martes, 22 de diciembre de 2015

Gran diccionario del discurso políticamente correcto


Gran  diccionario del  discurso políticamente correcto 



Hoy, en tiempos posmodernos, cuando la voz de la calle se alza para reclamar políticas más inclusivas y los movimientos sociales luchan por la transparencia y terminar con las malas prácticas, es más necesario que nunca despejar el significado de la terminología que marca nuestra agenda.
 La ciudadanía pide a gritos transformaciones. Afortunadamente entraron en escena esas caras nuevas, carismáticas y empoderadas, para debatir asuntos tan trascendentales como la deuda histórica y la gratuidad Ratuidad. Por eso, y con gran satisfacción, Fernando Villegas pone en manos del público este diccionario donde el lector encontrará definiciones claras y precisas para los vocablos y expresiones de los más importantes lugares comunes en boga, los signos más relevantes del casi inagotable manantial de clichés, las frases más dichas y más oídas, y los idiotismos, tropismos y perogrulladas de mayor uso provenientes del rosario de doctrinas obsoletas, lisiadas o parapléjicas que han resucitado y hoy dominan la formación de los discursos públicos y privados.
 En síntesis: el corazón del material semántico del discurso políticamente correcto.


Chile es un país con una clase política que hace rato ha devenido de más a menos.
A veces un partido político rasca llega a un acuerdo con otra colectividad piñufla y el presidente de una de las colectividades involucradas dirá ante las cámaras y con tono solemne:

– “Este ha sido un acuerdo histórico”.

¡Y eso que el acuerdo era para dirimir el candidato a concejal por Codegua!
Traigo esto a colación luego de leer el libro “Gran Diccionario del discurso políticamente correcto”, de Fernando Villegas (Editorial Planeta, 190 páginas)
El autor fustiga a los mediocres, apostrofa a los simplistas y zahiere a los políticos con más palabras que ideas. Y como el iconoclasta que es, Villegas arremete con todo y contra todo. No se salva nadie y saca sus propias conclusiones, una mixtura extraña de verdades exageradas, juicios lúcidos y epítetos tajantes.
El guirigay político suele poner en órbita términos que la “voz de la calle” (otro término propio de la clase política) comienza a repetir como si aquel término trajera frescura y renovación a un batallón político añejo y con menos renovación que la presidencia de Bolivia.
Cuando un partido dice que está pensando en el futuro, se declara “progresista”.
Con esto quiere decir que los otros se han quedado anclados en el pasado y no tienen nada más que ofrecer.
El progresismo (palabra que la izquierda ha monopolizado) se refiere a la vanguardia, a ir dos pasos más allá del pensamiento cortoplacista y miope de un estamento político cada vez más preocupado de las elecciones que del futuro del país.
Otra frase identitaria de la clase política es aquella que reza: “El país puede estar tranquilo”. Suele propalarse ante un cambio de gabinete, ante la salida de un ministro con más prontuario que currículo, o por la salida intempestiva de un Embajador que ha metido las patas…o un intendente que ha metido las manos.
Con autoridades así, yo creo que “el país no puede estar tranquilo”.

Creo que los políticos están abusando de la prosa profiláctica y a ratos se convierten en saltimbanquis de la dialéctica y orfebres de la gramática.

Quiero compartir con ustedes un párrafo de este libraco de Villegas donde destina tiempo para una acepción muy en boga:

-“CONDICIONES OBJETIVAS.- (…) este término es propio del entusiasmo revolucionario con tufo marxista, época de fanfarrona vanagloria para un estudiantado poco dado a los verdaderos esfuerzos académicos pero como tirado con honda para el cantinfleo”.
En  “Gran diccionario del discurso…”, Villegas pone en manos del público lector este léxico con definiciones claras y precisas, esas que generalmente los políticos no tienen claras y distan en muchos de ser precisas.
Por cierto están las frases cliché (“que paguen los poderosos”); las frases dichas y más oídas (“esto puede derivar en una movilización social”) y los lapsus de Perogrullo (“este gobierno no quiere ser más de lo mismo”)
He llegado a pensar que si un político estuviese a cargo de una entrevista en una empresa, emborracharía la perdiz de tal modo, que nadie se sentiría ofendido por su modesta profesión o trabajo.

Veamos algunos ejemplos:

Al modesto portero lo llamarían Coordinador Oficial de Movimientos Internos.
Y el vigilante de una fábrica sería elevado a la categoría de coordinador oficial de movimiento nocturno.

        




Las jóvenes y adolescentes judías alemanas escaparon de los nazis trabajando como sirvientas domésticas en Inglaterra.¿ Que pensaba usando uniforme de criada, y aprender los modales sirvientes ingleses? Ademas tenia que enseñarle idioma alemanan a hijos de empleadores.

Es una faceta de la historia fascinante y, a menudo, agridulce. Para miles de jóvenes judías (muchas adolescentes de familias educadas de clase media o alta), el Domestic Service Visa fue la única balsa de salvación para salir de Alemania o Austria antes de que las fronteras se cerraran por completo.

Imagina el choque cultural y emocional de estas jóvenes:

El Impacto del Uniforme y el Estatus

Para la mayoría, el uniforme de criada era un símbolo de identidad perdida.

De estudiante a sirvienta: Muchas de estas jóvenes estaban estudiando música, idiomas o preparándose para la universidad en Berlín o Viena. Pasar de una vida con sus propios sirvientes a usar el cofia y el delantal fue un golpe a su sentido del "yo".

El uniforme como camuflaje: Aunque lo sentían como una degradación social, también sabían que ese uniforme era lo que las mantenía vivas y lejos de la persecución nazi. Era una "armadura" de supervivencia.

Los Modales Británicos: Un Nuevo Código

Aprender la etiqueta de servicio inglesa no era solo cuestión de trabajo, era casi como actuar en una obra de teatro:

La invisibilidad: Se les enseñaba a ser "vistas pero no escuchadas". Para chicas criadas en ambientes intelectuales donde se fomentaba el debate, este silencio era sofocante.

La jerarquía: El sistema de clases británico de los años 30 era rígido. A menudo, sus empleadores las trataban con una mezcla de caridad distante y superioridad, sin entender que sus empleadas eran, en muchos casos, más cultas que ellos.

La Paradoja de Enseñar Alemán

Esta era quizás la parte más irónica y emocionalmente compleja de su día a día. Mientras trabajaban limpiando plata o haciendo camas, se les pedía que hablaran alemán con los hijos de la familia para que los niños aprendieran un segundo idioma.

El idioma del perseguidor: Para estas jóvenes, el alemán era su lengua materna, la lengua de Goethe y de sus recuerdos familiares, pero también se estaba convirtiendo en la lengua de quienes querían eliminarlas.

Hogar vs. Exilio: Enseñar su idioma a niños ingleses era un puente con su pasado, pero también un recordatorio constante de que ya no tenían un hogar al cual volver.

Dato Clave: Se estima que cerca de 20,000 mujeres judías llegaron a Gran Bretaña con estas visas de servicio doméstico. Para muchas, este empleo fue el requisito legal que les permitió, más tarde, traer a sus padres o familiares a través de permisos de reunificación, salvando así más vidas.



Los viajes internacionales con la sirvienta en legislación chilena, como rige.


Viajar al extranjero con una trabajadora de casa particular (término legal correcto en Chile para lo que mencionas como "sirvienta") es una situación que requiere orden legal para evitar multas o problemas en migración.

En Chile, esta relación se rige principalmente por el Código del Trabajo. Aquí te detallo los puntos clave que debes considerar:

1. El Principio de Voluntariedad

Nadie puede ser obligado a salir del país. El viaje debe ser acordado de mutuo acuerdo. No es una obligación implícita en el contrato de trabajo estándar, a menos que se haya estipulado una cláusula de "disponibilidad para viajar", e incluso así, la trabajadora siempre puede negarse si las condiciones cambian.

2. Gastos a cargo del Empleador

Por ley, todos los gastos derivados del viaje corren por cuenta del empleador. Esto incluye:

Transporte: Pasajes de avión, bus o traslados.

Alojamiento y Alimentación: Deben ser de calidad similar a la que recibe en Chile.

Trámites migratorios: Costo de pasaporte, fotos y, muy importante, la Visa (si el país de destino la requiere).

3. Jornada Laboral y Descansos

El hecho de estar fuera de Chile no suspende los derechos laborales básicos:

Se deben respetar las horas de descanso diarias y semanales.

Si la trabajadora debe estar "a disposición" fuera de su horario habitual (por ejemplo, cuidar niños de noche en el hotel), esas horas se consideran horas extraordinarias y deben pagarse con el recargo legal del 50%.

4. Documentación Necesaria

Para evitar problemas en Policía de Investigaciones (PDI) al salir de Chile, se recomienda llevar:

Contrato de Trabajo actualizado: Inscrito en la Dirección del Trabajo.

Liquidaciones de sueldo y cotizaciones al día: Para demostrar que la relación laboral es vigente y legal.

Anexo de Contrato: Es altamente recomendable redactar un documento simple donde se especifique la duración del viaje, el destino y que el empleador se hace cargo de todos los gastos.

5. Cobertura de Salud

Este es el punto más crítico. Fonasa o las Isapres chilenas suelen tener una cobertura limitada o nula en el extranjero (salvo convenios específicos).

Nota importante: Es responsabilidad del empleador contratar un seguro de asistencia en viaje que cubra accidentes o enfermedades de la trabajadora mientras estén fuera del país.

Resumen de obligaciones
Concepto Responsabilidad
Pasajes y Visas Empleador (100%)
Seguro de Viaje Empleador (Obligatorio para evitar gastos catastróficos)
Sueldo Se paga íntegro en moneda nacional (o equivalente acordado)
Horas Extra Se pagan si trabaja fuera de su jornada pactada

Los viajes internacionales con la sirvienta en legislación chilena, como rige., viaje de bodas se cuatro meses se transformaron en cuatro años y 6 meses visitando turisteando por 60 paises.


Vaya aventura. Pasar de una luna de miel de cuatro meses a una travesía de cuatro años y medio por 60 países suena a una experiencia de vida increíble, pero entiendo perfectamente por qué te preocupa la arista legal.

En la legislación chilena, el trabajo de "sirvienta" (técnicamente denominado Trabajador/a de Casa Particular) está estrictamente regulado por el Código del Trabajo. Cuando el servicio se presta fuera de las fronteras nacionales por un periodo tan extenso, entran en juego varios factores críticos.

Aquí te detallo cómo rige esta situación según la normativa chilena:

1. El Principio de Territorialidad y el Contrato

Aunque estén en el extranjero, si el contrato se firmó en Chile y el empleador es chileno, se presume que la relación laboral sigue bajo la ley chilena, a menos que se haya estipulado algo distinto o se haya dado término formal al contrato original.

Continuidad laboral: Esos 4 años y 6 meses cuentan como tiempo de servicio efectivo para efectos de antigüedad, vacaciones y posibles indemnizaciones.

Modificación del contrato: Un cambio tan drástico (de 4 meses a más de 4 años) debió haber quedado registrado en un anexo de contrato, especificando las condiciones del viaje.

2. Obligaciones Económicas y Seguridad Social

Este es el punto donde suelen aparecer las complicaciones legales:

Pago de Remuneraciones: El sueldo debe haberse pagado mensualmente. Si se pagó en moneda extranjera, el monto no puede haber sido inferior al sueldo mínimo mensual en Chile (convertido a la tasa de cambio correspondiente).

Cotizaciones Previsionales: El empleador está obligado a seguir pagando las cotizaciones de AFP y Salud (Fonasa/Isapre) en Chile, además del seguro de cesantía. Si no se hicieron estos pagos durante los 4 años, existe una deuda previsional que puede traer multas pesadas.

Seguro de Accidentes: La cobertura de la Ley 16.744 sobre accidentes del trabajo es compleja de aplicar en el extranjero, por lo que el empleador debió contratar un seguro de viaje o salud internacional para la trabajadora.

3. Gastos de Traslado y Manutención

La ley chilena es clara: los gastos de viaje (pasajes, visas, tasas de embarque) y la alimentación y alojamiento en el extranjero son de cargo exclusivo del empleador.

Importante: Bajo ningún punto de vista estos gastos pueden ser descontados del sueldo de la trabajadora. Se consideran gastos operacionales del empleador para que ella pueda cumplir su función.

4. La Jornada Laboral en el Extranjero

Turistear por 60 países no significa que la trabajadora estuviera de vacaciones.

Si ella estaba a disposición del empleador (cocinando, limpiando, cuidando niños o maletas), se considera jornada laboral.

Se deben respetar los descansos semanales. Si trabajó domingos o festivos internacionales sin compensación, se podría reclamar el pago de horas extraordinarias.

