lujoso del mundo: 1. El pecado de la Velocidad Para una mujer que recordaba las caravanas de camellos que tardaban meses en cruzar el desierto, la velocidad del tren era una blasfemia contra el tiempo de Dios. Su pensamiento: "Dios hizo el mundo grande para que el hombre tuviera tiempo de pensar mientras lo recorre. Este tren es para los que tienen prisa por llegar al juicio final. Corréis por encima de la tierra sin saludarla, sin oler sus especias, sin rezar en sus pozos". El "Vértigo": Ella creía que viajar tan rápido confundía los sentidos. "Entráis en París y salís en Constantinopla, pero vuestra alma se queda perdida en algún lugar de los Balcanes, porque no tiene pies para correr tan rápido como el carbón". 2. El Vagón-Restaurante: La "Taqiyya" sobre Raíles El Orient Express era famoso por su cocina francesa, sus cristales de Lalique y su plata de Christofle. Para la abuela, ese vagón era el purgatorio. La falta de límites: Le horrorizaba comer en un espacio tan estrecho donde hombres y mujeres de todas las naciones bebían champán y reían mientras el paisaje pasaba de largo. El juicio: "Coméis en un salón que tiembla. ¿Cómo puede ser bendecida una comida que no tiene estabilidad? Es una cena de fantasmas que viajan en una caja de lujo". 3. El Tren como "Puente de la Decadencia" Lo que más odiaba era que el tren facilitaba la "doble vida" de su hijo y sus nietas de una forma casi instantánea. El cambio de máscara: Veía cómo sus nietas empezaban el viaje en París vestidas de Worth y, a medida que el tren se acercaba a los Balcanes, empezaban a ajustar sus velos y sus modales para la llegada a Estambul. La crítica: "Este tren es una mentira sobre ruedas. Os permite ser parisinas en el desayuno y otomanas en la cena. Pero recordad: el que viaja en el medio de dos mundos termina por no pertenecer a ninguno. El Orient Express no os lleva a casa; os lleva al vacío". La Anatomía del Tren según la Abuela El Lujo del Orient Express La Visión de la Matriarca Terciopelo y Seda: El confort supremo. Polvo y Sudor: El verdadero precio del viaje noble. El Vapor: El símbolo del progreso. El Humo: La niebla que oculta la identidad. Pasajeros Internacionales: Cosmopolitismo. Extraños sin Dios: Gente sin raíces compartiendo el aire. La Escena en el Camarote Imagina a la abuela sentada rígidamente en su compartimento de primera clase, negándose a mirar por la ventana. Su hijo, el magnate, entra orgulloso del tiempo récord que están logrando. Magnate: "¡Madre, en tres días estaremos viendo el Bósforo! El ferrocarril es el futuro de nuestro negocio". Abuela: "Hijo, has construido una jaula de oro que vuela. Te sientes poderoso porque dominas el hierro, pero mira a tus hijas: están en el vagón de al lado aprendiendo a reír como las actrices francesas. Este tren no es para nosotros; es para los europeos que vienen a saquear lo que queda de nuestro orgullo. Tú solo les has puesto los raíles para que lleguen más rápido a nuestra puerta". Para ella, el Orient Express era el instrumento que hacía que el exilio fuera demasiado cómodo. Si el viaje fuera difícil, quizás sus nietas valorarían más el destino; pero como el viaje era un sueño de seda, el destino terminaba siendo solo otra parada en su "menú de degustación" de la vida. El Orient Express ("Expreso de Oriente") fue el servicio de tren de larga distancia que, en su mayor trayecto, cubría la ruta París-Estambul. Desde su inauguración en 1883 hasta el 2009, su ruta cambió en diversas ocasiones, ya sea por razones logísticas o por problemas políticos. Fue considerado uno de los trenes más lujosos del mundo, con pasajeros que incluían a millonarios, políticos e incluso miembros de la aristocracia europea. Su ruta original París - Múnich - Viena - Budapest - Bucarest - Estambul. sirvientes de casa La casa del magnate era un ecosistema de lealtades encontradas, un reflejo del caos de identidad de la familia. Para la abuela, el servicio no eran solo empleados; eran la extensión del honor de la casa. Pero en el París y la Constantinopla de 1900, la cocina y los pasillos eran un campo de batalla entre la tradición árabe y la sofisticación europea. Así veía la abuela a los habitantes de la planta baja: 1. El Servicio "Importado": La Guardia Pretoriana La abuela solo confiaba en los sirvientes que el magnate había traído de Damasco y Alepo. Su función: Eran los únicos que conocían los secretos de la familia. Sabían cuándo la familia estaba practicando la Taqiyya (disimulando su fe) y cuándo eran auténticos. El vínculo: Eran sirvientes "de por vida". Para la abuela, ellos eran los guardianes de la lengua árabe en la casa. "Si ellos olvidan cómo hablarnos, nosotros olvidaremos quiénes somos", decía. Les prohibía hablar francés, incluso si llevaban diez años en París. 