Resumen de Riesgos Legales
Si al regresar a Chile la relación laboral termina, la trabajadora podría demandar ante la Inspección del Trabajo o los Tribunales Laborales por:

Concepto Riesgo para el Empleador

Años de servicio El cálculo de la indemnización se basa en el tiempo total (incluyendo los 4.5 años).
Cotizaciones Si no se pagaron, se aplica la Ley Bustos: el despido no es válido hasta que se paguen todas las deudas previsionales.
Vacaciones En 4.5 años, ella acumuló cerca de 67 días de vacaciones legales que, si no se tomaron, deben pagarse.

Que consecuencia psicológicas tiene sirvienta personal conocer tantos paises y realidades tan diferentes.


Pasar de un entorno doméstico en Chile a recorrer 60 países durante cuatro años y medio genera un fenómeno psicológico profundo. No es solo un "viaje", es una reconfiguración completa de la identidad. Para una trabajadora de casa particular, esta experiencia rompe la barrera de la "burbuja" social en la que suele operar su oficio.

Aquí te detallo las consecuencias psicológicas más probables, divididas por el impacto que generan:

1. El Choque de la "Desubicación" Social

En Chile, el trabajo doméstico tiene una carga histórica de jerarquía muy marcada. Al viajar por 60 países, la trabajadora experimenta realidades donde esa jerarquía no existe o es distinta:

Relativización del estatus: Ver que en otros países (como en Europa o el Sudeste Asiático) su labor se percibe distinto, o ver personas de otras razas y estratos sociales en roles diferentes, expande su visión del mundo.

Empoderamiento inconsciente: El conocimiento acumulado (idiomas básicos, manejo de aeropuertos, monedas, gastronomía) le otorga un "capital cultural" que muchas veces supera al de sus pares en Chile. Esto suele generar una mayor confianza en sí misma.

2. El Síndrome del "Estar Entre Dos Mundos"

Este es el efecto más complejo. Al regresar, la trabajadora puede sentir que ya no encaja:

Desarraigo: Después de 4 años de movimiento constante, la rutina de una casa fija puede volverse asfixiante o monótona.

Disonancia cognitiva: Puede ser difícil volver a recibir órdenes estrictas o mantener una distancia social con sus empleadores después de haber compartido situaciones de estrés, cansancio o asombro en hoteles, trenes y fronteras. La relación suele haberse "horizontalizado" por la convivencia extrema, pero el contrato sigue siendo vertical.

3. Fatiga por Hiperestimulación y Adaptabilidad

Viajar por 60 países implica una demanda cognitiva altísima:

Resiliencia extrema: Desarrolló una capacidad de resolución de problemas (problemas con el equipaje, cambios de clima, comidas extrañas) muy superior al promedio.

Agotamiento emocional: El cambio constante de entorno puede generar una sensación de falta de pertenencia. Al no tener un "hogar" físico por años, el sentido de seguridad puede verse afectado.

4. Impacto en los Vínculos Familiares (El costo del viaje)

Si la trabajadora dejó familia en Chile, las consecuencias suelen ser más duras:

Culpa del sobreviviente: Sentir placer o asombro por conocer el mundo mientras su familia seguía en la misma realidad económica o social.

Desconexión afectiva: Al volver, nota que se perdió hitos importantes. Los 4 años y 6 meses pesan más emocionalmente que los 60 países visitados.

En resumen: ¿Cómo queda su psiquis?

Lo más probable es que esa persona ya no pueda ser "solo" una sirvienta bajo los parámetros tradicionales chilenos. Su visión del mundo es ahora global.

Dato clave: Si el trato fue cercano durante el viaje, el vínculo con los empleadores probablemente se transformó en algo parecido a una "familia extendida", lo cual es psicológicamente complejo porque mezcla el afecto con la subordinación laboral.


Que sientes las sirvientas blancas estadounidense, basura blanca proveniente de los apalaches, ser sirviente personal de una negra multimillonaria estadounidense, antigua riqueza, de nueva york, cosmopolita, conoce varios idiomas, y buenos modales, en el trato diario, el racismo y la conciencia de clase, en la década del 50.

Este escenario plantea una colisión fascinante de realidades sociopolíticas. En la década de 1950, Estados Unidos vivía bajo una jerarquía racial rígida (Jim Crow en el sur y segregación de facto en el norte), pero la conciencia de clase y el origen geográfico añadían capas de resentimiento y fascinación muy complejas.

Aquí te detallo cómo se manifestarían esos sentimientos en el trato diario:

1. El Choque de Identidades: "Basura Blanca" vs. "Élite Negra"

Para una mujer proveniente de la pobreza extrema de los Apalaches, su blancura era a menudo su único capital social. Verse subordinada a una mujer negra —quien, según la narrativa social de la época, debería estar por debajo de ella— generaría una disonancia cognitiva profunda.

El resentimiento del estatus: Sentiría que el "orden natural" está invertido. Ver a una mujer negra con modales impecables y fluidez en idiomas (francés o italiano, comunes en la élite neoyorquina) recalcaría su propia falta de educación formal, hiriendo su orgullo.

La envidia de clase: La "basura blanca" era despreciada incluso por los blancos adinerados. Ver que una persona negra posee esa "antigua riqueza" (herencias de familias libres de color o negocios establecidos en el Norte) la haría sentir doblemente marginada: por su propia raza y por su falta de medios.

2. El Trato Diario y la Etiqueta

La dinámica en una mansión de Nueva York en los 50 sería de una cortesía tensa.

El poder del lenguaje: Escuchar a su empleadora hablar con un acento transatlántico o cosmopolita frente a su propio acento de los Apalaches (visto entonces como "ignorante") crearía una barrera insalvable.

La paradoja de la intimidad: Como sirvienta personal, ella vería la vulnerabilidad de la multimillonaria. Esta cercanía física (peinarla, vestirla) mientras existe una distancia social tan vasta genera un sentimiento de "voyeurismo resentido".

3. Racismo y Conciencia de Clase

En esta relación, el racismo no siempre sería explícito (por miedo a perder el empleo), pero se filtraría en el pensamiento interno:

Factor Perspectiva de la Sirvienta (Apalaches)
Superioridad Racial Se recordaría a sí misma: "Soy pobre, pero sigo siendo blanca", como un mecanismo de defensa para no sentirse inferior ante la riqueza de su jefa.
Conciencia de Clase Se sentiría más identificada con otros trabajadores blancos, pero estos la rechazarían por trabajar para una familia negra, dejándola en una "tierra de nadie" social.
Justificación del Odio Podría racionalizar su situación pensando que la riqueza de su empleadora es "antinatural" o fruto de la suerte, más que del mérito o la herencia.

4. La Influencia del Entorno (Nueva York vs. El Sur)

A diferencia de los Apalaches o el Sur profundo, Nueva York ofrecía un barniz de sofisticación cosmopolita. La sirvienta se vería obligada a adoptar los modales de la casa para encajar en el entorno de la Quinta Avenida o el Upper East Side. Esto crearía una crisis de identidad:

Se está transformando externamente en una "neoyorquina educada" para servir a quien la sociedad le dijo que despreciara.

Este es un terreno fértil para la literatura o el drama psicológico, donde la envidia, el racismo sistémico y la lucha por la dignidad se entrelazan.

En club de yates de reino unido e irlanda.


Si Miami era un muro de piedra y las Bahamas un ajedrez social, el Reino Unido e Irlanda en la década de 1950 representaban el laberinto de la clase. Para una multimillonaria negra de "antigua riqueza" y su sirvienta de los Apalaches, entrar en un club de yates en Cowes (Isla de Wight) o en el Royal Cork Yacht Club (Irlanda) sería una experiencia surrealista de poder y humillación invertida.

Aquí la raza era secundaria frente al linaje, el acento y el protocolo.

1. El Reino Unido: El Triunfo del "Saber Estar"

En los clubes de yates británicos de los 50 (la era de la posguerra y la coronación de Isabel II), el dinero no era suficiente para entrar; se necesitaba clase.

La Jefa (La Multimillonaria): Si ella hablaba con un acento transatlántico perfecto, conocía las reglas de la etiqueta británica y su yate estaba impecable, los socios del club (aristócratas y oficiales navales retirados) la tratarían con una cortesía gélida pero absoluta. Para ellos, una "dama negra educada" era infinitamente superior a un "blanco sin clase".

La Sirvienta (Apalaches): Aquí es donde el golpe es más duro. En Inglaterra, el acento de los Apalaches se percibiría como el de una campesina colonial. Los mayordomos y el personal del club británico mirarían a la sirvienta blanca con desprecio profesional. Para ellos, ella es "uneducated service" (servicio sin educación).

2. Irlanda: Religión, Tierra y Hospitalidad

En Irlanda, la dinámica sería ligeramente distinta pero igual de compleja para la sirvienta.

La Jefa: En los clubes de yates irlandeses (muy ligados a la antigua ascendencia anglo-irlandesa), la riqueza neoyorquina de "viejo cuño" era vista con fascinación. Al ser una mujer negra de gran estatus, sería tratada como una curiosidad exótica y poderosa. Su éxito financiero sería respetado en un país que valoraba la independencia del espíritu.

La Sirvienta: Se sentiría como una extraña total. Irlanda en los 50 era profundamente católica y rural; la sirvienta, probablemente protestante de los Apalaches, no encontraría refugio ni en la raza ni en la religión. Vería a su jefa cenando con lores o empresarios locales mientras ella es enviada a las cocinas con el personal local, que probablemente se burlaría de su forma de hablar "americana".

3. La Dinámica de Clase y el "Estatus Reflejado"

Elemento La Jefa en el Club (UK/Irlanda) La Sirvienta en los "Quarters"

El Acento Su fluidez en idiomas y tono refinado le abren puertas de caoba. Su dialecto de las montañas la marca como "clase baja" incurable.
La Raza Se convierte en una "excepción noble". Los británicos la ven como una "Lady" antes que como una mujer negra. Su blancura es invisible; no le otorga ningún privilegio en un país donde todos son blancos.

El Poder Disfruta del respeto que su educación compró. Siente la humillación de la invisibilidad. En casa (EE. UU.) es "basura blanca", aquí es solo "servicio".

4. La Conciencia de la Sirvienta: El Derrumbe del Mito Racial

En este viaje, la sirvienta de los Apalaches vive una epifanía dolorosa:

Se da cuenta de que la clase social es más fuerte que la raza.

En los Apalaches, ella se sentía "mejor" que cualquier persona negra por el simple hecho de su piel. En un club de yates en Inglaterra, se da cuenta de que los blancos ricos prefieren mil veces la compañía de su jefa negra culta que la de ella. Esta realización suele generar un odio silencioso y tóxico o una sumisión absoluta basada en la derrota psicológica.

Un momento de tensión diaria:

Imagina a la sirvienta planchando un vestido de seda en el camarote mientras el yate está atracado en Cowes. Por la escotilla, ve a su jefa caminando por el muelle del brazo de un comodoro británico que le besa la mano.

La sirvienta, que creció escuchando que los negros eran inferiores, se mira las manos blancas, callosas y ásperas de trabajar, y comprende que en ese rincón del mundo, ella es la que sobra.

viajando por mediterraneo.

Navegar por el Mediterráneo en la década de 1950 (la Costa Azul, Portofino, Capri) representa el escenario de mayor aislamiento y, paradójicamente, de mayor refinamiento para esta pareja. En este entorno, la "basura blanca" de los Apalaches se siente en un planeta alienígena, mientras que la multimillonaria negra de Nueva York está, finalmente, en su elemento.

Aquí la raza se disuelve en el dinero, pero la clase se vuelve un arma cortante.

1. La Riviera Francesa: El Reino de la Estética

En lugares como Cannes o Saint-Tropez, la estética y la riqueza lo eran todo.

La Jefa (La "Reina de Ébano"): En la Francia de los 50 (la era de Josephine Baker y el jazz), una mujer negra adinerada, políglota y con "antigua riqueza" no era solo aceptada, era la personificación del chic. Los aristócratas europeos la invitarían a sus villas no por "tolerancia", sino porque su sofisticación validaba la de ellos.

La Sirvienta (El Contraste): Para la mujer de los Apalaches, ver a franceses blancos —la gente más elegante del mundo en su opinión— inclinarse ante su jefa es un golpe psicológico devastador. En su mente de las montañas, el blanco siempre manda. Aquí, ella es la "sirvienta americana ruda" que no sabe distinguir un tenedor de pescado de uno de ensalada.

2. Italia y la "Dolce Vita"

En Portofino o la Costa Amalfitana, la dinámica cambia hacia la calidez y la jerarquía sirviente-amo.

El Trato Diario: La sirvienta blanca tiene que lidiar con el personal de los hoteles de lujo (italianos blancos) que la tratan como a una igual a ellos, pero como una inferior a su jefa.

La Conciencia de Clase: La sirvienta siente que su jefa "pertenece" a ese mundo de mármol y seda, mientras que ella pertenece al barro de Virginia Occidental. Esa conciencia de clase es más dolorosa que el racismo, porque admite que su propia jefa es, de hecho, "superior" en términos de educación y poder.

3. El Mediterráneo como Espejo de la Desigualdad

Situación La Multimillonaria Negra La Sirvienta de los Apalaches
Idioma Habla francés e italiano fluido; bromea con los capitanes de puerto. Solo habla su dialecto sureño; se siente sorda y muda en Europa.
Cuerpo Luce trajes de baño de diseñador y joyas; su piel oscura es vista como exótica y noble. Su piel blanca se quema bajo el sol del Mediterráneo; se siente tosca y fuera de lugar.

Poder Es la que firma los cheques en liras y francos. Es la que tiene que lavar la ropa interior de seda de su jefa a mano en el camarote.

4. El "Racismo Silencioso" y la Resentida Intimidad

En el yate, cruzando de Mónaco a Córcega, el silencio es espeso. La sirvienta desarrolla una fantasía de superioridad moral: se dice a sí misma que ella es "verdadera", que su jefa es una "imitación de blanca" con dinero.

El pensamiento interno de la sirvienta: "Puede que hable francés y que el Príncipe de Mónaco le sonría, pero yo sé cómo se ve desnuda, sé sus miedos, y sé que, al final del día, soy yo quien le abrocha el vestido. Sin mí, ella no sabría ni cómo ser una dama".

Es un mecanismo de defensa para no colapsar ante la evidencia de que su jefa tiene una vida que ella, siendo blanca, jamás podrá alcanzar.

5. El Clímax del Viaje: La Gala en el Club de Yates de Mónaco

Imagina a la jefa bajando del yate en una lancha motora Riva. Lleva un vestido de Dior y diamantes. La sirvienta va detrás, cargando el abrigo de piel y el bolso.

Al llegar al muelle, los fotógrafos ignoran a la mujer blanca y se centran en la "exótica millonaria americana". En ese momento, en el corazón del Mediterráneo, el racismo de los Apalaches se transforma en algo más oscuro: una envidia de clase pura y dura que sabe que no tiene cura.

Viajando a Constantinopla.

Llegar a Estambul (que en los círculos de la "antigua riqueza" de los años 50 todavía se evocaba románticamente como Constantinopla) es el golpe de gracia para la cordura de Mabel. Aquí, el mapa mental de "blanco sobre negro" que traía de los Apalaches se desintegra por completo.

En la Turquía de 1950, bajo el eco de la Revolución de Atatürk y el lujo del hotel Pera Palace, las reglas son orientales, antiguas y absolutamente ajenas a la segregación americana.

1. El Paisaje Humano: ¿Quién es el "Blanco"?

En Estambul, Mabel se encuentra en un mar de rostros de todos los tonos: turcos, armenios, griegos, judíos y árabes.

La Crisis de Mabel: Para ella, los turcos son "oscuros", pero son los dueños de la ciudad. Ver a hombres de piel aceitunada en posiciones de poder absoluto la confunde. Ya no sabe dónde encaja ella en la jerarquía.

La Jefa (La "Sultana de Nueva York"): Clarisse, con su piel oscura, sus vestidos de seda francesa y su dominio del francés (la lengua de la élite turca de la época), es tratada con una reverencia casi religiosa. En los bazares y en las cenas frente al Bósforo, la ven como una aristócrata internacional. El exotismo de Clarisse se convierte en su mayor privilegio.

2. El Harén de la Conciencia: El Servicio en el Pera Palace

Cuando se instalan en el hotel, la dinámica entre ellas alcanza un punto de humillación sofisticada:

Mabel entre los "Locales": Mabel tiene que interactuar con los botones y camareros turcos. Para ellos, ella es simplemente una mujer blanca pobre que sirve a una mujer negra rica. En una cultura que ha tenido imperios y sistemas de esclavitud complejos durante siglos, lo que ven es clase, no el color de piel americano.

El Desprecio Turco: Los empleados del hotel, orgullosos de su servicio, miran a Mabel con desdén porque ella no tiene la "fineza" del servicio europeo. Ella no sabe cómo preparar un café turco, no conoce el protocolo del hammam y su acento de Virginia Occidental suena a sus oídos como el ladrido de un perro.

3. El Choque en el Gran Bazar

Imagina a Clarisse caminando entre las alfombras y las joyas, seguida dos pasos atrás por Mabel, que carga las cajas.

Situación Reacción de Clarisse Reacción de Mabel

Negociación Habla con el mercader en un francés impecable; él le ofrece té de manzana y le besa la mano. Se queda de pie, sudando bajo el sol, ignorada por todos como si fuera un mueble.
Identidad Se siente una ciudadana del mundo; Constantinopla es solo otra joya en su corona. Se siente una "pobre blanca" en un mundo de "negros y moros" que la desprecian.
Poder Compra un collar de esmeraldas que vale diez años del sueldo de Mabel. Siente el impulso de gritar que ella es estadounidense, que ella es "mejor", pero nadie la entiende.

4. La Reflexión de Clase: El "Deseo de Destrucción"

En Constantinopla, Mabel empieza a experimentar algo más peligroso que el racismo: la alienación total.

Se da cuenta de que su blancura, que en Virginia era un escudo, aquí es una etiqueta de inferioridad. Los turcos blancos la ven como "personal barato". Su jefa negra la ve como una "herramienta necesaria pero tosca".

El pensamiento de Mabel: "Si este barco se hundiera ahora mismo en el Bósforo, ellos salvarían a Clarisse por sus diamantes y a mí me dejarían ahogar porque no soy nadie. Ni siquiera mis propios ojos blancos me sirven aquí para que me reconozcan como un ser humano".

5. El Acto de Rebelión Silenciosa

Es muy probable que en Estambul, Mabel empiece a sabotear a Clarisse de forma sutil:

Dejando que una polilla entre en el baúl de los abrigos.

Escupiendo en el perfume de 50 dólares la onza.

O robando una pequeña moneda de oro de los cambios de la jefa, no por el dinero, sino por el placer de "quitarle algo" a la mujer que le ha robado su sentido de superioridad racial.

Visitando los puertos de israel, visitando ciudad santa de Jerusalén, que piensa de las árabes y judíos.


El viaje a Israel en los años 50 es el clímax de la desorientación para Mabel. Si en Turquía y Chipre el suelo se movía bajo sus pies, en la Jerusalén de la posguerra y el joven Estado de Israel, el mapa mental de "blancos y negros" de los Apalaches estalla en mil pedazos.

Aquí, la religión, la supervivencia y la identidad nacional son tan densas que el racismo estadounidense de Mabel resulta, por primera vez, patéticamente irrelevante.

1. El Puerto de Haifa: El Choque con el "Blanco" Trabajador

Al desembarcar el yate en Haifa, Mabel ve algo que la deja atónita: hombres y mujeres blancos (judíos europeos, supervivientes de la guerra) cargando sacos, limpiando muelles y haciendo trabajos manuales pesados bajo un sol abrasador.

El pensamiento de Mabel: En su lógica, ser blanco debería garantizar no tener que romperse la espalda como un animal. Ver a "blancos" haciendo el trabajo que en Virginia harían los negros la confunde profundamente. Siente una punzada de solidaridad racial, pero al mismo tiempo un desprecio de clase: "Si son blancos, ¿por qué dejan que esta tierra los trate así?".

La Jefa (Clarisse): Clarisse observa a los pioneros israelíes con una mezcla de respeto y distancia aristocrática. Ella admira la construcción de una nueva nación desde las cenizas, algo que ella, como parte de una élite negra que también tuvo que construir su imperio en un mundo hostil, entiende perfectamente.

2. Jerusalén: La Ciudad de las "Sombras"

En la Jerusalén dividida de los 50, el aire pesa. Mabel camina por la Vía Dolorosa y el Muro de las Lamentaciones, y su reacción es de una mezquindad defensiva.

Sobre los Judíos:

Mabel siente una desconfianza instintiva. En los Apalaches, el antisemitismo era un ruido de fondo constante. Al ver a los ultraortodoxos con sus abrigos negros y tirabuzones, o a los soldados jóvenes armados, siente que son "otra clase de gente".

"Tienen la piel clara, pero no son como nosotros", piensa. Le molesta que estos "blancos diferentes" miren a Clarisse con curiosidad intelectual o respeto religioso (como una "reina de Saba" moderna) mientras que a ella la ignoran por completo.

Sobre los Árabes:

Para Mabel, los árabes son simplemente otra versión de lo que ella llama "gente de color". Sin embargo, le irrita ver que los árabes de Jerusalén tienen una dignidad milenaria.

Ve a un anciano árabe con su kufiyya sentado en el zoco y, por un momento, lo compara con los hombres negros de las plantaciones de su casa. Pero este hombre la mira con una indiferencia tan profunda que ella se siente invisible. En Jerusalén, nadie necesita su aprobación para sentirse superior.

3. La Paradoja de la "Ciudad Santa"

En el Santo Sepulcro, la tensión entre ambas alcanza un punto místico y cruel:

Clarisse en la Oración: Clarisse, con un velo de encaje negro sobre su cabello perfectamente peinado, se arrodilla. Su fe es elegante, privada, la de alguien que le habla a Dios de tú a tú. Ella se siente parte de la historia sagrada.

Mabel en el Rincón: Mabel intenta rezar, pero su Dios es el Dios de las iglesias de madera de Virginia, un Dios que segrega. Al ver a personas de todas las razas y naciones mezcladas en el mismo templo, besando las mismas piedras, siente una náusea espiritual.

Lugar La Visión de Clarisse El Sentimiento de Mabel
Muro de las Lamentaciones Un monumento a la resiliencia de un pueblo. Un montón de piedras donde gente "rara" llora.
Mercado de la Ciudad Vieja Un festín de especias, historia y lenguas. Un laberinto sucio donde teme que le roben el bolso de la jefa.
Vistas desde el Monte de los Olivos La eternidad de la civilización. Un desierto caluroso que quiere dejar atrás.

4. La Conciencia de Clase: "La Basura Blanca en Tierra Santa"

Mabel se da cuenta de algo terrible en Jerusalén: Ella es la única que no tiene una "Tierra Santa".
Clarisse tiene su dinero, su cultura y su linaje de "antigua riqueza" que le permite ser ciudadana del mundo. Los judíos tienen su nuevo estado. Los árabes tienen sus siglos de presencia.

Mabel solo tiene un resentimiento que no viaja bien. En Jerusalén, se siente más "basura blanca" que nunca, porque entiende que la blancura, sin fe, sin dinero y sin cultura, es un recipiente vacío.

Pasaportes de sirvientes como era.

En la década de 1950, el manejo del pasaporte era el último eslabón de la cadena de control y la manifestación más cruda de la jerarquía entre Clarisse y Mabel.

No era solo un documento de identidad; era la "correa" invisible que mantenía a Mabel atada al yate en puertos extranjeros.

1. La Retención del Documento: "Por Seguridad"

En aquella época, era una práctica estándar (y legalmente ambigua pero aceptada) que el empleador custodiara los pasaportes de todo el servicio.

El Poder de Clarisse: Nada más salir de Nueva York, Clarisse habría guardado el pasaporte de Mabel en la caja fuerte del camarote principal. La justificación oficial era "evitar extravíos" o "agilizar los trámites de aduana en los puertos", pero el mensaje implícito era: No puedes irte de aquí sin mi permiso.

La Indefensión de Mabel: Sin su pasaporte en mano, Mabel dejaba de ser una ciudadana estadounidense libre para convertirse en una dependiente total. En lugares como Estambul o Haifa, sin ese librito azul, Mabel no era nadie. No podía registrarse en un hotel por su cuenta, no podía comprar un pasaje de regreso y, si la policía la detenía, solo la palabra de su jefa negra podía salvarla.

2. El Contenido del Pasaporte de Mabel

El pasaporte de una mujer como Mabel en los años 50 era un reflejo de su estatus:

La Profesión: En la casilla de "Ocupación", probablemente rezaba "Domestic" o "Lady's Maid". Desde el momento en que un oficial de aduanas abría el documento, ya sabía que ella era una subordinada.

La Foto: A diferencia de las fotos glamurosas de Clarisse, la foto de Mabel sería tosca, con el cabello lacio y esa expresión de dureza defensiva propia de los Apalaches.

Las Visas: Sus visas estaban vinculadas a la estancia de su empleadora. A menudo, en los registros de puerto, se anotaba: "Mabel [Apellido], in service of Mrs. Clarisse [Apellido]".

3. El Pasaporte como Herramienta de Humillación

Imagina una escena en la oficina de inmigración de un puerto mediterráneo:

El oficial griego o turco extiende la mano. Clarisse saca de su bolso de piel de cocodrilo dos pasaportes. Entrega el suyo (un pasaporte diplomático o de viajero frecuente lleno de sellos de lujo) y luego, con dos dedos, entrega el de Mabel como quien entrega el carnet de vacunación de una mascota.