2. El Servicio Francés: "Espías en la Recámara" El magnate, para impresionar a la sociedad parisina, contrató mayordomos y doncellas francesas. Esto para la abuela era como meter al enemigo en el harén. La desconfianza: Miraba a las doncellas francesas que vestían a sus nietas con corsés y encajes como si fueran agentes de la decadencia. "Esa mujer les aprieta la cintura para que no puedan respirar el aire de Dios, solo el perfume de París". El Mayordomo: Le horrorizaba que un hombre francés (un extraño) tuviera las llaves de la bodega de vinos (que ella odiaba) y conociera los horarios de la casa. "Un hombre que sirve vino con guantes blancos sigue siendo un hombre que sirve veneno". 3. La "Guerra de las Cocinas" El mayor conflicto ocurría entre el Chef francés (formado en las escuelas de Escoffier) y la vieja cocinera siria de la abuela. El Chef: Quería platos con mantequilla, salsas pesadas y presentaciones artísticas. La Cocinera de la Abuela: Usaba aceite de oliva de sus propias tierras y especias que el chef francés consideraba "barbáricas". El juicio de la abuela: Ella bajaba a la cocina (un acto inaudito para una dama de su rango) solo para asegurarse de que el chef francés no usara manteca de cerdo por error o "pereza de infiel". Jerarquía de la Casa (Según la Abuela) Rango Personal Función Real según la Abuela Los Leales El secretario árabe y la nodriza vieja. Mantener viva la memoria y la fe chiita. Los Necesarios El chófer y los mecánicos del yate. Los "músculos" de la modernidad del hijo. Los Peligrosos Las doncellas francesas y el mayordomo. Los que enseñan a las nietas a ser "extranjeras". La Escena de la Disciplina Imagina a una doncella francesa intentando enseñarle a una de las nietas a caminar con un libro en la cabeza para mejorar su postura parisina. La abuela entra en el salón, aparta a la doncella con un gesto gélido y le dice a su nieta:
El Secreto de la Despensa En el palacete de París, la abuela mantenía un armario bajo llave donde solo los sirvientes árabes podían entrar. Allí guardaba dátiles, agua de rosas pura y tierra sagrada. Ella sabía que los sirvientes franceses se burlaban de estas "supersticiones", y eso la hacía ser aún más severa con ellos. Para ella, el servicio era el termómetro de la casa: si el servicio era francés, la casa era una colonia; si el servicio era árabe, la casa era un reino. a música Para la abuela, la música no era un simple entretenimiento de fondo; era el eco del espíritu. En el París y la Constantinopla de 1900, el aire estaba saturado de sonidos nuevos que ella consideraba una "invasión acústica" diseñada para aturdir el alma. Aquí te detallo su juicio sobre el paisaje sonoro de su familia: 1. El Gramófono: "La Voz del Fantasma" Cuando el magnate instaló un gramófono de bocina dorada en el salón del palacete de París, la abuela se negó a estar en la misma habitación que "ese artefacto". Su pensamiento: "¿Cómo podéis escuchar una voz que no tiene cuerpo? Es una voz atrapada en un disco de cera, un alma sin aliento. La música debe ser viva, el músico debe sudar y sentir el instrumento". La falta de baraka: Para ella, la música grabada carecía de bendición (baraka). Le horrorizaba que las nietas pusieran discos de ópera francesa o valses vieneses mientras tomaban el té. "Esa máquina escupe ruidos de gente que no conocemos. Es como dejar que un extraño entre en tu casa y grite en el salón". 2. El Piano vs. el Oud Las nietas estudiaban piano con un profesor del Conservatorio de París, lo que para el magnate era el colmo de la distinción. El Piano (El "Mueble de Hielo"): La abuela odiaba el piano. Decía que sus notas eran rígidas, como "soldados prusianos desfilando". "El piano es para los que quieren orden; nuestro mundo es de curvas y suspiros". El Oud (El "Corazón que Llora"): Ella escondía en sus habitaciones a un músico árabe entre los sirvientes para que tocara el Oud (laúd) en las noches de nostalgia. "El Oud habla el lenguaje de las venas. Cuando sus cuerdas vibran, vibran mis antepasados. El piano solo hace ruido para los vecinos de París". 