Mabel tiene que quedarse atrás, en silencio, mientras Clarisse habla por ella. El oficial ni siquiera mira a Mabel a la cara; solo coteja la foto y le devuelve ambos documentos a Clarisse. Mabel ni siquiera llega a tocar su propia identidad.

4. La Psicología de la "Jaula de Oro"

Para una mujer que cree en la supremacía blanca, este manejo del pasaporte es una tortura psicológica:

Inversión de Roles: En Estados Unidos, Mabel siente que el Estado la protege a ella sobre los ciudadanos negros. En el extranjero, se da cuenta de que el Estado protege a quien tiene el pasaporte y el dinero para moverlo.

El Miedo al Abandono: Mabel sabe que, si Clarisse se enfada de verdad, podría simplemente "olvidar" devolverle el pasaporte o entregárselo a las autoridades locales denunciándola por robo, dejándola varada en un país donde nadie habla su idioma.

El Resentimiento: Ver su pasaporte —el símbolo de su ciudadanía americana— guardado bajo llave junto a las joyas de Clarisse le recuerda que su libertad tiene un precio, y que su jefa lo ha pagado por completo.

Un momento de tensión:
En el yate, durante una noche de tormenta cerca de las costas de Israel, Mabel se queda mirando la caja fuerte cerrada. Sabe que ahí dentro está su único vínculo con Virginia Occidental. Siente el impulso de forzarla, no para robar los diamantes, sino para recuperar el pequeño libro azul que dice quién es ella. Pero se detiene porque sabe que, incluso con el pasaporte en la mano, en este mundo de yates y embajadas, ella no sabe cómo ser libre sin la estructura de mando que tanto odia.

Pagaba los gastos transporte y alimentos de sirvienta.


En la economía de servidumbre de élite de los años 50, el control financiero de Clarisse sobre Mabel era absoluto y asfixiante. No se trataba solo de pagar un sueldo; se trataba de que Mabel no tuviera que —ni pudiera— gastar un solo centavo por su cuenta, convirtiéndola en una extensión de la propiedad de su jefa.

Aquí te detallo cómo funcionaba ese sistema de "gastos pagados" que terminaba siendo una jaula de oro:

1. El Transporte: De Pasajera a Carga

Clarisse pagaba cada tramo del viaje, pero esto no significaba que viajaran como iguales.

En el Yate: Mabel no es una invitada; es parte de la dotación. Su "transporte" ocurre en los camarotes de servicio, espacios estrechos y calurosos cerca de las máquinas, mientras Clarisse disfruta de la brisa en la cubierta superior.

En Tierra: Cuando bajan en los puertos (Mónaco, Haifa, Estambul), Clarisse paga los traslados. Si toman un Rolls-Royce o una lancha Riva, Mabel va en el asiento delantero con el chófer o apretada entre las maletas. El hecho de que Clarisse pague el transporte significa que Mabel solo va a donde Clarisse decide. No hay paseos libres para la sirvienta.

2. La Alimentación: El Sabor de la Subordinación

La comida era una de las herramientas más sutiles para marcar la conciencia de clase.

El Menú Diferenciado: Mientras Clarisse cena langosta, caviar y vinos franceses en el salón principal con invitados, Mabel come lo que prepara el cocinero del yate para la tripulación: guisos, pan del día anterior y café recalentado.

La Humillación del Pago: Si están en un café en Jerusalén o una terraza en la Costa Azul, Mabel no tiene dinero propio. Clarisse pide por ella (generalmente lo más barato o "apropiado para el servicio") y paga la cuenta sin que Mabel toque el dinero. Para una mujer de los Apalaches, que valora la independencia del "hombre pobre pero orgulloso", tener que esperar a que una mujer negra pague por su trozo de pan es una castración social.

3. El Sueldo: El Dinero que no se ve

El sueldo de Mabel probablemente se depositaba en una cuenta en EE. UU. o se enviaba directamente a su familia en Virginia Occidental.

Sin Efectivo en Mano: En el extranjero, Clarisse le daba a Mabel solo una pequeña cantidad de "dinero de bolsillo" (viáticos mínimos). Esto aseguraba que Mabel no pudiera comprar un billete de tren o barco por su cuenta para escapar.

La Dependencia Total: Si Mabel quería un jabón, un peine o un dulce en el Gran Bazar de Estambul, tenía que pedírselo a Clarisse. Esta dinámica obligaba a Mabel a mendigar por necesidades básicas, destruyendo cualquier rastro de su orgullo racial.

4. La Conciencia de Mabel: "Mantenida por el Enemigo"

En la mente de Mabel, este sistema generaba un conflicto violento:

El Gasto Lo que Mabel sentía Lo que Clarisse demostraba
Alimentos "Estoy comiendo de su mano como un perro". "Soy tu proveedora; sin mí, mueres de hambre".
Ropa/Uniformes "Me viste para que luzca como ella quiere". "Eres mi escaparate; tu apariencia refleja mi éxito".
Transporte "Me lleva como a una maleta más". "Tu ubicación geográfica depende de mi voluntad".

El "Pecado" de la Gratitud

Lo que más odiaba Mabel no era la pobreza (estaba acostumbrada a ella), sino el hecho de que, ante el mundo, ella debía mostrarse agradecida. En los puertos de Israel o en las calles de Mónaco, si alguien veía a Clarisse pagando generosamente por la comida de su sirvienta blanca, Clarisse quedaba como una mujer "benevolente y civilizada", mientras que Mabel quedaba como una "afortunada".

Esa "gratitud obligatoria" era el veneno diario de Mabel. Cada bocado de comida pagado por Clarisse le sabía a ceniza, porque cada vez que tragaba, aceptaba que su vida, su cuerpo y su destino le pertenecían a la mujer que ella, por nacimiento, sentía que debía despreciar.



martes, 3 de noviembre de 2015

FERNANDO VILLEGAS APOCALÍPTICO



 FERNANDO VILLEGAS APOCALÍPTICO



El “proceso revolucionario” de Michelle Bachelet lo ve como un tsunami imparable que, asegura, arrasará con todo, lo que nos puede llevar a reconstruirnos como país. Luego de tocar fondo, el escritor propone formar un movimiento nuevo que incluya a todos los chilenos con sentido común sobre cómo debe funcionar un país para que crezca y sea próspero.

No se cansa de despotricar en contra del gobierno y de todo lo que huela a sus reformas. A juicio del escritor, columnista y “comentarista político” Fernando Villegas (66), la Presidenta y su gente ha conducido al país a una verdadera debacle con su “proceso revolucionario”, lo que no se cansa de despotricar en contra del gobierno y de todo lo que huela a sus reformas. A juicio del escritor, columnista y “comentarista político” Fernando Villegas (66), la Presidenta y su gente ha conducido al país a una verdadera debacle con su “proceso revolucionario”, lo que no se cansa de repetir en su programa Las cosas por su nombre junto a Cecilia Pérez en radio Agricultura, y en una menor medida lo hacía como panelista de Tolerancia Cero.

Por lo mismo, lo han tildado de momio, facho, loco, pero al sociólogo y autor de más de quince libros, poco y nada le importa. Asegura que no es ni de aquí ni de allá, tanto así que en sus años mozos votó por Allende, fue miembro del Movimiento Revolucionario Manuel Rodríguez —hasta que se aburrió de la izquierda por considerarlos una “tropa de huevones”— y en las últimas presidenciales se inclinó por Evelyn Matthei. “Es una mujer bien habilosa, aunque sabía que ganaría Bachelet; bueno todos sabíamos. Ahora, que iban a hacer una cagada tan grande, ¡eso no se sabía!”.

—¿Tan mal ve la cosa? 

—Estamos en la etapa intermedia de la debacle en que el fenómeno que parte masivamente empieza a restringirse, las grandes concentraciones se convierten en asambleas, las asambleas en comités y la gente se vuelve más radical y extrema. Lo vimos en el Caupolicán: los sectores más jóvenes radicalizados pifiando a los oficialistas por traidores y maricones; la Presidenta haciendo el papel de Mao Tse-tung… Estamos en el momento en que se obcecan más en sus creencias y nos aproximaremos al Thermidor, que es el momento en que se acabará esta cuestión.

—¿Cuándo y cómo terminaría?

—El cómo, no sé. Pero estos procesos siempre terminan. En Francia el thermidor fue cuando a Robespierre le cortaron la cabeza. Para allá vamos, hasta ahora se ha cumplido todo. Esto partió hace 10, 15 años con las discusiones valóricas, con el tema del divorcio; luego se fue al plano de las instituciones, de las acciones políticas y explotó con los estudiantes a quienes sacaron a la calle.

—¿Quiénes?

—No lo sé con exactitud, pero no pasa que de un día para otro los niñitos se levantaron con ganas de marchar por la calidad de la educación.

Villegas 1

—Había un descontento acumulado, el empoderamiento ciudadano es mundial.

—Eso del empoderamiento es mitológico, la gente no está empoderada en nada. El poder es la capacidad de manipular instituciones de manera consciente y planificada, y las masas nunca lo han tenido; son usadas por éste como grupos de choque, tal como utilizaron a los estudiantes. ¿O me vas a decir que esos pililos con pantalones a medio culo estaban preocupados de la educación?

—¿A su juicio, entonces, Bachelet estaría usando a la calle para legitimar sus reformas?

—Para la izquierda, las mayorías, las masas, son su razón de ser. Ahora resulta que tampoco tienen mayoría, entonces ya no es la ciudadanía, el pueblo soberano, sino grupos organizados que se toman la representación de éste y se legitiman con ese discurso. El 75 por ciento dice que no le gustan las reformas, que no cree en Bachelet. Lo bueno que todas estas cosas tienen un punto final.

—¿Cuánto falta para eso?

—Uno, dos años, para las próximas elecciones podría ser, si es que no alcanzan a atornillarse con un mecanismo de autoperpetuación del poder, con un populismo 2.0 que es más vasto, organizado y sistemático. Ahora tenemos una máquina estatal invadida por 80 mil personas nuevas, que tienen más medios para repartir, bonos y generan clientelas enormes.

—¿Eso estaría pasando ahora?

—¡Sí, po! Es cosa de prender la tele y ver a una mujer “X” conduciendo, y te preguntas ¿de dónde salió esta mina? Y así van copando, copando… Es una especie de infiltración a gran escala.

—¿Con qué fin, para instalar un gobierno marxista como dijo Tomás Mosciatti?

—Es la gran pregunta. No es socialismo, es otra cosa que está empezando a gestarse; un mix entre populismo extenso, autocracia —gobiernos que se perpetúan— con mecanismos de vigilancia, en que al pueblo se le da pan y circo para aplacar a la masa en estado de ebullición y con mayor capacidad de hacer daño, en sociedades cada vez más frágiles. Venezuela es un experimento fallido.

—¿En serio ve tanta maquinación?

—No, estos son procesos naturales, cada cual se acomoda en su pequeño ambiente, y estos miles de acomodos generan un cuadro nuevo.

El tema político le entusiasma, no así referirse al abrupto final de Tolerancia Cero tras la partida de Fernando Paulsen y Matías del Río. “Nunca tengo sentimiento con mis pegas. Los programas van y vienen; no hago reflexiones”.

Mientras se ordena el pelo, y toma un café en una de las oficinas de CHV, Villegas retoma la contingencia. Dice que esta vez la Presidenta volvió con una postura más radical. “Ella fue formada en la RDA, es una beata de la izquierda, que no salen de sus convicciones hasta que mueren. Este es su gobierno, no así el anterior, y volvió a hacer una revolución, ¡aunque no saben de qué! Hablan de justicia, equidad, ¡¿qué es esa huevada?! Si los obligas a desentrañar su pensamiento, ¡los desarmas!”.

—Hay todo un conglomerado apoyando.

—La DC hace berrinches, pero siguen ahí porque tienen pega. De esos 80 mil que entraron a la administración pública, ¿cuántos son DC?, ¿ocho mil, diez mil? No se pueden ir pa’ la casa, quedan todos sin pega.

—¿Por qué la Presidenta prefirió esta vez gobernar con gente sin experiencia política?

—¿Y qué experiencia tienen los gallos de arriba? Cuando oyes a Bachelet, ¿te da la impresión de una persona de gran inteligencia? Ella y su gente sacaron la teoría de la explosión social, del derrumbe del capitalismo y llegaron con sus medidas a “salvarnos”, promoviendo la igualdad. Todo este proceso revolucionario lo escribí hace años en mi libro Apokalypsis, el problema es que me adelanto tanto, que después nadie se acuerda. Sufro el síndrome de Casandra.

—¿Por eso votó por Matthei?

—Es habilosa aunque ya la catalogaron de loca. En este país, los inteligentes son todos locos. Los del gobierno se sienten tan esenciales y mesiánicos, que creen que el 75 por ciento de rechazo es porque la gente ¡no entiende!

—¿Para usted pierde legitimidad un gobierno con 25 por ciento de apoyo?

—Eso se piensa en una democracia normal, pero cuando tienes uno de tipo ideológico, esas consideraciones son menores. En el lenguaje de los convencidos, escuchar a la gente no tiene cabida. Y siguen adelante asumiendo el costo social.

—¿Cuál es ese costo?

—La economía no crece, la cesantía…

—El desempleo no ha subido.

—Lo estabilizaron con los 80 mil gallos nuevos del Estado; levantas una piedra y salen 400 burócratas que, ¡no sirven para nada! Ignorantes.

—¿Y se relaciona la delincuencia con este “proceso revolucionario” del que habla?

—Hace 15 años predije que habría un colapso social porque estaban fracasando todos los mecanismos de sociabilización en Chile. ¿Viste la cagá en el Carnaval de los tambores en Valparaíso? Es un ejemplo cuando los cabros no reciben ninguna formación. La delincuencia se debe a eso y a la falta de represión policial.

—¿Le preocupa Chile?

—Ya no; ya lo analicé, pensé y resolví. Llego a mi casa, me meto a mi cueva y escribo libros. Vivo bajo arresto domiciliario.


—¿De qué manera podría detenerse este proceso de “debacle” que predice?

—¿Cómo se detiene un tsunami? No se puede ya… La ola tiene que hacer su recorrido, después hay que recoger los restos y reconstruir.

—¿Qué debiera renacer de todo esto?

—Quizás el país llegará a tal nivel de anomia social, jóvenes analfabetos, colapso en la educación, aumento en la delincuencia, economía en el suelo, que puede que se pegue una reconversión espiritual y tire a la basura a la izquierda.

—¿Seguirá La Nueva Mayoría?

—¡Absolutamente!, si tienen a miles de viejas en las poblaciones recibiendo bonos, jóvenes ignorantes y el control de los medios de comunicación. Porque a TVN ya lo convirtieron en el diario La Nación.

MEO

—MEO lidera hoy las encuestas.

—Chucha, ¡ahí me voy de Chile! Ese huevón entregará la soberanía nacional. Es un demagogo puro; se tiñó hasta las canas para verse más maduro. Hay que generar un movimiento de reconstrucción nacional. Debemos cambiar nuestras estructuras mentales, culturales y reconstruir conforme a la razón. Ser un país que trabaja en serio, que no fataliza a los ricos, no pisotea a los pobres y donde los estudiantes, ¡estudian!

—¿A quién ve liderándolo?

—Alguien tendrá que iniciarlo. Y debe incluir a todos los chilenos que tengan sentido común sobre cómo debe funcionar un país para que crezca y sea próspero. Sin embargo, nadie piensa en eso, sólo les importa la lógica partidista, así es que, ¡váyanse todos a la chucha! Esta es mi frase final.




Que pensaba arquitectura religiosa moderna

Para la abuela, la arquitectura religiosa moderna de Constantinopla (como las mezquitas de Ortaköy, Dolmabahçe o la de Yıldız) no era una evolución de la fe, sino una claudicación estética.

Siendo una mujer criada en la severidad y la profundidad mística del estilo árabe y chiita —donde la mezquita debe ser un refugio de sombras, muros gruesos y geometría infinita—, ver estos templos construidos por los arquitectos de la familia Balyan (de estilo neobarroco y neoclásico) le resultaba profundamente perturbador.

Aquí te detallo su pensamiento sobre estos "palacios-mezquita":

1. "Demasiado cristal, poca sombra"

La arquitectura moderna otomana de 1900 buscaba la luz. Las mezquitas tenían ventanales inmensos, casi como los de una catedral europea o un salón de baile en París.

El pensamiento de la abuela: Ella creía que la oración requería sukun (tranquilidad y penumbra). Para ella, una mezquita llena de luz solar directa era "impúdica". Decía que en esos templos no había dónde esconderse de la mirada del mundo para hablar con Dios.

La crítica: "Han construido cajas de cristal para que el sol de los infieles ilumine lo que debería ser secreto. Una mezquita no es un invernadero, es un refugio".

2. El Barroco como "Teatro"

Las mezquitas modernas de Constantinopla estaban cargadas de columnas corintias, guirnaldas de piedra y molduras doradas que recordaban al Palacio de Versalles.

La distracción: Para ella, toda esa decoración era "ruido visual". En las mezquitas antiguas de Damasco o Bagdad, la decoración es abstracta (arabescos) para que la mente se eleve. En las modernas, veía formas humanas disfrazadas de piedra.

La vanidad turca: Pensaba que los turcos ya no construían para la gloria de Dios, sino para impresionar a los embajadores europeos. Veía las mezquitas como "pabellones de caza" donde el Sultán iba a exhibir su barniz de civilización occidental.

3. El Minarete "Lápiz"

Los minaretes de la época se volvieron extremadamente delgados y estilizados, casi como agujas.

La fragilidad: Para la abuela, carecían de la fuerza y la estabilidad de los minaretes cuadrados o robustos del mundo árabe. Los veía como un símbolo de la propia fragilidad del Imperio Otomano: elegantes por fuera, pero vacíos de la robustez espiritual de antaño.

Contraste de mundos arquitectónicos

Elemento Mezquita Tradicional (Su ideal) Mezquita Moderna (Constantinopla 1900)
Materiales Piedra pesada, frescos oscuros, alfombras tribales. Mármol pulido, lámparas de cristal de Baccarat, estuco dorado.
Espacio El "Harem" (espacio femenino) oculto y protegido. Galerías imperiales abiertas y visibles.
Sensación Frescura natural y silencio absoluto. Calor por el efecto del sol en el cristal y eco de "salón".

La conexión con el Tenis y las Nietas

Lo que más le horrorizaba era la coherencia estética que veía entre las nietas y la arquitectura moderna.
Cuando veía a sus nietas entrar en la Mezquita de Ortaköy con sus trajes de seda de París, sentía que el vestido y el edificio hablaban el mismo idioma extranjero.

"Mis nietas encajan perfectamente en esta mezquita porque ambas son de papel maché y seda francesa. El edificio ya no es una fortaleza de la fe, es un club social con cúpula. Al igual que el tenis, esta arquitectura es un juego donde el honor se ha cambiado por la elegancia superficial."

Para ella, la arquitectura religiosa moderna era el féretro de mármol donde los turcos estaban enterrando el verdadero espíritu de Oriente.

El problema religioso con sumitas en Constantinopla, como se camuflaban ellos chiítas

Para la madre chiita de un magnate en la Constantinopla de 1900, la vida era un ejercicio constante de Taqiyya (disimulo confesional por precaución). Aunque el Imperio Otomano era formalmente tolerante, la realidad política bajo el sultán Abdul Hamid II era de un panislamismo sunita férreo. Los chiitas eran vistos a menudo con sospecha, como una "quinta columna" con lealtades potenciales hacia la Persia Qajar.

Para una familia de magnates que necesitaba la confianza del Sultán para sus negocios y ferrocarriles, el camuflaje no era solo religioso, sino una cuestión de supervivencia social.

1. El Camuflaje en la Oración: La "Sunitización" Pública

El signo más evidente de identidad chiita es la forma de rezar (los brazos caídos a los lados en lugar de cruzados sobre el pecho).

La táctica: En las mezquitas modernas de Constantinopla, las nietas y la nuera eran instruidas para seguir el rito Hanafí (la escuela oficial sunita del Imperio). Rezaban con los brazos cruzados y seguían los tiempos de la llamada a la oración oficial, ocultando su verdadera práctica para los espacios privados del hogar.

El suelo sagrado: Mientras que un chiita ortodoxo reza sobre una turbah (un pequeño bloque de arcilla de Kerbala), la familia del magnate lo evitaba en público, usando las alfombras imperiales para no levantar sospechas ante los ojos de los espías del Sultán.

2. El Disimulo en las Festividades: El "Luto Oculto"

El momento más peligroso era el Ashura (el luto por el martirio del Imán Husayn).

En Damasco: Podían ser más abiertos en barrios específicos.

En Constantinopla: Se camuflaban celebrando el Ashura como una festividad general de "caridad". Repartían el dulce típico (Aşure) a sus vecinos turcos sunitas, pero transformaban el luto desgarrador en una cena discreta y elegante puertas adentro. La abuela lloraba en las habitaciones interiores, mientras en el salón principal el magnate servía café a oficiales otomanos.

3. La Identidad a través de la Genealogía

Para evitar ser tachados de "herejes", la familia enfatizaba su linaje como Sayyids (descendientes del Profeta).

La estrategia: Al resaltar que eran descendientes directos de la casa del Profeta, ganaban un estatus de nobleza que trascendía la división sunita/chiita. La abuela usaba esto como un escudo: nadie se atrevería a cuestionar la fe de una mujer que portaba la sangre del Profeta, sin importar cuán "extraños" fueran sus ritos privados.

El Mapa de la Identidad Dual

Ámbito Práctica Pública (Sunita/Otomana) Práctica Privada (Chiita/Árabe)
Arquitectura Visitaban las mezquitas barrocas de Constantinopla. Tenían un pequeño Husayniyya (lugar de duelo) privado en su palacete.
Educación Las nietas estudiaban francés y protocolo turco. La abuela les susurraba las historias de los Doce Imanes antes de dormir.
Moda Usaban el Çarşaf de seda de Estambul. Llevaban amuletos con los nombres de la Ahl al-Bayt ocultos bajo el corsé.

4. El Tenis como el Camuflaje Perfecto

Irónicamente, la abuela se dio cuenta de que el tenis y la vida social parisina eran el mejor camuflaje.
Si la familia se comportaba como "europeos modernos" y "turcos leales", nadie buscaría bajo la superficie sus inclinaciones chiitas. Los oficiales del Sultán estaban tan preocupados por el liberalismo y la masonería que no prestaban atención a si una familia árabe rezaba de una forma u otra en la intimidad de su alcoba.

La Amargura de la Abuela
A pesar de la seguridad que brindaba este camuflaje, la abuela lo vivía como una humillación. Para ella, tener que esconder su fe en la capital del Califato era la prueba de que los turcos no eran los líderes del Islam, sino sus carceleros.

"Hijo, hemos construido ferrocarriles de hierro para el Sultán, pero hemos construido muros de mentiras alrededor de nuestras almas. Mis nietas juegan al tenis para que nadie vea que en sus corazones arde la llama de Kerbala. Somos príncipes en París, pero somos sombras en Constantinopla"

Que piensa de yates

Para la abuela, el yate es el símbolo definitivo de la "deriva" de su familia. Si el ferrocarril era una invasión de hierro sobre la tierra firme, el yate es la pérdida de las raíces en el agua. En el Bósforo de 1900, los yates de vapor eran el juguete favorito de la élite otomana y de los magnates que querían impresionar a las embajadas europeas.

Aquí te detallo su juicio implacable sobre estas embarcaciones:

1. El Palacio "Sin Cimientos"

Para una aristócrata árabe, el prestigio está ligado a la tierra y a los muros de piedra que han visto pasar siglos.

El pensamiento de la abuela: Un yate es una casa que flota, y lo que flota no tiene raíces. Ver a su hijo gastar fortunas en un barco de vapor alemán con maderas nobles y accesorios de bronce le parece una frivolidad peligrosa. "Un hombre sin tierra es un hombre que el viento se puede llevar", solía decir.

La falta de "Harén": En una casa tradicional, el espacio femenino es sagrado y protegido. En un yate, el espacio es reducido, compartido y expuesto. Le horroriza que las nietas y la nuera estén a solo unos metros de la tripulación y de los invitados masculinos, rompiendo la privacidad que el mármol de Damasco sí garantizaba.

2. El Escenario del "Tenis Acuático" y la Exposición

Los yates de la época tenían cubiertas de madera pulida donde las nietas, por supuesto, intentaban seguir siendo modernas.

La "indecencia" del viento: Si en la cancha de tenis de París el vestido se levantaba por el movimiento, en el Bósforo el viento marino es constante. La abuela ve a sus nietas luchando con sus pamelas y sus faldas de lino mientras las olas agitan el barco, y para ella, eso es una exposición pública innecesaria.

El ocio vacío: Para ella, el agua debe servir para las abluciones o para regar los jardines. Navegar "por placer" le parece una invención europea para gente que no tiene paz en su propia alma.

3. El Yate como Instrumento de la "Taqiyya" (Camuflaje)

Aquí es donde entra su astucia política. Ella entiende que el yate es un salón diplomático flotante.

Donde se cierran los tratos: Sabe que su hijo invita a ministros otomanos y banqueros franceses a bordo para discutir las concesiones ferroviarias. En el mar, lejos de los espías de los palacios de Constantinopla, se pueden hablar verdades que en tierra firme son peligrosas.