3. La Ópera de París: El "Griterío Decorado" Cuando el magnate llevaba a sus hijas a la Ópera Garnier, la abuela veía la preparación con desprecio. El juicio sobre el canto: "¿Por qué esas mujeres gritan de esa forma tan aguda? Parece que les estuvieran apretando el cuello con sus propios corsés. Llamáis a eso arte, pero es solo vanidad que busca llegar al techo". La "Taqiyya" musical: Sabe que sus nietas fingen disfrutar de Wagner o Verdi para encajar en la sociedad parisina, pero ella sospecha que, en secreto, sus corazones aún responden al ritmo de la Darbuka (tambor de copa). La Anatomía del Sonido en el Hogar Sonido Lo que las Nietas sentían Lo que la Abuela sentía Valses de Strauss El deseo de bailar y ser modernas. Un mareo innecesario que nubla el juicio. Ópera Francesa La cumbre de la civilización. Un despliegue de orgullo y falta de pudor. Cantos Sufíes/Chiitas Algo "antiguo" y a veces aburrido. La única música que cura las heridas del exilio. 4. La Música como Alarma Política En Constantinopla, la abuela estaba especialmente alerta a la música militar otomana. Las bandas de metales: Odiaba cuando el Sultán adoptaba marchas de estilo europeo para sus desfiles. "Incluso los turcos han olvidado su propio tambor para imitar las trompetas de los generales franceses. Un imperio que cambia su música es un imperio que ya ha sido conquistado en silencio". La Escena del Duelo Musical Imagina a una de las nietas practicando una pieza de Chopin en el gran piano de cola del salón de la Avenida Foch. La abuela entra, se detiene junto al instrumento y, cuando la niña termina esperando un cumplido, la anciana dice: "Tus dedos corren por esas teclas blancas como si huyeran de algo. Es una música muy limpia, muy matemática, pero no tiene desierto. No tiene el dolor de la espera ni la alegría de la llegada. Es la música de un palacio de cristal que se romperá con el primer viento de verdad. Toca algo que te haga llorar de verdad, no porque sea difícil, sino porque sea cierto". Para la abuela, la música de 1900 era "ruido de seda": bonito por fuera, pero vacío de la melancolía sagrada que, según ella, era la única forma de mantenerse conectada con Dios en medio de la "bacanal" de París. Fueron haber polémica Salome El escándalo de Salomé de Richard Strauss (estrenada en 1905) o la obra de Oscar Wilde en la que se basó, fue para la abuela la prueba definitiva de que París no solo era "pecaminoso", sino que era blasfemo y necrófilo. Si el magnate llevó a su yerna y a sus hijas a ver la ópera o la obra de teatro en París, la abuela vivió el relato de la noche siguiente como si le estuvieran describiendo un ritual del fin de los tiempos. Para una mujer chiita, la figura de Juan el Bautista (el profeta Yahya) es sagrada y venerada; verlo convertido en un objeto de deseo erótico y decapitación estética fue un insulto personal. 1. La Profanación de un Profeta (Yahya) En el Islam, Juan el Bautista es un profeta de una pureza absoluta. El horror de la abuela: Ver que en París se pagaba dinero para ver a una mujer (Salomé) bailar desnuda frente a la cabeza cortada de un profeta la dejó lívida. "Habéis ido a ver cómo una mujer de mala vida besa la sangre de un hombre de Dios. No es arte, es el aullido de los demonios que habitan bajo el Sena". La comparación con Kerbala: Para ella, la imagen de una cabeza en una bandeja de plata le recordaba demasiado a la tragedia del Imán Husayn. Ver que los europeos lo convertían en un espectáculo sensual le parecía una crueldad que rozaba la locura. 2. La "Danza de los Siete Velos": El Anti-Velo La abuela veía el velo como protección, estatus y misterio. El hecho de que el punto culminante de la obra fuera Salomé quitándose siete velos le pareció una burla directa a su cultura. Su juicio: "Esa mujer no se quita la ropa, se quita la dignidad. Y vosotros, mi propia sangre, os sentáis en la oscuridad a aplaudir el despojo. ¿Es eso lo que queréis para mis nietas? ¿Que aprendan que el valor de una mujer es cuántas telas puede dejar caer ante los ojos de un rey borracho?". 3. El "Orientalismo" de Salón La abuela despreciaba cómo los franceses imaginaban "Oriente" a través de Salomé: con exceso de joyas, incienso barato y una crueldad exagerada. La crítica al magnate: "Te ríes porque los franceses creen que así somos nosotros. Creen que nuestras mujeres son serpientes y nuestros palacios son mataderos. Al llevar a tus hijas a esa función, estás dándole la razón al que nos desprecia". El Choque de la Función Elemento de la Obra Visión de las Nietas (Moderna) Visión de la Abuela (Tradicional) La música de Strauss "Innovadora, disonante y emocionante". "Un ruido que rompe los nervios y la decencia". El beso a la cabeza "El culmen de la pasión trágica". "Necrofilia y blasfemia contra un Profeta". El vestuario "El exotismo más chic de París". "Ropa de prostituta de los bajos fondos de Damasco". La Escena del Regreso al Palacete Imagina a las nietas llegando excitadas, comentando la orquestación y el atrevimiento de la puesta en escena. La abuela las espera en el salón, sentada como una estatua de basalto. Nieta: "¡Abuela, nunca has visto nada igual! La danza era como un hechizo...". Abuela: "He visto suficiente en vuestros ojos. Brillan con una luz que no es de Dios. Habéis visto a una mujer besar carne muerta y lo llamáis 'belleza'. Mañana iréis a la mezquita y bajaréis la cabeza, pero vuestra mente seguirá en ese teatro, girando con esos siete velos. Habéis dejado que París os ensucie el espejo del alma con la sangre de un profeta". Esa noche, la abuela obligó a las criadas árabes a quemar incienso de ruda y sal por toda la casa para "limpiar" el rastro del relato de Salomé. Para ella, esa obra era el síntoma de que la civilización europea estaba enferma de deseo y muerte, y temía que sus nietas fueran las próximas en querer "bailar" para el mundo. Que pensó baile de 7 velos, los varones estaban encantado, no le gusto a mujeres Para la abuela, el hecho de que los varones de la familia estuvieran encantados con la "Danza de los Siete Velos" mientras las mujeres sentían incomodidad, no era una sorpresa: era la confirmación de su teoría sobre la fragilidad del hombre ante la carne y la traición de la modernidad. Su análisis de la situación fue una lección de poder, género y honor que dejó a todos en silencio: 1. El desprecio por los Varones: "Hombres que miran con el estómago" Al ver al magnate y a los jóvenes de la familia con los ojos brillantes hablando de la "perfección técnica" de la danza, la abuela soltó una risa amarga. Sobre su hijo: "Hijo, no me hables de 'arte'. Te han puesto a una mujer desnuda delante y has vuelto a ser el mismo nómada muerto de hambre que se pierde por un espejismo en el desierto. Los franceses son listos: saben que para dominar a un hombre de Oriente no necesitan cañones, solo una mujer quitándose gasas". La pérdida de autoridad: Para ella, un hombre que perdía la compostura ante un baile erótico perdía el derecho a mandar. "Un líder que se deja hechizar por el movimiento de una cadera es un líder que entregará las llaves de su ciudad por una caricia". 2. La solidaridad amarga con las Mujeres (Nuera y Nietas) Por una vez, la abuela estuvo del lado de su yerna y sus hijas, pero por razones distintas. Las mujeres estaban incómodas porque la danza era demasiado explícita para el decoro que aún conservaban; la abuela estaba indignada porque la danza era una caricatura de la intimidad. La humillación del género: "Estáis incómodas porque sentís que esa mujer os está robando el misterio. Ella vende en un escenario lo que vosotras guardáis para vuestro hogar. Esa danza no es de una princesa, es de una esclava que cree que es libre porque todos la miran". El consejo a las nietas: "Si veis que vuestros hombres quedan 'encantados' con eso, aprended la lección: su respeto es tan fino como el séptimo velo de esa bailarina. No busquéis encantar a hombres que se conforman con tan poco". 