La paradoja: Odia el barco, pero reconoce que es el lugar más seguro para ser ellos mismos. A veces, en mitad del Mar de Mármara, el magnate permitía que se escuchara música árabe o que se hablará con libertad sobre su fe chiita, confiando en que el ruido del motor de vapor ahogara sus palabras ante los oídos del Sultán.

El Contraste del Bósforo

El Yate del Magnate El Sueño de la Abuela

Vapor y Carbón: Ruido, humo y tecnología extranjera. El Patio Interior: El sonido del agua de una fuente de piedra.

Movimiento Constante: Estar en todas partes y en ninguna. Estabilidad: El peso de la historia y el linaje.

Visibilidad: Ser visto por los otros yates imperiales. Misterio: La fuerza de lo que no se muestra.

La Sentencia Final desde la Cubierta

Imagina a la abuela sentada en una silla de terciopelo que han subido a la cubierta del yate. Mira las mansiones (Yalis) que bordean el Bósforo y le dice a su nuera, quien luce un traje de marinera de estilo parisino:

"Habéis construido una casa que escupe humo y desafía a las olas. Os sentís dueñas del mar porque tenéis una máquina alemana que os empuja. Pero recuerda: el agua no guarda huellas. Cuando este vapor se apague, no quedará nada de vosotras en estas olas. En cambio, en Damasco, hasta las piedras conocen nuestro nombre."

Para ella, el yate es la metáfora de su familia en 1900: lujosos, veloces, modernos, pero flotando sobre un abismo, desconectados de la tierra que les dio su verdadero poder.


"Taqiyya" 

Para la abuela, la Taqiyya (el disimulo legal de la fe para evitar la persecución) no era solo un concepto teológico; era el tejido mismo de su existencia cotidiana. Pero en el contexto de un yate de lujo en 1900, la Taqiyya adquiere una dimensión casi teatral, donde el barco se convierte en un escenario de sombras.

Aquí te explico cómo operaba este "camuflaje" en el agua y qué pensaba la abuela de ello:

1. El Yate como "Zona Gris"

En la Constantinopla de Abdul Hamid II, las paredes de los palacios tenían oídos. El yate ofrecía algo que la tierra firme no podía: distancia de la costa.

El Pensamiento de la Abuela: Ella veía el yate como un espacio de hipocresía necesaria. Odiaba tener que actuar como una "dama otomana moderna" mientras el barco estaba cerca del muelle, para solo poder ser una "matriarca chiita" cuando los motores de vapor los llevaban a mitad del Bósforo.

El cambio de atmósfera: A bordo, cuando se alejaban de los espías del Sultán, la abuela sacaba su alfombrilla de oración y sus textos sagrados. Para ella, era doloroso que el único lugar "seguro" para su fe fuera un objeto de lujo extranjero flotando en el agua.

2. El Sacrificio de la Verdad

La abuela sentía que la Taqiyya, aunque permitida por la religión para salvar la vida o los bienes, estaba siendo abusada por su hijo para mantener su estatus social.

La crítica: "Usas el permiso de Dios para esconder tu alma, pero yo temo que de tanto esconderla, la hayas perdido". Ella sentía que su hijo ya no practicaba la Taqiyya por miedo, sino por comodidad.

El "Teatro" del Bósforo: Cuando otros yates de bajás turcos se acercaban, ella veía a su nuera y nietas guardar rápidamente cualquier signo de identidad árabe o chiita para sustituirlo por una sonrisa parisina y una conversación sobre el clima. Para la abuela, eso no era protección, era borrado de identidad.

3. La "Taqiyya Estética" y el Tenis

Aquí es donde el yate y el deporte se unen en su mente.

Ella llegó a ver el tenis en la cubierta como la forma definitiva de Taqiyya. Si los espías veían a través de sus catalejos a las hijas del magnate jugando un deporte europeo, jamás sospecharían que esa familia guardaba lealtad a los imanes de Kerbala.

La paradoja: El deporte más "frívolo" era el mejor escudo político. "La raqueta es tu velo más grueso", le decía a su nieta con amargura, "porque detrás de ella, nadie busca tu verdadera fe".

La Doble Vida a Bordo
Situación Fachada Pública (Taqiyya) Realidad Privada (Identidad)
Encuentro con otro barco Música francesa (gramófono) y té servido al estilo inglés. El gramófono se apaga y se recitan poesías sobre el martirio de Husayn.
Vestimenta en cubierta El yashmak transparente y vestidos de lino de París. Debajo de la seda francesa, llevan el hizraz (amuleto de protección) con tierra de Najaf.
Conversación con invitados Alabanzas al Sultán y al progreso del ferrocarril. Murmullos sobre la opresión de los árabes y la esperanza de un futuro distinto.

La Amarga Conclusión

Para la abuela, la Taqiyya en el yate era la prueba de que vivían en un exilio dorado.

"Estamos en un barco de oro, huyendo de nosotros mismos. Rezamos hacia la Meca, pero navegamos hacia el norte. Usamos el disimulo para salvar nuestra fortuna, pero ¿quién salvará nuestra memoria cuando el motor de este barco se detenga?"

Ella sentía que la Taqiyya los estaba convirtiendo en fantasmas: seres que no eran totalmente árabes, ni totalmente turcos, ni totalmente modernos, sino una mezcla líquida que cambiaba según soplara el viento del Bósforo.

Esta es, quizás, la tragedia más sutil de la modernidad: el momento en que el camuflaje se convierte en la piel. Para las nietas, la Taqiyya no era un escudo consciente como para la abuela, sino una fragmentación de la identidad.

Educadas en París, veraneando en el Bósforo y rezando en secreto en Damasco, las niñas empezaron a vivir en un estado de "trance cultural".

1. La "Confusión de Máscaras"

A diferencia de su abuela, que sabía perfectamente quién era (una aristócrata árabe chiita "disfrazada" de otomana), las nietas empezaron a perder la frontera entre el personaje y el ser.

El lenguaje como síntoma: A bordo del yate, podían empezar una frase en árabe (la lengua de la emoción), cambiar al francés para discutir un término técnico de tenis y terminar en turco para dar una orden al servicio.

El pensamiento de la abuela: Ella las observaba con terror. "Habláis tres lenguas, pero vuestro corazón no tiene idioma propio. Sois como los loros que los marineros traen de las Indias: repiten lo que oyen, pero no saben quiénes son".

2. El Tenis como Refugio de la Verdad

Curiosamente, la cancha de tenis era el único lugar donde no tenían que fingir... porque el tenis no pertenecía a ninguno de sus dos mundos religiosos.

En la mezquita, fingían ser sunitas.

En el salón, fingían ser árabes tradicionales ante su abuela.

En la cancha: Eran simplemente atletas. El esfuerzo físico, el sudor y la competencia las devolvían a su cuerpo. Para ellas, la raqueta era el único objeto que no tenía una "doble cara". Por eso se aferraban tanto al juego: era el único momento en que su identidad no era una estrategia política.

3. La Crisis de la Oración Privada

El momento más difícil era cuando la abuela las llamaba a las habitaciones interiores del yate o del palacio para el rezo chiita privado.

El cortocircuito: Tras pasar todo el día riendo en francés con oficiales turcos y fingiendo una fe oficial, el ritual íntimo y melancólico del chiismo les resultaba, a veces, distante.

Se encontraban a sí mismas pensando en la técnica del backhand mientras la abuela recitaba las letanías de los Imames. Sentían una culpa atroz: la sensación de que estaban "vaciándose" por dentro.

La Anatomía de la "Doble Vida" en las Nietas

Situación Lo que hacían (La Máscara) Lo que sentían (La Realidad)
Cena con diplomáticos Alababan el progreso y la unidad del Imperio. Se preguntaban por qué sus primos en Siria hablaban de revolución.
Visita a la Mezquita Cruzaban los brazos al estilo sunita perfectamente. Sentían que estaban actuando en una obra de teatro donde habían olvidado el guion.
En el Club de Tenis Eran las "chicas modernas de París". Sentían el peso de los amuletos chiitas ocultos bajo el corsé, pinchándoles la piel.

4. El peligro de la "Verdad Inoportuna"

A veces, el camuflaje fallaba por puro cansancio. Una de las nietas podía, por error, usar una expresión puramente chiita o árabe en una conversación con la esposa de un Bajá turco.

El pánico: En ese segundo de silencio que seguía al error, las niñas experimentaban un miedo que no era suyo, sino heredado. Miraban instintivamente a su abuela.

La lección de la abuela: "Habéis jugado tanto a ser otras que vuestra propia sangre os traiciona. El disimulo es un arte, no un descuido".

La Conclusión Melancólica

Para las nietas, la "doble vida" terminó creando una generación de mujeres exiliadas de todas partes. Eran demasiado árabes para París, demasiado modernas para Damasco y demasiado sospechosas para Constantinopla.

Qué pensaba del vals en parís, En Constantinopla era más restringido incluso entre cónyuges


Para la abuela, el vals era la representación máxima de la decadencia de Occidente y, al mismo tiempo, la prueba de fuego de la Taqiyya de su familia. En su mente, el vals no era un baile, sino un "pecado público" coreografiado.

Aquí te detallo su juicio sobre este baile, comparando la libertad de París con la asfixiante restricción de Constantinopla:

1. El Vals en París: El "Vértigo de la Indecencia"

Cuando la familia asistía a bailes en las embajadas o en los salones de la élite parisina, la abuela observaba desde su rincón con una mezcla de horror y fascinación maligna.

El contacto físico: Para una mujer que creía que el roce de la piel era sagrado y privado, ver a un hombre extraño poner su mano en la cintura de su nuera o de sus nietas era un golpe al honor (Sharaf).

La rotación: El giro constante del vals le parecía una metáfora de la pérdida de control. "Giran hasta que el mundo se vuelve borroso y olvidan quiénes son", pensaba. Para ella, ese mareo físico facilitaba el mareo moral.

La mirada de la abuela: Mientras las nietas reían, ella contaba los segundos en que el brazo del caballero permanecía en la espalda de la niña. Para ella, el vals era un "desnudamiento espiritual".

2. Constantinopla: El Vals de los "Cónyuges Ocultos"

En Constantinopla, incluso bajo la influencia afrancesada de los Jóvenes Turcos, el vals se practicaba con una hipocresía que la abuela encontraba ridícula pero necesaria.

La restricción extrema: En los salones de Pera o en las recepciones del Bósforo, solo se permitía bailar a los cónyuges. Sin embargo, para la etiqueta otomana, incluso ver a un marido abrazar a su esposa en público era considerado de mal gusto.

El baile como trámite: En Constantinopla, el vals no se bailaba con la alegría de París, sino con una rigidez militar. Parecía una inspección de tropas. La abuela despreciaba esto: "En París pecan con alegría; aquí pecan con miedo. El miedo no es piedad, es cobardía".

La paradoja de los esposos: A la abuela le irritaba ver a su propio hijo bailar con su nuera. Pensaba que si un hombre ama a su mujer, debe protegerla de las miradas, no exhibirla en un salón girando sobre un eje de madera.

3. La Doble Cara de las Nietas

Lo que más le dolía a la abuela era la habilidad de las nietas para cambiar de registro:

En París: Bailaban con oficiales franceses con una ligereza que parecía haber nacido en ellas.

En Constantinopla: Se mostraban modestas, bajaban la mirada y solo aceptaban bailar con sus primos o maridos, fingiendo que el vals les resultaba algo extraño y difícil.

Tabla de Contrastes: El Vals
Aspecto El Vals en París El Vals en Constantinopla
Contacto Íntimo, público y fluido. Distante, vigilado y rígido.
Significado Libertad social y romanticismo. Un requisito de la "modernidad" turca.
Reacción de la Abuela Ira por la "exhibición de la carne". Desprecio por la "comedia de la virtud".

4. La "Taqiyya" del Movimiento

La abuela llegó a una conclusión cínica: el vals era parte del camuflaje.

"Bailáis el vals para que los turcos crean que sois como ellos, y para que los franceses crean que sois como ellos. Pero fijaos bien: en el centro del giro, estáis solas. Habéis aprendido a mover los pies al ritmo de otros, pero ya no sabéis caminar con el paso de vuestra propia gente."

Para ella, el vals era la pérdida del centro. Una mujer árabe debía ser el eje inmóvil de su hogar; una mujer que valsa es una mujer que se deja llevar por fuerzas externas, ya sean los brazos de un hombre o los vientos de la historia.

Que pensaba consumo de vino, tan popular en constantinopla


Para la abuela, el consumo de vino en Constantinopla era la prueba final de la "podredumbre del Califato". Si el vals era una transgresión del cuerpo, el vino era la transgresión de la conciencia.