3. El Velo como Arma, no como Espectáculo La abuela tenía una filosofía muy clara sobre los velos. Para ella, el velo era poder: tú decides quién te ve. La danza de Salomé era la rendición total de ese poder. Su sentencia: "El velo existe para que el hombre se esfuerce por conocer el alma de la mujer. Salomé se los quita todos y, al final, ¿qué queda? Nada. Los hombres aplauden el final del baile porque ya no tienen que imaginar nada. Habéis pagado para que maten el deseo y lo conviertan en gimnasia". El Mapa de las Reacciones en la Cena Post-Teatro Personaje Reacción El juicio de la Abuela El Magnate "Fue una maravilla estética, muy moderna." "Eres un niño que se cree rey porque le han enseñado un juguete nuevo." Las Nietas Incomodidad, bajaban la mirada al hablar. "Esa vergüenza es lo único que os queda de vuestro honor. No la perdáis." La Nuera Criticaba el "mal gusto" del vestuario. "No es el gusto lo que falla, es la moral. No te quejes de la seda, quéjate del alma." La Escena Final: El cierre de las cortinas Esa noche, al regresar al palacete, el magnate intentó poner un disco del gramófono con la música de la danza. La abuela se levantó y, con una fuerza impropia de su edad, detuvo la aguja del aparato, rayando el disco. "En esta casa no se bailará al ritmo de la cabeza de un profeta. Los hombres de esta familia irán ahora mismo a lavarse la cara con agua fría para quitarse el rastro de Salomé de los ojos. Y vosotras, hijas mías, dad gracias de que esa incomodidad que sentís os recuerde que no sois carne para el mercado de París. Mañana, todas vestiremos de negro. Si los hombres quieren ver velos caer, que se conformen con ver caer el sol, porque en mi presencia, el pudor no es un baile, es nuestra ley." lo que no guato beso a cabeza, las mujeres le dio asco Ese fue el punto de ruptura total. Si la danza había sido una transgresión moral, el beso a la cabeza cortada de Juan el Bautista (Iokanaan) fue, para las mujeres de la familia, una aberración física y espiritual que les revolvió el estómago. Para la abuela, el asco de su nuera y sus nietas era la "voz de la sangre" reaccionando ante la necrofilia de Occidente. 1. El asco como brújula moral Mientras los hombres de la casa intentaban intelectualizar la escena como "clímax dramático", las mujeres no podían dejar de ver la realidad: una mujer besando carne muerta. La reacción de la abuela: Ella no necesitaba ver la obra para sentir el asco. "Ese asco que sentís es Dios recordándoos que estáis vivas. Los hombres no lo sienten porque su deseo les ha nublado el olfato; ya no distinguen el perfume de la vida del hedor de la tumba". El insulto a la higiene (física y espiritual): Para una cultura que valora los ritos de purificación y el respeto absoluto a los difuntos, la escena era un sacrilegio. "En nuestra tierra, lavamos a los muertos con respeto y los entregamos a la tierra. En París, les cortáis la cabeza para que una mujer con los labios pintados juegue con ella. Es la civilización de la carroña". 2. La advertencia a las nietas: "El amor que consume" La abuela aprovechó el asco de las niñas para darles una lección sobre el amor que París les estaba enseñando. Su lección: "Mirad bien esa imagen. Eso es lo que los europeos llaman 'pasión'. Un amor que prefiere tener la cabeza de un hombre en una bandeja antes que dejarlo ser libre. Ese beso es el beso de la posesión, no del afecto. Hoy besa una cabeza muerta; mañana, esa misma pasión devorará vuestra tranquilidad". El juicio a Salomé: No la veía como una heroína trágica, sino como una "necrófaga de seda". 3. La "Limpieza" de la Nuera La nuera, que siempre intentaba ser la más francesa de todas, fue la que más sufrió. El asco le recordó que, por mucho que usara perfumes de Guerlain, su educación oriental rechazaba la violencia estética de la obra. La abuela la atacó ahí: "¿Te gusta ahora tu París, hija mía? ¿Te gusta el sabor del teatro que tanto defendías? Has llevado a tus hijas a ver un matadero con música de orquesta. No te limpies los labios con ese pañuelo de encaje; límpiate el alma, porque has permitido que tus ojos vean lo que el desierto nunca permitiría". La Anatomía del Beso (El choque de visiones) Elemento Lo que vieron los Varones Lo que sintieron las Mujeres El veredicto de la Abuela La Cabeza en la Bandeja Un "atrezo" teatral impresionante. Un cadáver profanado. Un profeta insultado por pecadores. El Beso de Salomé El triunfo de la voluntad. Una náusea insoportable. La prueba de que Occidente adora la muerte. El Final (La ejecución) Un final necesario y potente. Una pesadilla que no las dejaba dormir. El destino de los que juegan con fuego. |