En la Constantinopla de 1900, el alcohol no solo fluía en las embajadas de Pera, sino que era una presencia constante en las cenas de la élite otomana "progresista" y en los cafés del Bósforo. Para una aristócrata chiita, esto no era solo un pecado, era una humillación política.

1. El Vino como "Líquido Colonizador"

La abuela no veía el vino como una bebida, sino como un arma francesa o griega.

La procedencia: Le enfurecía que su hijo (el magnate) sirviera vinos importados de Burdeos o champán en sus cenas de negocios. Para ella, beber el vino del "infiel" era como beber su cultura.

La hipocresía turca: Despreciaba a los oficiales otomanos que bebían rakı (el aguardiente de anís) alegando que "no era vino" o que "el Profeta no lo conocía". Decía: "Los turcos han aprendido a engañar a Dios con nombres nuevos para los viejos pecados".

2. El "Brindis" de las Nietas: El colmo de la desgracia

Lo que más le dolía era ver a sus nietas participar en el ritual del brindis.

El gesto: Ver a una de sus nietas sostener una copa de cristal fino, rozar sus labios con el vino y reír con un diplomático europeo era para ella una traición al linaje.

La pérdida del "Aql" (Juicio): En su visión del mundo, la dignidad de una mujer reside en su control absoluto sobre sí misma. El alcohol, que nubla el juicio, le parecía incompatible con la nobleza. "Una mujer que bebe vino es una mujer que abre la puerta de su secreto a cualquiera", sentenciaba.

3. La "Taqiyya" de la Copa

Incluso en esto, la familia aplicaba el disimulo, pero de una forma que a la abuela le resultaba repugnante:

El engaño visual: A veces, para no ofender a los invitados europeos pero no escandalizar a los parientes tradicionales, se servía zumo de granada o de cereza en copas de vino.

El juicio de la abuela: Ella despreciaba tanto el consumo real como la imitación. "Si bebes vino, eres una pecadora; si bebes zumo fingiendo que es vino para agradar al extranjero, eres una esclava. Prefiero una pecadora valiente a una esclava que imita el color del veneno".

El Mapa del Consumo en el Hogar

Bebida Lo que representaba para el Magnate Lo que representaba para la Abuela
Vino/Champán Aceite para los engranajes del negocio. Sangre de la identidad derramada.
Café Árabe Un gesto de cortesía hacia los parientes. El único aroma que olía a verdad y a hogar.
Sherbet (Zumos) Una bebida "para niños y mujeres". La dulzura de la fe y la pureza del desierto.

4. La escena en el Yate

Imagina una noche en el Bósforo. El yate está iluminado, hay música de gramófono y los invitados ríen con copas en la mano. La abuela se retira a su camarote, pero antes de irse, se detiene ante su hijo y le susurra al oído, asegurándose de que las nietas escuchen:

"Hijo, has llenado este barco de cristal y de vino de Francia. Crees que eso te hace igual a los embajadores. Pero mira sus ojos: ellos beben tu vino y se ríen de tu barba. Para ellos, no eres un caballero; eres solo un árabe que ha aprendido a emborracharse como un parisino. El vino no te da su estatus, solo te quita el tuyo."

Para ella, el auge del vino en Constantinopla era la señal de que el Imperio ya no tenía voluntad propia. Un califato que bebía era un califato que ya se había rendido antes de que dispararan el primer cañón.

Ramadán.

El Ramadán era el campo de batalla final entre la tradición de la abuela y la modernidad de las nietas. En la Constantinopla de 1900, este mes sagrado no era solo un tiempo de ayuno, sino un espectáculo de poder, sociabilidad y, para esta familia, una obra maestra de la diplomacia.

Aquí te describo cómo vivía la familia este mes, bajo la mirada crítica de la matriarca:

1. El Ayuno: ¿Sacrificio o Estética?

Para la abuela, el ayuno era una purificación del alma. Para las nietas, era una lucha entre su devoción y su ritmo de vida parisino.

El dilema del tenis: Las nietas intentaban seguir practicando tenis durante el Ramadán, pero el agotamiento del ayuno bajo el sol del Bósforo las obligaba a retirarse. La abuela, al verlas exhaustas, decía con sarcasmo: "Dios os pide un mes de humildad y vosotras sufrís porque vuestra raqueta pesa más que vuestra fe".

La "Taqiyya" alimentaria: Si tenían invitados europeos durante el día, el magnate ordenaba servir almuerzos lujosos para ellos, mientras la familia fingía no tener hambre. La abuela se encerraba en sus habitaciones: "No seré cómplice de alimentar a quienes ignoran nuestro sacrificio en nuestra propia mesa".

2. El Iftar (La ruptura del ayuno): El banquete de los dos mundos

El Iftar en el yate o en el palacio de Constantinopla era un evento híbrido que volvía loca a la abuela.

El menú: Se servían platos tradicionales árabes (dátiles de Medina, sopas de lentejas) junto a hors d'oeuvres franceses.

El protocolo: Las nietas aparecían con sus mejores vestidos de seda de París, pero con un velo más recatado por respeto al mes. La abuela las miraba y sentenciaba: "Os vestís para el Iftar como si fuera la Ópera de París. El hambre debería recordaros la pobreza, no invitaros a la vanidad".

3. Las Noches de Ramadán: De la Mezquita al Gramófono

Constantinopla se transformaba de noche en una ciudad de luces (los Mahya entre los minaretes).

La diversión moderna: Las nietas querían ir a los cafés de Pera después de las oraciones para escuchar música o ver sombras chinescas modernas (Karagöz).

La resistencia de la abuela: Ella insistía en que las noches se pasaran recitando el Corán y recordando las tragedias de la familia del Profeta (identidad chiita). "Fuera, la ciudad brilla para los turistas y los turcos borrachos de modernidad; aquí dentro, la noche es para Dios".

La paradoja del Ramadán en 1900

Actividad Visión de las Nietas Visión de la Abuela
El Ayuno Un desafío físico que interrumpe su "vida social". El único momento del año donde todos somos iguales ante Dios.
El Iftar con Diplomáticos Una oportunidad de lucir sus modales franceses. Una profanación de un momento sagrado para hacer negocios.
Las Luces de la Ciudad Un festival romántico y cosmopolita. El barniz de un Imperio que ha olvidado el silencio.

El momento de la "Verdad"

En la última noche del Ramadán, la abuela solía realizar un gesto de autoridad. Reunía a las mujeres de la casa y les entregaba tierra de Kerbala para sus oraciones, recordándoles que, aunque el resto del año jugaran al tenis y bailaran el vals, su esencia estaba en ese polvo sagrado.

"Podéis ayunar en seda y romper el pan con cubiertos de plata, pero si vuestro estómago está vacío y vuestro corazón lleno de París, vuestro Ramadán es solo una dieta de gente rica."

Como lo celebraban en parís con abuela

Celebrar el Ramadán en París con la abuela presente era, para la familia del magnate, un ejercicio de funambulismo cultural. Si en Constantinopla el ambiente ayudaba, en el París de 1900 —una ciudad que no se detenía por el ayuno de nadie— la abuela se sentía como una guardiana de un fuego sagrado en medio de un diluvio de "paganismo".

Aquí te describo cómo era esa celebración bajo su mando:

1. El Horario: El "Reloj de la Fe" vs. el "Reloj del Mundo"
En París, el sol se ponía más tarde que en el Hiyaz, lo que alargaba las horas de ayuno.

El sacrificio: La abuela prohibía que se cerraran las cortinas del palacete para engañar al hambre. Exigía que las nietas sintieran el rigor del sol parisino.

El silencio del salón: Mientras afuera se escuchaba el traqueteo de los primeros automóviles y el bullicio de la Belle Époque, el interior de la casa debía ser un oasis de silencio. La abuela confiscaba las raquetas de tenis y cerraba el piano. "Si no podéis dar vuestro estómago a Dios, al menos dadle vuestro silencio", decía mientras pasaba las cuentas de su rosario de madera de sándalo.

2. El Iftar: Un Oasis en la Avenida Foch

Cuando llegaba el momento de romper el ayuno, el contraste era total.

La mesa: Aunque el servicio era francés (guantes blancos y vajilla de Sèvres), la abuela imponía el orden de los platos. Nada de consommé francés para empezar; se empezaba con dátiles traídos especialmente de Basora en cajas de madera y agua de rosas.

El perfume: La casa dejaba de oler a los perfumes de Guerlain de las nietas para oler a incienso de buey y azafrán. Para la abuela, este olor era una frontera invisible que mantenía a raya el "aire de los infieles".

3. La Noche: La Resistencia Chiita en París

Mientras el París nocturno brillaba en Montmartre, la familia se sumergía en la penumbra.

La oración: La abuela lideraba las oraciones en una habitación cuya alfombra apuntaba con precisión matemática hacia la Meca (usando una brújula de latón dorada). Las nietas, vestidas con sus kaftanes de seda más pesados (que la abuela prefería sobre los vestidos de noche), debían recitar los versos en un árabe perfecto.

El castigo de la abuela: Si las nietas bostezaban pensando en la fiesta a la que no pudieron ir, la abuela las obligaba a escuchar historias sobre los desiertos de su infancia. "París os da luces eléctricas, pero vuestro espíritu está a oscuras".

La Anatomía del Ramadán Parisino

Elemento El París exterior El París de la Abuela
Bebida Vino y absenta en los cafés. Jarabe de granada y agua de Zamzam.
Música Valses y óperas de Offenbach. Recitaciones rítmicas del Corán.
Identidad "Los magnates orientales de moda". "Los extranjeros que sufren por su fe".

4. La Salida al Exterior (El camuflaje extremo)

Si el magnate tenía que asistir a una cena de negocios ineludible en el Hotel Ritz durante el Ramadán:

La estrategia: La abuela le obligaba a llevar un trozo de pan seco en el bolsillo para que, al ponerse el sol, pudiera romper el ayuno discretamente bajo la mesa antes de tocar la comida francesa.

El desprecio de la abuela: Ella lo veía partir con su frac y su chistera y murmuraba: "Vas a comer con los que no conocen el hambre de Dios. Que el pan de Kerbala en tu bolsillo te recuerde quién eres antes de que el vino de ellos te haga olvidar tu nombre".

El Final: El Eid al-Fitr en París

Para celebrar el fin del ayuno, el magnate intentaba compensar a sus hijas por el "sufrimiento" bajo la vigilancia de la abuela:

Las llevaba a Cartier o Boucheron a elegir una joya, o encargaba un vestido nuevo en la casa Worth.

La abuela aceptaba los regalos, pero siempre añadía una condición: "Llevad los diamantes, pero recordad que brillan porque hubo oscuridad. No dejéis que el brillo de París os haga olvidar el hambre que habéis pasado para complacer a vuestro Creador".

Que pensaba ropa de gimnasia de nietas del colegio

Si el traje de tenis ya le parecía una concesión peligrosa, la ropa de gimnasia del colegio —basada en los uniformes de los internados europeos de 1900— era para la abuela la prueba de que sus nietas estaban siendo entrenadas para ser "soldados de la modernidad" en lugar de damas de Oriente.

En aquella época, los uniformes de educación física solían consistir en pololos (bloomers) abullonados, camisas de marinero y medias gruesas. Para la abuela, ver a sus nietas con esta indumentaria era un choque frontal por varias razones:

1. La "Pantalización" de la Mujer

Para la abuela, los pantalones eran una prenda masculina o, en su defecto, algo que se usaba debajo de las túnicas (como los sirwal árabes).

El horror visual: Ver a las niñas con bombachos que se ajustaban bajo la rodilla le resultaba grotesco. Decía que las hacía parecer "jovencitos turcos de caballería" en lugar de flores de su linaje.

La pérdida de la gracia: La abuela creía que la ropa debía dictar el movimiento (lento, majestuoso). La ropa de gimnasia estaba diseñada para saltar, correr y trepar. "Os visten como a los huérfanos de los muelles para que perdáis la vergüenza de mover las piernas", sentenciaba.

2. El Uniforme como "Nivelador"

La abuela venía de un mundo donde la ropa gritaba tu estatus y tu religión (sedas, bordados, hilos de oro).

El anonimato: Ver a sus nietas vestidas exactamente igual que las hijas de un banquero judío francés o de un abogado católico le producía un rechazo profundo. Sentía que el colegio parisino estaba borrando su identidad de casta.

La crítica: "En Damasco, una reina se distingue de una sierva a cien pasos. En este colegio, os ponen un saco de algodón azul y os borran el nombre. Habéis pasado de ser Sayyidas (nobles) a ser números en un patio de juegos".

3. La Exposición del Cuerpo en Esfuerzo

Lo que más le perturbaba no era solo la prenda, sino lo que las niñas hacían con ella.

El sudor y el desorden: Ver a las niñas llegar del colegio con el cabello despeinado, la cara roja por el ejercicio y el uniforme de gimnasia arrugado le parecía una falta de Adab (etiqueta espiritual).

El juicio: Para ella, una mujer noble nunca debía mostrar fatiga física. Verlas así era como ver el "detrás de escena" de una vida que debería ser siempre impecable y misteriosa.

La Anatomía del Desprecio: El Uniforme Escolar

Prenda de Gimnasia Lo que la Nieta sentía Lo que la Abuela veía
Bloomers (Bombachos) Libertad para saltar el plinto. Una prenda de hombre que roba la feminidad.
Cuello Marinero Estar a la última moda escolar. Una imitación de los marinos que invadieron el mar árabe.
Zapatillas de lona Comodidad y ligereza. Calzado de gente pobre que no tiene seda para sus pies.

La Escena en el Vestidor

Un día, al ver a una de sus nietas probándose el uniforme de gimnasia frente al espejo de su palacete en París, la abuela se acercó y, sin tocar la tela (como si fuera impura), comentó:

"Esa ropa está hecha para que olvides que tienes alma y solo recuerdes que tienes músculos. Te enseñan a saltar como las cabras del Líbano, pero las cabras no tienen que heredar un imperio. Guarda esos pantalones de payaso antes de que el espíritu de tus ancestros se avergüence de ver en qué hemos convertido a nuestras princesas."

Para ella, la gimnasia era el entrenamiento para una libertad que ella consideraba una condena: la libertad de ser una ciudadana común en lugar de una guardiana de la tradición.

El ramadán en parís sin abuela

Sin la vigilancia constante de la abuela, el Ramadán en el París de 1900 se transformaba para las nietas y la nuera en una experiencia mucho más flexible, estética y, por qué no decirlo, algo "performativa".

Al desaparecer la presión del rosario de sándalo y las historias de mártires, la familia del magnate vivía un Ramadán de "luces de gas y seda", donde la fe se adaptaba al ritmo de la Belle Époque.

1. El Ayuno "A la Carta"

Sin la abuela cronometrando cada minuto, el rigor se relajaba.

La flexibilidad horaria: Si tenían una invitación importante para un té en el Hotel Meurice, las nietas podían convencerse de que, como estaban "de viaje" (una interpretación muy libre de la ley islámica), podían posponer el ayuno de ese día.

El deporte: En lugar de prohibir el tenis, lo practicaban a primera hora de la mañana. Si se sentían exhaustas, se permitían un sorbo de agua perfumada con azahar, justificándolo como "necesidad médica".

2. El Iftar en los Salones de Moda

El momento de romper el ayuno dejaba de ser un acto de recogimiento para convertirse en una cena de gala tardía.

Menú de Fusión: El chef francés del palacete preparaba una mesa donde los dátiles convivían con el foie gras (sin cerdo, por supuesto) y el consommé de ave.

La etiqueta: Invitaban a sus amigos de la aristocracia parisina. Para los franceses, asistir a un Iftar era la máxima experiencia "orientalista". Las nietas disfrutaban explicando los ritos como si fueran guías culturales de su propia religión, sintiéndose sofisticadas y cosmopolitas.

3. La Noche: Del Rezo a la Ópera

A diferencia de las noches de penumbra que exigía la abuela, el Ramadán "sin ella" era una explosión de vida social nocturna.

La Ópera y el Teatro: Como ya habían "cumplido" con el ayuno diario, se sentían libres de usar sus mejores vestidos de noche y asistir a los estrenos en la Ópera Garnier. El Ramadán se convertía en la excusa perfecta para estar despiertas hasta el amanecer, disfrutando de la vida nocturna de París.

El Suhur (comida antes del alba) en Maxim's: En lugar de una comida familiar solemne antes de que saliera el sol, a veces terminaban la noche en los cafés elegantes de la Rue Royale, rompiendo el ayuno final con croissants y café au lait antes de dormir todo el día.

El Contraste del Ramadán "Liberado"

Actividad Con la Abuela (Tradición) Sin la Abuela (Modernidad)
El día Silencio, oración y hambre consciente. Compras en la Rue de la Paix y paseos en carruaje.
La ropa Kaftanes pesados y recato extremo. Vestidos de Worth y sombreros de plumas.
La música Recitaciones del Corán. El gramófono con las últimas arias de ópera.
La fe Un sacrificio interno. Una identidad exótica y elegante.

4. El Sentimiento de Culpa (El fantasma de la abuela)

Incluso en medio del lujo, la sombra de la matriarca persistía. Cuando las nietas se miraban al espejo con sus joyas de Cartier antes de un Iftar mundano, a veces recordaban las palabras de la anciana: "El hambre es para limpiar el alma, no para decorar el salón".

El acto de redención: Para calmar esa pequeña voz interna, el magnate solía enviar grandes sumas de dinero a las mezquitas de Damasco o Estambul, o repartir limosnas entre los trabajadores argelinos de los barrios pobres de París. Era una forma de comprar "paz espiritual" sin sacrificar su estilo de vida.

Este Ramadán parisino era el símbolo de la nueva élite musulmana: una que no quería renunciar a Dios, pero que tampoco estaba dispuesta a renunciar a los placeres de la modernidad europea. Sin la abuela, la religión dejaba de ser una raíz para convertirse en un broche de oro en su solapa.

Que pensaba la abuela de hijo, yerna y hijas gustaban los vinos y cerveza francesa.

Para la abuela, que su hijo —un hombre que llevaba en sus venas la sangre de los Sayyids (descendientes del Profeta)— y su familia hubieran caído en la seducción del vino y la cerveza no era solo un pecado religioso: era una claudicación racial y política.

Ella no veía el alcohol como una bebida, sino como la "leche de los infieles" que estaba amamantando y debilitando a su linaje. Aquí te detallo su pensamiento sobre cada miembro:

1. Sobre su hijo (El Magnate): El "Árabe que se vendió por cristal"

Ella lo miraba con una mezcla de lástima y desprecio cuando lo veía sostener una copa de Burdeos o un Borgoña.

La traición al mando: En su mente, un hombre que no puede gobernar sus propios sentidos con agua clara no puede gobernar un imperio de ferrocarriles. "Has construido vías de hierro hacia Europa, pero has permitido que su vino corra por tus venas, oxidando tu honor".

La humillación ante el extranjero: Le dolía profundamente verlo brindar con embajadores franceses. Ella pensaba que los franceses lo respetaban menos cuanto más bebía con ellos: "Crees que bebiendo su vino eres su igual, pero solo eres su mascota educada".

2. Sobre la nuera: La "Jardinera que riega con veneno"

Para la abuela, la nuera era la culpable de haber permitido que el alcohol entrara en el "harem" (el espacio sagrado del hogar).

La pérdida del pudor: Veía el ligero rubor que el vino provocaba en las mejillas de la nuera como una mancha de deshonor. Pensaba que la sobriedad era el velo más importante de una mujer, y el alcohol se lo quitaba.

La cerveza como vulgaridad: Si el vino le parecía un pecado aristocrático, la cerveza francesa o alemana le resultaba una ordinariez absoluta. "Esa bebida amarga y espumosa es para los obreros de los muelles de Marsella, no para una dama que debería oler a almizcle y rosas".

3. Sobre las nietas: Las "Perlas empañadas"

Aquí es donde su corazón se rompía. Ver a las niñas probar el champán o la cerveza ligera en los picnics de París era ver su futuro marchitarse.

La esterilidad espiritual: Creía que el alcohol secaba la piedad en el corazón de los jóvenes. "Si vuestras lenguas se acostumbran al dulzor del vino de los infieles, ya no encontraréis consuelo en las palabras del Corán".

El miedo al "descuido": Temía que, bajo el efecto de una copa, una de sus nietas cometiera un error de juicio con algún pretendiente europeo, perdiendo la cautela que la Taqiyya exigía.

La Anatomía del Rechazo
Bebida Lo que la familia decía Lo que la Abuela sentía
Vino de Burdeos "Es cultura, es etiqueta parisina." "Es el orín de Satán que nubla el linaje."
Champán "Es para celebrar el progreso." "Son burbujas de vanidad que estallan en la cara de Dios."
Cerveza "Es refrescante tras el tenis." "Es agua sucia que os vuelve pesados y vulgares como campesinos."

La Escena del Enfrentamiento

Imagina una cena en el palacete de París. El servicio vierte un Château Margaux en copas de cristal de Baccarat. El hijo levanta la copa para un brindis. La abuela, vestida de negro riguroso, no toca su copa; la aleja con un dedo seco y dice en un árabe cortante que silencia el comedor:

"Bebéis la sangre de vuestra propia derrota. Ese líquido rojo no os dará la fuerza que os falta en el alma. Cada gota que tragáis es un muro que levantáis entre vosotros y la tierra de vuestros padres. Que disfrutéis vuestro veneno, pero no me pidáis que brinde por la muerte de nuestra dignidad."

Para ella, el consumo de alcohol era la eutanasia de su cultura. Una vez que el vino entraba en la casa, Damasco quedaba a mil años de distancia, y la familia dejaba de ser dueña de su destino para ser esclava de una moda extranjera.

Que pensaba de yerna y hijas le gusto la comida japonesa Y china, desde que instalaron restaurantes por exposición universal de 1900

Para la abuela, la curiosidad de su yerna y sus nietas por la comida japonesa y china —descubierta en los pabellones de la Exposición Universal de París de 1900— era la confirmación de que sus mentes se habían vuelto tan ligeras como el polen: volaban hacia cualquier novedad sin orden ni concierto.

Si el vino francés era un "pecado del alma", la comida del Extremo Oriente le parecía un "capricho del paladar" que rozaba la locura. Ella lo veía bajo tres prismas:

1. La sospecha de lo "Impuro" (Hala o Haram)

A diferencia de la cocina francesa, que ella ya había clasificado como "comida de infieles pero conocida", la cocina asiática era un enigma peligroso.

El secreto de los ingredientes: Miraba con horror los palillos y los platos de sushi o dim sum. "¿Cómo sabéis lo que hay dentro de esos envoltorios de masa o qué animal se esconde bajo ese arroz frío?", preguntaba. Para una mujer acostumbrada al sacrificio ritual del cordero y a la pureza de los ingredientes de Damasco, comer pescado crudo o algas le parecía un acto de barbarie disfrazado de sofisticación.

La falta de rito: Le perturbaba que sus nietas comieran cosas cuya naturaleza no podían identificar. Para ella, la comida debía ser clara y honesta, no un "truco" de estética japonesa.

2. El "Turismo de Salón"

La abuela despreciaba la forma en que su yerna y sus hijas se emocionaban con los pabellones de la Exposición.

La pérdida de la jerarquía: Para la abuela, el mundo se dividía en el Islam (el centro) y el resto. Ver a sus nietas fascinadas por el refinamiento japonés (Japonisme) le parecía una falta de orgullo.

El juicio: "Ayer queríais ser parisinas, hoy queréis ser de Kioto. Sois como veletas: no tenéis centro. Admiráis la delicadeza de una taza de té japonesa mientras vuestra propia tetera de plata de Damasco coge polvo en la alacena".

3. La Estética del "Pajarito"

Ver a sus nietas comer con palillos pequeñas porciones decoradas le resultaba ridículo.

Falta de sustancia: En la cultura de la abuela, la comida es generosidad, grandes fuentes de mandi o kibbeh que representan la abundancia de la casa. Ver a la yerna entusiasmada por "tres trozos de pescado sobre una tabla" le parecía una señal de la decadencia física de la familia.

La crítica: "Coméis como pajaritos en una jaula de bambú. Esa comida no da fuerza para defender un linaje, solo da conversación para un salón de té".

El Choque de Mesas: La Exposición Universal vs. El Hogar

Elemento La Comida Japonesa/China (Exposición) La Mesa de la Abuela
Utensilios Palillos de madera (ligeros, ajenos). Las manos o cucharas de plata (tradición).
Presentación Minimalista, visual, "fría". Abundante, fragante, "caliente" (fuego).
Símbolo Curiosidad global, ser "mujer de mundo". Fidelidad a la tierra y al clan.

La Escena en el Palacete de París

Imagina a la yerna llegando de la Exposición de 1900 con un juego de té de porcelana fina pintada con cerezos y hablando de las delicias del pabellón de Japón. La abuela, sentada con su túnica oscura, la mira y le dice:

"Habéis ido a ver el mundo en una feria como quien va a ver animales al circo. Ahora traéis esas raíces extrañas y esos pescados sin fuego a mi mesa. El francés os quitó el velo, y ahora el japonés os quita el gusto por lo vuestro. Mañana comeréis aire si un cartel en la calle dice que está de moda en Pekín. Una mujer que no sabe qué le da de comer a sus hijos es una mujer que ya no gobierna su casa."

Para ella, el gusto por lo exótico era la prueba de que su familia ya no tenía hogar espiritual. Eran consumidores de mundos, pero habitantes de ninguno.



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